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Actualizado el 2016-07-18 a horas: 16:16:20

Los cactus salvajes

Pablo Cingolani

Brotan en la sal del instinto los cactus salvajes y se mueven en la luz envueltos por el viento, en el fondo de la noche. Álvaro Díez Astete: Abismo (1988) Burton, el divino cónsul, el traductor de ese libro de maravillas que es Las mil y una noches, era un cultor de eso que se llama endurecerse. Dormía afuera de la tienda, se dejaba azotar por el viento y por la arena, padecía de heridas y de sed, caminaba hasta extenuarse. Sabía –se sabe- que siempre nos espera un kilómetro más de travesía, siempre hay un minuto más de vida por vivir, más allá del sacrificio, más allá –incluso- de la sangre. Fawcett, llevaba esa lógica hasta un extremo admirable. No sólo no bebía –cosa que Burton sí hacía en cada burdel o taberna que encontraba en puerto malsano al cual arribaba, y lo hacía con el mismo fervor y extremismo que imantaba a su compatriota abstemio-, sino que Fawcett escribió sin escribirlo como tal, reglas de oro para un manual del endurecimiento, un manual de cómo resistir y resistirse a las adversidades (y sirenas) del camino. Es memorable su desprecio profundo y su temible malestar cuando debió permanecer por más tiempo de lo esperado en Cuiabá, que esos años, segunda década del siglo XX, era un poblacho de pioneros: cazadores de caimanes y de indios, buscadores de oro, contrabandistas de pieles y de brandy, fugitivos, dementes, milicos, borrachos incurables (varios de ellos extranjeros. Era lo que más deploraba: a los ebrios anclados en la selva, sentía que no eran ellos solos los que se degradaban bajo el sol feroz, sino también sus patrias de origen) y putas, putas desconsoladas, por el destino que las trajo hasta allí. Levi Strauss pasó por la misma Cuiabá treinta años después y su llegada a la capital del Matto Grosso brasileño recordó a la de un sultán otomano en el exilio. La descripción de su equipamiento, de su personal, de los lujos que transportaba con él (una biblioteca, para ilustrar sus desatinos), rompe con los cánones del endurecimiento. Es más, Levi Strauss, explícitamente -basta leer Tristes Trópicos- abjuraba, hasta el sarcasmo, de todo eso, y es más, tras su famosa expedición, jamás lo volvió a intentar y envejeció venerablemente y falleció ya canonizado. Burton y Fawcett, no. Fueron resistidos, se los intentó olvidar. Uno y otro eran cactus salvajes, raras aves, caballos cerriles, que embellecen con sus gestos y sus palabras el viaje de ida en el cual nos embarcamos todos desde el momento en que mami nos deposita en el mundo. Nosotros, cuando niños, implorábamos: vámonos de campamento. A lo Nietzsche, habría que decir que el campamento es algo que no sólo debiese ser promovido en las escuelas públicas, como la mejor manera de aproximar a los alumnos a la naturaleza, a la geografía y a la historia, sino también como la más útil de las prácticas en torno a la formación del carácter de los mismos. Es imperioso romper el círculo vicioso y tecnológico de consumismo y frivolidad que cerca a los niños que habitan las ciudades, desde que abandonan sus cunas. Arlt, en su desmesura genial, clamaba por un deshabitarse heroico de las urbes y un arrojar a sus moradores a las montañas, a las estepas, a los bosques (a la Patagonia cordillerana, señalaba con mayor precisión), a donde pudiesen sentir el rigor de la existencia, y luego, por ello mismo, apreciarla y defenderla contra todos los abusos anti-vida para los cuales el sistema nos acostumbra y nos domestica, más allá del flagelo y la laceración que conllevan. El campamento, la vida en contacto con la naturaleza que procura el uso de las ancestrales carpas –que sirvieron de morada móvil a nuestros antepasados desde que se les ocurrió salir de las cuevas, durante el glorioso neolítico- es, sin duda, una manera eficaz de endurecerse.

Será por eso también que uno de los autores favoritos del Che Guevara fue T:E. Lawrence, otro cultor de la fogata en el medio de la nada, otro endurecido a conciencia, otro cactus salvaje, que ligó para siempre, en su poética de la desolación geográfica, al endurecimiento personal y el compañerismo entre los seres humanos. Este lazo espacial entre vida y esencia es casi-casi una especie de matriz mítica de esa forma atemporal y no convencional de la guerra llamada guerrilla.

Pablo Cingolani

Pablo CingolaniHistoriador, periodista, explorador. Nació en Buenos Aires, Argentina, en 1963. Reside en La Paz, Bolivia, desde 1987. Como historiador, realizó estudios sobre los derechos argentinos sobre las islas Malvinas y los problemas de tierras en la puna de Jujuy, la explotación cauchera en la Amazonía y la historia minera de Los Lípez potosinos.

Trabajó como redactor y colaborador en una docena de medios gráficos de La Paz y sus artículos también se publican en medios de Argentina, Chile, Ecuador y España. En video, dirigió con Gastón Ugalde ?Imagina Bolivia? y la primera serie de documentales sobre áreas protegidas. Encabezó expediciones ecohistóricas desde 1980, explorando, entre otras, la región de Iruya-Baritú, Cumbres Calchaquíes y la puna jujeña en Argentina, el desierto de Atacama en Chile y casi todos los parques nacionales de Bolivia, en especial en Lípez, Chaco y Amazonía.

Creador de la Expedición Madidi que ya realizó 4 versiones a distintos sectores poco explorados del parque del mismo nombre y declarada de ?interés nacional? por el congreso boliviano.

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