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Actualizado el 2016-03-29 a horas: 06:32:41

La tramoya

Raúl Prada Alcoreza

Hay como una psicología especial en la clase política, sobre todo en la que se autonombra como “revolucionaria”; consideran que por ser “revolucionarios”, por ser “vanguardia” en la historia, se les tiene que aceptar todo, no solo errores políticos, sino también, prácticas de la economía política del chantaje. Si no se acepta el conjunto de conductas de los supuestos “revolucionarios”, entonces, los que no lo hacen, al final de cuentas, son de “derecha” o caen en la influencia conspiradora de la “derecha” y del “imperialismo”. ¿De dónde sale esta convicción, supuestamente de consecuencia histórica con la “revolución”? Obviamente, no del análisis crítico, no del conocimiento histórico, menos del conocimiento político, en el sentido amplio de la palabra; tampoco nace de una coherente, consecuente, comprometida, defensa de la revolución. Nace de la pretensión de ser lo que no son, revolucionarios; nace de una sobresaltada exaltación de egos, que se conciben como predestinados; sobre todo, nace de la continuidad de estructuras de dominación y de diagramas de poder heredados. Se ha denominado a este comportamiento pretensioso, además de contradictorio y sinuoso, como impostura[1].

Raúl Prada Alcoreza

Raúl Prada AlcorezaEscritor, docente-investigador de la Universidad Mayor de San Andrés. Demógrafo. Miembro de Comuna, colectivo vinculado a los movimientos sociales antisistémicos y a los movimientos descolonizadores de las naciones y pueblos indígenas. Ex-constituyente y ex-viceministro de planificación estratégica. Asesor de las organizaciones indígenas del CONAMAQ y del CIDOB. Sus últimas publicaciones fueron: Largo Octubre, Horizontes de la Asamblea Constituyente y Subversiones indígenas. Su última publicación colectiva con Comuna es Estado: Campo de batalla.

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¿A quiénes se les puede ocurrir esta obligación de todos respecto a los “revolucionarios”? ¿A militantes y activistas comprometidos apasionadamente y consecuentemente con las transformaciones estructurales e institucionales requeridas? No parece que éste sea el caso. A militantes y activistas comprometidos no se les ocurriría jamás esta delirante exigencia; que significa algo parecido a convertirse en santos o ángeles, a quienes se les debe devoción. Este imaginario despótico solo se les puede ocurrir a personas enamoradas del poder. Estas personas, usan el prestigio de los revolucionarios heroicos, que guarda la memoria de los pueblos, usan el valor histórico-político de las revoluciones dadas, que transformaron el mundo, para especular, para chantajear emocionalmente, sobre todo, para reproducir las estructuras abominables del poder.

El problema, en la modernidad, es que semejantes personajes terminan convenciendo a amplias masas de la “verdad” de su pretensión y de la obligación de lealtad que corresponde. En la era de la simulación, se sustituyen las efectivas revoluciones por sus grotescas imitaciones. Lo paradójico es que a nombre de la revolución se restaura el poder, lo que debe derribar la revolución. A nombre del socialismo se instaura otra versión del capitalismo; a nombre de la descolonización se instaura un neocolonialismo, con careta anti-colonial. En fin, a nombre del Estado Plurinacional-Comunitario-Autonómico se restaura el mismo Estado-nación subalterno y colonial, ahora más consolidado, pues lo hace a nombre de otro Estado descolonizado.

En este contexto de simulación política, se dan lugar los despliegues de la economía política del chantaje, de la expansión abrumadora de la corrosión institucional, del avance inaudito de la corrupción. La conclusión que sacan estos supuestos “revolucionarios” de la premisa que plantean, como obligación militante, es que los “revolucionarios” en el poder, los gobernantes “antiimperialistas”, pueden hacer lo que quieran, lo que les antoje, pues todo lo que hagan, beneficia, de todas maneras, al “proceso de cambio”. Esta conclusión arbitraria puede ser interpretada como que los “revolucionarios” son impunes e inmunes. En su “lógica”, si se puede hablar de lógica, en este sinuoso caso, lo que hacen, incluyendo, fuera de algunos aciertos, sus errores, sus comportamientos despóticos, sobre todo sus conductas comprometidas con la economía política del chantaje, que corresponden a las formas paralelas del poder no-institucionalizado, siempre beneficia a la conducción del “proceso de cambio”.

Como se puede ver, se trata de una psicología peculiar, que, en un texto anterior[2], identificamos con la tesis psicológica del síndrome de Hybris. En dicho texto escribimos:

Se trata de un trastorno que desencadena un ego desmedido, una visión personal exagerada, aparición de excentricidades y desprecio hacia las opiniones de los demás. Este síndrome Hybris aparece descomunal en los ámbitos de poder; particularmente en los escenarios políticos, financieros, empresariales, en las familias de multimillonarias, en las élites de los y las famosas[3].

La pregunta, que parece pertinente, es: ¿Cuál la relación entre esta psicología, correspondiente al síndrome de Hybris, con el poder? Habíamos dicho, al respecto, que la reproducción perversa del poder requiere la incorporación de personas enamoradas del poder. Que, en la etapa de la decadencia, tanto los personajes, afectados por el síndrome de Hybris, como las mismas contradicciones profundas de un “proceso de cambio”, se retroalimentan y complementan, en la ruta desbocada al abismo. Es decir, la subjetividad inherente a un proceso político, en su etapa de decadencia, es ésta, que corresponde a la dominancia del síndrome de Hybris, incidiendo en comportamientos alucinantes. Sobre la base de esta psicología decadente se edifica una voluntad de poder, que tiene las características claras de nihilismo, pues se trata de una voluntad de muerte.

Pero, ¿qué ocurre, en lo que respecta a la psicología, a las subjetividades, en la etapa del ascenso del “proceso de cambio”? Son los mismos personajes, los mismos gobernantes, los mismos conductores del proceso; ¿Ya tenían inoculado el síndrome de Hybris o éste emerge descomunal, una vez que se goza del poder? No es fácil responder a esta pregunta; se requiere de investigaciones específicas sobre estas subjetividades. Basándonos en la experiencia social política, en la memoria social contestataria, podemos proponer una hipótesis interpretativa.

Hay como una tragedia en las revoluciones, que manifiestan, como si fuesen regularidades, determinadas secuencias de los procesos transformadores. De una manera esquemática, para ilustrar, bosquejamos el siguiente cuadro:

Los que comienzan la movilización, los levantamientos y rebeliones, que, teniendo en cuenta nuestras observaciones, podemos denominar, provisionalmente, como vanguardia; empero, no necesariamente son los que terminan conduciendo el resto del proceso de cambio. Los que luchan, logran las victorias políticas, logran vencer a las defensas de emergencia del régimen derribado, no son necesariamente los que gobiernan a nombre de la “revolución”. Si bien, la etapa de las movilizaciones, de las luchas abiertas, se expresan con toda elocuencia y desprenden objetivos políticos transformadores, estos principios, valores y finalidades, no son los que se cumplen en las gestiones de los gobiernos “revolucionarios”. Mas bien, lo que prepondera es una especia de pragmatismo generalizado, que pareciera, en un principio, que ganara tiempo, para acumular fuerzas, y, sin embargo, no tarda de mostrar sus consecuencias desastrosas para el proceso de cambio. La restauración del poder, de sus estructuras de dominación, se hace evidente, aunque se la haga a nombre de la “revolución”.

Pareciera que asistimos a una condena histórica, donde las “revoluciones” caen en la gravitación ineludible del círculo vicioso del poder. Sin embargo, recogiendo nuestras interpretaciones histórico políticas, conjeturamos que esto ocurre, la condena histórica, cuando se repite como un formato de los procesos transformadores políticos; esto es, cuando se tiene una “vanguardia”, que puede fungir como partido revolucionario, en el mejor de los casos; o puede presentarse como grupo audaz, que se arriesga a adelantarse y empujar a las masas. En el peor de los casos, por sus características autoritarias y patriarcales, puede presentarse en el cuerpo simbólico del caudillo, como convocatoria del mito[4]. Siguiendo a nuestra conjetura, como premisa, podemos concluir que si se rompe este formato, que no es otro que el de la subordinación del pueblo a la “vanguardia”, sea el pueblo el proletariado, las naciones oprimidas, los pueblos indígenas, la condición de mujeres, subalternizadas de entrada, entonces, se puede experimentar otras rutas, otros recorridos, de los procesos transformadores, que escapen al círculo vicioso del poder.

La importancia de nuestra conjetura política radica en que se trata de una pedagogía política, donde los pueblos, los y las subalternas, liberen su potencia social, desmantelando las inscripciones del poder en sus cuerpos. La liberación de los pueblos solo puede realizarse consecuentemente por los propios pueblos, esto es, no suplantados por delegaciones y representaciones, que, legitiman sus dominaciones a nombre de sus representados y en contra de ellos.--- NOTAS

[1] Ver Prácticas y cartografías de la impostura. Dinámicas moleculares; La Paz 2016.http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/practicas-y-cartografias-de-la-impostura/.

[2] Ver Psicología y funcionamiento del lado oscuro del poder. Dinámicas moleculares; La Paz 2016. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/psicologia-y-funcionamiento-del-lado-oscuro-del-poder/.[3] Ver El lado oscuro del poder. Dinámicas moleculares; La Paz 2016. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/el-lado-oscuro-del-poder/. [4] Ver Acontecimiento político Dinámicas moleculares. La Paz 2013-15. https://pradaraul.wordpress.com/2015/06/23/acontecimento-politico-i/. https://pradaraul.wordpress.com/2015/06/23/acontecimento-politico-ii/.

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