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Actualizado el 2016-03-02 a horas: 18:49:56

Comportamiento crápula

Raúl Prada Alcoreza

No hablamos de sujeto crápula, pues, exactamente no hay un sujeto, como tal, sino distintos posicionamientos subjetivos; hay como una constelación subjetiva, si se quiere, constelación de sujetos, como síntesis momentánea de esta constelación de subjetividades, que compone distintos perfiles mutantes, combinándolos según la ocasión y los contextos, también de los problemas y desafíos, como de los deseos y objetivos, por así decirlo. Entonces, como se ve, estamos contra esa concepción esquemática-dualista y esencialista, que atribuye al sujeto algo así como una sustancia metafísica a la que está condenado, como si, al momento de nacer, los astros, la colocación de los astros, su mapa astronómico, le hubiera atribuido una esencia definitiva, como fatalidad o fortuna. Esto no es más que metafísica.

Raúl Prada Alcoreza

Raúl Prada AlcorezaEscritor, docente-investigador de la Universidad Mayor de San Andrés. Demógrafo. Miembro de Comuna, colectivo vinculado a los movimientos sociales antisistémicos y a los movimientos descolonizadores de las naciones y pueblos indígenas. Ex-constituyente y ex-viceministro de planificación estratégica. Asesor de las organizaciones indígenas del CONAMAQ y del CIDOB. Sus últimas publicaciones fueron: Largo Octubre, Horizontes de la Asamblea Constituyente y Subversiones indígenas. Su última publicación colectiva con Comuna es Estado: Campo de batalla.

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Hablamos entonces de comportamiento crápula; es decir, de un estilo de conducta, entre otros estilos, que hacen al ámbito de campos comportamentales y conductuales; estilo, éste, que empuja a estas constelaciones subjetivas, que identificamos, comúnmente, como individuos particulares, vinculados con determinadas acciones, poses, simulaciones, discursos, formas de justificación. No es, ciertamente, este estilo aludido, el comportamiento crápula, la única tendencia contenida; esta tendencia compite con otras, para determinar un resultado no solo de comportamiento, sino de articulación singular de conducta, representación propia, es decir, imaginario, forma de discurso, máscaras o estilos de simulación; entrabados en escenarios y contextos locales o sociales de relaciones mundanas. Lo que hay que analizar, en estos procesos subjetivos de composiciones comportamentales, representativas, imaginarias y, sobre todo, de simulación, en un caso, o de sinceridad y honestidad, lo que comúnmente se llama transparencia, en otro caso, casi simétrico, es por qué, en ciertos grupos, para definición circunstancial de un comportamiento distinguible, se hace manifiesta la preponderancia de este estilo de comportamiento crápula.

¿Qué es lo que impulsa hacia un comportamiento crápula, como preponderante en la constelación subjetiva de un individuo? ¿El deseo de poder? ¿El deseo de riqueza, que es prácticamente lo mismo que el deseo de poder? ¿El ansia de reconocimiento? ¿La consciencia culpable, el resentimiento, el deseo de venganza? ¿O el miedo? Por ejemplo a los jefes, al poder, a la religión, a la “ideología” dominante. ¿Qué es lo que convierte a determinados individuos en “crápulas”, aunque el comportamiento crápula no sea el único comportamiento que manifiesten? Cuando, por ejemplo, se convierte a las víctimas en culpables y se convierte a los delincuentes en víctimas. Cuando los y las rebeldes son acusadas de cometer delitos contra el Estado y los gobernantes son ungidos de legalidad. Cuando los pueblos indígenas son acusados de conspiración y los avasalladores de sus tierras, los represores, los gobernantes, son ungidos de legitimidad constitucional, aunque no cumplan con la Constitución. Cuando se encubre terrorismo de Estado, se esconden delitos constitucionales, se opacan corrupciones proliferantes y generalizadas. En fin, sin querer hacer una lista larga, una forma sintomática de este comportamiento se da cuando los conservadores mimetizados en sus pretensiones de moda se proclaman “revolucionarios”, arrastrando prejuicios y conservadurismos recalcitrantes. El cuadro es extenso. Las formas singulares de lo crapuloso son muchas. No se trata de hacer una descripción exhaustiva, sino de responder a las preguntas.

Es menester hacer investigaciones concretas, específicas, de caso, por periodos y contextos, por problemáticas, también por características. Averiguar si son políticas, económicas y sociales, las condiciones preponderantes o, si se quiere, determinantes. Tampoco vamos a hacer una revisión de la bibliografía más o menos próxima al tema en cuestión. No se trata den un estado del arte sobre el tema o la temática. Vamos a sugerir hipótesis de interpretación, desde la perspectiva de la complejidad, en la espera de investigaciones, que contrasten estas hipótesis.

Hipótesis interpretativas del comportamiento crapulosoDada una constelación de subjetividades, que define distintos posicionamientos del sujeto, emergidos de experiencias particulares, historias de vida propias, memorias individuales, en periodos y contextos específicos, la tendencia del comportamiento crápula parece derivar de una matriz subjetiva y cultural compartida, que es la simulación, también mimesis, inherente en las conductas; en principio, como mecanismos de defensa. El problema, en las sociedades modernas - no hablamos de las sociedades antiguas, pues, en verdad, no las conocemos, salvo las descripciones históricas, las interpretaciones histórico-culturales, construidas en la modernidad, desde el horizonte histórico cultural de la modernidad -, es que estos mecanismos de defensa, vinculados a la simulación, a la imitación, que buscan como un disfraz o camuflaje, incluso engañar al atacante o depredador, se convierten en toda una estrategia de comportamientos, que comúnmente llamamos “mentira”, también “engaño”, que, a veces, dependiendo, las caracterizamos como “astucias”; otras veces, como chantajes o sobornos casi perversos. Entonces, los mecanismos de defensa se convierten en mecanismos de ataque, en mecanismos depredadores. En un mundo, interpretado socialmente, como reducido a la representación económica, donde el fetichismo de la mercancía, por lo tanto, el fetichismo del dinero, se convierten en el objeto oscuro del deseo, en la ilusión del paraíso perdido, alcanzar la riqueza es alcanzar la felicidad; las estrategias individuales tienden a lograr el objetivo de la riqueza, empleando mecanismos astutos, que pueden derivar en mecanismos depredadores. En un mundo, también interpretado socialmente, como reducido a la interpretación política, en sentido restringido, donde el fetichismo del poder, por lo tanto, el fetichismo del dominio, se convierten en el objeto oscuro del deseo, en la ilusión de lo absoluto, alcanzar el poder es sinónimo de lograr la disponibilidad absoluta; las estrategias individuales tienden a lograr el objeto ansiado del poder, empleando estrategias y tácticas, simulaciones, chantajes, de todo tipo, que derivan generalmente en conductas corrosivas, deshonestas y corruptas. En un mundo, en fin reducido a jerarquías institucionales, los jefes se convierten en absolutos, en tanto que los subordinados tienden a ser condescendientes, incluso sumisos. Es cuando los jefes se consideran impunes y los subordinados consideran que su deber es obedecer al jefe, incluso encubrirlo, siendo cómplices de sus actos y decisiones. También puede ocurrir que los subordinados aprovechen, a la sombra del jefe temido, de extender la ilusión de impunidad y desprender estrategias propias para lograr la felicidad o el dominio. Desde la trayectoria de vida del individuo, sus predisposiciones comportamentales tienen que ver no solo con la cosmovisión propia, conformada en relación a su formación y contextos culturales, locales y nacionales, sino también con los habitus, los sentidos prácticos, las estrategias grupales o, en su caso, “ideológicas”. Pero, sobre todo, con lo que llamamos la responsabilidad asumida o, si se quiere, en contraste, la irresponsabilidad asumida. La responsabilidad tiene que ver con lo que comúnmente llamamos consecuencia; en cambio, se puede decir, de una manera gruesa, que la irresponsabilidad tiene que ver con la inconsecuencia. Parece que la responsabilidad emerge de ámbitos de campos de relaciones abiertos, en constante juego de composiciones y combinaciones, respondiendo abiertamente a las problemáticas y desafíos. En cambio, la irresponsabilidad aparece como cierre y clausura de ámbitos de relaciones abiertos, que se vuelven, mas bien, cerrados, obligados, fijos y dogmáticos. El individuo, que se inclina a una predisposición no critica, sino conformista, que se cierra a una concepción de mundo heredada, que acepta el mapa institucional con el que entra en contacto como realidad, solo tiene a mano el juego de estrategias individuales, estrategias circunscritas que tienen que maniobrar en ese mundo estrecho. Entonces, encuentra en la manipulación de normas, de reglas, de dispositivos institucionales, la posibilidad de jugar a otro mundo, que resulta ser el mismo, solo que como su complemento, el lado oscuro del mundo visible. Esa es su “libertad”; se trata de una “libertad” perversa. Se puede decir que esta sociedad, cerrada a la malla institucional, edificada como realidad, es la que produce esta clase de individuos desesperados, que encuentran en la trampa la ocasión de una “libertad” falsa. En cambio, cuando los individuos se abren a ámbitos móviles, en expansión, de múltiples planos de intensidad, participando en el juego de composiciones y combinaciones, entonces la libertad aparece no tanto como una opción individual sino como creación social. El comportamiento crápula es un mecanismo de defensa, que se vuelve mecanismo de ataque, sin dejar de ser de defensa, pues el ataque oculta o esconde la defensa, convertida en una simulación, que pretende mostrar agresividad, cuando, en realidad es de ofuscación, enmascarando el miedo, la debilidad, la angustia, el anhelo. Por eso, el comportamiento crápula es enrevesado. A veces, es tan embrollado, que presenta un perfil de varias capas. Para comprender o aproximarse a la comprensión de este comportamiento de simulaciones yuxtapuesta se requiere ir removiendo todas sus capas hasta llegar al núcleo del problema. Donde se encuentra el miedo inicial, hasta el terror inicial, el deseo despavorido inicial, la cara oculta del objeto oscuro del deseo. Parece que en este núcleo se encuentra como la culpabilidad inicial, el resentimiento inicial, el deseo de venganza inicial, que desencadena la genealogía de esta conducta crápula, que usa la mimesis, la imitación, la simulación, para no solo confundir, sino engañar, aprovechar ocasiones, para ser lo que, de alguna manera, siempre ha deseado ser, el amo odiado, el patrón odiado, el rico odiado, el burgués odiado. Por eso, el comportamiento crápula no destruye la relación de dominación, la estructura de poder, sino las restituye, solo que de una manera sustitutiva. Termina sustituyendo al amo derribado o asesinado.

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