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Actualizado el 2016-01-26 a horas: 09:29:43

La concepción inocente de la democracia

Raúl Prada Alcoreza

Hay ciertamente distintas y variadas teorías de la democracia, tanto en la ciencia política así como en la filosofía política. La forma, las características, los contenidos, hasta las expresiones y los alcances, dependen, en parte, del paradigma, por así decirlo; también de la metodología de investigación. Sin embargo, no se puede olvidar, menos en este asunto, de la política, que, sobre todo, depende de la corriente “ideológica”. De todas maneras, estas teorías de la democracia, elaboradas en el horizonte de las epistemologías de la modernidad, que privilegian o aíslan algún plano de intensidad, el plano político, en este caso, para estudiar el desarrollo de la democracia; concibiéndola también como parte de este plano de intensidad o como una temática propia del campo político, con sus propias características y especificidades. Desde nuestra perspectiva, la que incursiona el pensamiento complejo, vemos que esta manera de enfocar la democracia no solo es restrictiva y abstracta - al aislar el plano de intensidad político del conjunto de planos y espesores de intensidad de la complejidad política y social, complejidad articulada e integrada, en forma de simultaneidad dinámica; articulación integrada que hace posible los fenómenos que reconocemos como políticos, que hace posible, entonces, el ejercicio de la democracia -, sino que también son teorías cándidas, por no decir simples.

Raúl Prada Alcoreza

Raúl Prada AlcorezaEscritor, docente-investigador de la Universidad Mayor de San Andrés. Demógrafo. Miembro de Comuna, colectivo vinculado a los movimientos sociales antisistémicos y a los movimientos descolonizadores de las naciones y pueblos indígenas. Ex-constituyente y ex-viceministro de planificación estratégica. Asesor de las organizaciones indígenas del CONAMAQ y del CIDOB. Sus últimas publicaciones fueron: Largo Octubre, Horizontes de la Asamblea Constituyente y Subversiones indígenas. Su última publicación colectiva con Comuna es Estado: Campo de batalla.

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En las corrientes liberales de estas teorías, se supone el individuo abstracto, ni siquiera el homo politicus, tampoco el homo economicus; casi como unidad cuantificable, el votante o el elector. A partir de este supuesto, generan sus axiomas, que no abandonan la divagación abstracta; reduciendo las prácticas políticas, incluso si se tratase de solo las decisiones electorales, a comportamientos conmensurables, que ayudan, por eso, a definir las formas democráticas, que reducen también, casi siempre, a las formas y reglas electorales. La democracia efectiva, como autogobierno del pueblo, autogobierno que no puede ser sino pleno, ha sido no solo aminorado a la condición restrictiva de democracia limitada de la institucionalidad constituida, sino que, también, ha sido comprimida esta democracia formal al juego numérico de mayorías y minorías. Estas reducciones sucesivas llevan a una comprensión no solo abstracta, fuera de la historia efectiva y singular de los pueblos concretos, sino también fuera de las predisposiciones individuales, que al agruparse, conglomerarse, acumularse, generan efectos masivos, quizás incontrolables o inesperados. Por esta heurística los problemas efectivos de la democracia terminan substraídos a la formas sin cuerpo de la lógica y a las regularidades de los grandes números, empleando una aritmética de las probabilidades, ciertamente en sus recursos más elementales.

Adam Przeworski publica Qué esperar de la democracia. Límites y posibilidades del autogobierno[1]. Libro, que si bien, es sugerente por su actualidad, por la evaluación descriptiva del debate, de las teorías de la democracia, sobre todo, de los problemas presentados al ejercicio de la democracia. Así también por la puesta en juego de teorías analíticas, que optan por soluciones operativas, para los problemas y desafíos que afronta la democracia, como ejercicio y como apertura, que ausculta las posibilidades de la democracia, la superación de sus límites, de su “autogobierno”, por cierto restringido a la representación y delegación. De todas maneras, reproduce las restricciones epistemologías de las teorías de la democracia de la modernidad. Fuera de lo que dijimos, el supuesto de un individuo abstracto, sin carne ni huesos, sin experiencia, sin memoria, sin historia singular, fuera de moverse en un plano de intensidad aislado, por lo tanto campo abstracto, el problema mayúsculo es que considera la democracia, sus contingencias, desafíos, problemas, sin estructuras de poder que la atraviesan. ¿Cómo se puede estudiar las fenomenologías políticas sin considerar las estructuras y las relaciones de poder? Cuando precisamente la política es un acontecimiento que tiene como cuestión primordial al poder, ya sea para de-construirlo, diseminarlo, desmantelarlo, en el caso de la política, en pleno sentido de la palabra, o, si se quiere, de las concepciones radicales; ya sea para, mas bien, lograrlo, realizarlo, mejorarlo, prolongarlo. Esta exclusión del núcleo problemático de la política, incluyendo a la democracia, no hace operativa la investigación y el estudio de la democracia, por más que quiera hacerlo; al contrario, las anula, pues lo que estudia no es la democracia efectiva sino una representación reducida y esquemática. Tampoco logra una explicación adecuada a la problemática y a la complejidad del tema y del tópico. Que, de todas maneras, se siga adelante con esta enorme falencia, muestra que a la academia no le interesa comprender, tampoco conocer, los procesos políticos y democráticos, sus “lógicas” inherentes, sus mecanismos y dinámicas, sino que le interesa sustituir esta realidad efectiva y singular por modelos teóricos, que aunque digan poco de su campo de estudio, terminan usándose como herramientas de análisis de algo que está ausente. La academia levita, navegando el océano de sus divagaciones, cuyas corrientes marinas responden a paradigmas esquemáticos, que por su simpleza compendiada, naufragan irremediablemente.

De entrada, el autor, renuncia al ideal de democracia, postulado en las concepciones antiguas y clásicas de la democracia; reduce la democracia a lo posible, viable y operativo. En otras palabras, reduce la democracia a la legitimación del orden, por lo tanto, a la legitimación de la estructura de poder vigente. Entonces la democracia no libera, no emancipa, tampoco iguala, a pesar de que va a ser, este de la igualdad, un línea fundamental en su análisis. Se entiende ahora, que al desentenderse del núcleo primordial de la política, del poder, le sea fácil esta operación con bisturí analítico, de reducir el ejercicio democrático a la legitimación del poder; por lo tanto, de su institucionalidad central, del Estado, en su forma de República. Przeworski no solo comparte el fetichismo “ideológico” liberal, sino que presenta la narrativa “ideológica” de legitimación como técnica democrática. Para caracterizar estos procedimientos analíticos, diremos, irónicamente, que esto es como elevar el efecto “ideológico” a la segunda potencia, al pretender neutralidad técnica y analítica.

Por otra parte, y esto es grave, reduce el autogobierno del pueblo a la representación, a la delegación, a la métrica de mayorías y minorías, a una caricatura probabilística. De sopetón tira por la borda la historia del debate teórico, político e “ideológico”, de corrientes tanto radicales como liberales y conservadoras. El prestigio académico le ayuda a esta osadía; sin embargo, el prestigio no resguarda, de ninguna manera, de inexcusables errores conceptuales, incluso de investigación y de metodología de estudio. Puede consumirse, como se puede entender, estas divagaciones analíticas, ordenadas, pretensiosas, exhibidas como análisis serio, en forma de narrativas teóricas, en esos espacios académicos, separados de las sociedades efectivas, por la distancia y el distanciamiento; es decir, el aislamiento institucional, que suspenden en el aire a estos establecimientos de formación. Este consumo intelectual no es más que un fenómeno ilusorio, en el espacio aislado, en el tiempo provisional, sostenido por otras ceremonialidades del poder, las relativas a las ritualidades académicas. Es muy difícil aceptar este consumo como parte del conocimiento efectivo, del saber propio, de las ciencias acumuladas, que, al final de cuentas, pueden constar como instrumentos interpretativos de la experiencia social y de la memoria social, instruir las formas de prácticas sociales; por lo tanto, forjar las genealogías sociales. Aunque las teorías clásicas, antiguas y modernas, hayan sido desplazadas por otras teorías más abarcadoras, más complejas, con mayor horizonte, esas teorías clásicas forman parte del aprendizaje humano. Empero, cuando nos vemos ante estas narrativas pretensiosas, reclamándose como técnicas y neutrales, que terminan estudiando los fantasmas que emergen, una vez que se acaba con los cuerpos, quedamos asombrados ante la producción discursiva que analiza lógicas y cantidades, obviando el sostén material, de cualquier lógica, de cualquier magnitud. Sostén material compuesto por multiplicidades singulares de procesos y acontecimientos singulares.

¿Es parte de la decadencia académica, cobijada en la decadencia de la cultura-mundo de la híper-modernidad? ¿Son los sofisticados dispositivos de poder, especializados, para producir verdades envasadas, para el consumo mediatizado del gran público, una vez que haya sido consumido, de manera directa y apropiada, por los intelectuales? Si algo tenemos que reconocer a estas producciones académicas es que gozan de abundante información, de acceso a fuentes, sin descartar una tocante cosmopolita erudición. Tampoco podemos desconocer su privilegiada formación académica, que ciertamente es ponderable; empero, lo que es difícil entender es que semejante formación, erudición, información, acceso, termine produciendo una redundancia vacía.

No está demás hacerse la pregunta, aunque sea anecdótica, de ¿cuándo se perdió la academia? Ciertamente nos referimos a las facultades y las carreras de las llamadas ciencias sociales; no estamos hablando de las otras facultades, vinculadas a las ciencias físicas y matemáticas; de la misma manera, no hablamos de las ciencias biológicas, como tampoco de las ciencias tecnológicas. Así mismo no nos referimos a las denominadas ciencias humanas, como la historia y la lingüística, que no comparten esta diseminación teórica, cognitiva y analítica. No vamos a referirnos a ellas, estas últimas, en este ensayo, ya lo hicimos en otros anteriores[2]. Parafraseando a Edmund Husserl podríamos hablar de la crisis de las ciencias sociales; pero, no lo vamos a hacer, pues la problemática de la crisis epistemológica va más lejos de lo que visualiza el mismo Husserl, en su momento pertinente, cuando hablaba de la crisis de La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental[3]

Antes de ocuparnos de esta pregunta anecdótica, recurriremos a una interpretación de parte del libro citado; la otra parte, que corresponde al desarrollo de lo emprendido; expuesto en sus piezas componentes, enseñado en el análisis de su “condiciones”, hipótesis, axiomas. Esta otra parte será analizada en otros ensayos.

En la introducción de Qué esperar de la democracia, se presenta la tesis fundamental del libro. Hay diferencias conceptuales en la historia filosófica, teórica y de la ciencia política, sobre todo, en lo que respecta a lo que se podría llamar utopía democrática; en contraste con el “pragmatismo” democrático, “pragmatismo” no del sentido que rescatamos, del pragmatismo lingüístico, sino del “pragmatismo” reductivo, reducido a la facticidad instrumental. Como dijimos, se excluyen las relaciones y estructuras de poder en el análisis de la democracia; empero, se sustituye este vacío por el eufemismo de categorías como ideales, acciones e intereses, que pretenden definir tópicos políticos, desde una pretendida neutralidad. El contenido de la democracia viene estructurado por “condiciones”, que hacen de hipótesis, además de aparecer como axiomas, de la igualdad, la participación, la representación y la libertad. Entonces, lo que se estudia son las variadas composiciones de estas “condiciones” de la democracia.

En el capítulo El autogobierno del pueblo, se analiza este otro nombre de la democracia, considerando la historia del debate, sobre todo en los aquellos tiempos de la modernidad, cuando se instauraban las primeras repúblicas. Entonces, se distingue el ideal de autogobierno de su realización institucional y operativa, del ejercicio empírico de la democracia, en sentido restringido. ¿Qué quiere decir autogobierno del pueblo? ¿Cómo se puede lograr y viabilizar el autogobierno, sin entrar en mayores contradicciones? Se evalúan, al respecto, las experiencias de las democracias dadas, principalmente en el llamado “occidente”; también se comparan y contrastan las teorías, puestas, en mesa, partiendo de la lectura de El Contrato social de Juan Jacobo Rousseau[4]. Lo que es significativo, es el tratamiento del tema, del autogobierno, en el contexto de la heterogeneidad; por lo tanto, ante el desafío de la pluralidad. Sin embargo, esta heterogeneidad no es tratada en sus espesores, en su complejidad, sino como variedad de opciones individualizadas, en el contexto demográfico del pueblo, que es la población.

Por otro lado, se analiza el ejercicio de la democracia, sobre todo, sus procedimientos y sus formas operativas, como método de resolución de conflictos. Estos conflictos se remiten al problema de las aproximaciones; ¿qué procedimientos cuantificables se aproximan más al ideal? Entonces, la aproximación a la utopía se efectúa o se traslada a la técnica electoral, a la cuestión de mejorar la decisión colectiva, de tal manera que se maximice el alcance de las mayorías y se minimice el impacto en las minorías. Acompañando a esta concepción metodológica de la democracia, se evalúa el alcance de la rotación de los cargos, como forma adecuada al autogobierno.

Se exponen dos teoremas; uno, el teorema de la igualdad-anonimato. Adam Przeworski escribe:

Igualdad significa que todos los individuos tengan el mismo peso en la decisión de la colectividad. El anonimato requiere que la decisión colectiva sea la misma si cualesquiera dos individuos intercambian sus preferencias. Si el anonimato debe ser aplicable a todos los pares de individuos posibles (“dominio abierto”), entonces se puede satisfacer si todos tienen el mismo peso. Por lo tanto, la igualdad y el anonimato son equivalentes sobre el dominio abierto[5].

El otro; teorema de la neutralidad. El autor escribe:

La esencia de la condición de neutralidad es que no se debe favorecer ninguna opción independientemente de las preferencias individuales. Esta condición suele formularse diciendo que las decisiones no deben depender de los nombres unidos a las alternativas[6].

Como se puede ver, los dos teoremas no son teóricos, sino operativos. Establecen categorías, ya no conceptos, como igualdad, anonimato, neutralidad, para viabilizar la aplicación, también para lograr la cuantificación. En otras palabras, el problema de la realización del autogobierno del pueblo; es decir, de la democracia, se ha ceñido a la resolución técnica, si se puede hablar de técnica, en este caso, del peso equivalente de los electores, así como de la conmutabilidad de sus preferencias. Presentando estas soluciones democráticas como independientes de las preferencias. Pero si, como dice el mismo autor, garantizando el statu quo.

Esta interpretación de la democracia, del autogobierno del pueblo, no es, evidentemente, crítica; al contrario, es una exposición de legitimación del régimen, pretendidamente democrático, aunque se declare reconociendo que es restringido y limitado. No toca para nada, los problemas efectivos, históricos-políticos-culturales, dados en su singularidad local, nacional, regional y mundial, considerando distintos periodos, incluso épocas. No se toca para nada la crisis de la democracia formal, institucionalizada. Ya Jürgen Habermas tocó, hace tiempo, en Historia y crítica de la opinión pública[7], uno de los focos desencadenantes de esta crisis, catalizador de la crisis, referido a la desaparición de la opinión pública, a la inhibición del raciocinio; también evaporación de la intimidad, produciéndose, mas bien, el fenómeno de su exteriorización en lo público-mediático. Sustituyéndose por el artificio masivo de los medios de comunicación de masa, suplantando la deliberación por el montaje y el teatro político del Congreso, donde se llevan ya las decisiones del partido, que pueden haberse negociado antes, al margen de la opinión de los ciudadanos. Hay otros promotores de la crisis de la democracia formal; de estos temas hemos hablado en otros ensayos[8]. Lo que importa anotar, es que Przeworski no retoma esta tradición crítica de la acción comunicativa, tampoco de los problemas de legitimación, que consideraron los trabas de la democracia como los relativos al desvanecimiento de la ciudadanía efectiva, en lo que respecta a ser tomados en cuenta en la construcción de las decisiones políticas.--- NOTAS

[1] Ver de Adam Przeworski Qué se espera de la democracia. Límites y posibilidades del autogobierno. Siglo XXI; Buenos Aires 2010.

[2] Ver de Raúl Prada Alcoreza Acontecimiento político, La Explosión de la vida, Más acá y más allá de la mirada humana, Episteme compleja. Dinámicas moleculares; La Paz 2013-15. http://horizontesnomadas.blogspot.com/2015/06/acontecimento-politico-i_23.html. http://horizontesnomadas.blogspot.com/2015/06/acontecimento-politico-ii.html. También en: http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/la-explosion-de-la-vida/. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/mas-aca-y-mas-alla-de-la-mirada-humana/. Así como en: https://pradaraul.wordpress.com/2015/02/13/episteme-compleja/.

[3] Ver de Edmund Husserl La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental. https://profesorvargasguillen.files.wordpress.com/2013/08/crisis-de-las-ciencias-europeas-y-la-fenomenologc3ada-trascendental-trad-julia-iribarne-krisis.pdf.

[4] Ver de Juan Jacobo Rousseau El Contrato social. http://www.enxarxa.com/biblioteca/ROUSSEAU%20El%20Contrato%20Social.pdf

[5] Ver de Adam Przeworski Qué se espera de la democracia. Límites y posibilidades del autogobierno. Siglo XXI; Buenos Aires 2010. Págs. 75-76.

[6] Ibídem; pág. 76.

[7] Ver de Jürgen Habermas Historia y crítica de la opinión pública. Gustavo Gili, Barcelona, 1981. https://es.scribd.com/doc/126926418/Jurgen-Habermas-Historia-y-critica-de-la-opinion-publica.

[8] Véase Acontecimiento político. Ob. Cit.

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