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Área: Opinión >> Comentarios y enfoque
Actualizado el 2015-12-28 a horas: 20:56:07

El pensamiento mágico sobre el progreso no salvará al planeta Tierra

Giles Fraser *

Acaso, de un modo que no habíamos visto nunca, miramos al futuro para vérnoslas con los problemas del presente. Anticipamos éxitos futuros y luego les ponemos precio con los retos de hoy. Tomemos la reciente cumbre del clima de París, un compromiso de reducir el calentamiento global “muy por debajo de 2ºC”. Tal como escribe Richard Martin en la MIT Technology Review, esta cifra depende de tecnologías emergentes que apenas si se han probado. En realidad, “a menos que aparezca un avance tecnológico de primer orden, lo que no es actualmente previsible, esas metas son inalcanzables”. Aun así, ya las hemos anticipado al jalear la cifra de 2ºC. Hemos puesto nuestra fe en algo llamado progreso, en la inestable creencia de que las cosas irán siempre mejor.

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Lo mismo hacemos con la economía. Aquí al progreso se le llama crecimiento. Los gobiernos piden prestado dinero en previsión de que el futuro pastel haya crecido para poder reembolsar lo que se ha pedido. No es que sea demasiado exacto, como ha dicho David Attenborough [gran divulgador y naturalista británico], que sólo los “locos y los economistas” creen en el crecimiento infinito. Cuando se trata del futuro, el capitalismo y la tecnología son uña y carne, y ambos asumen que el paso del tiempo, pese a la ocasional sacudida, apunta inevitablemente en dirección al avance continuo.

Pero ¿qué pasa si el crecimiento económico es origen de nuestro problema medioambiental en proceso de deterioro? ¿Qué pasa si esa actividad cada vez mayor es la que nos lleva a quemar más combustible, contaminando así aún más el planeta? Oh, no nos preocupemos demasiado, nos aseguran los proveedores de progreso, ya lo resolverá el futuro. Eso resulta igual de tranquilizador que meter toda nuestra basura en el Tardis [la máquina del tiempo de la famosa serie británica Dr. Who] y vaciarla sobre nuestros biznietos.

En 1980, el biólogo Barry Commoner se presentó como candidato a la presidencia de los EE.UU. contra Ronald Reagan. Frente al rústico optimismo capitalista/cristiano de Reagan, Commoner no tenía la más mínima oportunidad. Humanista de izquierdas, fue uno de los primeros en advertir de los peligros ambientales de nuestra creencia en el progreso. Sus cuatro celebradas leyes de la ecología compendiaban la creencia de que vivimos en un planeta finito, limitado:

1 Todo está conectado con todo lo demás

2 Todo tiene que acabar en algún lado

3 La naturaleza sabe más

4 En este mundo nada hay gratis

Si se echa un vistazo a los supuestos tecnológicos que están detrás del acuerdo de París desde la perspectiva de estas leyes, está claro que hay un problema. Pues si todo está conectado, está claro que una intervención tecnológica en un terreno puede tener consecuencias no intencionadas en otra parte. Y si todo tiene que ir a parar a algún lado, en ese caso capturar carbono y bombearlo al subsuelo (o donde sea) no hace más que darle largas al asunto. “La naturaleza sabe más” no es una fantasía romántica: afirma que el equilibrio de la naturaleza se ha forjado gracias a millones de años de evolución, al departamento de I+D de la propia naturaleza, y que si toqueteamos ese equilibro, lo hacemos por nuestra cuenta y riesgo.

Pero es la idea de que nos sale gratis la que nos tienta. Y eso es lo que proporciona al progreso y el crecimiento una coartada para el exceso. En realidad, convierten el exceso en virtud, re describiendo nuestros exagerados apetitos a modo de motor de una mayor prosperidad futura. El crecimiento es la piedra filosofal que ofrece convertirlo todo en oro. Pero, como toda creencia en la magia – por ejemplo, la creencia de que hay cosas gratis – apunta a una pendiente.

Esto resulta un poco intenso, viniendo de un hombre religioso. Ya estoy oyendo gritar a los escépticos, a los cuales les respondería que si creemos que la tentación de creer en la magia es algo que murió con la religión popular, entonces lo que ha muerto es el escepticismo. Desde luego, la creencia en el progreso sin sentido crítico asume que uno de los rasgos básicos de una visión del mundo cristiana, que la flecha del tiempo siempre apunta hacia algún paraíso futuro. La dialéctica de Hegel venía a decir básicamente lo mismo. “Las cosas solo pueden ir mejor”, cantaba el grupo pop D:Ream, con ese adalid del progreso, el profesor Brian Cox [célebre físico, divulgador y antiguo músico] en los teclados.

Al final, esta fe tan contemporánea no puede ser desmentida por el futuro. Tendremos que ver cómo resultan las cosas. Como dicen algunos cristianos, habrá una verificación escatológica…o no. Por lo que a hoy respecta, el progreso es el mito moderno que mantiene el circo en marcha y que justifica nuestra desorbitada forma de vivir. ¿Alguien quiere otro bombón de menta?

* Giles Fraser es sacerdote anglicano, párroco de la iglesia Santa María de Newington, en el sur de Londres, fue canónigo de la Catedral de San Pablo y colabora como columnista con el diario The Guardian. Fuente: The Guardian, 17 de diciembre de 2015. Traducción para www.sinpermiso.info por Lucas Antón.

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