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Área: Opinión >> Comentarios y enfoque
Actualizado el 2015-11-02 a horas: 09:18:22

La venganza del poder

Tribunales oficiosos

Raúl Prada Alcoreza

Revisando las historias políticas de la modernidad habría que preguntarse ¿si el régimen antiguo derrocado por la revolución ha sido efectivamente derrocado? Pues parece que, después de la derrota visible y constatable, en el plano de intensidad político, retorna como fantasma. Esta imagen me hace recuerdo a lo que dijo, una vez, David Choquehuanca, el Canciller del Estado Plurinacional de Bolivia, justo cuando sucedía el conflicto del “gasolinazo”. Dijo más o menos lo siguiente:

Raúl Prada Alcoreza

Raúl Prada AlcorezaEscritor, docente-investigador de la Universidad Mayor de San Andrés. Demógrafo. Miembro de Comuna, colectivo vinculado a los movimientos sociales antisistémicos y a los movimientos descolonizadores de las naciones y pueblos indígenas. Ex-constituyente y ex-viceministro de planificación estratégica. Asesor de las organizaciones indígenas del CONAMAQ y del CIDOB. Sus últimas publicaciones fueron: Largo Octubre, Horizontes de la Asamblea Constituyente y Subversiones indígenas. Su última publicación colectiva con Comuna es Estado: Campo de batalla.

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El Palacio - refiriéndose al Palacio presidencial, que popularmente conocemos como Palacio quemado - está como habitado por fantasmas. No comprendo cómo cambian tanto las personas, que ahora hacen de gobierno; cómo hemos llegado a enfrentar a nuestro pueblo, en este asunto del “gasolinazo”. Cuando escucho a los ministros informarle al presidente que todo está bien, después de semejante conflicto, me asombro de cómo están tan alejados de lo que ocurre. Me pregunto: ¿por qué a mí no me ocurre lo mismo? De pronto se me ilumina: es que yo me bañe en las aguas del lago sagrado, ellos no[1].

Esta figura, la de los fantasmas del Palacio quemado, es aleccionadora e ilustrativa. Siguiendo al relato y a la metáfora, podríamos decir que los derrocados han salido del Palacio, ya no gobiernan, empero, se han quedado sus fantasmas. O si se quiere, el Palacio mismo es como una fantasmagoría, mejor dicho, la morada de los fantasmas del poder; lugar donde los fantasmas hacen valer sus propios códigos, hacen valer la fuerza gravitatoria del pasado, envolviendo en esta campo gravitatorio a los nuevos gobernantes. Ocurre como si se ingresara a otro mundo, el mundo de los fantasmas, que es el mundo de los imaginarios del poder. En ese mundo, los nuevos gobernantes comparten de esta atmósfera fantasmagórica; poco a poco se convierten en parte de ellos, de esta muchedumbre de fantasmas. Aunque a diferencia de ellos, al salir del Palacio, se encuentran nuevamente en la calle, en la Plaza de armas, con la gente que aguarda. Pero, este resplandor de realidad es muy débil, pues los que aguardan son simpatizantes o admiradores, sino son militantes del partido oficialista. Después, los que acompañan son encomendados leales y serviciales; los otros lugares estatales donde se va a reuniones, pertenecen, como satélites, al dominio de los fantasmas del poder. No hay escapatoria, los nuevos gobernantes están atrapados en las redes del dominio fantasmagórico del poder.

Hemos usado esta metáfora fantasmagórica y sus imágenes desenvueltas para ilustrar un fenómeno político evidente, el de la mutación de una estructura institucional; por ejemplo, la del Estado-nación, que corresponde a la república, con su Estado de derecho, su Constitución, sus leyes, normas, reglas, procedimientos instrumentales, de carácter liberal. Si bien, en un principio, este sistema político funcionaba en acorde a toda esta estructura, subsistemas, intercambios y retroalimentaciones, teniendo en cuenta los códigos establecidos y efectuando las decodificaciones adecuadas, resulta que, a pesar de mantenerse toda la estructura, toda la composición del sistema político, los significados, los sentidos, las decodificaciones, van mutando. Ya no son interpretados como al principio, en función del equilibrio democrático, del ejercicio democrático, por cierto formal, sino que comienzan a ser interpretados en función de finalidades convertidas en absolutas; como, por ejemplo, la “defensa de la democracia” frente a las amenazas subversivas o de otra índole. Entonces los dispositivos de la democracia formal se convierten en dispositivos de defensa, ya no de cumplimiento de derechos. En esta mutación también se desencadena otra; el sentido de la democracia cambia. Ya no se trata de que la soberanía reside en el pueblo, aunque se lo siga diciendo, como de memoria, en un discurso plagado de inercia, sino de que la democracia es la Ley; después, la democracia es el Estado; por este camino, la democracia es la “seguridad del Estado”. En esta secuencia vienen las otras mutaciones de sentido; la democracia es el estilo de vida, la cultura, que somos como nación. La democracia adquiere no solo una tonalidad nacionalista, sino se vacía de sus contenidos igualitarios, deliberativos, reflexivos, de consensos, por más mínimos que sean, para llenar este vacío con contenidos casi opuestos, sino son del todo contradictorios. La democracia es la propiedad privada. Aquí no sería problema que se trate del respeto a la propiedad privada de los ciudadanos, propiedad privada de cada individuo, que se remite a sus cosas, su casa, sus ahorros, incluso, sus pequeñas parcelas; sin embargo, el sentido es la defensa de la gran propiedad privada, la propiedad monopólica. Con este paso, la democracia ha dejado de ser democracia, en el sentido histórico de la palabra, para ser algo que había derrocado la revolución democrática, oligarquía, poder de la oligarquía.

No es de extrañar que este fenómeno de la mutación política haya sucedido con las revoluciones socialistas, pues al parecer nos encontramos ante no solamente lo que hemos llamado el eterno retorno del poder, así como el círculo vicioso del poder, sino ante una genealogía cíclica de las dominaciones. Tampoco es de extrañar que lo mismo haya pasado con las revoluciones nacionalistas, en las periferias del sistema-mundo capitalista; así como no debe extrañarnos que esto suceda ahora con los gobiernos tildados de progresistas. El fenómeno de la mutación política debe ser estudiado y analizado en los contextos de las genealogías del poder. La pregunta es: ¿qué es lo que hace mutar a la estructura política? Otra vez, la hipótesis interpretativa a la que recurrimos es la del poder. Sin embargo, como en los otros casos, debemos entender el poder a partir de la descripción concreta de las singulares dinámicas de sus fuerzas involucradas, donde vamos a encontrar, mas bien, una variedad de formas.

Tomemos, primero, un ejemplo, el de los tribunales del Estado Plurinacional Boliviano, el Tribunal Electoral y el Tribunal Constitucional, en el gobierno progresista. Se supone que el Tribunal Electoral debe ser imparcial, debe garantizar la idoneidad de las elecciones, para esto debe conformar las condiciones adecuadas, técnicas, comunicacionales, de difusión, haciendo prevalecer los derechos consagrados en la Constitución. Sin embargo, resulta que asistimos a unas secuencias de incoherencias de parte de este Tribunal. Apresura el referéndum autonómico, dejando el rastro de atropellos del anterior Tribunal electoral, sin enmendar los efectos negativos causados. Apresura el lanzamiento del referéndum para modificar la Constitución, en el tema de la reelección del presidente, sin contar con la adecuada interpretación de la Constitución; tampoco sin contar con todas las condiciones adecuadas, descartando las situaciones contingentes, como si no hubieran existido los últimos conflictos regionales, como el de Potosí. En otras palabras, los derechos de los ciudadanos no cuentan. Para el colmo, retira a los magistrados, que cometieron delitos constitucionales y electorales en las elecciones a la gobernación de Chuquisaca; sin embargo, no repara el daño causado. Lo que era lógico y moralmente de esperar. Sus explicaciones son tan estrambóticas como ellos mismos, los miembros del Tribunal.

El Tribunal Constitucional hace gala de su desconocimiento de la Constitución, de su incomprensión del texto constitucional. La triste historia de este Tribunal ha sido la perseverante vulneración tenaz de la Constitución, tanto en el conflicto del TIPNIS, como en temas que han exigido su interpretación constitucional. Ahora, también se apresura a legalizar la pregunta del referéndum sobre la reelección, sin más miramientos, olvidando que la Constitución establece como sistema de gobierno la democracia participativa, pluralista, directa, comunitaria y representativa.

Como se puede ver, se denominan estos dispositivos tribunales, presentan una estructura institucional, que contiene normas, códigos, procedimientos, que se supone que contemplan la Constitución; sin embargo, la práctica de estos tribunales muestra la mutación política de la que hablábamos; sus mecanismos ya no son ni para garantizar la democracia en lo que respecta a las elecciones, los referéndums, las consultas, ya no sirven para garantizar el cumplimiento de la Constitución, sino se han convertido en engranajes para garantizar la reproducción del poder.

[1] Conversación con David Choquehuanca en el despacho de la Cancillería.

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