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Actualizado el 2015-07-10 a horas: 04:28:59

Las investiduras

Raúl Prada Alcoreza

Investidura es la ceremonia de toma de posesión de algún cargo oficial, honor, también el ingreso en una jerarquía de índole noble. La investidura se toma por los dos lados; por el derecho de investir y por la diligencia misma de investir. Corresponde a veces al mismo mandato. La investidura se toma algunas veces por el título vernáculo de merced de un feudo, así como por la acción mediante la cual un señor inviste a un vasallo. La palabra investidura se deriva del latín vestire, vestir o revestir. Antiguamente, las investiduras venían seguidas de determinados rótulos simbólicos, certificando la transacción que se efectuaba de la propiedad de una persona a otra. Estos símbolos son determinados por las leyes, así como por los usos y costumbres. Usualmente, ostentaban la mayor relación posible con los objetos de la transacción. Los soberanos solían conferir la investidura de una provincia y gobierno per vexillum, es decir, adjudicando al honrado una bandera. Los emblemas utilizados para otorgar las investiduras se acostumbraban guardar con celo, y con el propósito de que no pudiesen servir para otros, se habituaba a estropearlos. Por ejemplo, el procedimiento con que se conferían antiguamente las investiduras de los provechos eclesiásticos variaba según los cargos; al canónigo se le investía entregándole el libro, al abad el báculo, al obispo el báculo y el anillo. Sobre la adjudicación de las investiduras eclesiásticas por parte de los señores profanos se suscitaron arrebatadas querellas; en definitiva, se suprimió esta potestad a los señores feudales[1].

Raúl Prada Alcoreza

Raúl Prada AlcorezaEscritor, docente-investigador de la Universidad Mayor de San Andrés. Demógrafo. Miembro de Comuna, colectivo vinculado a los movimientos sociales antisistémicos y a los movimientos descolonizadores de las naciones y pueblos indígenas. Ex-constituyente y ex-viceministro de planificación estratégica. Asesor de las organizaciones indígenas del CONAMAQ y del CIDOB. Sus últimas publicaciones fueron: Largo Octubre, Horizontes de la Asamblea Constituyente y Subversiones indígenas. Su última publicación colectiva con Comuna es Estado: Campo de batalla.

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La ceremonia de la investidura transfiere una potestad, otorga y reconoce una función atribuida al investido. La investidura en un ritual de jerarquía, además corresponde al reconocimiento y legitimidad del que inviste, el soberano o, en su caso, el papa, en lo que respecta a la investidura de los clérigos. Este arquetipo ceremonial del poder es el substrato de la genealogía de las investiduras, que proliferan en la modernidad; obviamente, cambiando el contexto histórico-cultural, y la estructura significativa de la querella de las investiduras. Las investiduras en la modernidad se dan en un contexto histórico-jurídico democrático, forman parte de las ceremonialidades republicanas, donde el soberano, por lo menos, en el imaginario, en las representaciones, simbólicamente, es el pueblo. Sin embargo, de todas maneras, se inviste a los representantes, a los gobernantes, a los congresistas, a las autoridades. La investidura es otorgada por el Estado moderno, el Estado-nación, donde el presidente de gobierno, el presidente del Congreso, la autoridad correspondiente, aparecen como representantes de Estado, mediadores del Estado, en este acto de investir. Aparentemente es el pueblo el que inviste por mediación de la votación.

Las formas proliferantes de investidura no se circunscriben al Estado, al gobierno, al Congreso, a los poderes del Estado; atraviesan a la sociedad misma, abarcan la malla de sus instituciones. No solamente hablamos de las investiduras académicas, sindicales, familiares, empresariales, sino también de investiduras inesperadas, dadas en los ámbitos denominados revolucionarios. Sobre todo en los partidos políticos, en las agrupaciones y colectivos, también se inviste, aunque lo hagan de otra manera, reclamando prestigio y reconocimiento a la jerarquía del honor. Se satura también estas ceremonias revolucionarias de cargas simbólicas. El hecho de investirse de revolucionario otorga prestigio ético y político. Una forma de ceremonia es la relativa a la militancia; otra forma de ceremonia viene dada respecto a la memoria de los muertos, de los los héroes sacrificados, quienes son investidos como santos revolucionarios; cuando esto acontece, como generando un campo sagrado político, parecido a un museo de los ancestros de la revolución, la transferencia del prestigio de héroes se da como otorgando el prestigio acumulado a los militantes, sobre todo a los líderes “ideológicos”. El revolucionario en vida se encuentra investido por el prestigio del revolucionario muerto; adquiere entonces la autoridad histórica de esta acumulación y memoria. Las autoridades del partido entonces aparecen como personas indiscutibles, algo así como fue el papa en la Roma medioeval, también el rey del Sacro Imperio Romano. Como son los santos, como es la palabra de los santos, antecedidos por la palabra de los evangelistas. Los revolucionarios también adquieren ese aire absoluto de mandato, que tiene su palabra.

La genealogía de las investiduras se complica cuando incluso en las posiciones más radicales y más críticas aparece esta ceremonialidad de investidura, aunque concurra de manera transformada. Las versiones más radicales como que adquieren, de manera inmediata, la investidura por el solo hecho de auto-identificarse con las interpelaciones más radicales. Basta con ser parte de la forma más avanzada, más radical, más interpeladora, para adquirir el prestigio acumulado de las luchas. El problema no es, de ninguna manera, la versión radical, la interpelación radical, que, mas bien, resulta saludable, en un mundo atrapado en la institucionalidad perpetrada, sino que este radicalismo termina mermado precisamente por esta recurrencia a la genealogía de las investiduras, cuyo substrato es la disputa del poder entre el poder celestial y el poder civil. El acto de investirse, aunque se lo haga de una manera tan distinta, de todas maneras, responde a este imaginario ceremonial de la reproducción de las jerarquías. En el fondo, la investidura es la herencia conservadora que ata hasta las versiones más avanzadas y radicales de la crítica y de la interpelación al círculo vicioso del poder.

La querella de las investiduras

La llamada querella de las investiduras contrapuso a papas y reyes católicos del Sacro Imperio Romano Germánico, entre 1075 y 1122. Dicho desencuentro se debió a la disputa por la provisión de beneficios y títulos eclesiásticos. Se puede resumir como la disputa que mantuvieron pontífices y emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico por la autoridad en los nombramientos de la Iglesia.

En 1073 es nombrado papa Gregorio VII. La primera medida que tomó, ese mismo año, fue la prescripción del celibato eclesiástico; es decir, la prohibición del matrimonio de los sacerdotes. Los sacerdotes no podían tener hijos; por tanto, no transmitirían en herencia directa sus posesiones y derechos. Numerosos obispos, abades y eclesiásticos en general prestaban vasallaje a sus señores laicos debido a los feudos que éstos les otorgaban. Aunque un clérigo podía recibir un feudo común y corriente de igual manera que un laico, existían determinados feudos eclesiásticos que sólo podían ser entregados a los religiosos. Siendo territorios dominados por señores feudales, que conllevaban derechos y beneficios señoriales, su concesión era realizada por los soberanos mediante la ceremonia de la investidura. El conflicto surgía de la disociación de funciones y atributos que involucraba tal investidura. Por ser un feudo eclesiástico, el beneficiario debía ser un clérigo; si no lo era, cosa que sucedía frecuentemente, el aspirante era también investido eclesiásticamente; es decir, recibía simultáneamente los derechos feudales y la consagración religiosa. Según la doctrina de la Iglesia, un laico no podía consagrar clérigos, y de manera análoga, no podía otorgar la investidura de un feudo eclesiástico, atribución que tenía adjudicada el Sumo pontífice. Para reyes y emperadores, los feudos eclesiásticos, antes que eclesiásticos, eran feudos. Los clérigos feudatarios, además de clérigos, eran tan vasallos como los demás; obligados en la misma medida a servir a su señor, comprometidos a ayudarle económica y militarmente en caso de necesidad. Los monarcas no querían que el papa les despojara de la facultad de investir a los destinatarios de aquellos feudos, de obtener, a cambio, el provecho inherente a la concesión feudal. Se daba, además, la circunstancia de que en los dominios del emperador los clérigos feudales eran numerosos; además, eran un grupo que poseía cargos de confianza en la administración, fundamentales para la marcha del gobierno del emperador. Así, los monarcas hacían recaer los cargos eclesiásticos en parientes o amigos; es decir, personas que no necesariamente eran dignas de ser clérigos según las normas de la Iglesia. Por otra parte, muchos obispos, abades y clérigos no querían cambiar su situación de vasallos, debido al riesgo de perder las prerrogativas de que disfrutaban en sus posesiones feudales. Privar al emperador de su facultad de investir a los titulares de los feudos eclesiásticos equivalía a quitarle el derecho de nombrar a sus colaboradores; perdiendo buena parte de sus vasallos, los más leales, sus valedores financieros, los que le sustentaban militarmente. Todo esto era parte de la lucha entre los poderes universales, que se disputaban el dominio del mundo, el Dominium mundi. A comienzos del siglo XI, ante un papado impotente, el emperador Enrique III (1039-1056), dispensó multitud de cargos eclesiásticos.

Después de la muerte de Enrique III surge un movimiento tendente a liberar al papado del sometimiento al imperio. En todo el mundo cristiano empieza a reivindicarse la libertad de la Iglesia para nombrar a sus cargos. Al decreto papal de 1073 sobre el celibato, siguieron otros cuatro decretos dictados en 1074 sobre la simonía y las investiduras. Visiblemente, las miras de Gregorio VII eran políticas e iban encaminadas a minar la autoridad imperial del Sacro Imperio Germánico, puesto que las disposiciones no se promulgaron ni en España, ni en Francia ni en Inglaterra. La reacción por parte de las autoridades civiles y de los mismos clérigos afectados fue virulenta, corriendo peligro en muchos casos la integridad personal de los delegados vaticanos, enviados para publicar y hacer cumplir los edictos del pontífice. El papa no suavizó sus métodos ni rebajó el tono de las amenazas. Al contrario, dictó nuevos decretos en 1075, veintisiete normas compendiadas en los Dictatus papae, que repetían las prohibiciones de los decretos anteriores con mayor severidad en las penas, que alcanzaban a la excomunión, para quienes, siendo laicos, entregasen una iglesia, para quienes la recibiesen de aquéllos, aun no mediando pago. Los veintisiete axiomas de los Dictatus papae se resumen en tres conceptos básicos: el papa está por encima no sólo de los fieles, clérigos y obispos, sino de todas las iglesias locales, regionales y nacionales, por encima también de todos los concilios; los príncipes, incluido el emperador, están sometidos al papa; la iglesia romana no ha errado en el pasado ni errará en el futuro.

Estas pretensiones papales le llevarán a un enfrentamiento con el emperador alemán en la llamada disputa de las investiduras, que en el fondo no es más que un enfrentamiento entre el poder civil y el eclesiástico sobre la cuestión de a quién compete el dominio del clero. En efecto, Enrique IV no parecía dispuesto a admitir la menor merma en su autoridad imperial; se comportó con desdeñosa indiferencia frente a las prescripciones pontificias. Siguió invistiendo a obispos para cubrir las sedes vacantes en Alemania y, lo que fue más hiriente para la sensibilidad vaticana, nombró al arzobispo de Milán, cuya población había rechazado al designado por el papa. Gregorio VII recriminó al emperador su insolente actitud, le dirigió un nuevo llamamiento a la obediencia y le amenazó con la excomunión y la deposición. Por respuesta, Enrique IV convocó en Worms, en el año 1076, un sínodo de prelados alemanes, quienes no se cohibieron en manifestaciones de iracundo odio hacia el pontífice de Roma, de abierta oposición a sus planes reformadores. Con el respaldo clerical, expresado formalmente en el documento, que recogía las conclusiones de la asamblea, en el que se dejaba constancia de desobediencia declarada al papa y se le negaba el reconocimiento como sumo pontífice, el emperador le conminó por escrito a que abandonara su cargo y se dedicara a hacer penitencia por sus pecados; a la vez que daba traslado del acta del sínodo episcopal. La indignación en Roma superó cualquier límite. El concilio que se estaba celebrando en esas mismas fechas en la ciudad santa dictó orden de excomunión para Enrique IV y todos los intervinientes en el sínodo alemán, a lo que el papa añadió una resolución de dispensa a los súbditos del emperador del juramento de fidelidad prestado, lo declaraba depuesto de su trono imperial hasta que pidiese perdón, y prohibía a cualquiera reconocerlo como rey[2].

Esta querella de las investiduras en el medioevo hace no solamente de referente histórico sino también de arquetipo de las querellas de las investiduras en la modernidad. Si la disputa en aquel entonces se puede resumir, esquemáticamente, en la querella entre el poder celestial y el poder terrenal; en la modernidad la disputa es entre los innumerables poderes, formas de poder, pretensiones de poder, proliferantes, que reclaman ser la representación legitima del pueblo, de la nación, del Estado, o, en su caso, del proletariado, de los explotados, de los subalternos, de los condenados de la tierra, de los y las colonizadas. La condición celestial es transferida a la “ideología” en cuestión, al discurso, incluso a la vanguardia reclamada; también, claro está, es transferida a la teoría, concebida como ciencia; es decir, como verdad objetiva.

Durante la colonia la querella de las investiduras adquiere nuevas formas en la disputa de los poderes universales. Los conflictos entre iglesia y Corona reaparecen en distintos escenarios; conflicto por los diezmos, conflicto en relación a las encomiendas y misiones, conflicto con los jesuitas. También entre los mismos poderes terrenales la querella por las investiduras adquiere nuevas formas a inicios de la modernidad barroca. Los criollos disputan a los conquistadores las ceremonialidades del poder; no solamente la extensión del poder, sino también el derecho a las investiduras. Después, como en Europa, después de la revolución, allá, después de la independencia, aquí, el nuevo poder terrenal laico, suspende la participación de la iglesia en las investiduras políticas. El Estado laico es la institucionalización de esta suspensión.

Lo sorprendente es que en pleno comienzo del siglo XXI las querellas por las investiduras continúen, aunque cambiando de formas y variando significaciones, así como procedimientos. Los revolucionarios del siglo XXI se esmeran por ungirse con investiduras de toda clase, algunas conllevan la otorgación de símbolos de mando, otras no, empero, connotan jerarquías de prestigios reclamados.---

[1] Referencias: Diccionario histórico enciclopédico, 1830. Texto: Investidura Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Investidura?oldid=81454802 Colaboradores: SimónK, Soniabmj, Maleiva, DarkMoMo, CEM-bot, Ángel Luis Alfaro, Rjgalindo, TXiKiBoT, Jmvkrecords, VolkovBot, Muro Bot, Jorjum, Farisori, UA31, Arjuno3, Sergiportero, Sorareader, Jkbw, Botarel, Halfdrag, RedBot, PatruBOT, Savh, AVIADOR, HRoestBot, Sergio Andres Segovia, Felices ya, KLBot2, José Sánchez Sánchez, Vetranio, Makecat-bot, ConnieGB, Duvan 16722882828, Tortignol y Anónimos: 25.

[2] Referencias: Introducción a la historia de la Edad Media europea; Emilio Mitre Fernández – Ediciones AKAL, 2004; (P. 183). Texto: Querella de las Investiduras Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Querella_de_las_Investiduras?oldid=83472672 Colaboradores: Oblongo, JorgeGG, Rosarino, Joselarrucea, AnTeMi, Taragui, Petronas, Alhen, Chobot, Gerkijel, Yrbot, YurikBot, Eskimbot, Basquetteur, Ketamino, Tomatejc, Argyle, Armenteros, Erufailon, Ric delg, BOTpolicia, CEM-bot, Rubengeta, Durero, Symposiarch, Martínhache, Thijs!bot, Pa13ra, RoyFocker, Cratón, Isha, JAnDbot, Azedarac, Lecuona, Gsrdzl, TXiKiBoT, Rei-bot, Karmanu, Beatriz Glez. C., Trasamundo, VolkovBot, Urdangaray, Tláloc, BlackBeast, AlleborgoBot, Adorian, Sealight, SieBot, Loveless, Chico512, Copydays, Kmelguis, Alexbot, UA31, AVBOT, MastiBot, Diegusjaimes, MelancholieBot, Luckas-bot, MystBot, DSisyphBot, ArthurBot, Xqbot, Jkbw, Rubinbot, Botarel, AstaBOTh15, Halfdrag, Marsal20, Abece, PatruBOT, Óscar el segoviano, TjBot, Ripchip Bot, Foundling, EmausBot, Savh, ZéroBot, Waka Waka, Avillamizarb, KLBot2, MetroBot, John plaut, Gusama Romero, Robert Laymont, Syum90, Brandon16135, EnYB0La, Jarould, Luzi mix, RafaDavid12, Anonimus888888 y Anónimos: 89.

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