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Área: Opinión >> Comentarios y enfoque
Actualizado el 2015-06-09 a horas: 14:57:12

Sobre el acontecimiento libertario

Raúl Prada Alcoreza

Quizás sea la caracterización más adecuada del anarquismo la trilogía de su interpelación, crítica y demolición del Estado, del Capital y de la religión; esto se expresa comúnmente como la consigna Ni Dios, ni Estado, ni capital. Grito de guerra al que hay que añadirle Ni marido, con lo que viene a ser entonces un cuarteto de demolición del poder, considerado en estas cuatro formas de presentarse. La versión más radical de las subversiones en la modernidad se encuentra en el anarquismo, en sus activismos, sus movilizaciones, sus prácticas, sus comunas, sus imaginarios radicales, sus estéticas, sus transgresiones, incluso su irreverencia a la teoría.

Raúl Prada Alcoreza

Raúl Prada AlcorezaEscritor, docente-investigador de la Universidad Mayor de San Andrés. Demógrafo. Miembro de Comuna, colectivo vinculado a los movimientos sociales antisistémicos y a los movimientos descolonizadores de las naciones y pueblos indígenas. Ex-constituyente y ex-viceministro de planificación estratégica. Asesor de las organizaciones indígenas del CONAMAQ y del CIDOB. Sus últimas publicaciones fueron: Largo Octubre, Horizontes de la Asamblea Constituyente y Subversiones indígenas. Su última publicación colectiva con Comuna es Estado: Campo de batalla.

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A lo largo de las historias políticas, el pensamiento y el activismo ácratas han incursionado intempestivamente, ocupando intensamente la eternidad del instante, los momentos de la rebelión. Se puede decir que el saber libertario tiene como matriz la intuición subversiva, desplegando desde esta matriz la crítica, que, como hemos dicho, se ocupa de deconstruir cuatro formas de poder básicas: El Estado, la religión, el capital y el patriarcado. A estas cuatro críticas hay que añadir la crítica del colonialismo y la colonialidad, crítica que ha emergido con fuerza en las luchas anarquistas contemporáneas. La quintaesencia, por así decirlo, del anarquismo se podría resumir en la consigna de combate: Ni Dios, ni Estado, ni capital, ni marido, ni amo.

Los y las anarquistas consideramos que no se puede luchar contra al poder parcialmente, usando una parte del poder contra la otra; por ejemplo, usar al Estado contra el capital, cuando el Estado es la otra cara del capital, la cara política del capital, que se presenta visiblemente como la cara económica. No se puede encarar la lucha contra el poder, su demolición, dejando formas de dominación que constituyen sujetos sumisos; por ejemplo la religión institucionalizada, sobre todo las iglesias, los sacerdotes, que se convierten en la casta mediadora. Ahora han aparecido otras iglesias, no basadas en la fe, sino en la racionalidad abstracta e instrumental, basadas en la representación partidaria o en las emulaciones intelectuales y académicas. Con estas iglesias han aparecido los nuevos sacerdotes, que no necesitan vestir sotana, sino que se invisten de portadores de la verdad, de la ciencia, sobre todo de la institución y de las leyes. No se es consecuente con las luchas contra las dominaciones si no se desmantela el patriarcado, la dominación masculina, de las fraternidades de machos. La forma de dominación más antigua es ésta, la del patriarcado. Sobre la base de esta dominación se asientan las otras. Tampoco se es consecuente si no se destruye la dominación colonial, base histórica de la dominación capitalista mundial; si no se demuelen las formas institucionales, prácticas, de las costumbres y los imaginarios de la colonialidad. La lucha contra el poder, sus formas polimorfas, es total.

De aquí viene la crítica de los anarquistas a los socialistas, a los comunistas partidarios, a los marxistas. Consideramos que estas expresiones, formas y discursos de lucha son parciales, son, en definitiva inconsecuentes. No luchan contra el poder en su integralidad; dejan gajos, raíces, partes del poder; son precisamente estas partes las que reproducen el poder, después de la revolución. Las revoluciones socialistas son parciales; por lo tanto, inconclusas e inconsecuentes. Estas revoluciones se convierten en restauradoras del orden de dominaciones; se convierten después en contra-revoluciones. Usan los mismos métodos que los amos derrocados, no solamente para defenderse de las conspiraciones de estos amos desmoronados, sino, sobre todo, para defenderse de las rebeliones sociales, que emergen, ante la constatación que nada ha cambiado, que poco ha cambiado, que los representantes “revolucionarios” son los nuevos amos.

La historia plural del anarquismo es, relativamente, larga; antecede a las organizaciones marxistas, forma parte de lo que se conoce como huelgas salvajes, de sabotaje a la maquinaria capitalista inicial. Incluso antes, se puede ligar al anarquismo con las rebeliones heterodoxas iconoclastas de los pueblos, comunidades y mujeres, que resisten la forma de modernidad autoritaria que se impone desde el Estado y con los avasallamientos de la propiedad privada sobre lo común, los bienes comunes; apoyados ambos, el Estado y la empresa capitalista, por la iglesia. Las mujeres populares, libres, sin redes de capturas institucionales, simbolizando entramados comunitarios, se vuelven peligrosa para el sistema de poder que se instaura, sobre la base del monopolio de tierras, monopolio de los medios de producción, monopolio de las representaciones, monopolio del Estado, monopolio de las consciencias. Esta modernidad autoritaria, opuesta a la modernidad libertaria, ataca a las mujeres; les declara la guerra, para consolidar el sistema patriarcal, que sostiene y suelda las demás formas de dominación, articulando una sola estructura integrada de dominación, que llamamos economía política generalizada. Esta guerra dura tres siglos y se llama eufemísticamente caza de brujas.

Con la aparición de los partidos marxistas, la historia oficial contada por ellos, trata de borrar de la memoria social, la experiencia social y la historia intensa, anterior, paralela e incluso posterior, de los anarquistas; trata de borrar de la memoria social el anarquismo, las luchas libertarias y autogestionarias. Sólo lo logra en las versiones académicas, institucionales, partidarias y estatales. No puede arrancar de la memoria social la inscripción profunda de las luchas sociales ácratas.

Ahora retorna el anarquismo con mucha fuerza e ímpetu. Parece que hubiera sido necesaria la experiencia frustrante de las revoluciones socialistas, constatar empíricamente el papel restaurador y policial del Estado socialista, las contradicciones profundas de las revoluciones socialistas, su decadencia y derrumbe, para corroborar los límites de estos proyectos parciales contra el poder; al que no quieren demoler, sino incompletamente. Los colectivos activistas, los movimientos sociales, las expresiones políticas y estéticas anarquistas, la juventud desenvuelta autogestionaria, han reaparecido proliferantes en el mundo, luchando contra las formas contemporáneas, globales, financieras, monopólicas, imperiales y coloniales del sistema-mundo capitalista.

Una vez aprendidas las lecciones histórico-políticas, estos colectivos activistas y las movilizaciones ácratas se proponen retomar la lucha total contra el poder, contra las formas polimorfas del poder. Saben que la lucha es mundial, por eso desconocen fronteras, además de desconocer a los Estados y gobiernos, sean éstos conservadores, declaradamente defensores del capitalismo, o pretendan aparecer como anti-capitalistas, tanto en su versión reformista o su versión disfrazada de “revolucionaria”, pues todos los gobiernos, todos los estados, a pesar de sus contradicciones, forman parte de los engranajes del orden mundial de dominación, forman parte del imperio. Los anarquistas convocamos a todos los pueblos a unirse, a aliarse, a enfrentar la guerra contra los pueblos, declarada por la híper-burguesía mundial. Convocamos a los pueblos a formar confederaciones autónomas de los pueblos, sin Estado, sin capital, sin iglesias, sin patriarcas, sin amos.

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