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Área: Opinión >> Comentarios y enfoque
Actualizado el 2015-04-21 a horas: 14:56:51

Interpretaciones de El estupor de los siglos

Raúl Prada Alcoreza

René Zavaleta Mercado considera que hay un extenso letargo, que se extiende desde antes de la independencia hasta la guerra del chaco, incluso después, hasta la revolución de 1952. La oligarquía se aposenta en sus creencias, por cierto no sostenibles; empero, “ideológicamente” inscritas en el “alma” de la casta dominante. Se trata de una indiferencia respecto al país y su destino; la casta terrateniente y minera se siente estar por encima del país y sus habitantes, preponderantemente indígenas, quienes no eran reconocidos como ciudadanos. Este comportamiento, esta psicología de la rosca, como la llamaba Sergio Almaraz Paz, se caracterizaba por un extrañamiento respecto del territorio donde vivía y su población aborigen. Es probable que este sentimiento lo comparta con el resto de las oligarquías de América Latina; empero, la diferencia radica en que la existencia de la clase dominante y del naciente Estado-nación boliviano dependía del tributo indigenal; es decir, del aporte indígena, por su condición étnica, por así decirlo. En cambio, países como Argentina y Chile optaron por el exterminio de estas poblaciones o su exclusión taxativa, incursionando la ruta de la europeización. La oligarquía boliviana no tomó consciencia de esta condición; es decir, de su dependencia de la existencia de los pueblos indígenas. Se ilusionó con una ruta parecida a Argentina y Chile, países que lograron aparentemente la viabilización de esta extranjerización, que no era otra cosa, que la versión colonial en la república; esta vez, en las restringidas fronteras de los Estado-nación. Sin embargo, con el transcurso de los años, sobre todo en la contemporaneidad, vamos a ver que tampoco estos estados escapan de la condicionalidad indígena. Nadie escapa de las condiciones de posibilidad históricas. Esta enajenación de la oligarquía le va costar caro, en el transcurso de su vida, hasta la revolución de 1952.

Raúl Prada Alcoreza

Raúl Prada AlcorezaEscritor, docente-investigador de la Universidad Mayor de San Andrés. Demógrafo. Miembro de Comuna, colectivo vinculado a los movimientos sociales antisistémicos y a los movimientos descolonizadores de las naciones y pueblos indígenas. Ex-constituyente y ex-viceministro de planificación estratégica. Asesor de las organizaciones indígenas del CONAMAQ y del CIDOB. Sus últimas publicaciones fueron: Largo Octubre, Horizontes de la Asamblea Constituyente y Subversiones indígenas. Su última publicación colectiva con Comuna es Estado: Campo de batalla.

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El capítulo El estupor de los siglos comienza con el tema crucial del racismo; en términos del texto, con la concepción internalizada del social darwinismo. La pretensión de superioridad sobre la población indígena y mestiza la lleva a un aislamiento destructivo. Gobierna; pero, lo hace sobre la restringida población “blanca”, donde tiene irradiación; esta minoría pretendidamente “blanca” y europea, al igual que las clases dominantes de los países vecinos. En palabras de Zavaleta, se trata de un Estado aparente. El desprecio de la población nativa y mestiza, siendo ellos, la oligarquía, también mestiza, le lleva a una desconexión con la realidad y sus sucesos, optando por una representación postiza, que no logra expresar el acontecer, salvo en los rasgos más generales. Una casta que no aprende las lecciones de la guerra federal, que se enseñorea en su victoria sobre los chuquisaqueños, también sobre sus aliados, los aymaras comandados por Zarate Willka. Esta sobrevaloración de su victoria va a ser su perdición.

La oligarquía excluye a los indígenas y gran parte de los mestizos de la participación política; al hacerlo, renuncia a la hegemonía optando por la dominación a secas; salvo, el auto-convencimiento en la propia clase. Entonces se cierra el camino a la disponibilidad, también al óptimo de la ecuación Estado-sociedad. La concepción social darwinista de la oligarquía se inscribe en sus habitus y comportamientos; hay como todo un estilo cultural de sus modalidades, conductas, prácticas y representaciones. Es posible que esta situación no fuera distinta en el resto de las oligarquías criollas del continente; sin embargo, en el caso de preponderancia demográfica indígena, este aislamiento repercute negativamente en la consolidación estatal, mucho más que en el caso de los estados que decidieron el exterminio de los pueblos nativos o su exclusión absoluta.

La oligarquía construyó un Estado aparente. René Zavaleta escribe:

En todo eso, hacia la situación del Estado oligárquico, podemos distinguir al menos cuatro momentos estatales:Tendríamos, primero, la situación en la que existen los elementos formales o paraméntales del Estado moderno, pero no los fundamentos de su entidad sustantiva. Esto ocurrió con todos los países latinoamericanos en la hora de la independencia. Es un Estado aparente porque la cantidad cartográfica no corresponde al espacio estatal efectivo ni el ámbito demográfico a la validez humana sancionable. Está, de otro lado, la composición opuesta. Por razones patéticas o de excepción pura, hombres distintos entre sí en lo habitual se colocan en un ademán de ofrecimiento o disponibilidad. Se constituye el Estado político con un poder más o menos indefinido sobre la sociedad civil y en consecuencia se da la capacidad casi general de transformación de las costumbres políticas. El Estado es capaz de normar la rutina y hay una reforma pactada de lo cotidiano. A esto es lo que se ha llamado, con cierta vulgaridad intelectual, el Estado hegeliano. Aquí debe tenerse en mente la situación en la que el elemento dominante en la sociedad civil se convierte él mismo, en carne y hueso, en Estado político, o sea, en un aparato especial desprendido de la sociedad. La clase dominante no solo ocupa el Estado, sino que una y otro son lo mismo. La subordinación del Estado al grupo dominante es tan grande que no hay mensaje de intercambio entre la sociedad civil como conjunto y el Estado, sino que la clase dominante se impone sobre ambos. En este sentido, el sentido leninista o engelsiano (si eso puede reducirse así) del Estado, el llamado concepto instrumental, no es una visión arcaica de las cosas, sino un momento histórico patentizable. Se tiene una visión instrumental del zarismo o del somocismo no porque sea instrumentalista, sino que lo eran el somocismo y el zarismo. Tenemos, por último, el capitalismo organizado. Aquí, sin duda, el Estado está desprendido. Es la práctica de lo que Marx llamó la autonomía relativa del Estado. Es un ejercicio hegemónico en el cual el factor dominante “aprende” (aprehende) las formas pertinentes de su dominación en el propio dominado, o sea que el argumento del opresor aspira de un modo sofisticado a contener, en su propio argumento, el argumento del oprimido. Esto es algo que está presente en la teoría de la dictadura en Lenin. La dictadura es entonces la democracia para nosotros, la democracia interior o en el seno de la dictadura proletaria, de la misma manera que la llamada democracia en general es la democracia en el seno de la dictadura o ultimidad política burgués. Con ello los criterios de dictadura o democracia adquieren un carácter binario constante[1].

Zavaleta dice que el Estado oligárquico contenía una oscilación entre el momento del Estado aparente y el momento del Estado instrumental. La evaluación del Estado oligárquico se efectúa respecto al cuarto momento estatal, el del capitalismo organizado, el del Estado separado de la sociedad, el Estado que se conforma sobre la hegemonía de la burguesía. La oligarquía no estaba en condiciones de avanzar a este momento, precisamente por la exclusión racial en la que se basaba su dominación, también su forma de gubernamentalidad. Este Estado del apartheid no puede construir hegemonía cuando la mayoría de la población estaba excluida de la participación política institucional. A lo más que llegó, en ciertas circunstancias, es al momento del Estado instrumental, el Estado como instrumento de dominación taxativa, sin mediaciones, sin el ejercicio democrático formal, salvo la mimesis grotesca de la democracia liberar restringida a la casta y sus entornos.

Este Estado oscilante vive, primero, del tributo indigenal, después, de los magros tributos que daba la pujante minería de la plata y del estaño. Si se forma una burguesía, en pleno sentido de la palabra, esta es externalizada junto con la transferencia de recursos naturales de la periferia a los centros del sistema-mundo capitalista. Los “barones del estaño” más que ser una burguesía nacional forman parte de la burguesía internacional, ya articulada a la economía-mundo capitalista, a los monopolios y controles de las mallas empresariales del capitalismo mundial. Los ciclos largos del capitalismo son leídos, desde la perspectiva periférica, como ciclos del despojamiento y desposesión de los recursos naturales, como ciclo de la plata, ciclo del estaño, después ciclo de los hidrocarburos, del petróleo y el gas. Ciclos que no conllevan acumulación de capital en la periferia, sino todo lo contrario, des-acumulación. A modo de digresión, vamos a retomar estos tópicos en lo que escribimos en Cartografías histórico-políticas. En el apartado Ciclos largos y medianos del capitalismo, expusimos:

Es indispensable contar con una mirada temporal del capitalismo, así como una mirada espacial; diremos entonces, con una perspectiva espacio-temporal. A David Harvey le hubiera gustado decir geográfica, pero quizás sea mejor volver a recoger la perspectiva geopolítica del sistema-mundo capitalista, así como también las estructuras y ciclos de larga duración ya investigados por Fernand Braudel. En lo que respecta a las periferias del sistema-mundo capitalista, es también importante evaluar lo que ocurre en la economía-mundo, desde la perspectiva del saqueo de sus recursos naturales; desde este punto de vista, desde la temporalidad propia de los recursos naturales, de los tiempos del modelo extractivista, de la renta vinculada a la explotación con los recursos naturales, podemos hablar de los ciclos de la extracción y explotación de estos recursos, de las estructuras periféricas vinculadas a las formas del capitalismo dependiente y de los Estado-nación subalternos, a las formas de su economía rentista.

En el presente ensayo vamos a tratar de dibujar algunas de las articulaciones estratégicas entre periferia y centro del sistema-mundo capitalista, a partir de los ciclos de los recursos naturales. No se trata de configurar las formaciones económicas y sociales, tampoco la articulación de los modos de producción en la formación económica y social, aunque estos temas sean subyacentes, sino de comprender como funciona el sistema-mundo en las periferias, sobre todo en periferias determinadas, vinculadas a la extracción minera e hidrocarburífera. Uno de los casos paradigmáticos es ciertamente Bolivia, por su historia económica, su historia política y social. Caso complejo y, a la vez, singular, por las características de tierra adentro, por el condicionamiento geológico de la Cordillera de Los Andes, sus cadenas y ramales, bordeando como brazos la explanada inmensa del altiplano; geografía andina colindante con el continente verde de la Amazonia y el Chaco. Entonces vamos a tratar de situar la perspectiva al interior de los ciclos de la minería de la plata y de la minería del estaño, después al interior de los ciclos de los hidrocarburos, como ejes dominantes en la formación de las matrices económicas. En relación a esta delimitación, se va buscar el desciframiento y la hermenéutica de estos ciclos en las estructuras cualitativas, no en los cuadros e indicadores cuantitativos. Estas descripciones cuantitativas se dejaran para otro momento. Lo que interesa es poder construir una interpretación conceptual de los ciclos del capitalismo desde las periferias, teniendo en cuenta la materialidad de los recursos naturales.

Giovanni Arrighi describe los ciclos largos del capitalismo en lapsos de prolongada duración, ciclos que comienzan a durar como 220 años (largos siglos XV-XVI); es el caso del ciclo que contiene a la hegemonía genovesa. Comienza con este ciclo capitalista, del que sigue una secuencia de ciclos largos, para ir acortando su duración, haciéndola menos extensa, pero sí más intensa. El siguiente ciclo dura 180 años (largo siglo XVIII); es el caso del ciclo que contiene a la hegemonía holandesa. Le sigue un ciclo de 130 años (largo siglo XIX); es el caso del ciclo que contiene la hegemonía británica. Por último, le sigue un ciclo de 100 años (largo siglo XX), que corresponde al ciclo que contiene la hegemonía estadunidense[2]. Durante estos ciclos, la estructura de la hegemonía se mantiene, también la configuración y composición del estilo del capitalismo desplegado. Lo que se observa es un avance hacia el dominio del capital financiero, pasando por el capital comercial y el capital industrial. Habría que hacer dos apuntes sobre el estilo hegemónico de los países y las burguesías involucradas; la hegemonía genovesa se basa en una fuerte red comercial y financiera, apoyada de alguna manera por las ciudades Estado. La hegemonía holandesa se basa en la creación de un sistema de acciones, que amplían considerablemente los recursos de capital, apoyados de alguna manera por su Estado, constituido después de una larga lucha con el imperio español, del que formaron parte. La hegemonía británica se basa en el imperialismo del libre comercio, el dominio del mar, y en la revolución industrial, que trastoca las condiciones de la producción capitalista, apoyada directamente por un Estado territorial, que se articula plenamente con el capitalismo. La hegemonía estadounidense se basa en el auge del sistema de libre empresa, una revolución administrativa y en la organización de la producción en cadena, apoyada por un imperialismo geopolítico y estratégico a escala mundial; imperialismo emergiendo después de las conflagraciones mundiales como híper-potencia económica, tecnológica, militar y comunicacional.

Comprendiendo estos grandes ciclos del capitalismo, debemos entender cómo han incidido en la configuración del sistema-mundo capitalista, en la relación entre centro y periferias, cómo han afectado y estructurado las economías en las periferias; también cómo han afectado en la formación de sus estados y sus formaciones económicas y sociales. Para hacer esto es conveniente centrarse en lo que pasa con los recursos naturales, pues los países de la periferia del sistema-mundo capitalista son convertidos en reservas de recursos naturales; países productores y exportadores de materias primas. La división internacional del trabajo les asigna esta tarea, reduciéndolos a países que transfieren valores, que constantemente sufren de des-acumulación relativa y de despojamiento de sus recursos naturales y económicos, debido a la constante reaparición de la acumulación originaria de capital, en beneficio de la acumulación ampliada de capital de los países del centro, sobre todo de la potencia hegemónica. Desde esta perspectiva, desde las miradas de las periferias, se puede hablar de los ciclos de despojamiento de los recursos naturales, dados durante los ciclos hegemónicos del capitalismo. En Bolivia podemos distinguir los ciclos de la plata, del estaño y de los hidrocarburos, correspondientes a la hegemonía británica y a la hegemonía estadounidense. Lo que se da antes, durante la hegemonía genovesa y holandesa, ocurre bajo el manto del dominio del imperio español; la articulación con el sistema-mundo se produce a través de las redes comerciales monopolizadas por la Corona española. Los virreinatos, las audiencias y las capitanías son formas administrativas extraterritoriales de la Corona y del imperio ibérico; en ese contexto histórico otra modernidad se gestaba durante esos siglos coloniales, anteriores a la revolución industrial[3]. Las independencias en el continente coinciden con la hegemonía británica, las repúblicas constituidas se articulan con el sistema-mundo a través de las redes comerciales del dominio marítimo británico. Entonces los ciclos de la economía de la plata, de la economía del estaño y de la economía de los hidrocarburos son como las matrices de espacio-tiempos que condicionan la conformación de los circuitos, de los mercados, de los flujos de capital, de la infraestructura técnica y material de las instalaciones productivas, de las minas, de los ingenios, de los sistemas de exploración y explotación de yacimientos, de los ferrocarriles y los caminos. Un tejido de relaciones sociales atraviesa y usa estos dispositivos, formas de propiedad, relaciones con el mercado externo, con el capital financiero, relaciones con el Estado; normas jurídicas, cruzan estos ámbitos de circuitos, flujos y stocks. Las poblaciones se asientan en los territorios y en los espacios configurados por estos procesos de articulación al capitalismo; las sociedades forman sus estratificaciones, se conforma un mapa institucional y se termina dándole un carácter al Estado, definido por el perfil de los gobiernos. Lo que interesa es comprender en qué se distinguen estos ciclos en las periferias; ¿cuál es la característica del ciclo de la plata a diferencia del ciclo del estaño y en qué se distinguen estos ciclos del ciclo de los hidrocarburos[4]?

René Zavaleta hace comentarios lapidarios sobre el comportamiento oligárquico ante el excedente; retomamos dos anotaciones al respecto de los ciclos de los recursos naturales; escribe:

Esto significa, liso y llano, que la retención del excedente era inexistente. Dejemos de lado la ineptitud basal en la defensa del máximo excedente posterior a Potosí, que fue la sesión del salitre y el cobre. La fetichización del excedente era tan exultante que se practicaba el sinsentido de sacrificar el propio gran excedente efectivo – el salitre – por la perspectiva de un excedente futuro. El modelo, por tanto, era Chile, pero solo por chilenofilia viciosa; Chile en cuanto apéndice o socio de los ingleses y no el Chile que había deseado y conquistado un excedente. He ahí lo que hizo el montismo con ese elemento tan central de su visión de mundo con su piedra filosofal. Si por excedente se entiende una disposición de recursos que no solo reproduce de un modo simple los niveles previos, sino que los rebasa, o sea una alteración favorable de los medios con relación a la reproducción social, era indudable que Bolivia había dado lugar a un nuevo ciclo excedentario. Los hombres de la oligarquía lo dilapidaron con una desaprensión incomprensible[5].

En la otra anotación que compartimos, el autor escribe:

En principio, la explicación de eso sería la falta de capacidad burguesa de un uso burgués de la riqueza y no tendría otra fuente la alta de voluntad de sí mismo que mostraba el Estado, o sea que el concentrado social no asumía la avidez de una cosa ni la otra. En esas condiciones, es razonable suponer que lo mismo que con la segunda plata y el estaño habrían ocurrido con el salitre y el cobre, como pasó en efecto con Chile. Esto nos conducirá en algún momento de la exposición a otros niveles de análisis. Es llamativo el que se tratara de un país con cierta experiencia mercantil y aun capitalista. No es casualidad que las “mutaciones cruzadas” (Ashton), es decir que tendiera a la incorporación de la técnica como si hubiese nacido en ella y a la vez a la subsunción del criterio mananger a la forma desfalcatoria clásica. Patiño en persona es una prueba de que no existían verdaderas obstrucciones culturales para una comprensión mas bien exhaustiva del mundo ni del capitalismo. Se puede decir, por el contrario, que él mismo era un caso de individualismo posesivo sin nación, o sea que era la nación o aquellos que asumían el monopolio de su nómbrelos que carecían de tales nociones de individualidad y posesión. Los elementos señoriales en Aramayo o Arce eran más importantes, así fuere por ósmosis, y los cosmopolitas en Hoschild. El jefe real o caudillo empresarial era, sin embargo, Patiño. Es por eso por lo que debemos preguntarnos en qué condiciones era posible realizar todos los actos propios de la lógica burguesa y a la vez renunciar de inmediato a su efusión como lógica nacional. La propia privilegiada combinación de bajos consumos y una relativamente alta adaptación a la tecnología avanzada por parte de los trabajadores, así como la preexistencia de un cierto mercado interno parecían la convocatoria a una suerte de efecto de imitación hacia el desarrollo del capitalismo. Sin embargo, Patiño mismo se constituyó en el ejemplo de la forma falaz del aburguesamiento porque, siendo burgués hasta el fondo de su alma, era capitalista en forma, pero no nacional. Es estudiando los perfiles de los grandes burgueses cómo podemos encontrar indicios acerca de las imposibilidades insidiosas de lo burgués en una formación como la boliviana. Lo cierto es que resultó una tierra inhóspita para ello[6].

El Estado aparente, la “ideología” social darwinista y la renuncia a la retención del excedente, es decir, la renuncia a la disponibilidad, definen a una oligarquía refugiada en sus ilusiones y pretensiones señoriales, también hacen de condición de imposibilidad histórica para la emergencia de una burguesía nacional. Lo que se da es una burguesía, que si bien, nace en el país, se externaliza volviéndose parte de la transnacionalización de los recursos y de la valorización. Estas características de la formación social singular de Bolivia, de aquel entonces, que hacen, a su vez, de condiciones históricas, se refuerzan mutuamente, convirtiéndose en un círculo vicioso de reproducción improductiva, que llama Zavaleta el estupor de los siglos.

En estas condiciones ingresa Bolivia a la guerra del Chaco. Va a la guerra empujada por la desenfrenada compulsión por el aniquilamiento, que expresa la oligarquía, sobre todo en su hombre símbolo Daniel Salamanca, a quien lo convierte en presidente, un poco para contrastar con su mediocridad oficiosa, presentando lo mejor que tenía; un perfil abstracto encarnado en la delgada figura de un intelectual solitario y apesadumbrado. Como dice Céspedes, en su ensayo El metafísico del fracaso, Salamanca ganaba la guerra en el mapa, mientras los paraguayos la ganaban en el terreno de operaciones. Es en el Chaco donde la oligarquía despliega todas sus miserias, sus vulnerabilidades, todos sus desajustes e incomprensiones del país y de la guerra misma. Esa guerra se sostiene por el sacrificio de contingentes de bolivianos, de indígenas y mestizos, abandonados en el Chaco, prácticamente a su suerte, sin contar con una logística adecuada, tampoco con entrenamiento, sometiéndolos a mandos de generales extranjeros, como si en esto radicara la conducción estratégica y táctica de la guerra. Con esto demostraba la oligarquía que era tan extranjera como esos generales aparacaidistas, que a lo único que recurrieron como talento es a optar por el asalto directo a las líneas y trincheras paraguayas. Se conformaron tres ejércitos, sucesivamente, después de calamitosas derrotas, a pesar de las pocas victorias debidas al heroísmo de los oficiales y soldados bolivianos, heroísmo reconocido por los oficiales paraguayos.

Sin embargo, en el Chaco se encontró el pueblo. Aprendió por sacrificio la enseñanza dramática de la guerra; combatían hermanos, de un lado y del otro, hermanos del infortunio, adversidad obligada por la dependencia de sus países, arrastrados por conspiraciones concurrentes de empresas trasnacionales petroleras, para quienes los países no importan, tampoco los costos mortales de una guerra. Lo que importan son las reservas hidrocarburíferas, de las que se hacen dueños, al posesionarse a través de concesiones. El enemigo no era el paraguayo, sino la misma oligarquía que empujo al país a una conflagración con u país que ya había sufrido la guerra de la triple alianza, instigada por Gran Bretaña.

ConclusionesNo se puede caracterizar como atraso algo que corresponde a la pusilanimidad. Estupor conformado tanto como subjetividad derrotista como en las prácticas habituales de un Estado aparente. El Estado aparente es Estado sólo por su presentación jurídica-política; puede oscilar al momento instrumental cuando recurre a la institucionalidad para efectuar la dominación en el sentido mismo del monopolio de la violencia, la represión. Que el Estado se haya reducido a su apariencia o a su instrumentalidad provisional se debe, en gran parte, a la renuncia a la retención del excedente, por lo tanto, a la renuncia a la disponibilidad. La guerra del Chaco es el escenario dramático donde emergen otras condiciones de posibilidad históricas; esta vez referidas a la posibilidad del Estado-nación efectivo, basado en el acceso a la disponibilidad y la recuperación del excedente.

---

[1] René Zavaleta Mercado: Ob. Cit.; págs. 154-155.

[2] Ver de Giovanni Arrighi El largo siglo XX. Akal 1999; Madrid.

[3] Ver de Serge Gruzinski Las cuatro partes del mundo. Historia de una mundialización. Fondo de Cultura Económica 2010; México.

[4] Ver de Raúl Prada Alcoreza Cartografías histórico-políticas. Dinámicas moleculares; La Paz 2013-2015. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/cartografias-historico-politicas/. Amazon: https://kdp.amazon.com/dashboard?ref_=kdp_RP_PUB_savepub. http://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/acontecimento_pol__tico.docx.

[5] René Zavaleta Mercado: Ob. Cit.; pág. 167.

[6] Ibídem. Págs. 169-170.

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