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Área: Opinión >> Comentarios y enfoque
Actualizado el 2015-04-13 a horas: 17:27:44

La convocatoria del mito

Imaginarios y orden de relaciones en torno al caudillo

Raúl Prada Alcoreza

La modernidad pretende haber dejado a tras el mito; sin embargo, se inventa otros mitos, la historia, el desarrollo, el progreso. Pretende haber “superado” el animismo, que atribuye vida a las cosas; sin embargo, genera el fetichismo de la mercancía. Pretende haber dejado de creer en dioses, en hijos de dioses, en reyes, monarcas, descendientes de los dioses; sin embargo, se inventa caudillos patriarcales, de los que depende como los “hijos” de sus “padres. Estas son algunas de las paradojas de la modernidad, con clave heterogénea.

Raúl Prada Alcoreza

Raúl Prada AlcorezaEscritor, docente-investigador de la Universidad Mayor de San Andrés. Demógrafo. Miembro de Comuna, colectivo vinculado a los movimientos sociales antisistémicos y a los movimientos descolonizadores de las naciones y pueblos indígenas. Ex-constituyente y ex-viceministro de planificación estratégica. Asesor de las organizaciones indígenas del CONAMAQ y del CIDOB. Sus últimas publicaciones fueron: Largo Octubre, Horizontes de la Asamblea Constituyente y Subversiones indígenas. Su última publicación colectiva con Comuna es Estado: Campo de batalla.

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Criticando el fetichismo carismático de la política, el fetichismo de los caudillos, imaginario patriarcal, al que se apegan nacionalistas, populistas, incluso “socialistas”, vamos a intentar desprender tesis críticas sobre esta forma de política, que hemos llamado de la gubernamentalidad clientelar[1], desde la perspectiva de los órdenes de relaciones y la compulsión de los imaginarios.

Tesis sobre la política carismáticaNo hay atributos inmanentes, personales, herencias, que te conviertan, por obra de gracia, en caudillo; está en los órdenes de relaciones y en la compulsión imaginaria, la explicación de las sumisiones y subordinaciones al caudillo, la explicación de la convocatoria del mito. La clave se encuentra en un tipo de diferenciación que se encuentra ya en las sociedades antiguas; la diferenciación patriarcal, que otorga al padre supremo poder sobre la mujer, las mujeres, los hijos, el clan, los clanes, las alianzas territoriales, potestades indiscutibles. Es el dueño. Diferenciación que otorga la distinción de la nobleza a un sector privilegiado al que se le atribuyen designios divinos, consanguíneos; la plusvalía de código, el prestigio, se convierte en sobre-codificación despótica. ¿Es o no economía política, parte de la economía política generalizada, que diferencia lo concreto de lo abstracto, valorizando lo abstracto y desvalorizando lo concreto? Puede que en la modernidad, en las sociedades modernas, con clave heterogénea, se haya convertido esta diferenciación antigua, patriarcal y aristocrática, en economía política, formando parte de la economía política generalizada; sin embargo, lo que importa es comprender que las relaciones de dominación se basan en estas diferenciaciones, distinciones patriarcales y aristocráticas, en estos atributos imaginarios a alguien, que se convierte en símbolo, a un sector, que se convierte en la casta de “los mejores”. Lo importante es comprender que esta diferenciación se basa en la reacción, cuando la inclinación reactiva separa a la fuerza de lo que puede, separa a las fuerzas, a la potencia social de lo que pueden; captura las fuerzas y las pone al servicio del poder, obviamente forma concreta de poder, forma singular e histórica, edificada y constituida. Los imaginarios conservadores se encargan de conformar una trama, narrativas, leyendas, mitos, discursos, leyes, que legitiman estas diferenciaciones que establecen las dominaciones. En tanto que los dispositivos institucionales se encargan de construir mallas institucionales que inscriben en los cuerpos las relaciones de dominación, atribuyéndoles un carácter religioso o, si se quiere, “natural”. En las sociedades modernas, con clave heterogénea, los caudillos, es decir, las figuras de la política carismática, aparecen en coyunturas y periodos de crisis política, que no dejan de ser crisis sociales, crisis que se refleja en la crisis de las instituciones, de la institucionalidad, de los valores y de las “ideologías”. Se trata de zurcir lo que se quiebra, coser lo que se rompe, llenar los vacíos con mitos, convocatorias del mito, con símbolos patriarcales, investidos de imaginarios milenaristas y mesiánicos. Se trata de apaciguar las angustias con la imagen del padre afectivo. Ciertamente sería ingenuo creer que el caudillo es parte de una conspiración “revolucionaria”, que es parte del ego del personaje que hace de caudillo, que es parte del proyecto del espíritu nacional, de la consciencia nacional. El caudillo es producto del imaginario colectivo, de los imaginarios conservadores, diseminados en las sociedades; es parte, también, de la dinámica de los órdenes de relaciones que se asientan en las diferenciaciones patriarcales, en las distinciones aristocráticas, en la economía política carismática. Ahora bien, hay caudillos y caudillos; hay engranes más adecuados que otros. Teóricamente, desde la perspectiva radical, desde la perspectiva de la imaginación radical y del imaginario radical, desde la perspectiva radical emancipatoria, la salida de la crisis es desmantelar y destruir el poder, liberar la potencia social, liberar el uso crítico de la razón, la “madurez”, la autonomía y la autogestión; sin embargo, esto requiere condiciones de posibilidad históricas, predisposiciones subjetivas, voluntades transformadoras, gastos heroicos. Cuando estas condiciones de posibilidad y estas predisposiciones no se dan, entonces concurren formas barrocas de “solución”, donde el pueblo descontento, magullado, se levanta y usa estos dispositivos carismáticos para intentar un recorrido, aunque sinuoso, que le da esperanzas. Hay caudillos que responden mejor a estos requerimientos, que otros, que, mas bien, se embarcan, en una reproducción del poder restauradora de lo que está en crisis. No se trata de juzgar a los caudillos; esto es hacer de jueces, que es una de las formas del ejercicio del poder. Se trata de comprender el funcionamiento de la mecánica de las fuerzas, de la dinámica de la reproducción del poder, de los órdenes de relaciones inscritos, de los imaginarios conservadores. Se trata de comprender también el laberinto de los caudillos, laberinto no buscado por ellos, sino al que son empujados, precisamente por este estado de cosas, estas condiciones de posibilidad, estas predisposiciones, estos órdenes de relaciones, estos imaginarios. En pocas palabras por el reiterado y recurrente circulo vicioso del poder. En este sentido, entiéndase nuestra crítica del poder, poder basado en la convocatoria del mito, no como crítica a los caudillos; no es un problema personal ni de la personalidad; está lejos esta crítica de compartir algo con las teorías ingenuas de la conspiración; sino, se trata de una crítica de la economía política carismática.

Perfil histórico del caudillo bolivariano

Hugo Chávez es un caudillo carismático, responde a la convocatoria del mito de Simón Bolívar, el libertador. El mito, en este caso, convoca a la patria grande, quedada en su incipiente pronunciación, boicoteada por las oligarquías regionales, que prefirieron construir republiquetas; imitaciones liberales que continuaron con la herencia colonial. Fue empujado, primero, por su carácter intempestivo, al golpe militar, en plena crisis de la institucionalidad liberal del Estado-nación, Estado-nación subordinado al imperialismo; es decir, a las relaciones de dependencia en el contexto del sistema-mundo capitalista, en el marco de la geopolítica racial de este sistema-mundo, que diferencia periferias de centros.

El motín es una expresión de la crisis política e institucional; busca llenar un vacío, como dice Carlos Montenegro. Es absurdo juzgarlo como bueno o malo, trayendo a colación el reclamo de la institucionalidad vigente liberal, del Estado de derecho, pisoteado por los liberales, aunque lo hayan hecho con astucias leguleyas. El motín, en determinadas circunstancias, es un hecho político. Otra cosa es que se esté de acuerdo o no; esta ya es una posición política. Los y las activistas libertarias rechazamos estas soluciones carismáticas, de golpe de Estado, de coupe de têt, pues las salidas emancipatorias no son ni patriarcales ni conspirativas, por más buenas intenciones que contengan. Tampoco somos defensores y defensoras del statu quo liberal, institucional, del Estado de derecho, del régimen liberal, de la democracia formal. Esto sería creer en el orden establecido, en la ley, en la malla institucional, edificada para reproducir el poder, bajo los códigos “ideológicos” del discurso jurídico-político. Consideramos que la emancipación está en las manos de los propios dominados y dominadas, explotados y explotadas, subalternos y subalternas, de los y las condenadas de la tierra. Los y las activistas libertarias buscamos reintegrar lo que puede a la fuerza, re-articular la potencia a las fuerzas sociales, hacer emerger la capacidad autogestionaria, auto-determinante y de autonomía de las comunidades, de las sociedades alterativas, de los colectivos, de los grupos, de los individuos.

En este caso, el caso de la revolución bolivariana, se trata de comprender su mecánica y dinámica singular de los campos de fuerzas inherentes a la formación social venezolana. Hemos escrito al respecto y nos remitimos a estos textos[2]. Ciertamente hay que partir no sólo de la constatación de la crisis del Estado-nación de las oligarquías criollas, no sólo de la comprensión de las diferencias entre un gobierno populista, nacional-popular, con pretensiones “socialistas”, respecto de los gobiernos liberales, neoliberales, de las oligarquías criollas. Distinguir lo que implica un proceso político basado en nacionalizaciones, recuperaciones de soberanías, sobre todo de los recursos naturales; proceso basado en convocatorias a los condenados de la tierra, ocasionando aglutinamientos de los y las marginadas, del pueblo movilizado. Sino también, se trata de comprender los límites de estos gestos carismáticos, estos movimientos nacional-populares, cuyo valor radica en lograr cohesiones sociales y políticas, que conforman un bloque popular y antiimperialista.

En Defensa crítica de la revolución bolivariana propuse el apoyo crítico del “proceso de cambio”, muy distinto del apoyo a-crítico de los oficialistas. En Alteridad y gubernamentalidad propusimos diferenciar el proyecto autónomo, autogestionario emancipatorio libertario respecto del proyecto estatalista, burocrático, contradictorio, oficialista. Incluso dijimos que los activismos libertarios y los activismos “izquierdistas” estatalistas pueden coexistir concurrentemente, interpelándose, aunque no pueden coexistir, de ninguna manera, sus proyectos, sus concepciones políticas. Esto equivale a defender críticamente el proceso, entendido como oportunidad, que cobija posibilidades emancipatorias, a pesar de sus contradicciones, de las pretensiones desestabilizadoras de la burguesía, de la oligarquía, del imperialismo. Esto es distinto a defender el régimen bolivariano de una manera apologista e “ideológica”. Para nosotros la mejor defensa es la crítica y la interpelación a las herencias institucionales del poder, de la colonialidad, del Estado-nación, de la dependencia. La mejor defensa de un proceso, como oportunidad histórica, es mantener el fuego de la movilización, de la utopía autogestionaria, como proyecto del presente, anti-colonial, antiimperialista, anticapitalista, contra-moderno, como alternativa alterativa a la modernidad y al desarrollo.---

[1] Ver de Raúl Prada Alcoreza Gramatología del Acontecimento. Dinámicas moleculares; La Paz 2014. Amazon: https://kdp.amazon.com/dashboard?ref_=kdp_RP_PUB_savepub. http://issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/gramatolog__a_del_acontecimiento.

[2] Ver de Raúl Prada Alcoreza Defensa crítica de la revolución boliviariana. También Alteridad y gubernamentalidad. Dinámicas moleculares; la Paz 2014. CLACSO; Herramienta 2015.

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