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Área: Opinión >> Comentarios y enfoque
Actualizado el 2015-03-27 a horas: 16:07:17

Prólogo a Voces con los y las de abajo: México - Brasil y Argentina

La narrativa de la experiencia social

Raúl Prada Alcoreza

Las entrevistas se hacen a dirigentes de los colectivos y movimientos sociales anti-sistémicos; en las entrevistas se narran las experiencias sociales de los movimientos. Experiencias de las resistencias, de las movilizaciones, de las interpelaciones al poder, de las demandas, de las convocatorias, las formas de organización, las tomas de tierra, las defensas, la consolidación de las conquistas, la formación, la construcción de consensos, el avance de la autogestión, de las autonomías. También reflexiones sobre los problemas enfrentados, las dificultades, los debates, las diferencias políticas e interpretativas. Por otra parte, están las evaluaciones de las luchas, la ponderación de lo alcanzado, el camino recorrido; así como la perspectiva crítica respecto de los gobiernos progresistas. Como se puede ver, estamos ante una gama de tópicos abordados que, empero, pueden agruparse en tres temáticas definidas. La primera, puede ser nombrada como la relativa a la misma forma, contenido, expresión y organización de la movilización autogestionaria. La segunda, relacionada a las dificultades de salir de las prácticas heredadas, estilos vanguardistas, herencia de concepciones esquemáticas. La tercera, tiene que ver con las alianzas y la perspectiva de movilizaciones y luchas sociales integrales.

Raúl Prada Alcoreza

Raúl Prada AlcorezaEscritor, docente-investigador de la Universidad Mayor de San Andrés. Demógrafo. Miembro de Comuna, colectivo vinculado a los movimientos sociales antisistémicos y a los movimientos descolonizadores de las naciones y pueblos indígenas. Ex-constituyente y ex-viceministro de planificación estratégica. Asesor de las organizaciones indígenas del CONAMAQ y del CIDOB. Sus últimas publicaciones fueron: Largo Octubre, Horizontes de la Asamblea Constituyente y Subversiones indígenas. Su última publicación colectiva con Comuna es Estado: Campo de batalla.

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Por otra parte, hay que tener en cuenta el perfil y las características de los movimientos sociales singulares, sus historias efectivas, las memorias sociales que constituyen y actualizan. La Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO) se constituye en la lucha reciente del pueblo y de las organizaciones locales, como la de los profesores, plegándose en la memoria de las luchas de los pueblos indígenas, de larga data. En la historia reciente de las luchas sociales los medios de comunicación alternativos, sobre todo las radios populares, han jugado un papel fundamental al convertirse no solamente en voceras de los movimientos sociales, sino al romper el monopolio de los medios empresariales y estatales. Con relación a la memoria social es sugerente la reflexión de los historiadores comprometidos.

Hablando de la variedad de perfiles y características de los colectivos, los movimientos y las organizaciones sociales, hay también las que vienen de la experiencia política. Un ejemplo son los frentes de las organizaciones de izquierda que experimentan su desplazamiento hacia posiciones autogestionarias. También cuentan las reflexiones críticas de intelectuales comprometidos, así como los análisis de los activistas. Entre estos perfiles cuentan las evaluaciones de las experiencias pedagógicas y educativas alternativas. La participación de las organizaciones indígenas otorga un espesor histórico al conjunto de las luchas autogestionarias y por las autonomías. Se cuenta con las reflexiones y evaluaciones de activistas de derechos humanos. La mirada de los asesores e investigadores muestra enfoques que evalúan el decurso de movimiento respecto a los objetivos propuestos, también las explicaciones académicas generan enfoques comparativos y de seguimientos secuenciales. Cuando se trata de alternativas productivas, es sugerente la evaluación de los técnicos; en relación a este tópico la evaluación de los comunarios y los campesinos permiten contrastar las apreciaciones.

La comparación entre un movimiento consolidado, contando con una organización afincada, con un movimiento que comienza su recorrido, que se esfuerza por lograr una organización adecuada con las exigencias de las luchas actuales, que articulan y conectan varias problemáticas y distintas organizaciones, buscando integrar las luchas territorialmente, es aleccionador, no solamente por las historias diferentes, por los contextos distintos, sino, sobre todo, porque se comparan ciclos distintos. Comparar al MST de Brasil con la APPO ayuda no solo a comprender diferencias entre formas de organización labradas, contando con experiencia acumulada, y las formas de organización novedosas, que experimentan con nuevas formas de organización articuladoras, sino los distintos devenires dados en épocas distintas; una, definida por las temáticas priorizadas por las luchas sociales en el siglo XX; otra, definida por la constelación de temáticas, articuladas territorialmente. por la nueva generación de luchas sociales. Ciertamente ambos movimientos pertenecen a la historia reciente; sin embargo, nacen en campos problemáticos distintos, aunque la historia reciente los aproxime, incluso los yuxtaponga, haciéndolos coexistir. Son movimientos y organizaciones que se reconocen, se apoyan, se solidarizan, se consideran parte de una misma lucha anticapitalista; sin embargo, las sedimentaciones de sus organizaciones, de sus memorias, forman parte de distintos ciclos.

Está claro que se trata de contextos histórico-sociales-políticos-culturales diferentes, aunque formen parte de las historias coloniales de Abya Yala; por lo tanto, sus formas de organización, la experiencia social, la memoria social, incluso las problemáticas, adquieren una concreción propia. Esto no está en discusión; lo que interesa es comprender las temporalidades inscritas en las organizaciones y movimientos sociales. Importa comprender las atmosferas espacio-temporales, los climas histórico-sociales-políticos, de los que forman parte los movimientos sociales. De alguna manera ambas organizaciones sociales y movimientos sociales tienen como antecedente y tradición a la forma sindical; sin embargo, el desplazamiento que se produce en el MST respecto al sindicalismo recoge un apego más ortodoxo, por así decirlo, a las formas de organización heredadas, jerárquicas y, se podría decir, disciplinarias. En cambio, en el caso de la APPO, se busca conscientemente formas de organización más dúctiles, flexibles y dinámicas. Hay un acontecimiento que media entre estas dos experiencias sociales, es el acontecimiento zapatista de la Selva Lacandona. El zapatismo maya, acontecido en Chiapas, aparece como un aprendizaje, de parte de un grupo marxista guerrillero, de las sabidurías y cosmovisiones indígenas; también se trata de un dialogo intercultural entre indianismo y marxismo, pronunciándose como convocatoria a los pueblos a la lucha por las autonomías, las autogestiones y autodeterminaciones, descartando la opción izquierdista por el poder y el Estado.

Nuestra hipótesis de interpretación es que el zapatismo como acontecimiento político, como versión anticapitalista indígena, abre el horizonte de la nueva generación de luchas sociales. Por eso la APPO se encuentra afectada por la interpelación zapatista al poder, al capitalismo, a la modernidad y al desarrollo; en tanto que no ocurre exactamente lo mismo con el MST, pues el MST todavía se mantiene en la atmósfera ideológica de la anterior tradición de luchas sociales, vinculadas al vanguardismo, a pesar que el mismo MST ya experimenta desplazamientos hacia los proyectos autogestionarios.

Lo sugerente del momento actual de las luchas sociales, cuando se yuxtaponen dos tradiciones de luchas sociales, una heredada y otra nueva, es que comparten no solo las luchas anticapitalistas, sino que dialogan y debaten las problemáticas contemporáneas, poniendo en mesa sus propias concepciones contrastadas. Por eso, quizás el momento de disponibilidad de fuerzas sea sugerente por el dialogo intercultural, inter-temporal y trans-temporal, inherente a los movimientos sociales. Si estos escenarios los ampliamos, incorporando al debate entre las izquierdas y al debate entre las izquierdas y los movimientos libertarios, vemos que nos encontramos en una coyuntura, en pleno sentido de la palabra, promiscua, pues articula, conecta, las transiciones, en la interjección de temporalidades encontradas.

Ciertamente el acontecimiento zapatista no es aislado, la interpelación al poder, al Estado, al vanguardismo, al partidismo, a la opción de la toma del poder, se da también en otros movimientos contemporáneos; unos vinculados a la interpelación descolonizador indígena; otros desatados por la crisis social provocada por el neoliberalismo, acompañada por la crisis de las “ideologías”, incluyendo las socialistas. Si llamamos acontecimiento zapatista es porque el zapatismo de la Selva Lacandona expresó más elocuentemente esta concepción autonómica y autogestionaria, elaborando de una manera explícita la convocatoria y la propuesta política anti-estatalista, anticapitalista, descolonizadora, como alternativa alterativa a la modernidad y al desarrollo.

Por otra parte, revisando el decurso de los distintos movimientos sociales, desplegados en la contemporaneidad reciente, vemos que la concurrencia de las tendencias políticas por el poder o contra el poder, no está resuelta. La movilización prolongada boliviana, que arrancó con movimientos autogestionarios como la Coordinadora de la Defensa del Agua y de la Vida, derivó en soluciones electorales, que fortalecieron las tendencias vanguardistas, partidistas, sobre todo caudillistas, repitiendo los círculos viciosos del poder. Hoy los gobiernos progresistas se encuentran entrampados en la telaraña metálica de la fabulosa maquinaria del Estado, convertidos en sus engranajes, empujados a repetir los pasos fatales de las regresiones, ya conocidas en la historia de las revoluciones de la modernidad. Por eso, es indispensable ahondar el debate, todavía incipiente entre las izquierdas, entre las izquierdas y los activismos libertarios. Es indispensable la crítica a la economía política del poder, economía política en la que se encuentran atrapadas las izquierdas.

Emergencias sociales autogestionarias

En Voces con los y las de abajo: México - Brasil y Argentina[1] se presentan los balance y reflexiones de miembros de movimientos sociales anti-sistémicos, correspondientes a la nueva generación de luchas, que podemos situar, por razones de cronograma, en la Selva Lacandona, en 1994, cuando el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, irrumpe con el pueblo indígena maya, interpelando el tratado de libre comercio entre México, Estados Unidos de Norte América y Canadá. La característica sobresaliente de esta nueva generación de luchas es que se manifiestan, se organizan, buscan formas horizontales de expresión, rompiendo con la herencia vanguardista y partidista, además de tener claro que el Estado es el fetichismo del poder, que, además de dominar, garantizar las dominaciones polimorfas, corroe, corrompe, coopta a las organizaciones sociales; que no se puede pensar en arreglos con el Estado, salvo procedimientos estrictos de trámites; que no se puede tomar el poder, que, mas bien, hay que destruir esta máquina fabulosa de captura.

Es importante reflexionar sobre las deliberaciones y los balances de los movimientos sociales antisistémicos autogestionarios. Ciertamente los movimientos sociales de los que hablamos son diferentes, a pesar de las analogías, sobre todo respecto al carácter autogestionario de las organizaciones, respecto de las convocatorias, de los procedimientos consensuales, de las formas prácticas y locales de autonomías. Nacen en las problemáticas sociales, sobre todo las más acuciantes, como los relacionados a la vivienda, a la tierra, a los bienes comunes. También son diferentes por los contextos nacionales, por las propias historias locales, nacionales y regionales. Por otra parte, no dejan de tener reminiscencias con el pasado político y organizacional, inscrito por las izquierdas, propensas al partido y al vanguardismo. Se nota las dificultades en deshacerse de esa tradición, que si bien ha ayudado en la organización de las clases explotadas, durante el siglo XX, también ha conformado nuevas formas de supeditación y reproducción del poder. En esta perspectiva, es indispensable considerar esas diferencias históricas, sin olvidar que se trata de una nueva generación de luchas sociales, que recogen las enseñanzas de las historias políticas.

Se trata de movimientos sociales autogestionarios de tres países, México, Brasil y Argentina; entonces, tres Estado-nación cuya condición gubernamental es distinta. En México se ha conservado el Estado-nación corporativo en su versión más descomunal de recurso a las violencias sistemáticas, sobre todo las inclinadas al asesinato masivo. Se trata de un decurso al neoliberalismo más descarnado, iniciado por el propio PRI, seguido por el PAN, retomado por el nuevo PRI, dividido, desgarrado, distanciado de lo que fue, el partido-Estado; empero, recompuesto en alianzas con las clases dominantes conservadoras y recalcitrantes, protegido por el Departamento de Estado, la Casa Blanca, incluso parte del Congreso de los Estados Unidos de Norte América y los inefables servicios de inteligencia del Imperio. En Brasil, se experimenta uno de los “procesos de cambio”, en la versión de los gobiernos progresistas de Sur América, atravesados por profundas contradicciones. Entonces su forma gubernamental no es neoliberal, en el sentido, de lo que lo es la forma de gubernamentalidad en México, sino es una forma de gubernamentalidad clientelar. En Argentina, Estado-nación que se conformó, después de la guerra de la independencia, sobre la base de las oligarquías regionales; Estado-nación que tuvo que afrontar la compulsa entre las oligarquías regionales, entre las del interior y la del puerto, llegando su querella a la Guerra Federal, de la que salió triunfante Buenos Aires. Entonces, la base histórica fue la burguesía bonaerense, hegemónica en el tejido social, respecto a la oligarquía ganadera y a las oligarquías gauchas del interior, aunque éstas últimas subordinadas. El crecimiento de la metrópoli, la migración a las ciudades, sobre todo a Buenos Aires, cambia el panorama social y demográfico; las “cabecitas negras” invaden las ciudades. La primera guerra mundial abre las condiciones para un comercio rentable en el mercado internacional, sobre todo de alimentos; la burguesía y las oligarquías argentinas se benefician ampliamente delos altos precios de los alimentos; hay, como quien dice, acumulación, ¿pero, de qué?, de ¿capital o de dinero?

Las contradicciones de clase arrecian en un ambiente urbano como el de Buenos Aires, también arrecian en forma de contradicciones entre la burguesía, las oligarquías, por un lado, y el pueblo, lo plebeyo, en sus formas abigarradas, sobre todo en las llamadas provincias, por otro lado. En este contexto vuelven a emerger las contradicciones inter-burguesas e inter-oligárquicas, manifestándose en crisis institucional en el Estado y en el ejército. Como en otros países del continente, la crisis institucional genera la respuesta populista, de por sí compleja y abigarrada, también contradictoria, que, sin embargo, tiene la convocatoria del mito mesiánico, la figura carismática del caudillo. El justicialismo se convierte en el partido de masas y del pueblo. Se enfrenta a parte de la burguesía y de las oligarquías, las más recalcitrantes, incluso enfrenta a parte del ejército, dominado por la oficialidad oligárquica. Como en otras partes del continente, esta lucha nacional-popular contra las oligarquías conduce a la conformación del gobierno popular, que después, con el tiempo, en la medida que no se sale del eterno retorno del peronismo, parece no sólo una forma de gubernamentalidad corporativa y clientelar, sino que parece moldear el mismo estilo de Estado-nación.

Esos son los Estado-nación, esas son las formas de gubernamentalidad, que enfrentan los movimientos sociales anti-sistémicos autogestionarios contemporáneos. Ahora, a partir de las entrevistas efectuadas, intentaremos interpretar los recorridos de los mapas de las luchas sociales, sus decursos, sus problemáticas y dificultades, sus experiencias iluminadoras y sus memorias constituidas.

Movimientos autogestionarios en México

Los ejes de la auto-organización y la auto-convocatoria en México parecen ser la vivienda y la tierra, atravesados y entrelazados por la demanda de las naciones y pueblos indígenas por la autonomía, autodeterminación, autogobierno y territorialidad. Con el crecimiento desmesurado de las ciudades, sobre todo de la Ciudad de México, el problema de la vivienda se ha ahondado y expandido abrumadoramente. El Estado, a pesar de contar con disponibilidad dineraria para el presupuesto de la vivienda y los servicios, de atención a esta alarmante falta, no la atiende o destina inadecuadamente el presupuesto, y si lo hace, se pierde en burocratismos y corrupciones. Ante estas circunstancias agobiantes, los y las demandantes, familias pobres, se han organizado para tomar en sus manos las soluciones. Se efectúan tomas de tierras y se establecen instalaciones provisionales, que después se buscan institucionalizarlas. La lucha autogestionaria por las viviendas propias y comunitarias es ardua; no solo porque hay que defender la tierra tomada, hay que gestionar su institucionalización, hay que conformar la logística del agua potable y los servicios básicos, sino también porque hay que hacer todo esto con las prácticas autogestionarias y de consensos, avanzando en la autoformación y la politización de los grupos y colectivos involucrados. Se comprende que es difícil, pues se ha heredado las formas tradicionales de gestión, de representación, de delegación y de vanguardismo, incorporadas en la gente, en su subjetividad y en sus habitus.

La lucha autogestionaria por la tierra y el territorio ha tenido más impacto político, sobre todo por los logros del EZLN y las comunidades indígenas mayas de la Selva Lacandona. Por las autonomías constituidas y por la experiencia ganada en la construcción de la alternativa al Estado, a la modernidad, a la colonialidad y el capitalismo. Estos logros se han realizado a pesar de la sañuda represión, bloqueo, hostigamiento y sitio de las comunidades zapatistas y de los Caracoles. Aunque estos logros se hayan situado localmente, esto no quiere decir que las otras luchas autogestionarias por la tierra y el territorio no se hayan dado en el resto de México; se han dado en su diseminación y distribución local, sin lograr todavía integrar todas estas luchas por la tierra y el territorio. El zapatismo se ha convertido en el referente indispensable de estas luchas autogestionarias, así como de las luchas sociales por la vivienda y por los bienes comunes. Es un referente no solo por el acto heroico sino también y sobre todo por sus logros materializados, por la alternativa conformada, por la constitución de nuevas subjetividades descolonizadas, que se expresan en los niños, las niñas, los y las jóvenes, quienes heredan la conquista zapatista de las autonomías indígenas.

Sin embargo, a pesar de que el Estado-nación mexicano se encuentra en una crisis múltiple institucional, a pesar de que la sociedad mexicana se encuentre convulsionada, interpelando la legitimidad del gobierno, incluso la legitimidad del mismo Estado, sobre todo después de las movilizaciones desatadas en todo el país por el asesinato de los cuarenta y tres estudiantes de la normal de Ayotzinapa - una sociedad aterrorizada por los carteles, por la guerra contra el narcotráfico, que fue, en realidad, una guerra contra el pueblo mexicano, dejando indemne a los carteles -, el Estado-nación se conserva, equilibrándose, caminando al filo de la navaja; el gobierno ilegitimo, autor intelectual y cómplice de los asesinatos, se mantiene sostenido por un Congreso corrupto. Los movimientos sociales autogestionarios, a pesar de su intensidad, no lograron todavía articular los tejidos sociales, políticos y culturales de la lucha autogestionaria y por las autonomías de una manera integral y coordinada.

Espesores intensos mexicanos

En México: Intensidades sociales y territoriales[2], escribimos:

La historia de México no puede ser sino historia mundial. La pregunta es ¿qué es lo que acontece en el mundo para que emerja un acontecimiento México, para que este acontecimiento despliegue recorridos, incursiones, expansiones, mermas, para que este acontecimiento contenga multiplicidades de singularidades y de singulares procesos entrelazados, que contenga dramas, tragedias, realizaciones, frustraciones, consagraciones, de multitudes? Para decirlo de una forma, los y las mexicanas nunca estuvieron solos en el mundo, estuvieron en el mundo; al estarlo co-accionaron con otros y otras identidades colectivas – usando este término discutible de identidades -, fueron afectados por otras fuerzas, afectaron a otras fuerzas. Para responder a la pregunta ¿cómo hemos llegado a ser lo que somos en el momento presente?[3], es indispensable una mirada retrospectiva que tenga en cuenta esta configuración de dinámicas sociales singulares, de recorridos singulares, en constante asociación, composición, en constante artesanía de tejidos, tejiendo redes. Esto es precisamente lo que intentaremos hacer[4].

En esta perspectiva se expone:

No vamos a efectuar, ahora, una interpretación deconstructiva de la narrativa de la historia nacional. Lo que interesa, ahora, es la información transmitida por investigaciones historiográficas, basadas en fuentes, armadas y descritas con la objetividad de la academia. Dejaremos de lado la “ideología” interpretativa, que tiene que ver con la trama narrativa construida. En este sentido, es apreciable la descripción de la pluralidad étnica del nacimiento de la nación. Por otra parte, la descripción de la diferencia entre los pueblos meridionales y septentrionales ayuda a comprender que la pluralidad étnica contiene también otras pluralidades, esta vez, si se quiere técnicas, para no hablar de diferenciaciones culturales o diferenciaciones civilizatorias. También se describe, como ya lo dijimos, la diferencia en las resistencias de unos pueblos y otros a la conquista y colonización española. Estas pluralidades son importantes tomarlas en cuenta para sostener nuestra hipótesis interpretativa del acontecimiento México.

Son pues singularidades las que se ponen en marcha, las que entran en dinámicas sociales, culturales, de caza y recolección, agrícolas, las que conforman composiciones sociales más complejas, las que construyen instituciones, que no solo suponen la estructura y la organización, sino también los imaginarios. La historia efectiva, a diferencia de la historia oficial, que es una narrativa teleológica, es más bien una tejedora de varios hilos, de varios diseños, que se conectan, que se entrelazan, que se desanudan, componiendo coloridos textiles, donde se inscriben narrativas colectivas simbólicas. La historia efectiva no es teleológico, es aleatoria.

Lo emocionante es atender a la creatividad, a las capacidades inventivas, de las múltiples singularidades, que componen tejidos sociales complejos, que no son interpretados por los historiadores, salvo haciendo recortes, para poder armar secuencias. Lo impresionante es la potencia social creadora de mundos, aunque estos contengan dramas y tragedias humanas como la conquista y la colonización. Se puede decir, siguiendo a Serge Gruzinki, que los mexicanos inventaron el mundo moderno[5]. No lo dice Gruzinski, sino que es una conclusión nuestra. La primera conquista colonial moderna de gran escala fue la conquista de México, es cuando conquistadores y conquistados se transforman, se convierten en humanos modernos. El hombre moderno, usando el nombre de género dominante de la humanidad, por lo menos durante gran parte de la modernidad, son el conquistador y el conquistado transformados, no solo por el acto de la conquista y la acción de la colonización, sino por el mismo mundo que se está constituyendo, como mundo moderno.

Que primero los conquistadores se apropiaron del mérito de este acontecimiento que cambiaba el mundo, acontecimiento no comprendido en absoluto por quienes creían que se trataba de una extensión de Europa, después por quienes consideraban que era un logro de la revolución industrial y el libre mercado, posteriormente por quienes consideraron que se trataba de evolución civilizatoria, concebida como desarrollo. Todas estas narrativas lo que hicieron es relatar desde la perspectiva de los vencedores; se construyeron una historia universal a imagen y semejanza. Narrativa, por cierto, pobre, en comparación con los tejidos sociales y culturales que compusieron las poblaciones, pueblos, sociedades, comunidades del mundo. Estos tejidos espacio-temporales no han sido leídos.

Ciertamente hay que re-escribir, no la historia, porque no la hay, salvo en el imaginario institucional, sino las expresiones de las memorias sociales, que contienen las huellas de las experiencias sociales. No se trata, de ninguna manera, de escribir la historia desde el sud, como dicen los de-coloniales, pues esto es escribir lo mismo o de la misma manera, solo que desde otro ángulo de la misma geopolítica del sistema-mundo capitalista, con otros nombres, otros escenarios, otros discursos y otros colores. Se trata de escribir, re-escribir, des-cribir, leyendo estas composiciones de los textiles sociales.

Los que vencieron creen que, porque vencieron, la victoria es una verificación de su razón de Estado. Puede ser de su razón de Estado, de su razón de poder, de su razón de dominio; pero, esto no quiere decir que tengan razón, respecto, por ejemplo a la complejidad de la vida, a la complejidad de las composiciones sociales, a la experiencia y memoria social. No la tienen, pues no han entendido nada. ¿Qué son poderosos? Lo son, pero de qué. Han acumulado riquezas, materias muertas, antes, símbolos de prestigio, ahora signos brillantes de consumo desbordante, riquezas ahora cuantificadas por la valorización abstracta, acumulando datos estadísticos. Tienen instrumentos destructivos, ¿para qué? Para intimidar, para descargar violencias disciplinarias, policiales, para ocupar territorios, para mantener una guerra interminable contra sus fantasmas. Se trata de juguetes peligrosos en manos de hombres inmaduros vernaculares. No están a la altura de la madurez que exigen las memorias del mundo.

Para ilustrar lo que dijimos, que los mexicanos inventaron la modernidad, me remito a los libros de Serge Gruzinski. No los vamos a exponer; solo haremos hincapié en el renacimiento indígena que supera en alcance, en extensión, y en comprensión del mundo, al renacimiento dado en la Europa del siglo XVI. También vamos a remarcas la trasformación del mundo a partir de las circulaciones y transferencias de una civilización agrícola que ha aportado a las sociedades la mayor parte de las verduras que hoy se consumen. Ciertamente también México se transformó con la llegada de instrumentos, de animales, aunque también de instituciones, de formas administrativas, de economías destinadas al mercado, sobre todo al mercado mundial. La revisión que hace Gruzinski de los diarios de nobles nahual es sobresaliente; los diarios expresan una mentalidad moderna, la comprensión de un mundo integrado.

Acontecimiento México por atender al acontecer y no a la narrativa retrospectiva, al acontecer de un presente extendido, que actualiza sus planos y espesores de intensidad sedimentados en la geología de la formación social-territorial, inscritos en los cuerpos como huella de la experiencia, guardados en la memoria social. Acontecimiento por abrir un horizonte histórico y cultural en un momento y lugar donde se perdió el viejo mundo, naufragó, y se abrió paso el nuevo mundo, transformando subjetividades, relaciones, estructuras, instituciones, imaginarios. Acontecimiento por acontecer en el ahora, con nuevas composiciones de tejidos sociales complejos, que tampoco son interpretados por las academias, por las vanguardias intelectuales, mucho menos por las interpretaciones oficiales, institucionales y burocráticas. Acontecimiento que bulle en las múltiples resistencias, en distintos planos de intensidad, que aparece actualizando dinámicamente sus sedimentaciones, sus memorias, sus experiencias, en un presente, que nunca es el mismo, sino la singularidad de la coyuntura que combina la complejidad de una determinada manera, propia para el momento. Acontecimiento porque es vida, ciclos vitales, memoria sensible, creatividad permanente. Acontecimiento también porque convoca, solicita a los cuerpos liberarse de las inscripciones del poder, de los fetichismos institucionales, liberar la potencia, actuar, volver a inventar otro mundo, pues el que vivimos ya se ha clausurado[6].

El acontecimiento México es la clave de la modernidad, con la conquista de Tenochtitlan nace la modernidad, se constituye el mundo moderno. Que México se haya convertido en esta modernidad, en su etapa tardía, en el infierno de la modernidad, en parte se debe a la relación del mundo moderno con su nacimiento, con su origen. El mito de la modernidad, concebida como progreso y desarrollo, en su versión economicista, como evolución, en su versión historicista, no puede aceptar su nacimiento efectivo, la conquista y la colonización, no puede aceptar que la potencia y la intensidad del acontecimiento México haya inventado el mundo moderno. Esto no va con la “ideología” colonial y capitalista; se oculta esta violencia inicial y la seducción desbordante del mundo de Abya Yala. Se opta por el encubrimiento y por la historia universal, que es la narrativa colonial e imperialista, la legitimación del orden mundial, el imperio, de la geopolítica del sistema-mundo capitalista. También se oculta el acontecimiento México porque se lo teme, se teme su reaparición en forma de contra-modernidad, como reapropiación de la modernidad, no solo en clave heterogénea, sino en las formas concretas iniciales, complementarias y de reciprocidades. Se teme que la valorización abstracta del capital sea develada como fantasmagórica, por la desmesura intensa de los cuerpos cobrizos, la tierra sólida y diversa, sus ciclos vitales, que escapan a la captura del Estado y al despojamiento y desposesión extractivista, por la memoria ancestral de las naciones y pueblos nativos.

Movimientos autogestionarios en Brasil

Indudablemente la cuestión o, mas bien, las cuestiones, de la tierra, cuestiones dadas sobre el substrato de la problemática territorial, del territorio, son los tópicos más acuciantes en las preocupaciones de los movimientos sociales anti-sistémicos contemporáneos. El MST se gesta, emerge, se constituye, extiende y consolida sobre el tratamiento, las demandas y la lucha por estos tópicos sociales, políticos y culturales cruciales. Se trata del movimiento campesino organizado más grande del mundo; también el referente indispensable de la Vía Campesina, además de haber iniciado temprano, por el segundo quinquenio de la década de los ochenta, la ruta autogestionaria en toma de tierras, asentamientos, formación, alternativas educativas, prácticas participativas, profundización de formas democráticas horizontales. También, juntamente con la gigantesca organización sindical de los trabajadores, forman los ejes constitutivos del PT.

El MST nace de la conjunción de diversos componentes socioeconómicos, conformados en el período 1970-85; hablamos del monopolio de la tierra, la concentración de grandes extensiones, la conformación de latifundios. Estas situaciones coaligadas ocasionaron en Brasil el incremento inaudito de las desigualdades, formando un polo oligárquico y burgués muy rico; concentrado en unas cuantas familias, de pretendida alcurnia, sumándose a los nuevos ricos; formando una base piramidal extensa de pobres, de marginados, subalternos, explotados y discriminados. Particularmente se hace notorio el empobrecimiento de los pequeños campesinos. La transición conservadora de la dictadura militar marcó, a paso de parada, esta concentración de la riqueza en pocas manos. En este contexto adverso los campesinos emprendieron la tarea de la organización de la resistencia, de la defensa de los derechos sociales, después de la organización para la ofensiva agraria. En este periodo, de inicio de las resistencias contra el latifundio expansivo, de acoplamiento del movimiento de reforma agraria, se constituye el MST; esto se da lugar en un Congreso celebrado en enero de 1985, en la ciudad de Curitiba, Estado de Paraná, contando con la participación de 1500 delegados de todo el país.

El MST se plantea un diseño abierto de organización, conformado, en principio, por comisiones de campesinos; Comisiones de Bases, Comisiones en las comunidades rurales, Comisiones municipales, Comisiones Estatales, y la Comisión Coordinadora Nacional. Así mismo las comisiones son la forma de organización en los asentamientos y campamentos. En el organigrama del MST no hay puestos de presidente, secretario y tesorero. El órgano máximo es el Congreso Nacional, celebrado cada cinco años. Cada año se celebran encuentros nacionales y por Estados. Se conformaron comisiones ejecutivas nacionales y por Estados. En la administración, hay una secretaría nacional y secretarías estatales.

Teniendo como referente normativo a la Constitución, la Constitución brasileña explicita, en su artículo 5, Sección XXIII, que toda propiedad ha de cumplir una función social. En el Capítulo III establece: “De la política agrícola y territorial y de la reforma agraria”, artículo 184, que “es competencia de la Unión expropiar por interés social, para fines de reforma agraria, el inmueble rural que no está cumpliendo su función social, mediante previa y justa indemnización (…)”. Complementa esto diciendo luego, en el artículo 185: “no son susceptibles de expropiación para fines de reforma agraria: I la pequeña y media propiedad rural, así definida en ley, siempre que su propietario no posea otra; II la propiedad productiva.” El problema de interpretación acerca de qué se entiende por propiedad productiva abre el debate entre las organizaciones sociales y la burocracia. El MST reclama que hacen falta leyes complementarias, que definan lo que es propiedad productiva, denominación no precisada en la Constitución. El artículo 186 de la constitución brasilera establece: “La función social se cumple cuando la propiedad rural atiende, simultáneamente, según los criterio[s] y los grados de exigencia establecidos en la ley, a los siguientes requisitos: I aprovechamiento racional y adecuado; II utilización adecuada de los recursos naturales disponibles y preservación del medio ambiente; III observación de las disposiciones que regulan las relaciones de trabajo; IV explotación que favorezca el bienestar de los propietarios y de los trabajadores.”

El MST escruta lo que considera tierras rurales improductivas, que no cumplen con su función social y las ocupa. Después de la ocupación comienza un proceso legal para expropiar la tierra y otorgar el título de propiedad a campesinos sin tierra; en contraposición, los propietarios se forcejean por retener la propiedad cuestionada; arguyen la productividad y función social del predio. El MST es representado, en estas diligencias, eventualmente, por consejos legales públicos, en otras situaciones, por sus propios abogados, así como también por organizaciones; este es el caso de Terra de Direitos; una organización de la sociedad civil para la defensa de los derechos humanos. Los desenlaces del conflicto son distintos; algunas veces la corte requiere la desocupación de las tierras, y otras veces permite a los ocupantes permanecer en ellas, dando lugar a la posibilidad de su legalización e institucionalización; permitiendo llevar a cabo una agricultura de subsistencia hasta que el INCRA, Instituto Nacional de Colonización y Reforma Agraria, determine si las tierras ocupadas son improductivas.

La lucha por la reforma agraria está íntimamente ligada a la historia MST. Los procedimientos empleados abarcan una variedad de métodos, de tácticas, articuladas a la estrategia de la reforma agraria. Se contó, en el haber, con manifestaciones en las calles, concentraciones regionales, audiencias con gobernadores y ministros, huelgas de hambre, campamentos provisorios en las ciudades o al borde de los latifundios, considerados inconstitucionales; también se cuenta con ocupaciones de órganos públicos como el INCRA, así como la opción práctica de ocupación de tierras, consideradas improductivas. Colmando estas actividades, se busca financiamiento para sostener estos emprendimientos alternativos, para que los campesinos puedan sostener sus producciones en las tierras ocupadas. Para el MST, es muy importante que las familias puedan tener acceso a escuelas y servicios de salud próximos, de manera que los niños no precisen ir a la ciudad; así las familias no dejen el campo. En este decurso de la lucha por la reforma agraria, el MST presentó en 1987, conjuntamente con las demás entidades del movimiento sindical - Confederación Nacional de los Trabajadores en la Agricultura (CONTAG) y Central Única de Trabajadores de Brasil (CUT) -, un proyecto de reforma agraria firmado por un millón doscientos mil ciudadanos. El proyecto fue rechazado por el Congreso Nacional.

La lucha por la reforma agraria tiene sus héroes y sus mártires. Por ejemplo, la Masacre de Eldorado dos Carajás, donde murieron 19 campesinos del MST, ametrallados por la Policía Militar (PM). En el lugar mencionado se concentraron alrededor de 1500 campesinos, quienes bloquearon la ruta PA-150, en protesta por la demora en la expropiación de un terreno ocupado. La PM fue enviada a desalojarlos de allí. La versión del testimonio de los campesinos del MST, la PM llegó arrojando bombas de gases lacrimógenos, la respuesta de los campesinos que bloqueaban fue defenderse con palos y piedras. Ante esta resistencia la policía militar abrió fuego.

En la primera presidencia de Luiz Inácio Lula da Silva, el dirigente metalurgista, líder del PT y presidente de Brasil, se comprometió, asentar 400.000 familias campesinas durante sus cuatro años de gestión. Sin embargo, esto no aconteció. El MST ha constatado que sólo fueron asentadas 21.000 familias, desde que Lula asumió el cargo el 1 de enero del 2003. A pesar de este incumplimiento, el MST, después de una evaluación crítica del período, decidió apoyar políticamente al PT la reelección de Lula en 2005[7]

De la lucha sindical a la burguesía sindical

En Gramatología del acontecimiento escribimos:

No se podría comprender la asunción al poder del Partido de los Trabajadores (PT) y la llegada de un dirigente sindical metalurgista a la presidencia, Luiz Inácio Lula da Silva, sin tomar en cuenta las luchas del proletariado brasilero, así como del movimiento campesino más grande del mundo, el Movimiento sin Tierra (MST); sin considerar sus capacidades organizativas, así como su influencia en la sociedad brasilera. De la misma manera, no se podría comprender este acontecimiento político sin la participación de un campo intelectual crítico, de tradición y herencia marxista. Estamos no solamente ante un caso, por cierto dado en un país gigantesco, de viraje a la “izquierda” de Sud América, sino ante la realización y manifestación de una larga tradición de luchas sociales y organizativas. Se puede decir que el acontecimiento político del PT en el poder es el resultado de las luchas prolongadas del pueblo brasilero, de una manera duradera y diferida, teniendo en cuenta la historia efectiva y el perfil peculiar de las luchas y resistencias, en el contexto de la formación social brasilera. Un análisis comparativo de los gobiernos progresistas de Sud América, de sus antecedentes, de las luchas sociales y movimientos sociales, puede mostrarnos un cuadro significativo de analogías y diferencias entre sus historias reciente, la arqueología del presente; por ejemplo, es sugerente comparar el desenlace político de Brasil respecto de los desenlaces políticos de Bolivia, de Venezuela y de Ecuador. En estos casos la llegada al poder de los llamados gobiernos progresistas es más accidentada e itinerante; aunque responde también a luchas sociales y movimientos sociales desplazados a lo largo del tiempo, su secuencia es más turbulenta. Sin dejar de mostrar aproximaciones al largo proceso organizativo brasilero, compensando, quizás, un apego menor a la organicidad con las pasiones populares, que, por cierto no son menos, sino otra forma de asumir la experiencia social, la memoria social y construir los saberes colectivos. Ciertamente, a diferencia de la larga construcción organizativa social, concurrida en Brasil, en Bolivia y Ecuador se cuenta con la persistencia de la memoria colectiva y comunitaria, afincadas en estructuras de larga duración, de las comunidades indígenas, de las luchas y resistencias anti-coloniales[8].

En el mismo ensayo, en referencia a los gobiernos progresistas de Sur América, se escribió:

En el siglo XXI han reaparecido los populismo, llamados neopopulismo; han aparecido en formas combinadas. Retoman las imágenes de las tradiciones socialistas; sólo las imágenes, pues están lejos de dedicarse a estudiar las historias de las teorías y los debates socialistas. Algún caudillo puede declararse incluso como “marxista-leninista”, sin necesidad de haber sido formado en estas tradiciones estoicas. Basta el juego de imágenes para heredar el “espíritu”. Otros “marxistas” aplauden esta intrépida incorporación tardía a posiciones que para ellos son caras. Estos “marxistas” también han aprendido que el mejor método para llegar al poder es el “pragmatismo”. En este caso, no son exactamente populistas, pues les falta lo que a los otros, los populistas les sobra, sus relaciones afectivas, paternales con el pueblo. No son queridos por el pueblo, por más esfuerzos que hagan, por más que se declaren consecuentes seguidores del “jefe”, pues el pueblo demandante siempre los mira con sospecha. Estos “marxistas” también terminan formando su clientela, sus relaciones clientelares, que no son tan populares, como en el caso de las clientelas populistas, sino se trata de profesionales de clase media, que siguen creyendo que eso, lo que hace el “marxista”, es parte del procedimiento por etapas del proceso “revolucionario”. Entonces, entre ambos, populistas y “marxistas”, se termina conformando una retórica abigarrada, donde se combinan anhelos populares por el padre perdido y promesas socialistas. Por eso, podemos decir, que el fenómeno contemporáneo del neo-populismo, de los gobiernos progresistas, no corresponde exactamente a las manifestaciones dramáticas del caudillo con-vocativo, sino ya ha adquirido formas más complejas y combinadas, ciertamente sin dejar de expresar la herencia clientelar del “viejo” populismo. Solo que ahora se presenta como programa-caudillo, movimiento-caudillo, estructura-caudillo, sistema-caudillo.

Hay todavía otras formas de esta herencia populista. Una de las más sugerentes es la que llamaremos neo-reformismo, usando nuevamente neologismos. Después de una larga historia organizacional, de articular un partido sindical, acompañado por las tradiciones interpeladores y críticas de un campo intelectual marxista, cuando el partido no solo se transforma en un partido de masas, sino en un partido-sociedad, siendo incluso una sociedad dentro de la sociedad, representada en el Estado-nación, cuando llega a ocupar los espacios de la fabulosa maquinaria del Estado, a pesar de haberse constituido en su distanciamiento a las formas seductoras del populismo, optando, más bien, por la formación, termina construyendo una forma de hacer política, desde el gobierno, que tiene analogías sobresalientes con las formas edulcorantes populistas.

Todas las formas del populismo latinoamericano, basado en relaciones clientelares, son formas de dominación. Las formas combinadas del populismo, por ejemplo con discursos retóricos “marxistas” no dejan de ser formas de dominación. La forma de gobierno de un partido-sindicato, de un partido-sociedad, de un partido-Estado, si bien responde a una forma organizacional y formativa, en sus distintas tonalidades, no deja de ser forma de dominación, pues termina por optar por la retórica política y la seducción populista, en vez de realizar transformaciones estructurales e institucionales, desmantelando las dominaciones múltiples que atraviesan los cuerpos sociales[9].

En referencia directa al PT, se dice:

Estamos ante fenómenos de la representación social que adquieren no sólo la deformación de la hipertrofia burocrática, sino que se convierten en dispositivos económicos de apropiación del ahorro de los trabajadores con fines financieros, además de convertirse en dispositivos de poder, que ejercen influencia y coerción, presión y dominio, adecuando el espacio político al dominio de la representación social. Asistimos a las transformaciones de las formas clásicas de la república y del Estado-nación; ahora son las formas de organización jerárquicas del sindicalismo las que ocupan el lugar de los partidos conservadores y liberales de la burguesía. Continúan su tarea de legitimación del orden, que garantiza el desarrollo económico, ahora por las vías de un capitalismo moral, que asiste las demandas de los trabajadores, incorporándolos al crédito, a las facilidades del mercado y a los beneficios financieros[10].

Más abajo, se expone:

Estamos hablando del perfil de un “proletariado” que ya forma parte de las clases privilegiadas, en contraste con la inmensa mayoría de la población, sometida a trabajos itinerantes, laburos informales, contrataciones en el marco del capitalismo salvaje, marginados y discriminados en favelas. Los intereses de este “proletariado” están más cerca de los intereses de la burguesía que del proletariado nómada. La alianza entonces se da entre proletariado sindicalizado y burguesía, enfrentándose contra las demandas y movilizaciones del proletariado nómada; la lucha de clases adquiere un insólito perfil; parte del proletariado, el sindicalizado, forma parte del Estado-nación, defendiendo el orden instituido, enfrentando la subversión del proletariado nómada y de los campesinos sin tierra.

Parece una historia de nunca acabar, de una lucha de clases interminable. No basta que el partido de los trabajadores llegue al poder, sea gobierno, incluso por mayoría congresal; una vez que esto ocurre, el partido de los trabajadores se ve obligado a defender su poder. Lo sorprendente es que no es en contra de una burguesía conspirativa, sino contra la inmensa mayoría de los trabajadores no sindicalizados y contra los campesinos sin tierra; también contra las favelas. La diferencia con los gobiernos de la burguesía, sean conservadores, liberales o neoliberales, es que el gobierno de los trabajadores lo hace a nombre de los trabajadores, a nombre del proletariado, a nombre del pueblo, a nombre de los pobres. El estilo es empresarial, de una empresa que se inviste de social, una empresa que quiere doblegar al capitalismo explotador, convirtiéndolo en un capitalismo moral, al servicio de los trabajadores. No hay mejor gobierno para el desarrollo económico, que no deja de ser capitalista, por lo tanto no hay mejor gobierno para la burguesía recompuesta, con la incorporación de la burguesía sindical, que este gobierno de los trabajadores. Es cuando la hegemonía burguesa, comprendiendo a todos sus estratos, se logra plenamente, convenciendo a la mayoría de la población de las bondades de las gestiones sociales gubernamentales[11].

Después, interpretando este decurso político, se escribe:

Estas transformaciones del proletariado, esta diferenciación social en el proletariado, es un desafío para el análisis social y político. Las tesis sobre la contradicción entre proletariado y burguesía se derrumban, si es que no se distingue claramente esta estratificación social en el proletariado, si es que no se explican estas transformaciones sociales y económicas. Una vez más vemos que el apegarse a teorías como si fueran inmodificables, verdades demostradas, es un craso error. Este teoricismo, que hemos llamado fundamentalismo racionalista, no entiende el papel provisional e instrumental de las teorías. Frente a estas experiencias sociales contemporáneas es indispensable interpretar el impacto en la formación y reproducción social, particularmente en lo que tiene que ver con el proletariado, de la inserción de la organización sindical en la cogestión económica y en la gestión estatal. El proletariado se termina adecuando a la “necesidades” del desarrollo económico, es decir, del desarrollo capitalista, termina respondiendo a los requerimiento de la revolución industrial-tecnológica-cibernética, subordinada a la acumulación de capital; en otras palabras, termina respondiendo al perfil obrero requerido por la burguesía industrial.

En la medida que la organización sindical es más poderosa, más extensa y regularizada, en esa misma medida la burguesía se ve obligada a reconocer esta presencia ineludible, se ve obligada a complementarse con esta organización sindical nacional de influencia masiva. El “pragmatismo” de la burguesía industrial volvió a buscar una salida conservadora, como lo hizo en la segunda mitad del siglo XX, ante el crecimiento cualitativo y cuantitativo del proletariado, sobre todo del sindicalizado. El camino fue la formación de los trabajadores, de acuerdo a los requerimientos del mercado, acompañada de transferencia de fondos estatales, combinados con transferencia de fondos privados, es decir, de fondos empresariales. Por esta adecuación, la dirigencia sindical no sólo empujó al proletariado sindicalizado a adaptarse a las demandas del capitalismo nacional, sino que el siguiente paso fue ir más allá, convirtiéndose en administradores financieros[12].

La pregunta crucial es:

¿Se puede decir que es el fracaso coyuntural del proyecto de poder, concebido como estrategia electoral, lo que empuja al PT y a la organización sindical a cambiar tácticas, pasando de la confrontación a la adecuación? ¿Es esta inclinación y decisión por la adaptación, que es una renuncia a las transformaciones estructurales e institucionales del Estado y la sociedad, lo que explica el aburguesamiento de la poderosa organización sindical y del PT?[13]

Como respuesta tentativa se dice:

Desde una perspectiva marxista se podría decir que es cuando se pierde la consciencia de clase y se opta por una consciencia elitista, salvaguardando los intereses de la dirigencia y de los obreros sindicalizados, dejando desamparados a la inmensa población del proletariado nómada, explotado de una manera salvaje. Enunciado que parece pertinente, al momento de interpretar estas transformaciones sociales. Sin embargo, si bien podemos apoyar esta tesis, de carácter general, de forma materialista e histórica, no termina de explicar las dinámicas sociales y económicas que operan en estas transformaciones. En primer lugar, no se puede tomar al proletariado como un bloque homogéneo, aunque éste sea el proyecto político, aunque ésta sea la “ideología” de clase, pues si bien esto es lo apropiado en la lucha de clases, no considerar la diferenciación social en el seno del proletariado es un grave error, que lleva a confundir la “realidad” con los deseos. Es, más bien, de esperar que en una sociedad atravesada por las relaciones capitalistas, que generan diferenciaciones sociales, estas diferenciaciones también acontezcan en el propio campo proletario. Ahora bien, estas diferenciaciones, que quizás no fueron tan pronunciadas, durante el siglo XIX y el siglo XX, se compensaron con la solidaridad de clase. También, porque no decirlo, por la “ideología” socialista, por lo que se llama teóricamente consciencia de clase. Quizás desde el último cuarto del siglo XX y la primera década del siglo XXI, las diferencias fueron marcadamente pronunciadas, la fuerza de la solidaridad fue desbordada por la fuerza de los intereses de estratos jerarquizados y privilegiados, la consciencia de clase fue desbordada por la racionalidad instrumental y por el racionalismo “pragmático”.

En segundo lugar es menester comprender las transformaciones dadas en el modo de producción capitalista, núcleo de las formaciones económico-sociales componentes del sistema-mundo capitalista. Resumiendo esquemáticamente, podemos decir que la primera gran transformación en el sistema-mundo capitalista, constituido mundialmente por las conquistas y colonizaciones, fue la revolución industrial, que trastrocó las estructuras y composiciones del mismo modo de producción capitalista. La segunda gran transformación del sistema-mundo capitalista fue la integración del sistema-mundo, es decir de su composición diferencial, por las transversales del sistema financiero, que terminó consolidándose como sistema internacional. Transformación acompañada por la revolución tecnológica y científica. Esta segunda transformación conforma figuras histórico-políticas de dominación como los relativos al imperialismo, sobre todo en las ultimas décadas de la primera mitad del siglo XX; después, es posible, que podamos, aunque sea provisionalmente, sostener que arroja la figura de un orden mundial de dominación que llamaremos imperio[14]. En el horizonte de esta figura imperial del orden mundial, que sostiene la dominación financiera del ciclo del capitalismo vigente, aparecen las llamadas potencias emergentes, nombradas como BRICS, que manifiestan transformaciones en la estructura de poder del sistema-mundo capitalista, en la geopolítica de este sistema-mundo.

La participación de Brasil, como potencia emergente, en la estructura de poder mundial del sistema-mundo capitalista, afecta a la composición interna de la estructura de clases. La burguesía brasilera ya no es una burguesía sólo nacional, ya es una burguesía internacionalizada; la prueba de esto se encuentra en las empresas trasnacionales brasileras que concurren en la competencia de los mercados del mundo. La elite del proletariado sindicalizado, la estratificación privilegiada, participa de los beneficios de una mayor apropiación del excedente mundial. Esta oligarquización de parte del proletariado empujaría a su dirigencia y a su representación política a compartir intereses con la burguesía, convirtiéndose después también en un estrato de la burguesía, lo que llamamos la burguesía sindical.

En tercer lugar, la crisis del marxismo, que es sustento teórico de los partidos de los trabajadores, la crisis del socialismo, no solo el llamado socialismo real, crisis teórica e “ideológica”, ha empujado al partido de los trabajadores a inclinarse por el realismo político y el “pragmatismo”. Planteándolo atrevidamente, para ilustrar, ¿si esto ha ocurrido en el Partido Comunista Chino, por qué no esperar que pase, algo parecido, en el PT?[15]

Siguiendo el análisis:

La pregunta es: ¿Qué nos dicen estas transformaciones, en el sentido de adaptación y adecuación, de lo que deviene el sindicato? ¿De una organización de defensa de los trabajadores se convierte en un organismo de poder sobre los trabajadores? ¿En todo caso, cómo pudo haber ocurrido esto o algo parecido? ¿Dónde radica el núcleo del problema? La hipótesis interpretativa nuestra es que el núcleo radica en la representación y en la delegación. Ciertamente la representación y delegación sindical son procedimientos de la organización, son necesarios para transmitir las decisiones sindicales, también para coordinar sectores, para lograr la centralización de la representación general de los obreros sindicalizados; son procedimientos, que forman parte de la lucha sindical. Empero, no dejan de ser también, procedimientos que instauran relaciones de poder. La dirigencia es la dirigencia que se arriesga por la lucha social, económica, después política, de la clase obrera; sin embargo, la dirigencia también se inviste de poder. Esta disposición de poder de la dirigencia era compensada por las asambleas, por la construcción de las decisiones colectivas. Sin embargo, en la medida que se burocratiza la organización sindical, el poder de la dirigencia sindical cobra autonomía, se independiza de las asambleas; las decisiones son cada vez más mediatizadas. Las bases terminan como el substrato multitudinario, que sostiene con su participación, cada vez más restringida al voto, a la elección de dirigentes, de una cúpula poderosa que habla a nombre de los trabajadores, cuando ya los dirigentes han dejado de serlo.

Los dirigentes se llegan a aburguesar porque antes ya se han burocratizado. Esto ocurre porque se sustituye la democracia directa, la democracia asambleísta, la democracia colectiva, cada vez más con procedimientos institucionales de la democracia formal. Cuando ocurre esto es probable que los dirigentes contenten a las bases con beneficios, en el mejor de los casos, de formación, empero, haciendo preponderar, cada vez más, beneficios económicos vinculados al mercado, al consumo y al crédito. El problema de estos beneficios económicos es que se termina despolitizando al proletariado sindicalizado. Se ha ablandado su capacidad de lucha; es de esperar que renuncie a las transformaciones estructurales e institucionales, optando por convivencias pacíficas con la burguesía, con el Estado-nación, garantía del desarrollo capitalista. Esta subordinación privilegiada al sistema de dominación, tiene una “ganancia” política y económica, por así decirlo, y un costo social. La “ganancia” es que la cúpula y quizás sus entornos terminan formando un estrato de la burguesía recompuesta; el costo lo carga el proletariado nómada, empujado a la miseria, a la marginación, a la invicibilización, al no ser reconocido por no estar sindicalizado[16].

Se define la burguesía sindical:

Burguesía sindical

El marxismo definió a la burguesía como la propietaria de los medios de producción. ¿Qué sería una burguesía sindical? De la misma manera, ¿qué fue y es la burguesía burocrática del partido-Estado y del Estado-partido, en lo que respecta a la experiencia del socialismo real? ¿Propietaria de qué son estas burguesías? ¿Lo mismo podríamos preguntarnos de la burguesía financiera? ¿Propietaria de qué es? El concepto de burguesía como propietaria de los medios de producción queda restringido, sin poder dar explicación de estos estratos de las oligarquías modernas.

En realidad, la arqueología del concepto burguesía es mucho más amplio y dúctil que el concepto marxista. De una manera resumida, un tanto esquemática, podríamos decir que con el término burguesía se identificaba a los habitantes de los burgos, municipios y ciudades, que no dependían para su subsistencia y reproducción del trabajo de la tierra. En otras palabras, se trata de habitantes de las ciudades a diferencia de los habitantes del campo. Se puede suponer que estos habitantes de los burgos generan una economía distinta a la economía o las economías generadas en el campo, comenzando de la economía feudal, en Europa, y terminando con la economía campesina, que se ha identificado como una economía subordinada, una economía sierva, aunque también, hablando de los campesinos autónomos, como economías campesinas propiamente dichas, confundidas por ciertos analistas con economías mercantil simples. La estratificación social de los burgos no tardó en pronunciarse abiertamente, distinguiendo estratos de comerciantes, estratos de prestamistas, incluso de financistas, estratos sociales de empresarios de la incipiente industria, prioritariamente textil, también se puede incluir a estratos de artesanos. Esta estratificación deja también fuera del campo de dominio de la definición de burguesía a amplios estratos de pobres, quizás jornaleros, familias de trabajo itinerante, incluso pordioseros. La “revolución comercial” del siglo XVII enriqueció al estrato comercial de la burguesía; entonces estos “ricos”, esta oligarquía comercial, se vuelven como el referente del denominativo de burguesía. Con la revolución industrial, es el estrato de la oligarquía industrial la que ha de convertirse en el referente del denominativo de burguesía. El marxismo recoge este significado de burguesía; por eso la define como la propietaria de los medios de producción.

Sin embargo, las transformaciones y estatificaciones de la burguesía no se detienen. Nuevamente, aprovechando la expansión mundial del capitalismo de la revolución industrial, el estrato de la oligarquía financiera se va convirtiendo en el nuevo referente del denominativo de burguesía. Aunque, en esta etapa del ciclo largo del capitalismo vigente, la composición de la burguesía, comprendiendo sus estratos sociales, presentan más bien un perfil entrelazado de la burguesía. La movilidad inter-burguesa es abierta, acompañada por la movilidad del capital y de las inversiones. Hablar ahora de burguesía connota un campo de dominio social variado, diferencial; empero, articulado e integrado, concomitante y cómplice de las dominaciones. No es tanto la función en el modo de producción lo que define a la burguesía como cuando ocurría con la revolución industrial, son, más bien, sus funciones variadas en la acumulación originaria y ampliada del capital. En este sentido se puede comprender que burguesía connota a los estratos sociales privilegiados y dominantes que se apropian sustantivamente del excedente, haciéndolo circular, fuera de consumir parte, invirtiendo en variados rubros, buscando la mayor rentabilidad posible.

La burguesía sindical, que es un denominativo reciente, una especie de extensión metafórica del concepto acumulativo de burguesía, identifica a un nuevo estrato de la burguesía, de por sí amalgamada. Se trata de una oligarquía que se apropia de parte del excedente de los trabajadores, ya sea de una manera directa o de una manera indirecta; por ejemplo, a través de transferencias estatales o empresariales. Lo sugerente es que esta burguesía sindical, en el Brasil en tiempos de Lula y Dilma, se especializa en la administración financiera.

La diferenciación inicial, para el espacio o la geografía ocupada por la burguesía, sus hábitats y sus circuitos, entre ciudad y campo se ha roto, pues, en parte, los terratenientes, se han aburguesado, no solo a través de la renta percibida, sino que han incursionado en la inversión en distintos rubros, asimilando a su habitus las lógicas de la acumulación de capital. Las relaciones y las redes de los circuitos capitalistas han atravesado lo que la sociología llama área rural.

La palabra burguesía deriva del francés bourgeoisie; en sentido lato, denomina a la clase media acomodada. En principio se usó esta denominación para referirse a la clase social compuesta por los habitantes de los "burgos"; es decir, las ciudades bajomedievales de Europa occidental. Ejercieron el poder local en las ciudades a través de una distinción social urbana, mezclados con la nobleza; lo que en las ciudades-Estado italianas contraía la ejecución de una forma autónoma de poder. En tanto que en las monarquías absolutas se conforma, de manera variada, la delegación subordinada del Tercer Estado, plebe, pueblo vulgo.

Como dijimos, esquemáticamente, la burguesía comercial, también financiera, emergida de la bonanza desatada por la conquista y la colonización del quinto continente, bautizado como América, fue el primer referente claro en relación al perfil de lo que se llamó conceptualmente burguesía. Después, el referente fue el estrato industrial de la oligarquía moderna, cuando se dio lugar la emergencia de la burguesía industrial, durante el ciclo inaugural de las revoluciones modernas, comprendiendo a la revolución industrial, a las llamadas revoluciones políticas, así como a las revoluciones sociales, si se quiere acompañadas, en parte, por las burguesías, aunque las vanguardias eran los plebeyos, el pueblo insurrecto. Ahora, el referente podría ser, como dijimos, el estrato de la oligarquía financiera; sin embargo, en la coyuntura y el periodo reciente del ciclo largo del capitalismo vigente, la composición social burguesa aparece como entrelazada, móvil, articulando sus estrados de una manera mutante. Por eso, es preferible optar por una referencia móvil y mutante, sin olvidar la articulación integrada de la burguesía.

Se puede hablar de una extensión del habitus; la moral burguesa se extendió por el mundo donde el capitalismo se expandió, asentándose, incluso en combinación, mezcla y articulación abigarrada con costumbres nativas y locales, comportamientos dominantes en las distintas tierras del mundo. Con el tiempo, sobre todo con la proliferación de los mercados y el incremento del consumo, los habitus burgueses se modificaron; sin exagerar, se puede decir que el llamado “modo de vida americano”, que corresponde al estilo burgués norteamericano, irradió por el mundo de las comunicaciones, siendo asimilado e imitado por los comportamientos, no sólo de parte de las burguesías locales y nacionales, sino también de otros estratos medios, llamados, de una manera general, pequeño-burguesía.

Entonces, podemos decir, tomando estos bocetos esquemáticos de esta descripción panorámica, que se forma una burguesía sindical también por medio de la incorporación de habitus, por medio de la imitación de comportamientos, por medio de la influencia “ideológica” de formas de concebir el mundo y la “realidad”. Si atendemos a los comportamientos y conductas de la “aristocracia” sindical, vamos a ver que tienen muy poco que ver con los comportamientos y conductas, con los habitus de la inmensa mayoría del proletariado, sobre todo en lo que respecta al proletariado nómada[17].

Teniendo en cuenta este proceso social de aburguesamiento del proletariado sindicalizado, se comprenden las razones del no cumplimiento de las promesas respecto a la reforma agraria; también se entiende la lógica de la conformación de un nuevo estrato privilegiado de la burguesía; esta vez constituido por el proletariado sindicalizado, sobre todo por su dirigencia burocratizada. Del mismo modo, se comprende la emergencia de las contradicciones entre el proletariado nómada y el gobierno de los trabajadores, entre el pueblo marginado y el gobierno progresista. Así mismo, se tiene el panorama de las condiciones y circunstancias, de las estructuras y diagramas de poder, que impiden resolver los grandes problemas sociales, de la tierra, de la vivienda, de la educación, de la salud, así como de los problemas relacionados a la ecología.

Lo valioso de las entrevistas presentadas en Voces con los y las de abajo es que muestran el nacimiento de una nueva generación de luchas, en un horizonte distinto de la perspectiva, de la hermenéutica, de la heurística, de la concepción y práctica de las luchas sociales. No es la toma del poder, sino su desmantelamiento, la voluntad de esta nueva generación de luchas; no es el vanguardismo, la opción de la dirección de los movimientos organizados, sino el activismo que promueve la horizontalidad de las relaciones, la participación y la autonomía, en busca de consenso y la formación colectiva, en base a las experiencias sociales y la memoria social dinámica.

Sin embargo, también nos encontramos con limitaciones en el comienzo de esta nueva generación de luchas sociales. Todavía vínculos y anclajes en las viejas prácticas organizacionales, sobre todo en formas de representación, en formas de interpretación, todavía pertenecientes a la episteme de la modernidad y a la política vanguardista. Acompañando a esta carga, nos encontramos con arraigos localistas, que no por sus raíces locales y su pertenencia singular son un problema, sino por la concepción fragmentada de lo local, como si lo local mismo no se moviera en redes, como si no perteneciera a tejidos, que lo conectan y articulan con el mundo. Esto se expresa fehacientemente cuando todavía los movimientos sociales se sienten atados al Estado-nación y a sus fronteras, sin poder atravesarlas, oponiendo las alianzas de clase, las alianzas de los pueblos, las alianzas de las comunidades, las alianzas de los y las subalternas. Consideran que el internacionalismo, como lo llaman, es indispensable; empero, es una tarea posterior, aunque se la promueva en congresos y en foros. No conciben que todas las luchas sociales son ya, inmediatamente, mundiales.

Algo que es indispensable discutir, es la perspectiva del tiempo; se proponen una lucha larga. Es comprensible; los argumentos son claros; la formación de la gente, la necesidad del aprendizaje colectivo por experiencia y formación; la correlación de fuerzas, las telaraña del capitalismo, las atmósferas “ideológicas”; las contradicciones en el seno del pueblo. Sin embargo, se puede poner en la mesa que este tiempo prolongado de la lucha también preserva el poder, da tiempo a las reanimaciones del capitalismo, da lugar al escamoteo interminable de las burocracias. Así como se ocupa tierras, es menester ocupar los espacios de la sociedad, inclusive los espacios de reproducción del poder, de reproducción del Estado, logrando que estas ocupaciones sean autónomas, alteren la reproducción del poder y del Estado, los desmantelen, mas bien, alterativamente conduzcan a reproducciones de autonomías. Se requiere una radicalización de las luchas sociales, de las concepciones políticas emancipatorias, de los métodos y procedimientos, de las prácticas y de los imaginarios, que en vez de conservadores, deberían ser imaginarios radicales.

Movimientos autogestionarios en Argentina

El 2001 marca un hito importante en la historia reciente argentina; las movilizaciones y bloqueos de caminos de los y las piqueteras, después, sumándose, la movilización de los y las caceroleras, abren un primer recorrido de los movimientos autogestionarios contemporáneos. La crisis económica, provocada por la aplicación del proyecto neoliberal, el costo social que ocasiona, desata la protesta de estos piquetes, que optan por tomar los caminos y cortarlos. La movilización se extiende desde el norte hacia Buenos Aires, mostrando a un país desgarrado por estas políticas de privatización y de ajuste estructural, aunque también mostrando la vitalidad de un país que convoca a sus clases profundas, las clases trabajadoras. Cuando las clases medias son golpeadas por la crisis financiera, que combina los problemas acarreados por la deuda externa, también la deuda interna, con los efectos destructivos del neoliberalismo, sumándose las prácticas corrosivas paralelas de la corrupción, también optan por salir a las calles. Es una Argentina convulsionada por la crisis y por las movilizaciones sociales. Es cuando se pide ¡que se vayan todos!

La pregunta es: ¿por qué con semejante movilización y apertura de luchas sociales del siglo XXI las movilizaciones de los piqueteros, que tenían un cariz autogestionario, no generan la alternativa alterativa a la política, en sentido restringido, institucional, vinculada a la reproducción del poder, abriendo los causes de la política, en sentido amplio, como emancipación? Responder a esta pregunta es crucial; equivale a comprender la mecánica y la dinámica de las fuerzas puestas en juego.

Hay varias hipótesis que se han barajado; una de ellas es la que dice que los movimientos de piqueteros fueron cooptados, por lo menos una parte importante de ellos. Pero, falta responder a la pregunta, ¿cómo es que pudieron ser cooptados movimientos que generaron de las movilizaciones más sugerentes y novedosas de la historia reciente? ¿El movimiento no estaba suficientemente cohesionado? ¿Qué faltaba para que esto ocurra? Al respecto, otra hipótesis manejada, esta vez conocida, que viene de la izquierda tradicional, considera que se debe a la falta de la conducción vanguardista del partido revolucionario. El problema de esta hipótesis es que la vanguardia revolucionaria no tuvo nada que ver con la emergencia de la movilización, que más se parece a una movilización espontánea. Entonces, la otra pregunta es: ¿Cómo es que si no tuvo nada que ver la vanguardia revolucionaria podía esta garantizar la continuidad, expansión y profundización del movimiento? No parece encontrarse aquí la respuesta; tampoco en la anterior hipótesis, a la que le falta explicar qué entiende por cohesión, si se quiere, también por organización de la cohesión, y por qué está tan aferrada esta interpretación a entender cohesión de una manera tradicional, sobre todo institucional.

Nosotros tenemos otra hipótesis. El desenlace de la movilización del 2001 no dependía sólo de los piqueteros, tampoco solo de ellos y los caceroleros, sino de la sociedad misma, sobre todo de las mayorías de la sociedad. ¿Qué pasó con las mayorías de la sociedad? ¿Por qué no se solidarizó y apoyo al movimiento? ¿Por qué fueron espectadoras, hayan mirado con simpatía o no el movimiento? ¿Dónde estaba la vanguardia revolucionaria para lograr esta solidaridad, incluso movilización de las mayorías? ¿Se trataba acaso de lograr el control y la conducción del movimiento piquetero? ¿No se trataba, por el contrario, de activar la potencia social? Lo que parece ser es que esta vanguardia revolucionaria es usada como mito, o como referencia en la concurrencia entre las izquierdas; sin embargo, esta vanguardia revolucionaria es un fantasma cuando se requiere activar la potencia social.

La vanguardia revolucionaria conoce de teorías revolucionarias del siglo XX, sobre todo de su primera mitad; empero, no conoce la mecánica y la dinámica de las fuerzas de la sociedad. No se puede conocer esta mecánica y dinámica si no se interactúa con las composiciones singulares de la sociedad, aprendiendo de sus resistencias.

Las luchas sociales contemporáneas son más amplias, más profundas, sobre todo por la articulación de las problemáticas. Las demandas sociales se articulan con las demandas ecológicas, se adquiere una interpretación social compleja en la lucha por la soberanía alimentaria, lucha realizada contra las políticas económicas extractivistas del Estado y contra las trasnacionales extractivistas y de transgénicos. Además conectan movimientos urbanos y rurales, conformando alianzas, además proyectos que rompen delimitaciones cartográficas, que separan lo urbano de lo rural, construyendo la posibilidad de comunidades trans-urbanas y trans-rurales. Estas luchas integrales no pueden ser interpretadas ni reducidas a las interpretaciones esquemáticas y dualistas de la izquierda tradicional. Se requieren también interpretaciones integrales de las problemáticas conectadas. Por otra parte, estas interpretaciones no apuntan a la finalidad del poder; en los casos más mesurados, plantean que se tiene que transformar ya, no esperar a la toma del poder; en los casos más avanzados, se tiene claro que no se trata de tomar el poder, el Estado, sino de desmantelarlo, liberar la potencia social, conformando confederaciones autogestionarias de autonomías sociales y políticas.

La condición colonial y la cuestión nacional en la Argentina

Abelardo Ramos, en un maravilloso libro, Marxismo de Indias, hace una crítica aguda a la izquierda colonial, que no supo arraigarse, ni encontrar las singularidades del campo de fuerzas del continente de Abya Yala y del sur de este continente, donde se encuentra la Argentina. Es indispensable retomar el libro citado, para poder hacer un análisis del presente a través de una mirada retrospectiva del pasado. Ante las preguntas de ¿qué es la izquierda y cuándo se está en la izquierda?, y, en líneas generales, ¿cuál ha sido la posición de las izquierdas en el proceso político argentino, desde 1916? En el capítulo La formación histórica de la izquierda y el peronismo, Abelardo Ramos escribe:

Ésta es una pregunta un poco francesa. Según es sabido, la III República imitó a la Revolución del 89 únicamente en esto: a la izquierda se sentaban los parlamentarios partidarios “del progreso”, palabra frecuentemente usada por retardatarios; y a la derecha del hemiciclo reposaban los sólidos propietarios del Mediodía, los hombres del comité Des Forges, los bandidos de la alta finanza, los abogados de las “fuerzas vivas”, los periodistas remunerados por su venalidad activa y, en general, aquellos representantes de los sectores reaccionarios más calificados de la Francia posterior a la derrota de Sedán. La “progresividad” de los parlamentarios sentados “a la izquierda” era, por supuesto, muy relativa, pero respondía pese a todo a las tendencias ideológicas del proceso histórico. Los dreyfusistas se ubicaban por lo común a la izquierda, lo mismo que los laicistas, en la belle époque de los grandes debates.

A la droite, descansaba el mundillo más bien sórdido de los terratenientes o grandes industriales, para los cuales la Revolución era un mito lucrativo, frecuentemente desagradable y, en todo caso, un patriótico exceso, felizmente hundido en el pasado. De esta escuela procedían los “derechistas” que en la Tercera República sufrían nostalgia del viejo régimen; de sus filas raleadas nacieron, luego de Barres, los ardientes partidarios de un nuevo rey, congregados por la verba de Maurras. Y de esa derecha, naturalmente, creció la contramarea fascista de los “Camelots du Roi”, y de los “Cagoulard”.

Pero esta clasificación puramente francesa de los partidos políticos modernos, sirve de muy poco para la comprensión de los problemas en los países coloniales, semicoloniales o “subdesarrollados”, como dice discretamente la ONU. Progreso o reacción, revolución o contrarrevolución, izquierda o derecha, tales son los rótulos corrientes, claros para todo el mundo, en las viejas metrópolis. Allí se sabe que dentro del campo de la izquierda pululan todos los matices, reformistas o revolucionarios; y dentro de la esfera de la derecha, coexisten desde el catolicismo mundano de Mauriac, hasta los partidarios frenéticos de los progroms y las «cámaras de gas».

En América latina el asunto es más complicado. La Argentina, como provincia de Europa, recibió totalmente confeccionado un esquema económico y político al que debió resignarse. La introducción de artículos manufacturados e inmigrantes, así como la destrucción de la vieja economía precapitalista y la subyugación del criollaje, señor del país reducido a la condición de paria del terrateniente o del chacarero, fueron los fenómenos visibles de nuestra historia económica. El imperialismo creó asimismo una superestructura política y jurídica correlativa. Aniquiló al partido Autonomista Nacional de los tiempos de Roca y lo transformó en ese paquidermo senil y cínico personificado en diversas épocas por Marcelino Ugarte, Matías Sánchez Sorondo y Manuel Fresco. ¡El partido de Adolfo Alsina, de Yrigoyen, de José Hernández!

Para los que tienen una visión puramente estática, cristalizada e inerte de la historia, esta ruina del autonomismo bonaerense continuará siendo un misterio inescrutable. Pero lo cierto es que el imperialismo no sólo remodeló a su imagen y semejanza a los partidos clásicos, sino que también influyó en la creación de los partidos nuevos. El sistema de colonización impuesto por Gran Bretaña en la Argentina promovió la creación de una sociedad cerrada y jerarquizada. En ella coexistían desde el clubman del Círculo de Armas hasta el peón riojano de pata al suelo, desde el cipayo de apellido tradicional venido a menos, como el grotesco “Sir William” (Guillermo Leguizamón) presidente local de los ferrocarriles ingleses, hasta el impoluto doctor Juan B. Justo, campeón del librecambio y enemigo de la industrialización.

Porque la importación de mano de obra europea creó un proletariado de originales características: si los gerentes de los ferrocarriles eran ingleses, los (trabajadores de los transportes eran en su mayor parte de origen europeo meridional. Ambos grupos estaban desvinculados del pasado histórico y de las luchas sangrientas de la vieja Argentina; ambos grupos venían juntos; el primero, en los camarotes de lujo, y el segundo en la leonera cosmopolita de la tercera clase. Eran, en pequeño, una reproducción monstruosa de la sociedad europea transferida a la nueva tierra; y, a su manera, eran dos grupos privilegiados, urbanos, civilizados. Compartieron durante mucho tiempo el desprecio al “negro”, y su notoria ironía sobre la “política criolla” indicaba que ellos no lo eran y que esta soberbia era pariente pobre de aquella otra sentida por sus lejanos connacionales por los natives de África.

Dicho trasplante marcó desde su origen la ubicación de esta inmigración bipartidaria, por así decir, en la sociedad argentina. EI obrero inmigrante encontró el marco natural para su lucha en el Partido Socialista, fundado por vástagos de inmigrantes genoveses y en cuyas sesiones se discutía en varios idiomas. Si estaban “a la izquierda” en Europa, era perfectamente lógico que estuvieran “a la izquierda” en nuestro país. Radicados en la ciudad de Buenos Aires, ingresaron a las industrias derivadas de la explotación imperialista, y gozaron de las ventajas y dificultades de una economía más o menos dinámica. La “lucha de clases” tenía para ellos cierta vigencia efectiva y los dos polos del duelo histórico estaban a la vista: burguesía contra proletariado, clase contra clase, socialismo contra capitalismo.

Este socialismo era muy moderado, naturalmente; era un socialismo de médico, o de boticario; un socialismo aséptico donde se votaba por correspondencia para no incomodar a los afiliados, en suma, un socialismo que había tomado como paradigma a esos filisteos y oportunistas alemanes del género de Bernstein, o del ministro de su majestad belga, el incomparable Vandervelde, cuyo cretinismo parlamentario era insufrible aún en la confortable Bruselas.

Y bien, en este país donde vivían todavía los viejos guerreros que un día lucharon a tacuara, donde percibíase aún el eco despavorido de los últimos malones y donde la inmensa mayoría del pueblo argentino vivía al margen de la economía monetaria y de la civilización urbana, el “socialismo” europeo del doctor Justo inculcó a los obreros extranjeros la idea del librecambio, su desconfianza de porteño hacia el interior, y su admiración colonialista por los grandes personajes europeos de la socialdemocracia. El rencor imperialista que profesaba Justo hacia los hombres simbólicos que habían fundado el país en una época de sangre y hierro, estaba asociado a una notable incompetencia para elaborar una política nacional del proletariado. Se produce así un perfecto aislamiento de los obreros porteños de procedencia europea y las masas argentinas del interior, para las cuales no regía ninguna legislación protectora y que aún no habían encontrado el cauce de un partido popular. Podría haber sido el Partido Socialista, en su primera época, el gran partido del pueblo argentino, si ese socialismo hubiera sido genuino y no importado, y si hubiera comprendido el carácter semicolonial de la Argentina, el peso decisivo de sus masas rurales, la clave de su dolorosa historia y el secreto de la penetración imperialista.

En esos tiempos eran socialistas y latinoamericanos Manuel Ugarte, José Ingenieros, Leopoldo Lugones, Alfredo Palacios. En otros trabajos he señalado el “trágico destino de una generación”, como llamó Ugarte en un libro silenciado al infortunio que padecieron, y que finalmente los aniquiló, frustrando la gran posibilidad de un socialismo, popular, nacional, latinoamericano y revolucionario.

Pues este socialismo de tendero que nos tocó fue precisamente todo lo contrario: europeizante, porteño, antinacional y reformista. Su internacionalismo era para los discos rayados del 1° de mayo, para las tonaditas que cantan los gerentes de las cooperativas en las viejas efemérides. Era un internacionalismo parecido al de la Unesco, de género híbrido, bancario e interalimenticio, de conferencia de expertos, un internacionalismo muy al gusto del filisteo panamericano o ginebrino. La lucha por la independencia nacional de América latina los dejaba indiferentes, y sólo veían la barbarie y los golpes militares nacidos del atraso a que someten nuestros pueblos la férula imperialista. El “militarismo sudamericano” les daba náuseas. Como en épocas de bonanza la burguesía europea había logrado someter sus ejércitos al control del poder civil, aquellos sólo eran empleados para conquistar mercados coloniales o disputarse a cañonazos el reparto del mundo. La política interior quedaba para uso exclusivo de los abogados. Pero en América latina los militares hacían de políticos y los abogados socialistas sólo veían en sus excesos alguna tara exclusivamente vernácula. Lo que se les escapaba por completo era que el ejército en América latina era uno de los pocos organismos centralizados y frecuentemente ocupaba el lugar de una burguesía nativa inexistente para defender el país, con éxito variable, de la expoliación extranjera. Los socialistas europeos de Juan B. Justo rechazaban esta injerencia militar en los asuntos públicos con todas sus fuerzas y la historia pasaba a su lado sin mirarlos. Partido metropolitano de consumidores, toda su política careció de grandeza y volvió sus espaldas al porvenir, traicionando a un marxismo que jamás comprendieron y a un país que les era profundamente extraño. Porque es bueno decirlo de una vez por todas: el Partido Socialista de Juan B. Justo ni fue marxista, ni fue argentino. Y no se puede ser lo uno sin ser lo otro, ya que el revolucionario debe ser hijo de su tiempo e intérprete de su tierra si es que desea remodelar la sociedad en que vive y ser actor de su historia. Todo lo demás es charamusca, humo teórico, y macaneo libre, cosa de profesores, que tanto abundan y de tontos solemnes que manipulan traducciones infieles de Nicolás Lenin.

Somos socialistas revolucionarios en tanto somos argentinos y latinoamericanos del siglo XX, que es el siglo de la irrupción de las masas en la creación de sus propios destinos. Esta afirmación de lo nacional no entraña contradicción alguna con las ideas generales del marxismo, sino que constituyen su ratificación más diáfana, porque el socialismo no germina ni puede triunfar sino en las condiciones específicas heredadas del pasado. La correlación de las tareas socialistas con las tareas democráticas en el proceso revolucionario sólo podrá ser fijada por la lucha misma, por el desarrollo económico del país y por la madurez política de las masas. Establecer a priori una abstracción estratégica de índole puramente “socialista”, como lo hace el socialismo amarillo de Juan B. Justo y de algunos superinternacionalistas, no significa otra cosa que dejar al imperialismo la iniciativa y el control de la historia actual. Resulta sugestiva esta coincidencia entre Juan B. Justo y las sectas “ultraizquierdistas” de variado pelaje sobre el carácter “capitalista” puro de la Argentina y América latina, enunciación de la que se infieren importantes conclusiones tácticas, entre otras, la subestimación de las tareas democráticas y nacionales en el proceso revolucionario. Ninguna de estas sectas que hoy proliferan emplea la expresión “revolución nacional”, llave maestra en la lucha revolucionaria por la liberación y unificación latinoamericana. Como ejemplo terminológico, diremos que algunos de estos teóricos formados bajo los efluvios de instituciones tan respetables como la Unesco, prefieren destilar penosamente sus generalidades alrededor de la “integración mundial del capitalismo” antes que preocuparse de la integración nacional de América latina.

El destino ulterior del Partido Socialista ha sido bastante melancólico. De su seno brotaron sistemáticamente, más o menos cada diez años, inevitables “tendencias de izquierda”. Todas pretendían “retornar a Marx”, sin pasar por América latina; como la dirección gangrenosa del dúo Justo-Repetto o Repetto-Ghioldi, era insufrible y la política municipal y espesa de la Casa del Pueblo concluía por sofocar los más robustos pulmones, entre los jóvenes cundía la indignación y se replanteaba la cándida idea de una “regeneración” del Partido. Había que trabajar “desde adentro”. El resultado era que los jefes de la oposición juvenil recortaban sus rebeldías ingresando al poco tiempo al comité ejecutivo, como Dardo Cúneo; casi todos los izquierdistas eran como él, y con eso está todo dicho.

En 1937 el consejal socialista Zabala Vicondo denunció públicamente que Repetto y sus amigos hacían fraude interno para imponer sus candidatos en las elecciones del Partido. A raíz de ese sospechoso asunto se produjo una escisión. El Partido Socialista Obrero surgió con gran ímpetu, pero carecía de programa, aunque algo de la realidad nacional parecía olfatear al principio. La tentativa fue ahogada por el stalinismo, que absorbió a la mayor parte de los dirigentes y destruyó luego el socialismo obrero. Como siempre ocurría en estos casos, los socialistas de izquierda, transformados en stalinistas, y que de algún modo habían demostrado cierto talento o personalidad, al cabo de dos o tres años se habían convertido en máquinas parlantes; eran hombres irreconocibles, verdaderos cretinos políticos. Tal fue el caso de Benito Marianetti y otros, reducidos a la condición de politiquillos locales.

Después de 1937, vino la guerra imperialista. Como era inevitable, la camarilla de Repetto se entregó con pasión senil a predicar el ingreso de la Argentina a la matanza europea. Al socialismo cipayo la caída de París lo conmovió mucho más que el hambre de Santiago del Estero. Los socialistas tenían la misma política que la embajada británica; y no era casualidad que algunos de ellos trabajaran como periodistas en el Departamento de Información de esa representación diplomática. Tal fue el caso de Dardo Cúneo, como el viejo Repetto, con su palabra empapada en cianuro, lo señaló en una polémica, recordando (esta vez con justicia) que él no había necesitado estar empleado en la embajada para defender la democracia; mientras que otros, más izquierdistas, la defendían a sueldo.

El carácter honorario del cipayismo de Repetto quedó por otra parte demostrado cuando contribuyó, junto a Victoria Ocampo y Marcelo de Alvear, a fundar Acción Argentina, un organismo de propaganda destinado a convertir a la juventud argentina en dadora de sangre. Parecía que teníamos el tipo universal. El país recuerda todavía con vergüenza ese período funesto, donde todos los partidos, el Radical de Frondizi (que firmó manifiestos rupturistas) como el Conservador, el Socialista y el Comunista, participaban en una verdadera competición de servilismo colonial.

No puedo eximirme aquí de recordar, como lo hice en mi libro Revolución y contrarrevolución en la Argentina, lo que constituye un timbre de honor revolucionario para mi generación, representada en el movimiento obrero por los marxistas revolucionarios: todavía puede leerse en las páginas de Inicial, La nueva Internacional, Frente Obrero, el testimonio de nuestra lucha contra la guerra imperialista. Fuimos los únicos en sostener esa posición y vale la pena recordarlo hoy, cuando han aparecido tantos “nacionalistas populares” e izquierdistas recientes. Es de estricta justicia, por otra parte, decir que en la periferia del viejo radicalismo agonizante luchaban por la neutralidad los hombres de FORJA, lo mismo que diversos grupos nacionalistas. En el caso de estos últimos, su prédica se invalidaba a veces por una notoria simpatía por la causa de los nazis, lo que disminuía su trascendencia política, y denunciaba su filiación reaccionaria.

Los socialistas, en fin, demostraron a partir de la revolución de 1943, que eran fieles a sí mismos; rupturistas en 1914, enemigos mortales del yrigoyenismo y de la “política criolla”, solidarios con el motín oligárquico de 1930, copartícipes del fraude patriótico de 1932 y beneficiarios de la abstención electoral del radicalismo, niños mimados en la “década infame”, nuevamente rupturistas en 1939, debían necesariamente enfrentar, con la ayuda del imperialismo, al gobierno nacionalista militar del 4 de junio. Repetto y los principales dirigentes del Partido Socialista sostuvieron y firmaron un petitorio destinado a poner en práctica la doctrina Rodríguez Larreta de la intervención militar extranjera en la Argentina.

Este petitorio los convirtió, en términos constitucionales, en “infames traidores a la patria”. Como era totalmente previsible, el surgimiento tumultuoso del peronismo los encontró en la vereda de enfrente. El núcleo minúsculo, votado por el Barrio Norte, por los contribuyentes y la aristocracia obrera, había permanecido totalmente al margen del crecimiento numérico de la nueva clase obrera engendrada por el desarrollo industrial.

Cuando las masas salieron a la calle, en las jornadas de octubre, los socialistas las contemplaron como a la irrupción de la barbarie criolla, como a una catástrofe cósmica. Y tenían razón, a su manera. La descarga emocional del peronismo sacudió al Partido Socialista y remachó su dependencia política hacia el viejo sistema oligárquico. Las heridas fueron profundas, y aún no han cicatrizado.

Es interesante observar que después del último cisma, entre el núcleo prediluviano encabezado por Repetto y la tendencia representada por Palacios, la discusión sobre la naturaleza histórica y social del peronismo no ha comenzado. Junto a Ghioldi ha permanecido la familia de Juan B. Justo, en el ala de Chertkof, mientras que alrededor de la doctora Justo y Palacios, se ha nucleado un sector relativamente nuevo y sobre todo las juventudes. Si alguna esperanza cabe abrigar respecto a la tendencia Palacios, se cifra por entero en la discusión que pueda abrirse alrededor del tema capital en la presente política argentina, esto es, el peronismo. Si se persiste en continuar la tradición de las izquierdas en el socialismo argentino, que consistía en “retornar a Marx” sin comprenderlo, todo estará perdido por un nuevo período. A Marx hay que comprenderlo en la Argentina, no en Alemania ni en Japón. Y para comprenderlo en la Argentina hay que proceder frente al peronismo como marxistas, y argentinos. Si bajo la divisa del marxismo se emplean fórmulas tomadas en préstamo del arsenal ideológico del imperialismo para juzgar un movimiento tan importante como el peronismo, y si se pretende agotar la cuestión como lo hace el medievalista José Luis Romero, planteando el dilema “burguesía o proletariado”, no se avanzará un solo paso. Además de hablar de la burguesía y el proletariado, Marx explicó los desniveles históricos entre Gran Bretaña e Irlanda, entre la metrópoli y la colonia. Al imperialismo extranjero le conviene que los natives izquierdistas empleen la primera parte de Marx, pero no la segunda.

En cuanto al Partido Comunista, ¿qué decir que no hayamos dicho centenares de veces? A este grupito tan opulento y tan pobre, tan bien alimentado y raquítico, tan vociferante como insignificante, podríamos incluirlo entre las numerosas filiales del VOKS, que creo es la sigla del organismo soviético para la promoción del turismo extranjero. Hubo una época, en tiempos de Stalin, que la burocracia empleaba asesinos para eliminar a sus adversarios políticos. Después, el Kremlin comprendió que estos métodos georgianos dificultaban su política exterior y a partir de la última guerra, con el deshielo y el surgimiento de Jruschov, fue abandonado este sistema, cuya sombra aún lo envuelve. Es un partidito típicamente extranjero; el humor de los madrileños en las vísperas de la guerra civil calificó a “Mundo Obrero”, el semanario stalinista de España, como “La gaceta china”. En la Argentina prolifera esta indigesta literatura de Estado, espléndidamente financiada, tan inoperante como aburrida.

El Partido Comunista se fundó en 1918, de un desprendimiento del Partido Socialista. En esos momentos la Revolución rusa resplandecía como un faro sobre los oprimidos y explotados del mundo. El Partido Comunista arrastró malamente su vida, con las pupilas clavadas en el centro moscovita, desarraigado como una planta esteparia en la tierra del ombú y sujeto a las dramáticas alternativas internas de la Rusia revolucionaria. No era más que un grupo de propaganda del «comunismo» en general; pero el triunfo de Stalin sobre el partido ruso determinó un cambio radical en su orientación.

El año cardinal será 1930; a partir de esa fecha, el Partido Comunista argentino ingresa definitivamente en la órbita de la diplomacia soviética y se convierte en su más sumiso agente. Como es natural, a tal política, tal jefe. Vittorio Codovilla, un italiano trashumante que descubre el negocio ruso, llega a la dirección partidaria, que comparte con un maestro, Rodolfo Ghioldi, quién no carecía al principio de ciertas condiciones. Al mismo tiempo que Codovilla se convierte en la principal figura, Ghioldi llega a jugar el papel de segundo violín y, como será más tarde una de las características más evidentes del stalinismo, es aniquilado por completo.

El stalinismo condenará a Yrigoyen en la asonada del 30, calificándolo de “gobernante fascista”, participará en la década infame como “ala izquierda” de la oligarquía triunfante; controlará la CGT en sociedad con el socialismo amarillo; creara el Frente Popular, en busca de un acuerdo con la oligarquía probritánica, reflejando de ese modo la política de Stalin en sus tentativas por la formación de un bloque europeo “democrático”; pondrá en primer plano la consigna de la lucha contra el fascismo (adversario de los explotadores de la Argentina) y postergará indefinidamente la lucha contra el imperialismo.

Al estallar la guerra mundial, frente a la inesperada noticia del pacto nazi-soviético, adoptará durante un año y medio la consigna de la “neutralidad”, exactamente hasta el 22 de junio de 1941, en que Hitler ataca a la Unión Soviética. A partir de ese momento, el Partido Comunista será el verdadero organizador de todos los intentos realizados para lanzar al país a la guerra europea. Durante el régimen militar del 43 y en el transcurso del proceso que culminará en las elecciones del 24 de febrero de 1946, el stalinismo empleará todos los recursos financieros para lapidar al peronismo naciente, en injuriar a la clase obrera y en forjar la Unión Democrática. Este último frente es una hechura cabal del stalinismo y el testimonio de su completa podredumbre. Durante los doce años de gobierno de Perón, el stalinismo vegetará, como lo hizo siempre, atrayendo incautos a través de periódicos híbridos como Propósitos, expresión genuina del democratismo incoloro, propio de los stalinistas. Esa hoja de penosa lectura será el vocero legal infatigable de los stalinistas de la Argentina para reunir, con cualquier motivo y para cualquier ocasión, a lo que se ha dado equivocadamente en llamar los ”idiotas útiles”; que no son tan idiotas, porque viajan gratis por Armenia soviética, por China o Bulgaria y regresan luego indemnes, a deslumbrar a los amigos burgueses con el tamaño de algún dique y a mostrar el gorro de astracán que le regalaron obsequiosos funcionarios. El stalinismo argentino no merece, en verdad, mayores consideraciones. La policía argentina respeta a Vittorio Codovilla como la policía de Lisboa respeta a un colega francés.

Por otra parte hay un convenio tácito entre la burocracia soviética y el imperialismo inglés para reservar la zona del Río de la Plata a la diplomacia británica. Se trata de un antiguo acuerdo, jamás violado, y el stalinismo argentino es sumamente fiel a los acuerdos que realiza el gobierno soviético. La orientación anglo-rusa es una constante de la política stalinista en la Argentina. Ésa es la razón por la cual el antiimperialismo yanqui es, en los últimos años, un elemento permanente en la actividad de estos “dirigentes” residentes en Buenos Aires. En resumen, considerar a los stalinistas como un partido argentino constituiría una licencia de lenguaje y no incurriremos en ella. Pero además, y para terminar, el stalinismo juega otro interesante papel entre nosotros. Todo el mundo sabe que en la política se presenta con frecuencia la necesidad de que el gobierno de turno golpee a alguien: en la actualidad, nadie ignora que el peronismo es el movimiento popular más importante, o mejor dicho el único movimiento popular.

Golpear al peronismo, o intentar aniquilarlo, exigiría el establecimiento de una dictadura franca o quizás el estallido de una guerra civil. Puede humillárselo, postergar sus demandas, arrestar a algunos dirigentes obreros. Todo esto cabe, según se sabe, en el Estado de derecho. Pero como el imperialismo yanqui desea pruebas de que en la Argentina la casa está en orden, y como barrer el espectro comunista ejerce un efecto sedante sobre los nervios de los militares que desean olvidarse de los problemas importantes, el gobierno de Frondizi, votado por los comunistas, reprime la propaganda y la actividad de los comunistas.

Es el payaso que recibe las bofetadas. Esto es casi una manía para Codovilla, manía un tanto masoquista, pero en todo caso útil para extraer nuevas sumas de dinero, y para evitar hablar de política, Lo mismo ocurrió con el stalinismo chileno, cuando Neruda escribió un poema titulado “El pueblo lo llama Gabriel”, hasta que González Videla llegó al poder y los mandó a todos a los campos de concentración de Pisagua. Con el González Videla argentino les ha ocurrido algo semejante.

Convendrá el lector que después de todo lo dicho hemos dado un paso adelante en cuanto a la comprensión de la “izquierda” y de la “derecha” en los países semicoloniales. Si la noción “izquierda” contiene la idea de la “progresividad”, de la “corriente de la historia”, y si el Partido Socialista y el Partido Comunista son partidos de izquierda, ¿cómo juzgar, por ejemplo, a la Unión Democrática de 1946, integrada por esos partidos? Y si Perón contó en ese año con el apoyo de núcleos nacionalistas reaccionarios, incluso de viejos elementos fascistas, ¿deberemos concluir que en 1946 a Braden le asistía la razón contra Perón? Sobre esta contradicción superficial entre forma y contenido, explotada frecuentemente por el imperialismo para aislar a los movimientos nacionales en los países coloniales, Trotsky ha expresado algunas ideas reveladoras que a pesar de su difusión reproduciremos aquí, ya que cada generación que aparece tiene distinta memoria que las anteriores: “En los países de América latina los agentes de los imperialistas ‘democráticos’ son especialmente peligrosos, desde que son más capaces de engañar a las masas que los agentes declarados de los bandidos fascistas. Tomaré el más simple y demostrativo ejemplo. En Brasil existe hoy [1938] un régimen semifascista que ningún revolucionario puede ver sino con odio. Supongamos, sin embargo, que mañana Inglaterra entrara en un conflicto militar con el Brasil. Yo le pregunto, ¿de qué lado del conflicto estará la clase obrera? Le contestaré por mí mismo personalmente: en este caso, yo estaré de parte del Brasil ‘fascista’ contra la Inglaterra ‘democrática’. Porque en el conflicto entre esos dos países no será una cuestión de democracia o fascismo. Si Inglaterra triunfara pondría otro dictador fascista en Río de Janeiro y colocaría una doble cadena alrededor del Brasil. Si, por el contrario, el Brasil fuera el que triunfara, ello daría un poderoso impulso a la conciencia nacional y democrática del país y llevaría al derrocamiento de la dictadura de Vargas. La derrota de Inglaterra, al mismo tiempo, daría un golpe al imperialismo británico e impulsaría el movimiento revolucionario del proletariado inglés. Verdaderamente, hay que tener la cabeza vacía para reducir los antagonismos mundiales y los conflictos militares a la lucha entre el fascismo y democracia. Bajo cualquier máscara hay que aprender a distinguir a los explotadores, dueños de esclavos y ladrones.”

El contenido positivo de la “izquierda” en el proceso histórico se esfuma cuando, por ejemplo, un partido “extremista”, bajo cualquier pretexto se coloca en el frente antinacional de un país atrasado; en ese caso, carecen de importancia sus creencias sobre lo admirable que fue la Revolución francesa, o el carácter seductor de los Derechos del Hombre, su simpatía verbal por “los oprimidos”, o su platónica adhesión por la revolución rusa. Esa “ideología” se ha desvinculado de la realidad, como se ve, y como es únicamente la realidad la que imbuye de contenido a toda ideología, su carácter abstracto permite que alguna fuerza no precisamente “progresiva”, inocule un contenido político concreto a esas enunciaciones enfáticas.

La influencia cultural del imperialismo democrático ha sido en América latina tan concluyente que ha plegado a los partidos de izquierda a sus propios fines y en nombre de la izquierda y derecha europea los ha puesto “fuera de órbita”. Esta aserción es válida para los dos sectores polares, pues si en la Argentina las izquierdas han estado tradicionalmente ligadas al imperialismo inglés o a la burocracia soviética, las derechas han seguido sumisamente la estela ideológica de los regímenes reaccionarios de Europa, testimoniando cada cual a su modo el estado de servidumbre colonial de todo el país. No cabe duda alguna que tanto socialistas como comunistas han ignorado el país y sus problemas, lo mismo que la doctrina del socialismo; pero es igualmente cierto que los nacionalistas han sido totalmente incapaces de comprender la cuestión nacional.

Asociados a la política del Vaticano y a la tradición medieval en la que se nutrieron los mitos del fascismo, jamás ocultaron su aversión a la Revolución francesa, cuna del nacionalismo moderno, y esto bastaría para señalar la vulnerabilidad teórica de que adolecen. Su simpatía por el imperialismo latino y, últimamente, por cualquier forma de imperialismo occidentalizante los muestra como lo que son, nacionalistas inconsecuentes que merecen su aislamiento. A estos nacionalistas argentinos que rechazan a Nasser el musulmán y exaltan al colonialista católico De Gaulle, podría recordárseles las palabras del diputado peruano Yupanqui en las Cortes de Cádiz: “Un pueblo que oprime a otro no merece ser libre.”

Cipayos del Vaticano, cipayos democráticos o cipayos soviéticos están al margen del socialismo, la democracia y el nacionalismo —los tres elementos de la revolución nacional contemporánea[18].

Abelardo Ramos pone el dedo en la llaga. Dos condiciones históricas, la condición colonial y la condición de dependencia y subordinación al imperialismo, además de poner en mesa la cuestión colonial, problemática fundamental al momento de interpretar y hacer el análisis histórico-político de las luchas emancipadoras. La crítica a la izquierda se refiere al desarraigo, a su descontextuamiento de los campos de fuerza inherentes a la formación social concreta, a su universalismo estéril. Ramos considera que esta actitud responde a una herencia colonial. No comprender las luchas de clases concretas del país, no entender el carácter histórico de la lucha antiimperialista. Considera que aquí radica la falta de convocatoria de la izquierda a la sociedad; también encuentra en esta falta, la explicación de la convocatoria del populismo o del nacionalismo popular; en el caso de la Argentina del peronismo.

A las pregunta sobre el peronismo de ¿cuáles son las razones económico-político-sociales de su origen?, y de su aparición, ¿obedece a algún factor, causa o fenómeno internacional? Abelardo Ramos responde:

El imperialismo europeo, sobre todo el británico, deformó el desarrollo económico de la Argentina; arrasó las antiguas economías precapitalistas, liquidó las industrias artesanales y abrió a sangre y fuego, por la mano de Mitre, el mercado interior para sus productos. Recién con Avellaneda se restaura una legislación protectora, suprimida a partir de Caseros, y se inicia una política de amparo a la industria. Poco hará Yrigoyen en este orden, pero la guerra mundial, lo mismo que la crisis de 1929 y la segunda hecatombe imperialista funcionarán a modo de propulsoras de la industrialización, por supuesto que en la esfera de los productos de consumo. Es esta corriente industrializadora, sobre todo a partir de 1930, la que atrae a los «cabecitas negras» del interior mediterráneo a los alrededores de la capital federal y los incorpora a la economía monetaria.

Al mismo tiempo que la crisis mundial de 1929 restringía la capacidad de compra argentina y cerraba las importaciones, la sobresaturación europea de los productos agropecuarios argentinos llegaba a su punto máximo. Desde 1914 los ingleses cesan de expandir la red ferroviaria y la producción agraria detiene su rápido crecimiento anterior. Como lógica consecuencia, la oligarquía frenará en 1930 la afluencia inmigratoria, tradicionalmente destinada a la producción rural. La economía comienza a independizarse lentamente del comercio exterior, empieza a funcionar hacia adentro. Cuando se abren las nuevas fábricas, la mano de obra ya no puede ser extranjera, como a principios de siglo, sino que será predominantemente criolla y los obreros industriales provendrán de La Rioja o Entre Ríos, de Santiago del Estero o de Corrientes. Esta tendencia se reforzará hacia 1942. Y el proceso se hará recién visible para todos el 17 de octubre de 1945.

Hasta 1943, la política era asunto exclusivo del Círculo de armas; la oligarquía se sobrevivía en el poder, con la complicidad del radicalismo encabezado por Alvear. Los partidos “obreros” participaban de este régimen bipartidario; trotaban a su costado; recibían migajas. Cuando el Ejército asesta su golpe palaciego el 4 de junio, todo el país estaba preparado para un cambio profundo. El golpe no hace sino devolver la libertad a las fuerzas sociales reprimidas por el régimen político y sus verdaderas dimensiones a las tendencias económicas. La industria necesitaba urgentemente el apoyo del Estado y una remodelación de la estructura jurídica. Por su parte, la clase obrera criolla carecía de sindicatos y partidos representativos. En ese momento decisivo ni la burguesía nacional, ni el proletariado contaba con el precioso instrumento del partido. Hemos examinado las causas y no podría sorprender que en tales circunstancias el Ejército cumpliera la función de reemplazar al partido burgués, inexistente. Así lo indicó su política económica inmediata.

La presencia de Perón se originó en ese gran vacío político de la clase trabajadora. Pero ese mismo hecho, como el surgimiento y la asombrosa victoria del peronismo, indicaron por sí mismos que los llamados “partidos obreros” habían traicionado por completo y para siempre su misión. La carrera política meteórica del coronel responde esencialmente a la inexistencia de un gran partido obrero y popular en la Argentina. Este es el factor cardinal de su triunfo, pero no es el único. Perón encontró su verdadero partido en el Ejército, que desempeñó un notable papel no sólo en el estudio del plan Savio para la industria pesada, en la Dirección de fabricaciones militares, sino también en la conducción de la política interior y exterior. La generación de los Sosa Molina, Lucero, Silva, etc., que lo acompañó desde 1930, fue la base de sustentación política del coronel, su verdadera cohorte de hierro. Ya se ha dicho muchas veces que el Ejército en un país semicolonial puede desempeñar tareas de enorme importancia en la resistencia nacional ante el imperialismo. Como este último domestica generalmente a los partidos tradicionales, y los coloca a su servicio, sólo quedan al margen de este proceso de subordinación las Fuerzas Armadas y en particular el Ejército de tierra, más ligado a las tradiciones nacionales, más metido en el país y de procedencia más plebeya. De ahí la tradición “antimilitarista” de los partidos seudo democráticos, que ven siempre la política argentina con los ojos del concentrado capital extranjero y para el cual es muy difícil tratar con el ejército, único factor concentrado en la indefensa semicolonia. Más fácil es por supuesto, negociar con el doctor Alvear el convenio de la CADE, o cualquier otro abogado hábil (como el doctor Frondizi) de esos que se encuentran a montones entre los políticos natives

Perón demostró su destreza política al lograr desembarazarse del cerco asfixiante que le habían tendido los ideólogos nacionalistas del 4 de junio, enquistados en el aparato del Estado y embebidos en los mitos reaccionarios europeos. La derrota de Hitler y Mussolini dejó al nacionalismo clerical sin base mundial. Los militares advirtieron que se les abría un abismo a sus pies. El almirante Storni envió una vergonzosa y humillante carta a Cordel Hull, repudiada por todo el país y que demostró abiertamente que el Ejército, por sí mismo, ya no estaba en condiciones de sostener una política nacional. O creaba una base de masas, buscaba el apoyo popular a su política económica; y a su política exterior, o caía.

La carta de Storni resonó como el responso fúnebre del nacionalismo militar sin pueblo. En la confusión de esos días, Perón maniobró para unir en una fracción militar a los mejores y más resueltos elementos neutralistas del Ejército, la Aeronáutica y la Marina. El imperialismo norteamericano, ensoberbecido por su victoria europea, expresó a través de Braden su voluntad de aplastar al gobierno del 4 de junio. Ante la pasividad envidiosa del imperialismo inglés, Braden actuó enérgicamente, como en tierra conquistada, y movilizó a la FUBA, a los partidos obreros, a los viejos sindicatos socialistas y stalinistas que ya carecían de toda representatividad, a la Bolsa de Comercio y a la Unión Industrial, a las fuerzas vivas y muertas de la vieja Argentina, a los Borges y a los Mallea, a las Victoria Ocampo y a los Codovilla, a los magistrados venerables y a los varones consulares, a los patricios y plebeyos, a la izquierda y a la derecha de aquella sociedad oligárquica enraizada hasta 1943 en la gran factoría pampeana.

Esta ofensiva oligárquica impregnó de odio hacia el gobierno militar y su jefe más notorio a grandes masas de la clase media, electrizadas por los triunfos europeos de las “democracias”. La ciudad-puerto fue levantada en vilo y su alma conmovida por la campaña aplastante de la prensa, la radio y los oradores del frente “democrático”. El ataque desorientó a los núcleos militares que sostenían a Perón. El gobierno militar se creyó aislado ante las imponentes manifestaciones que exigían la renuncia de Farrell y la entrega del poder a la suprema corte. Un motín de palacio, instigado por la Marina, siempre sensible a las voces del extranjero, y apoyado por algunas fuerzas de Campo de Mayo, obligó a Perón a presentar su renuncia de ministro de Guerra; inmediatamente fue detenido y enviado a Martín García.

La ciudad elegante vivió su hora de júbilo; la calle Santa Fe refulgía de risas y flores. Pero diez días más tarde una marea humana desbordó la Gran Buenos Aires y se volcó en una corriente irresistible hacia la Plaza de Mayo. Multitudes jamás vistas hasta entonces, formadas por trabajadores, llegaron, enfurecidas, hasta la casa de Gobierno, exigiendo el retorno del coronel. ¿Qué había ocurrido? El tránsito del 4 de junio al 17 de octubre comenzó a percibirse cuando Perón organizó en 1944 la secretaría de Trabajo y Previsión y se lanzó a estimular la iniciativa de los trabajadores, de esa clase obrera criolla, sin tradición sindical ni política, que pugnaba por mejorar sus condiciones de vida y deseaba luchar por ello. Los diarios no informaban de esa revolución profunda que operaba en el diálogo constante entre Perón y los nuevos sindicatos industriales. Esa actividad de Perón era mirada con curiosidad y desconfianza por la oligarquía y los partidos “democráticos” pero estaban demasiado preocupados en conspirar con el Departamento de Estado para derribar el gobierno como para meditar sobre el significado de esa actividad “demagógica” del coronel. Lo cierto es que el 17 de octubre de 1945 la clase obrera argentina intervino abiertamente en la política del país y provocó un cambio radical en la situación. Fue apoyada en esa actitud por el sector más nacional del Ejército, por gran parte de la burocracia estatal y por el país rural, aquellos argentinos del interior integrantes de las peonadas, clase media culta, pequeños estancieros y productores cuyas voces se escuchan poco en la capital, pero cuyo peso se hace sentir en las grandes decisiones históricas. Así fue como Perón demostró ante sus camaradas del Ejército que su política estaba lejos de ser insensata. Las fuerzas antagónicas convinieron en que toda la cuestión debía ser resuelta por medios electorales. Perón triunfó ampliamente contra Tamborini, candidato del embajador Braden, y en las listas de diputados que resultaron elegidos por la minoría sostenedora de Tamborini-Braden figuraban Frondizi, Del Mazo, Balbín, Santander y Sanmartino.

Perón llegó al gobierno en brazos de una coalición. Se trataba en verdad de un frente único antiimperialista: Ejército, Iglesia, burguesía industrial, sectores de la burocracia, clase media del interior, peonadas y clase obrera industrial. ¿Qué clases pesaban de manera más influyente en el primer período del gobierno peronista? Por supuesto que la orientación esencial estaba dada por una política de nacionalismo burgués, de desarrollo del capitalismo nativo, de nacionalizaciones, etc. En esta esfera, Perón realizó una enorme y positiva tarea de modernización del país. Pero la primera fase de su política no fue solamente industrial, sino de proteccionismo agrario: el IAPI enfrentó al comprador europeo, al mismo tiempo que se nacionalizaban los elevadores de granos, se creaba la flota mercante y se propulsaba la fabricación de tractores. Sin embargo, los chacareros enriquecidos derramaron lágrimas de cocodrilo porque el IAPI no les pagaba los precios mundiales, esa suculenta renta de la tierra inflada por la crisis agraria europea; las diferencias de precio quedaban en poder del IAPI, que las transfería al gobierno para que este llenase la cartera del Banco Industrial y financiase obras de interés general. El contenido histórico de esta política es burgués, en el mejor sentido de la palabra, y no en el malo, pero la burguesía industrial, representada en el gobierno al principio por Miranda, no apoyó en su gran mayoría al peronismo, cegada por su imbecilidad histórica y por la política social del régimen. El verdadero sostén del gobierno de Perón fue el Ejército, y en realidad, es bueno decirlo, Perón no deseo otro pilar.

Para que la clase obrera interviniese como fuerza en la sustentación del gobierno habría debido organizarse independientemente como partido político; Perón se opuso resueltamente, y en todo momento, a esa salida. Ni aún permitió la formación de un genuino partido nacional, ya que el Partido Peronista no fue nunca más que una ficción burocrática. Cuando falló el Ejército, desmoralizado por la ausencia de una clarificación política de la situación, Perón cayó instantáneamente. De ahí que corresponda juzgar a su régimen como un típico régimen bonapartista, esto es, un gobierno fundado en el poder militar, en la burocracia y la policía.

La política económica del régimen peronista puede dividirse en dos partes: la primera fue inspirada por Miranda, representante de los intereses de la industria liviana, y la segunda, la correcta aunque tardía, obedecía al pensamiento militar que deseaba crear ante todo la industria pesada. Perón se dejó llevar por la euforia de la posguerra y recién en 1952, cuando se hicieron visibles las señales de la crisis, modificó el rumbo y se lanzó resueltamente a resolver los dos problemas básicos para el desarrollo argentino: la industria pesada y la cuestión del petróleo. Ya se había perdido mucho tiempo; pero cuando rectificó la orientación económica, los mismos opositores del frente “democrático” no hicieron sino acentuar sus tareas conspirativas. ¡Bueno para imaginar que los Manrique y los Rojas estuvieran preocupados porque demoraban en erguirse en el horizonte los altos hornos! De esa tarea se encargaría más bien Frondizi, que cavilaba sobre la mejor manera de proteger YPF, de amparar la DINIE, de nacionalizar la CADE y de luchar contra el imperialismo.

Pero el régimen peronista debe ser interpretado asimismo bajo otra luz. Cuando se dice que se sostuvo con el Ejército, la policía y la burocracia, es necesario aclarar que la burocracia expresaba en parte los intereses nacionales derivados de una importante rama de capitalismo de Estado cuya creación y desarrollo es uno de los elementos capitales del peronismo, y uno de los elementos menos estudiados. Todo el mundo sabe que la venenosa campaña imperialista contra los excesivos gastos de la burocracia estatal (retintín sistemático de la canalla periodística antinacional como La Prensa y La Nación) es una de las exigencias favoritas del capital extranjero. Nadie ignora que el Fondo monetario internacional plantea como una de las condiciones esenciales de su “apoyo” la reducción de los gastos públicos, la liquidación de las industrias nacionalizadas y la entrega a la ”iniciativa privada” de las empresas administradas por el Estado. Es menos sabido que Perón encaró también ese nuevo sector de economía nacionalizada —transportes, comunicaciones, industria, energía— que constituía un tremendo obstáculo objetivo a la penetración imperialista y un sólido respaldo a la política nacional de su gobierno. La burocracia creada alrededor de ese capitalismo de estado sui generis no podía menos que suscitar la hostilidad y el despecho de los abogados y agentes del imperialismo extranjero[19].

Ramos dice que el vacío dejado por el desarraigo de la izquierda es llenado por el caudillo, por la convocatoria del mito, por la solución bonapartista, sostenida por los fusiles del ejército. Juan Domingo Perón orienta su gubernamentalidad a las nacionalizaciones y a la industrialización, que combina industria pesada e industria liviana, aunque también a la energía y el transporte, volcándose al mercado interno, dejando su dependencia del mercado externo, aunque no salga de éste. Reconoce que es una orientación política burguesa, apostando a la industria liviana, primero, después a la industria pesada, llenando el vacío de una burguesía nacional ausente. La ausencia de un partido proletario independiente y nacional, posibilidad a la que se opone Perón, precisamente por su orientación populista y el estilo de gobierno bonapartista, empuja al caudillo a depender de la fuerza del ejército. Cuando éste se pierde en circunstancias difíciles, que lo llevan confusiones, el caudillo cae.

Estas anotaciones son importantes, sobre todo para comprender que no se puede caer esencialismo, como los que caen los nacionalistas populares, creyendo que el caudillo es esencialmente antiimperialista, que lo que llegó a ser en la coyuntura histórica-política que lo llevó al poder, sentado en los hombros de las masas, lo va a ser siempre, como un perfil político inmutable. Ambas tesis, la esencialista y la permanencia de los atributos, no solamente pecan de a-históricas, sino de cierto apego a la herencia religiosa de los imaginarios mesiánicos. Queda claro que el caudillo, los populismos, logran la convocatoria social que no pudo lograr la izquierda abstracta, esquemática, maniquea y universalista. Incluso que el pueblo encuentra en el caudillo el símbolo de su emancipación, atribuyéndole valores mesiánicos. También queda claro que, debido al mapa de las contradicciones nacionales e internacionales, nacionales con las oligarquías, internacionales, con el imperialismo, el caudillo y el populismo inician su recorrido político como expresión antiimperialista. Sin embargo, de aquí a sostener que estas condiciones y atributos circunstanciales permanecen en el tiempo no solo es un mito, sino una ingenuidad política y un desconocimiento histórico. Es evidente, salvo para una izquierda recalcitrante, que cuando los caudillos y los populismos se enfrentan al imperialismo, son distintos a las oligarquías, herencia colonial, incluso a las burguesías comerciales, que prefieren optar por la dependencia y la subordinación; por lo tanto son distintos a los partidos conservadores y liberales tradicionales, voceros cipayos del imperialismo. Confundirlos es una miopía política y conduce a crasos errores estratégicos, que una vez cometidos, la izquierda no se levanta. Empero, de esta certeza a considerarlos como antiimperialistas de por vida hay un abismo. Como toda expresión política sufre de las consecuencias de los juegos de poder, convirtiéndose, lo que fue el símbolo popular de la emancipación, en el símbolo de la represión a los movimientos sociales, incluso populistas. Su antiimperialismo queda a mitad del camino, mostrando después sus predisposiciones a negociar y a pactar con el mismo imperialismo. Si esto no forma parte de las concepciones del nacionalismo popular es porque este nacionalismo prefiere el mito a la historia, que aunque sea otro mito, en tanto historia efectiva es experiencia social y enseñanza.

Conclusiones

Volvemos a las preguntas e incursiones de las entrevistas. ¿Cómo construir alternativas alterativas autogestionarias y autónomas permanentes? ¿Cómo lograr no solamente consensos sino convocatorias sociales de amplio alcance? Si bien estamos de acuerdo con la condición de posibilidad existencial del arraigo, de la raíz, de la pertenencia al territorio, entonces al suelo, al subsuelo, al cielo, no se puede entender este arraigo como localismo fijo e inmutable. Como dice Milton Santos, el lugar es un lugar en el mundo, por eso forma parte de un tejido, que lo hace local, en tanto está vinculado a redes que lo desfijan y lo hacen devenir. El problema es que los nacionalistas han convertido el lugar y lo local en parte del folclore; es decir, en una presencia domesticada en el discurso nacionalista, que es discurso del poder, de un poder legitimado por la pretendida esencia nacional. No se trata de desconocer la importancia de la defensa de la nación frente al despojamiento y desposesión imperialista, de ninguna manera, sino de evitar convertir a la nación en símbolo de un imaginario apologista, que termina otorgando a los representantes ocasionales los atributos religiosos de la promesa. Con esto facilitamos el paso del dominio de unas élites al dominio de otras elites, por más propias que se consideren que son. En tanto que el pueblo, fuera de haber sido reducido a representación, o, si se quiere, sostén de las representaciones del poder y de las delegaciones, se convierte en una masa de subjetividades obedientes, sumisas y temerosas. Son los nuevos creyentes de las nuevas religiones laicas. Ese pueblo no es libre por más que sus estómagos estén llenos, que es, además lo que no ocurre. Un pueblo es libre si es capaz de auto-determinarse.

Entonces se trata de lograr la autodeterminación, la autogestión, el autogobierno, la autonomía de los pueblos. Esto es difícil de lograrse si se opta por el vanguardismo, que convierte a los pueblos en los alumnos eternos de los intelectuales voluntariosos; peor aun cuando se opta por las convocatorias del mito, por los caudillos, pues, en este caso, se consolidan las dependencias patriarcales, llevando al pueblo a sumisiones de niños inhibidos ante padres legendarios. Mucho peor si se cree que los privilegios y las diferencias jerárquicas se deben a la naturaleza de las castas; así como también, pues no se salvan cuando se cree que estas diferencias jerárquicas, la riqueza adquirida se debe al trabajo, a la dedicación, al sacrificio propio. La gran dificultad radica en generar y establecer relaciones que activen la potencia social, que liberen a la gente, de las dominaciones, dependencias, sumisiones y subordinaciones heredadas, que las liberan de los mitos, de los imaginarios institucionales, de la responsabilidad de las delegaciones y de la delegación representativa.

Emmanuel Kant decía que hay que hacer uso de la razón, convertirla en crítica y práctica; Hugo Zemelman Merino decía que hay que hacer uso crítico de la razón. Ha llegado el momento, quizás ya dado y dicho antes, reafirmado ahora, de que hay que hacer uso estético de la percepción, donde se encuentra la razón como componente, que hay que hacer uso estético de los cuerpos, de las asociaciones, composiciones y relaciones entre los cuerpos. Se trata de liberar la potencia social y dejar crear libremente a las asociaciones sociales.

¿Cómo se logra esto? ¿Cómo se recomienza esta labor? Los colectivos y movimientos autogestionarios nos enseñan. Compartir los problemas con los pueblos, las comunidades, los colectivos, las clases subalternas, encontrar soluciones consensuadas, llevarlas a cabo, apoyar lo formación y constitución de subjetividades emancipadas de las sumisiones y dominaciones. El problema es que estas experiencias no dejan de ser locales, incluso coyunturales o relativas a lapsos y periodos. ¿Cómo compartir estas experiencias, avivar otras experiencias con las sociedades, de composición plural, diversa y compleja? No es mañana cuando hay que cumplir con estas tareas; el mañana se encuentra en el ahora. No es ahora con unos y mañana con los demás; los demás comparten este ahora con nosotros, son parte de este ahora y de este nosotros. La tarea es convocar a todos.

[1] Entrevistas coordinadas por Waldo Lao Fuentes Sánchez.

[2] Ver de Raúl Prada Alcoreza México: Intensidades sociales y territoriales. Dinámicas Moleculares; La Paz 2014.

[3] Pregunta hecha por Michel Foucault.

[4] México: Intensidades sociales y territoriales. Ob. Cit.

[5] Ver de Serge Gruzinski Las cuatro partes del mundo. Historia de una mundialización. Fondo de Cultura Económica 2010; México.

[6] Ibídem.

[7] Referencias: [1] Muere asesinado un líder del Movimiento de los Sin Tierra en Brasil. [2] Constitución brasileña traducida al español. [3] Decisión #70000092288, Rui Portanova, Courte Estatal de Río Grande do Sul, Porto Alegre. [4] «Eldorado dos Carajás: massacre contra sem-terra faz 5 anos» (en portugués). Consultado el 10 de junio de 2006. [5] BBC Mundo (17 de abril de 2004). «Violencia rural aumentó en Brasil». Consultado el 10 de junio de 2006. Ver Wikipedia: Enciclopedia Libre. http://es.wikipedia.org/wiki/Movimiento_de_los_Trabajadores_Rurales_Sin_Tierra.

[8] Ver de Raúl Prada Alcoreza Gramatología del acontecimiento. Dinámicas moleculares. Amazon: https://kdp.amazon.com/dashboard?ref_=kdp_RP_PUB_savepub.

[9] Ibídem.

[10] Ibídem.

[11] Ibídem.

[12] Ibídem.

[13] Ibídem.

[14] Tesis de Antonio Negri y de Michael Hardt. Ver Imperio. Paidós; Buenos aires.

[15] Ibídem.

[16] Ibídem.

[17] Ibídem.

[18] Abelardo Ramos: Marxismo de Indias. Primera edición 1973. Segunda edición, abril de 2012. http://www.izquierdanacional.org/documentos/pdf/1005.pdf.

[19] Ibídem.

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