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Área: Opinión >> Comentarios y enfoque
Actualizado el 2015-03-18 a horas: 07:20:59

La inscripción de la deuda

Raúl Prada Alcoreza

Primero es la inscripción de la deuda en el cuerpo, en los cuerpos, en los territorios. Se inscribe en el cuerpo la memoria, la memoria de la deuda. Los compromisos de la alianza, compromisos de las filiaciones. Después, la inscripción primitiva es atrapada, sus inscripciones son decodificadas, se las sobre-codifica; una fabulosa maquinaria cruel se instaura en su lugar, convirtiendo las deudas cíclicas, interpretadas como circuitos del don, en una deuda infinita. La deuda de los mortales al déspota, símbolo que sintetiza la composición de esta fabulosa maquinaria de captura, composición religiosa, militar y tributaria. Ha nacido el Estado contra los nómadas y nomadismos, contra la geografía territorial abigarrada, contra las comunidades. El Estado despótico es el primer acto de desterritorialización, anulando la influencia de la maquina primitiva de inscripción de la deuda primigenia y de la memoria inicial. El Estado despótico se inscribe en los cuerpos sociales por milenios, domesticando y marcando los cuerpos y territorios, logrando sumisiones masivas, incorporaciones múltiples de aldeas y comunidades, conectándoles a la inmensa malla imperial tributaria. Va a ser necesario una nueva desterritorialización, esta vez producida por otro tipo de máquina; la máquina de los intercambios, que requiere decodificar tanto los códigos primarios, así como los sobrecódigos despóticos. Esta máquina libera los flujos deseantes, muestra la arbitrariedad de los códigos y sobrecódigos, su variabilidad contingente; desmantela las instituciones despóticas, instaurando una nueva institucionalidad sobre la base de la igualdad jurídica. Sin embargo, también esta institucionalidad experimenta la misma vulnerabilidad de las antiguas instituciones, en un contexto de liberación de flujos deseantes. Tendría que ser también arbitraria esta institucionalidad, cuando dejan de haber propiamente códigos y sobrecódigos, interpretando sus prácticas y normas a través, mas bien, de axiomas. Sin embargo, se evita que ocurra esto, reinstaurando el Estado despótico, con máscara democrática, reinventando legitimaciones de sus instituciones, como si están fueran eternas o el fin de la historia, manejando los axiomas como si fuesen códigos y sobrecódigos. Nace el Estado liberal de las cenizas del Estado despótico. Este Estado liberal reactiva la deuda infinita instaurada por el Estado despótico; pero, esta vez, conmensurada por la aritmética financiera.

Raúl Prada Alcoreza

Raúl Prada AlcorezaEscritor, docente-investigador de la Universidad Mayor de San Andrés. Demógrafo. Miembro de Comuna, colectivo vinculado a los movimientos sociales antisistémicos y a los movimientos descolonizadores de las naciones y pueblos indígenas. Ex-constituyente y ex-viceministro de planificación estratégica. Asesor de las organizaciones indígenas del CONAMAQ y del CIDOB. Sus últimas publicaciones fueron: Largo Octubre, Horizontes de la Asamblea Constituyente y Subversiones indígenas. Su última publicación colectiva con Comuna es Estado: Campo de batalla.

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El Estado reaparece para evitar que los flujos fluyan libremente; para evitar que las instituciones se presentes en su arbitrariedad y puedan ser cambiadas, para evitar que las máscaras de códigos y sobre-códigos sobrepuestos a los axiomas caigan, mostrando la desnudes virtual de los axiomas. El Estado reaparece para garantizar la persistencia de las dominaciones, aunque estas cambien de formas, de personajes, de escenarios y de discursos. El Estado reaparece para evitar que las invenciones, la creatividad, las asociaciones, las composiciones libres se desborden. El Estado pone murallas a estos flujos, los captura y los encierra, los distribuye y los clasifica, otorgándole tareas en la división del trabajo. El Estado es necesario para las dominaciones, no para los flujos, no para la libertad de los flujos, ni para la producción libre; empero, esto implica retroceder de la axiomática a la codificación y sobre-codificación, aunque se lo haga de manera combinada, quizás mejor dicho mezclada. El capitalismo es el modo de producción que libera parcialmente las fuerzas; sólo en la medida que pueden adquirir la suficiente movilidad para ser reenganchadas en los aparatos productivos privados o públicos; empero, jamás dejarlas a su propia iniciativa, a su propia autonomía. El modo de producción capitalista no es un modo de producción que libera las fuerzas, como dice el Manifiesto comunista, sino un modo de producción que las libera parcialmente; las libera parcialmente para engancharlas en las divisiones de los trabajos de las empresas privadas o públicas, manteniéndolas en condición de necesitadas, para que puedan venderse contantemente. Pieza clave del modo de producción, aunque en el concepto aparezca como externo, es el Estado. El Estado es la condición de posibilidad política del modo de producción; no se sabe cómo puede sostenerse la tesis marxista de que el Estado es una superestructura de la base económica. Sólo se sostiene por performance teórica, no se sostiene empíricamente, ni históricamente.

La reactivación del Estado despótico en condición de Estado liberal es prioritaria para el capitalismo; sin esta reactivación, la liberación de los flujos, la liberación de las fuerzas, hubiera suspendido los mecanismos de dominación, dando lugar a asociaciones libres, composiciones libres, complementariedades consensuadas, de los productores. El Estado era necesario para preservar la deuda infinita, aunque sea leída ahora financieramente. La deuda infinita es la síntesis de las dominaciones polimorfas.

Por eso es ingenuo creer que se puede salir de la deuda infinita cumpliendo con los pagos, saneando la economía, logrando equilibrios macroeconómicos, o, de otra manera, renegociando la deuda, disminuyendo los montos de la deuda, evitando la agravación del costo social y de la austeridad, ganando tiempo para buscar mejores soluciones. No se sale de la deuda con el Estado, no se sale de la deuda con la megamáquina del Estado mundial, del orden mundial, pues están ahí, para preservar la deuda infinita. No se sale de la deuda infinita en el capitalismo, en el modo de producción capitalista, en el sistema-mundo capitalista, pues el capitalismo funciona alimentada por la deuda infinita. Sólo se puede escapar de la deuda infinita destruyendo el Estado y pasando a las alternativas al capitalismo.

La máquina despótica

Esta concepción del Estado como máquina de captura y máquina de la deuda infinita es planteada por Gilles Deleuze y Félix Guattari en El Anti-Edipo; los autores escriben;

La instauración de la máquina despótica o del socius bárbaro puede ser resumida del siguiente modo: nueva alianza y filiación directa. El déspota recusa las alianzas laterales y las filiaciones extensas de la antigua comunidad. Impone una nueva alianza y se coloca en filiación directa con el dios: el pueblo debe seguir. Saltar a una nueva alianza, romper con la antigua filiación; esto se expresa en una máquina extraña, o más bien en una máquina de lo extraño que tiene como lugar el desierto, impone las más duras pruebas, las más secas, y manifiesta tanto la resistencia de un orden antiguo como la autentificación del nuevo orden. La máquina de lo extraño es a la vez gran máquina paranoica, puesto que expresa la lucha con el antiguo sistema, y gloriosa máquina célibe, en tanto que instala el triunfo de la nueva alianza. El déspota es el paranoico (ya no hay inconveniente en sostener semejante proposición, desde el momento en que uno se desembaraza del familiarismo propio de la concepción de la paranoia en el psicoanálisis y la psiquiatría y se ve en la paranoia un tipo de catexis de formación social). Nuevos grupos perversos propagan la invención del déspota (tal vez incluso los han fabricado para él), expanden su gloria e imponen su poder en las ciudades que fundan o que conquistan. Por todas partes por donde pasa el déspota y su ejército, doctores, sacerdotes, escribas, funcionarios, forman parte del cortejo. Se diría que la antigua complementariedad se ha deslizado para formar un nuevo socius: ya no el paranoico de selva y los perversos de aldea o de campamento, sino el paranoico de desierto y los perversos de ciudad[1].

La primera alianza es territorial, entre las filiaciones locales. Se efectúa la inscripción primordial de la deuda, deuda de alianzas, de parte de las filiaciones. Deuda cíclica que se interpreta como circuitos del don. Se trata de fragmentos cualitativos de compromisos, discretos, limitados, aunque el don puede acumularse. La alianza con el déspota no diluye ni las alianzas ni las filiaciones; empero, desterritorializa y decodifica estas alianzas territoriales y filiaciones locales, para liarlas al cuerpo del déspota, que es el territorio simbólico que usurpa las territorialidades concretas, convirtiéndolas en espacios de su propiedad. Las deudas discretas se convierten en deuda infinita; a esto ayuda el sistema tributario que forma parte de la maquinaria de captura del Estado.

En principio, la formación bárbara despótica debe ser pensada en oposición a la máquina territorial primitiva, y se establece sobre sus ruinas: nacimiento de un imperio. Pero, en realidad, podemos captar el movimiento de esta formación cuando un imperio se separa de un imperio precedente; o incluso cuando surge el sueño de un imperio espiritual, allí donde los imperios temporales caen en decadencia. Es posible que la empresa sea ante todo militar y de conquista, es posible que ante todo sea religiosa, la disciplina militar convertida en ascetismo y cohesión internos. Es posible que el mismo paranoico sea una dulce criatura o una fiera desencadenada. Mas siempre encontramos la figura de este paranoico y de sus perversos, el conquistador y sus tropas de élite, el déspota y sus burócratas, el hombre santo y sus discípulos, el anacoreta y sus monjes, el Cristo y su san Pablo. Moisés fue la máquina egipcia en el desierto, allí instala su nueva máquina, arca santa y templo transportable, y proporciona a su pueblo una organización religiosa-militar. Para resumir la empresa de san Juan Bautista, se dice: «Juan ataca la base de la doctrina central del judaísmo, la de la alianza con Dios por una filiación que se remonta a Abraham»[2]. Ahí está lo esencial: hablamos de formación bárbara imperial o de máquina despótica cada vez que se movilizan las categorías de nueva alianza y de filiación directa. Y, cualquiera que sea el contexto de esta movilización, en relación o no con imperios precedentes, ya que a través de estas vicisitudes la formación imperial se define siempre por un cierto tipo de codificación y de inscripción que se opone a las codificaciones territoriales primitivas. Poco importa el número de la alianza: nuca alianza y filiación directa son categorías específicas que manifiestan un nuevo socius, irreductible a las alianzas laterales y a las filiaciones extensas que declinaban la máquina primitiva. Lo que define la paranoia es este poder de proyección, esta fuerza para volver a partir desde cero, de objetivar una completa transformación: el sujeto salta fuera de los cruzamientos alianza-filiación, se instala en el límite, en el horizonte, en el desierto, sujeto de un saber desterritorializado que lo liga directamente con Dios y lo conecta al pueblo. Por primera vez se retira de la vida y de la tierra algo que va a permitir juzgar la vida y sobrevolar la tierra, principio del conocimiento paranoico. Todo el juego relativo de las alianzas y de las filiaciones es llevado a lo absoluto en esta nueva alianza y esta filiación directa.

La emergencia de la máquina despótica tiene que ver a la vez con la sobrecodificación y la desterritorialización; se sobrecodifican los códigos territoriales, se desterritorializan los territorios concretos, sus espesores culturales, convirtiéndolos en espacios estriados de la máquina despótica.

Para comprender la formación bárbara es preciso relacionarla no con otras formaciones del mismo género con las que compite, temporal o espiritualmente, según relaciones que mezclan lo esencial, sino con la formación salvaje primitiva a la que suplanta y que aún continúa frecuentándola. Es de este modo que Marx define la producción asiática: una unidad superior del Estado se instaura sobre la base de las comunidades rurales primitivas, que conservan la propiedad del suelo, mientras que el Estado es su verdadero propietario de acuerdo con el movimiento objetivo aparente que le atribuye el excedente de producto, le proporciona las fuerzas productivas en los grandes trabajos y le hace aparecer como la causa de las condiciones colectivas de la apropiación. El cuerpo lleno como socius ya no es la tierra, sino el cuerpo del déspota, el déspota mismo o su dios. Las prescripciones y prohibiciones que a menudo le vuelven casi incapaz de actuar lo convierten en un cuerpo sin órganos. Él es la única cuasi-causa, la fuente y el estuario del movimiento aparente. En lugar de separaciones móviles de cadena significante, un objeto separado ha saltado fuera de la cadena; en lugar de extracciones de flujo, todos los flujos convergen en un gran río que constituye la consumación del soberano: cambio radical de régimen en el fetiche o el símbolo. Lo que cuenta no es la persona del soberano, ni siquiera su función, que puede ser limitada. Es la máquina social la que ha cambiado profundamente: en lugar de la máquina territorial, la megamáquina de Estado, pirámide funcional que tiene al déspota en la cima, motor inmóvil, el aparato burocrático como superficie lateral y órgano de transmisión, los aldeanos en la base como piezas trabajadoras. Los stocks forman el objeto de una acumulación, los bloques de deuda se convierten en una relación infinita bajo la forma de tributo. Toda la plusvalía de código es objeto de apropiación. Esta conversión atraviesa todas las síntesis, las de producción con la máquina hidráulica, la máquina minera, la inscripción con la máquina contable, la máquina de escritura, la máquina monumental, el consumo, por último, con el mantenimiento del soberano, de su corte y de la casta burocrática. En vez de ver en el Estado el principio de una territorialización que inscribe a la gente según su residencia, debemos ver en el principio de residencia el efecto de un movimiento de desterritorialización que divide la tierra como un objeto y somete a los hombres a la nueva inscripción imperial, al nuevo cuerpo lleno, al nuevo socius.

La máquina despótica no es homogénea; es, mas bien, una composición de distintas máquinas; en este sentido, se puede llamarla megamáquina. No solamente liga las alianzas y las filiaciones en una nueva alianza filial con el déspota, sino que articula distintas máquinas, haciéndolas funcionales al cumplimiento de la deuda infinita.

«Llegan como el destino... existen como existe el rayo, demasiado terribles, demasiado súbitos...» La muerte del sistema primitivo siempre llega del exterior, la historia es la de las contingencias y la de los encuentros. Como una nube llegada del desierto, llegan los conquistadores: «Imposible comprender cómo penetraron», cómo atravesaron «tantas altas y desérticas mesetas, tantas vastas y fértiles llanuras... No obstante están ahí y cada mañana parece crecer su número... Hablar con ellos, ¡imposible! No saben nuestra lengua»[3]. Pero esta muerte que viene de fuera es también la que subía de dentro: la irreductibilidad general de la alianza a la filiación, la independencia de los grupos de alianza, la manera como servían de elemento conductor a las relaciones económicas y políticas, el sistema de los rangos primitivos, el mecanismo de la plusvalía, todo esto ya esbozaba formaciones despóticas y órdenes de castas. ¿Cómo distinguir la manera como la comunidad primitiva desconfía de sus propias instituciones de jefatura, conjura la imagen del déspota posible que segregaría en su seno, y aquella en que amarra el símbolo vuelto irrisorio de un antiguo déspota que se impuso desde fuera, hace ya largo tiempo? No siempre resulta fácil saber si una comunidad primitiva reprime una tendencia endógena o la encuentra mal que bien después de una terrible aventura exógena. El juego de las alianzas es ambiguo: ¿estamos aún más acá de la nueva alianza o ya más allá, y como caídos en un más acá residual y transformado? (Cuestión anexa: ¿qué es la feudalidad?) Tan sólo podemos asignar el momento preciso de la formación imperial como el de la nueva alianza exógena, no sólo en el lugar de las antiguas alianzas, sino con respecto a ellas. Y esta nueva alianza es algo por completo diferente de un tratado, de un contrato. Pues lo suprimido no es el antiguo régimen de las alianzas laterales y de las filiaciones extensas, sino tan sólo su carácter determinante. Subsisten más o menos modificadas, más o menos arregladas por el gran paranoico, puesto que proporcionan la materia de la plusvalía. Esto es lo que proporciona el carácter específico de la producción asiática: las comunidades rurales autóctonas subsisten y continúan produciendo, inscribiendo, consumiendo. Los engranajes de la máquina del linaje territorial subsisten, pero ya no son más que las piezas trabajadoras de la máquina estatal. Los objetos, los órganos, las personas y los grupos mantienen al menos una parte de su codificación intrínseca, pero estos flujos codificados del antiguo régimen son sobrecodificados por la unidad transcendente que se apropia de la plusvalía. La antigua inscripción permanece, pero enladrillada por y en la inscripción del Estado. Los bloques subsisten, pero se han convertido en ladrillos encajados y encastrados que ya no poseen más que una movilidad de encomienda. Las alianzas territoriales no son reemplazadas, sino tan sólo alianzadas a la nueva alianza; las filiaciones territoriales no son reemplazadas, sino tan sólo afiliadas a la filiación directa. Es como un inmenso derecho del primer nacido sobre toda la filiación, un inmenso derecho de primera noche sobre toda alianza. El stock filiativo se convierte en el objeto de una acumulación en la otra filiación, la deuda de alianza se convierte en una relación infinita en la otra alianza. Todo el sistema primitivo se halla movilizado, requisado por un poder superior, subyugado por nuevas fuerzas exteriores, puesto al servicio de otros fines; tan cierto es, decía Nietzsche, que lo que se llama evolución de algo es «una sucesión constante de fenómenos de sujeción más o menos violentos, más o menos independientes, sin olvidar las resistencias que sin cesar se producen, las tentativas de metamorfosis que se realizan para concurrir en la defensa y la reacción, por último, los resultados favorables de las acciones en sentido contrario»[4].

Si bien llega de fuera la muerte de la maquina territorial, ésta incubaba su propia muerte; tal es así, que lo que viene de afuera no pudo contener el nacimiento de lo que se incubaba; su propia muerte. El imperio que avasalla, puede haber sido el mismo imperio que incubaba dentro la máquina territorial.

A menudo se ha señalado que el Estado empieza (o vuelve a empezar) con dos actos fundamentales, uno llamado de territorialidad por fijación de residencia, otro llamado de liberación por abolición de las pequeñas deudas. Sin embargo, el Estado procede por eufemismo. La seudo territorialidad es el producto de una efectiva desterritorialización que sustituye los signos de la tierra por signos abstractos y convierte a la propia tierra en el objeto de una propiedad del Estado o de sus más ricos servidores y funcionarios (y no hay gran cambio, desde este punto de vista, cuando el Estado no hace ya más que garantizar la propiedad privada de una clase dominante de la que se distingue). La abolición de las deudas, cuando tiene lugar, es un medio de mantener la repartición de las tierras y de impedir la entrada en escena de una nueva máquina territorial, eventualmente revolucionaria y capaz de plantear o tratar en toda su amplitud el problema agrario. En otros casos en los que se realiza una redistribución, el ciclo de los créditos es mantenido, bajo la nueva forma instaurada por el Estado — el dinero. Pues, de seguro, el dinero no empieza sirviendo al comercio, o al menos no posee un modelo autónomo mercantil. La máquina despótica tiene esto en común con la máquina primitiva, la confirma a este respecto: el horror de los flujos descodificados, flujos de producción, pero también flujos mercantiles de intercambio y de comercio que escaparían al monopolio del Estado, a su cuadriculación, a su tampón. Cuando Etienne Balazs pregunta: ¿por qué no nació el capitalismo en China en el siglo XIII, donde todas las condiciones científicas y técnicas parecían sin embargo dadas?, la respuesta está en el Estado que cerraba las minas desde el momento que las reservas de metal se juzgaban suficientes y mantenía el monopolio o control estricto del comercio (el comerciante como funcionario). El papel del dinero en el comercio depende menos del propio comercio que de su control por el Estado. La relación del comercio con el dinero es sintética y no analítica. El dinero, fundamentalmente, es indisociable, no del comercio, sino del impuesto como mantenimiento del aparato del Estado. Allí mismo donde las clases dominantes se distinguen de este aparato y lo utilizan en provecho de la propiedad privada, el vínculo despótico del dinero con el impuesto permanece visible. Apoyándose en las investigaciones de Will, Michel Foucault muestra cómo, en algunas tiranías griegas, el impuesto sobre los aristócratas y la distribución de dinero entre los pobres son un medio para hacer llegar el dinero a los ricos, de ampliar singularmente el régimen de las deudas, de volverlo aún más fuerte, al prevenir y reprimir toda re-territorialización que pudiera realizarse a través de los datos económicos del problema agrario. (Como si los griegos hubiesen descubierto a su modo lo que los americanos descubrieron después del New Deal: que los elevados impuestos del Estado son propicios para los buenos negocios.) En una palabra, el dinero, la circulación del dinero, es el medio de volver la deuda infinita. He ahí lo que ocultan los dos actos del Estado: la residencia o territorialidad de Estado inaugura el gran movimiento de desterritorialización que subordina todas las filiaciones primitivas a la máquina despótica (problema agrario); la abolición de las deudas o su transformación contable abren la tarea de un servicio de Estado interminable que subordina todas las alianzas primitivas (problema de la deuda). El acreedor infinito, el crédito infinito ha reemplazado a los bloques de deudas móviles y finitos. Siempre hay un monoteísmo en el horizonte del despotismo: la deuda se convierte en deuda de existencia, deuda de la existencia de los sujetos mismos. Llega el tiempo en el que el acreedor todavía no ha prestado mientras que el deudor no para de devolver, pues devolver es un deber, pero prestar es una facultad — como en la canción de Lewis Carroll, la larga canción de la deuda infinita:

«Un hombre puede exigir desde luego lo que debe, pero cuando se trata del préstamo, sin duda alguna puede escoger el momento que mejor le conviene».

La moneda es el sello del Estado, sello que dice: le debes al Estado. La moneda, como dicen Deleuze y Guattari, hace infinita la deuda de las alianzas; claro que después de haber ligado las alianzas a la alianza suprema con el déspota. La alianza territorial era deuda, deuda cualitativa, discreta y cíclica; la alianza de las alianzas es deuda infinita.

El Estado despótico, tal como aparece en las condiciones más puras de la producción llamada asiática, posee dos aspectos correlativos: por una parte, reemplaza a la máquina territorial, forma un nuevo cuerpo lleno desterritorializado; por otra parte, mantiene las antiguas territorialidades, las integra en concepto de piezas u órganos de producción en la nueva máquina. De golpe adquiere la perfección porque funciona sobre la base de las comunidades rurales dispersas, como máquinas preexistentes autónomas o semiautónomas desde el punto de vista de la producción; pero, desde este mismo punto de vista, reacciona sobre ellas al producir las condiciones de grandes trabajos que exceden el poder de las distintas comunidades. Lo que se produce sobre el cuerpo del déspota es una síntesis conectiva de las antiguas alianzas con la nueva, una síntesis disyuntiva que funde las antiguas filiaciones en la filiación directa, reuniendo a todos los sujetos en la nueva máquina. Lo esencial del Estado radica en la creación de una segunda inscripción mediante la cual el nuevo cuerpo lleno, inmóvil, monumental, inmutable, se apropia de todas las fuerzas y los agentes de producción; pero esta inscripción de Estado deja subsistir las viejas inscripciones territoriales, en concepto de «ladrillos» sobre la nueva superficie. De ahí se origina, por último, la manera como se realiza la conjunción de las dos partes, las partes respectivas que son la unidad superior propietaria y las comunidades poseedoras, la sobrecodificación y los códigos intrínsecos, la plusvalía apropiada y el usufructo utilizado, la máquina de Estado y las máquinas territoriales. Como en La muralla china, el Estado es la unidad superior trascendente que integra subconjuntos relativamente aislados, que funcionan separadamente, a los que asigna un desarrollo en ladrillos y un trabajo de construcción por fragmentos. Objetos parciales esparcidos enganchados al cuerpo sin órganos. Nadie como Kafka ha sabido mostrar que la ley no tiene nada que ver con una totalidad natural armoniosa, inmanente, sino que actuaba como unidad formal eminente y bajo ese concepto reinaba sobre fragmentos y pedazos (la muralla y la torre). Además el Estado no es primitivo, es origen o abstracción, es la esencia abstracta originaria que no se confunde con el comienzo. «El Emperador es el único objeto de todos nuestros pensamientos. Sería su objeto, quiero decir, si lo conociésemos, si sobre él tuviésemos el mínimo conocimiento... El pueblo no sabe qué emperador reina y ni siquiera está seguro del nombre de la dinastía... En nuestros pueblos, Emperadores desde hace tiempo difuntos suben al trono, y, como el que ya no vive más que en la leyenda, promulga un decreto cuya lectura el sacerdote realiza al pie del altar». En cuanto a los propios subconjuntos, máquinas primitivas territoriales, son lo concreto, la base y el comienzo concretos, pero sus segmentos entran aquí en relaciones con la esencia, toman, precisamente, esa forma de ladrillos que asegura su integración en la unidad superior y su funcionamiento distributivo, de acuerdo con los designios colectivos de esta misma unidad (grandes trabajos, extorsión de la plusvalía, tributo, esclavitud generalizada). Dos inscripciones coexisten en la formación imperial y se concilian en la medida que una está enladrillada en la otra, mientras que la otra, por el contrario, cimenta el conjunto y se ajusta a productores y productos (las inscripciones no necesitan hablar la misma lengua). La inscripción imperial recorta todas las alianzas y filiaciones, las prolonga, las hace converger en la filiación directa del déspota con el dios, la nueva alianza del déspota con el pueblo. Todos los flujos codificados de la máquina primitiva son llevados ahora hasta una embocadura donde la máquina despótica los sobrecodifica. La sobrecodificación es la operación que constituye la esencia del Estado y que mide a la vez su continuidad y su ruptura con las antiguas formaciones: el horror ante los flujos del deseo no codificados, pero también la instauración de una nueva inscripción que sobrecodifica y que convierte al deseo en el objeto del soberano, aun cuando fuera instinto de muerte. Las castas son inseparables de la sobrecodificación e implican «clases» dominantes que todavía no se manifiestan como clases, pero se confunden con un aparato de Estado. ¿Quién puede tocar el cuerpo lleno del soberano?, he ahí un problema de castas. La sobrecodificación destituye la tierra en provecho del cuerpo lleno desterritorializado y, sobre este cuerpo lleno, vuelve infinito el movimiento de la deuda. Es mérito de Nietzsche el haber señalado la importancia de un movimiento tal que empieza con los fundadores de Estados, esos «artistas con mirada de bronce que forjan un engranaje asesino e implacable», que levantan ante toda perspectiva de liberación una imposibilidad de hierro. No es que esta infinitivación pueda comprenderse, como dice Nietzsche, como una consecuencia del juego de los antepasados, de las genealogías profundas y de las filiaciones extensas — sino más bien cuando éstas se hallan cortocircuitadas, raptadas por la nueva alianza y la filiación directa: es ahí donde el antepasado, el señor de los bloques móviles y finitos, se halla destituido por el dios, el organizador inmóvil de los ladrillos y de su circuito infinito[5].

La máquina despótica hace dos cosas contrastantes; por un lado desterritorializa; por otro lado reterritorializa. Desterritorializa los territorios concretos, los espesores culturales de alianzas y filiaciones locales; reterritorializa enchanchándolos al cuerpo del déspota, símbolo de la alianza con Dios.

La máquina capitalista

El concepto de máquina capitalista se distingue del concepto de modo de producción capitalista, aunque lo comprenda, incluso lo contenga. El concepto de máquina capitalista se coloca tanto en las dimensiones molares, donde corresponde el concepto de modo de producción capitalista, así como en las dimensiones moleculares, comprendiendo a los flujos deseantes, a los flujos que atraviesan los cuerpos intensamente. La máquina capitalista incorpora procesos territoriales, corporales, conectados con procesos culturales, de codificación y decodificación, así como de sobrecodificación. El concepto de máquina capitalista no solo interpreta al capitalismo en el campo económico, sino abarca distintos campos sociales, así como comprende espesores territoriales y corporales, dilucidando imaginarios y subjetividades. Se trata de un concepto más complejo que el concepto de modo de producción capitalista. Se puede decir que forma parte de la episteme compleja, de las teorías de la complejidad, en lo que corresponde a lo que hemos denominado teorías nómadas.

Gilles Deleuze y Félix Guattari exponen la gerontología de la máquina capitalista; escriben:

El primer gran movimiento de desterritorialización apareció con la sobrecodificación del Estado despótico. Pero todavía no era nada al lado del otro gran movimiento, el que va a realizarse por descodificación de los flujos. Sin embargo, no bastan flujos descodificados para que el nuevo corte atraviese y transforme el socius, es decir, para que nazca el capitalismo. Flujos descodificados golpean al Estado despótico de latencia, sumergen al tirano, pero también lo hacen volver bajo inesperadas formas — lo democratizan, lo oligarquizan, lo segmentarizan, lo monarquizan, y siempre lo espiritualizan y lo interiorizan, con el Urstaat latente en el horizonte, de cuya pérdida no podemos consolarnos. Ahora pertenece al Estado recodificar mal que bien, por operaciones regulares o excepcionales, el producto de los flujos descodificados. Tomemos el ejemplo de Roma: la descodificación de los flujos de bienes raíces por privatización de la propiedad, la descodificación de los flujos monetarios por formación de las grandes fortunas, la descodificación de los flujos comerciales por desarrollo de una producción mercantil, la descodificación de los productores por expropiación y proletarización, todo está ahí, todo está dado, sin producir por ello un capitalismo propiamente hablando, sino un régimen esclavista. O bien el ejemplo de la feudalidad: ahí también la propiedad privada, la producción mercantil, el aflujo monetario, la extensión del mercado, el desarrollo de las ciudades, la aparición de la renta señorial como dinero o el arriendo contractual de mano de obra no producen en modo alguno una economía capitalista, sino un fortalecimiento de las cargas y relaciones feudales, a veces un retorno a estadios más primitivos de la feudalidad, a veces incluso el restablecimiento de una especie de esclavismo. Es harto conocido que la acción monopolista en favor de las guildas y de las compañías no favoreció el desarrollo de una producción capitalista, sino la inserción de la burguesía en un feudalismo de ciudad y de Estado, que consistía en rehacer códigos para flujos descodificados como tales y en mantener al comerciante, según la fórmula de Marx, «en los poros mismos» del antiguo cuerpo lleno de la máquina social. Por tanto, no es el capitalismo el que implica la disolución del sistema feudal, sino más bien a la inversa: por ello fue preciso un tiempo entre ambos. Hay una gran diferencia a este respecto entre la edad despótica y la edad capitalista. Pues los fundadores del Estado llegan como el rayo; la máquina despótica es sincrónica, mientras que el tiempo de la máquina capitalista es diacrónica, los capitalistas surgen uno tras otro en una serie que funda una especie de creatividad de la historia, extraña casa de fieras: tiempo esquizoide del nuevo corte creativo. Las disoluciones se definen por una simple descodificación de los flujos, siempre compensados por supervivencias o transformaciones del Estado. Se siente cómo la muerte sube desde dentro y cómo el mismo deseo es instinto de muerte, latencia, pero también cómo pasa del lado de estos flujos que virtualmente llevan una vida nueva. Flujos descodificados, ¿quién dirá el nombre de este nuevo deseo? Flujo de propiedades que se venden, flujo de dinero que mana, flujo de producción y de medios de producción que se preparan en la sombra, flujo de trabajadores que se desterritorializan: será preciso el encuentro de todos estos flujos descodificados, su conjunción, su reacción unos sobre otros, la contingencia de este encuentro, de esta conjunción, de esta reacción, que se producen una vez, para que el capitalismo nazca y para que el antiguo sistema muera esta vez desde fuera, al mismo tiempo que nace la vida nueva y que el deseo recibe su nuevo nombre. No hay más historia universal que la de la contingencia. Volvamos a esta cuestión eminentemente contingente que los historiadores modernos saben plantear: ¿por qué Europa, por qué no China? A propósito de la navegación de altura, Braudel pregunta: ¿por qué no los navíos chinos o japoneses, o incluso musulmanes? ¿Por qué no Simbad el marino? No es la técnica la que falta, la máquina técnica. ¿No es más bien el deseo el que permanece preso en las redes del Estado despótico, invertido en la máquina del déspota? «Entonces, el mérito de Occidente, bloqueado en la estrecha punta de Asia ¿radicaría en haber tenido necesidad del mundo, necesidad de salir de sus límites? [6]». No hay más viaje que el esquizofrénico (más adelante, el sentido americano de las fronteras: algo a sobrepasar, límites a franquear, flujos por hacer pasar, espacios no codificados por penetrar). Deseos descodificados, deseos de descodificación, siempre los hubo, la historia está llena de ellos. Pero he ahí que los flujos descodificados no forman un deseo, deseo que produce en lugar de soñar o de carecer, máquina deseante, social y técnica a la vez, más que por su encuentro en un lugar, su conjunción en un espacio que toma tiempo. Por ello, el capitalismo y su corte no se definen simplemente por flujos descodificados, sino por la descodificación generalizada de los flujos, la nueva desterritorialización masiva, la conjunción de los flujos desterritorializados. La singularidad de esta conjunción dio la universalidad del capitalismo. Simplificando mucho podemos decir que la máquina territorial salvaje partía de las conexiones de producción y que la máquina despótica bárbara se fundaba en las disyunciones de inscripción a partir de la eminente unidad. Pero la máquina capitalista, la civilizada, va a establecerse primero sobre la conjunción. Entonces, la conjunción ya no designa solamente restos que escaparían a la codificación, ni consumos-consumaciones como en las fiestas primitivas, ni siquiera el «máximo de consumo» en el lujo del déspota y de sus agentes. Cuando la conjunción pasa a primera fila en la máquina social, ocurre, por el contrario, que deja de estar vinculada tanto al goce como al exceso de consumo de una clase y convierte al propio lujo en un medio de inversión y vuelca todos los flujos descodificados sobre la producción, en un «producir para producir» que recobra las condiciones primitivas del trabajo con la condición, con la única condición, de incorporarlas al capital como al nuevo cuerpo lleno desterritorializado, el verdadero consumidor de donde ellas parecen emanar (como en el pacto del diablo descrito por Marx, «el eunuco industrial»: luego es a ti si...)[7] .

El encuentro casual de varios conjuntos de flujos desterritorializados y decodificados, las consecuencias de la desterritorialización y decodificación generalizadas, conforman las condiciones de posibilidad históricas del sistema capitalista como tal, tal como va a ser conocido en la modernidad. Sin embargo, como hemos visto, las desterritorializaciones y las decodificaciones son también re-territorializadas y sobrecodificadas, aunque se lo haga parcialmente; se reterritorializa institucionalmente y sobrecodifica en los mitos modernos.

En el centro del Capital Marx muestra el encuentro de dos elementos «principales»: de un lado, el trabajador desterritorializado, convertido en trabajador libre y desnudo, que tiene que vender su fuerza de trabajo; del otro, el dinero descodificado, convertido en capital y capaz de comprarla. Que estos dos elementos provengan de la segmentarización del Estado despótico en feudalidad y de la descomposición del sistema feudal mismo y de su Estado, todavía no nos proporciona la conjunción extrínseca de estos dos flujos, flujo de productores y flujo de dinero. El encuentro hubiera podido no realizarse, los trabajadores libres y el capital-dinero existiendo «virtualmente» cada uno por su parte. Uno de los elementos depende de una transformación de las estructuras agrarias constitutivas del antiguo cuerpo social, el otro, depende de otra serie que pasa por el mercader y el usurero tal como existen marginalmente en los poros de este antiguo cuerpo. Además, cada uno de estos elementos pone en juego varios procesos de descodificación y de desterritorialización de muy diferente origen: para el trabajador libre, desterritorialización del suelo por privatización; descodificación de los instrumentos de producción por apropiación; privación de los medios de consumo por disolución de la familia y de la corporación; descodificación, por último, del trabajador en provecho del propio trabajo o de la máquina — y, para el capital, desterritorialización de la riqueza por abstracción monetaria; descodificación de los flujos de producción por capital mercantil; descodificación de los Estados por el capital financiero y las deudas públicas; descodificación de los medios de producción por la formación del capital industrial, etc. Veamos aún con más detalle de qué modo se encuentran los elementos, con conjunción de todos sus procesos. Ya no es la edad del terror ni de la crueldad, sino la edad del cinismo, que viene acompañada por una extraña piedad (ambos constituyen el humanismo: el cinismo es la inmanencia física del campo social, y la piedad, el mantenimiento de un Urstaat espiritualizado; el cinismo es el capital como medio para arrebatar el excedente de trabajo, pero la piedad es ese mismo capital como capital-Dios del que parece que emanan todas las fuerzas de trabajo). Esta edad del cinismo es la de la acumulación de capital, es ella la que implica tiempo, precisamente para la conjunción de todos los flujos descodificados y des-territorializados. Como demostró Maurice Dobb, es preciso en un primer tiempo una acumulación de títulos de propiedad, de la tierra por ejemplo, en una coyuntura favorable, en un momento en que esos bienes cuesten poco (desintegración del sistema feudal); y un segundo tiempo en el que esos bienes son vendidos en un momento de alza y en condiciones que hacen particularmente interesante la inversión industrial («revolución de los precios», reserva abundante de mano de obra, formación de un proletariado, acceso fácil a fuentes de materias primas, condiciones favorables para la producción de herramientas y máquinas)[8]. Toda clase de factores contingentes favorecen estas conjunciones. ¡Cuántos encuentros para la formación de la cosa, lo innombrable! Sin embargo, el efecto de la conjunción es el control cada vez más profundo de la producción por el capital: la definición del capitalismo o de su corte, la conjunción de todos los flujos descodificados y desterritorializados, no se definen por el capital comercial ni por el capital financiero, que no son más que flujos entre otros, elementos entre otros, sino por el capital industrial. Sin duda, muy pronto el comerciante pudo accionar sobre la producción, ya fuese convirtiéndose él mismo en industrial en oficios basados en el comercio, ya fuese convirtiendo a los artesanos en sus propios intermediarios y empleados (luchas contra las guildas y los monopolios). Pero el capitalismo no empieza, la máquina capitalista no es montada, más que cuando el capital se apropia directamente de la producción, y el capital financiero y el capital mercantil ya no son más que funciones específicas correspondientes a una división del trabajo en el modo capitalista de la producción en general. Entonces volvemos a encontrar la producción de producciones, la producción de registros, la producción de consumos — pero precisamente en esa conjunción de los flujos descodificados que convierte al capital en el nuevo cuerpo lleno social, mientras que el capitalismo comercial y financiero bajo sus formas primitivas se instalaba tan sólo en los poros del antiguo socius del cual no cambiaba el modo de producción anterior. Incluso antes de que la máquina de producción capitalista sea montada, la mercancía y la moneda operan una descodificación de los flujos por abstracción. Sin embargo, no del mismo modo. En primer lugar, el intercambio simple inscribe los productos mercantiles como los quanta particulares de una unidad de trabajo abstracta. El trabajo abstracto colocado en la relación de intercambio forma la síntesis disyuntiva del movimiento aparente de la mercancía, puesto que se divide en los trabajos cualificados a los que corresponde tal o cual quantum determinado. Pero sólo cuando un «equivalente general» aparece como moneda se accede al reino de la quantitas, la cual puede tener toda clase de valores particulares o valer por cualquier clase de quanta. Esta cantidad abstracta no debe sin embargo poseer un valor cualquiera, de tal modo que todavía no aparezca más que como una relación de tamaño entre quanta. En este sentido, la relación de intercambio une formalmente objetos parciales producidos e incluso inscritos independientemente de ella. La inscripción comercial y monetaria permanece sobrecodificada e incluso reprimida por los caracteres y los modos de inscripción previos de un socius considerado bajo su modo de producción específico, que no conoce ni reconoce el trabajo abstracto. Como dice Marx, ésta es la relación más simple y más antigua de la actividad productiva, pero sólo aparece como tal y se vuelve prácticamente verdadera en la máquina capitalista moderna. Por ello, antes, la inscripción comercial monetaria no disponía de un cuerpo propio y se insertaba tan sólo en los intervalos del cuerpo social preexistente. El comerciante no cesaba de jugar por territorialidades mantenidas para comprar allí donde es barato y vender donde es caro. Antes de la máquina capitalista, el capital mercantil o financiero sólo está en una relación de alianza con la producción no capitalista, entra en esta nueva alianza que caracteriza a los Estados precapitalistas (de ahí la alianza de la burguesía mercantil y bancaria con la feudalidad). En una palabra, la máquina capitalista empieza cuando el capital cesa de ser un capital de alianza para volverse filiativo. El capital se vuelve capital filiativo cuando el dinero engendra dinero o el valor una plusvalía, «valor progresivo, dinero siempre brotando y creciendo, y como tal capital... El valor se presenta de pronto como una substancia motriz de sí misma y para la cual mercancía y moneda sólo son puras formas. Distingue en sí su valor primitivo y su plusvalía, del mismo modo que Dios distingue en su persona el padre y el hijo y que ambos forman sólo uno y son de la misma edad, pues sólo por la plusvalía de diez libras las cien primeras libras avanzadas se convierten en capital»[9]. Sólo en esas condiciones el capital se convierte en el cuerpo lleno, el nuevo socius o la cuasi-causa que se apropia de todas las fuerzas productivas. Ya no estamos en el dominio del quantum o de la quantitas, sino en el de la relación diferencial en tanto que conjunción, que define el campo social inmanente propio al capitalismo y confiere a la abstracción como tal su valor efectivamente concreto, su tendencia a la concretización. La abstracción no ha dejado de ser lo que es pero ya no aparece en la simple cantidad como una relación variable entre términos independientes, sobre sí misma ha tomado la independencia, la calidad de los términos y la cantidad de las relaciones. Lo abstracto impone la relación más compleja en la que se va a desarrollar «como» algo concreto. Es la relación diferencial Dy/Dx, en la que Dy deriva de la fuerza de trabajo y constituye la fluctuación del capital variable y en la que Dx deriva del capital mismo y constituye la fluctuación del capital constante («la noción de capital constante no excluye en modo alguno un cambio de valor de sus partes constitutivas»). De la fluxión de los flujos descodificados, de su conjunción, se desprende la forma filiativa del capital x + dx. La relación diferencial expresa el fenómeno fundamental capitalista de la transformación de la plusvalía de código en plusvalía de flujo. Que una apariencia matemática reemplace aquí a los antiguos códigos significa, simplemente, que asistimos a una quiebra de los códigos y de las territorialidades subsistentes en beneficio de una máquina de otra clase, que funciona de otro modo. Ya no es la crueldad de la vida, ni el terror de una vida contra otra, sino un despotismo post-mortem, el déspota convertido en ano y vampiro: «El capital es trabajo muerto que, semejante al vampiro, sólo se anima chupando el trabajo vivo, y su vida es tanto más alegre cuanto más succiona». El capital industrial presenta de este modo una nueva-nueva filiación, constitutiva de la máquina capitalista, con respecto a la cual el capital comercial y el capital financiero ahora van a tomar la forma de una nueva-nueva alianza al asumir funciones específicas.

El sumun del capitalismo es la valorización del valor, la producción de plusvalía. Cuando el capital deja de ser de alianza para convertirse en filiativo. No todo dinero es capital, eso de alguna manera ya lo sabíamos; solo el dinero que se valoriza es capital. Pero, ¿bajo qué condiciones el dinero es capital? El dinero es capital cuando controla la producción. El capitalismo nace en la producción, en el proceso de producción; hablamos de una producción que disocia medios de producción y fuerza de trabajo, donde presenta los medios de producción como propiedad, en tanto que la fuerza de trabajo como mercancía; compra de tiempo de trabajo. Sin embargo, utiliza la fuerza de trabajo como fuerza viva activadora de los medios de producción, que aparecen, después como trabajo muerto, cristalizado en las herramientas. El capitalismo es esencialmente un modo de producción. Sin embargo, este capital productivo establece alianzas con el capital comercial y el capital financiero, herencias del pasado, no propiamente capitalista. Cuando ocurre esto, el capital productivo, dominante y hegemónico en la alianza de capitales, puede caer, después, bajo el dominio del capital financiero. Es cuando el capitalismo cae en su fase regresiva y conservadora, sobre todo especulativa.

El célebre problema de la baja tendencial de la tasa de ganancia, es decir, de la plusvalía con respecto al capital total, sólo puede comprenderse en el conjunto del campo de inmanencia del capitalismo y en las condiciones bajo las que una plusvalía de código es transformada en plusvalía de flujo. En primer lugar (de acuerdo con las observaciones de Balibar), ocurre que esta tendencia a la baja de la tasa de ganancia no tiene fin, sino que ella misma se reproduce al reproducir los factores que se oponen a ella. Pero, ¿por qué no tiene fin? Sin duda, por las mismas razones que hacen reír a los capitalistas y sus economistas cuando constatan que la plusvalía no es matemáticamente determinable. Sin embargo, no tienen motivos para regocijarse. Más bien deberían sacar en conclusión lo que tienen que ocultar: a saber, que no es el mismo dinero el que entra en el bolsillo del asalariado y el que se inscribe en el balance de una empresa. En un caso, signos monetarios impotentes de valor de cambio, un flujo de medios de pago relativo a bienes de consumo y a valores de uso, una relación bi-unívoca entre la moneda y un abanico impuesto de productos («a lo que tengo derecho, lo que me vuelve, luego es a mí...»); en el otro caso, signos de potencia del capital, flujos de financiamiento, un sistema de coeficientes diferenciales de producción que manifiesta una fuerza prospectiva o una evaluación a largo plazo, no realizable hic et nunc, y que funciona como una axiomática de las cantidades abstractas. En un caso, el dinero representa un corte-extracción posible en un flujo de consumo; en el otro, una posibilidad de corte-separación y de rearticulación de cadenas económicas en el sentido en que flujos de producción se apropian de las disyunciones de capital. Se ha podido demostrar la importancia, en el sistema capitalista, de la dualidad bancaria entre la formación de medios de pago y la estructura de financiación, la gestión de la moneda y la financiación de la acumulación capitalista, la moneda de cambio y la moneda de crédito[10]. Que la banca participe de ambos, es decir, como bisagra de ambos, financiación y pago, muestra tan sólo sus interacciones múltiples. Así, en la moneda de crédito, que implica todos los créditos comerciales o bancarios, el crédito puramente comercial tiene sus raíces en la circulación simple en la que se desarrolla el dinero como medio de pago (la letra de cambio con vencimiento determinado, que constituye una forma monetaria de la deuda finita). A la inversa, el crédito bancario opera una desmonetización o desmaterialización de la moneda y se basa en la circulación de órdenes de pago en lugar de la circulación del dinero, atraviesa un circuito particular en el que toma, después pierde, su valor de instrumento de cambio y en el que las condiciones del flujo implican las del reflujo, dando a la deuda infinita su forma capitalista; pero el Estado como regulador asegura una convertibilidad de principio de esta moneda de crédito, sea directamente por dependencia del oro, sea indirectamente por un modo de centralización que implica un garante del crédito, una tasa de interés única, una unidad de los mercados de capitales, etc. Se está en lo cierto, pues, cuando se habla de disimulación profunda de la dualidad de las dos formas del dinero, pago y financiación, los dos aspectos de la práctica bancaria. Pero esta disimulación no depende de un desconocimiento sino que expresa el campo de inmanencia capitalista, el movimiento objetivo aparente en el que la forma inferior y subordinada es tan necesaria como la otra (es necesario que el dinero esté en los dos cuadros) y en el que ninguna integración de las clases dominadas podría efectuarse sin la sombra de este principio de convertibilidad no aplicado, que sin embargo basta para hacer que el Deseo de la criatura más desfavorecida invierta o cargue con todas sus fuerzas, independientemente de cualquier conocimiento o desconocimiento económico, el campo social capitalista en su conjunto. Flujos, ¿quién no desea flujos y relaciones entre los flujos, y cortes de flujo? — que el capitalismo ha sabido hacer manar y cortar en esas condiciones del dinero desconocidas hasta él. Aunque es cierto que el capitalismo en su esencia o modo de producción es industrial, no funciona más que como capitalismo mercantil. Aunque es cierto que en su esencia es capital filiativo industrial, no funciona más que por su alianza con el capital comercial y financiero. En cierta manera, de la banca depende todo el sistema y la catexis o inversión de deseo[11]. Una de las aportaciones de Keynes radicó en reintroducir el deseo en el problema de la moneda; esto es lo que hay que someter a las exigencias del análisis marxista. Por ello, es desastroso que los economistas marxistas se reduzcan demasiado a menudo a consideraciones sobre el modo de producción y sobre la teoría de la moneda como equivalente general tal como aparece en la primera sección del Capital, sin dedicar suficiente importancia a la práctica bancaria, a las operaciones financieras y a la circulación específica de la moneda de crédito (en esto consistiría el sentido de un retorno a Marx, a la teoría marxista de la moneda). Volvamos a la dualidad del dinero, a los dos cuadros, a las dos inscripciones, una en la cuenta del asalariado, la otra en el balance de la empresa. Medir los dos tipos de tamaño con la misma unidad analítica es una pura ficción, una estafa cósmica, como si midiésemos las distancias intergaláxicas o intra-atómicas con metros y centímetros. No hay ninguna medida común entre el valor de las empresas y el de la fuerza de trabajo de los asalariados. Por esa razón, la baja tendencial no tiene término. Un coeficiente de diferenciales es calculable si se trata del límite de variaciones de los flujos de producción desde el punto de vista de un pleno rendimiento, pero no lo es si se trata del flujo de producción y del flujo de trabajo del que depende la plusvalía. Entonces, la diferencia no se anula en la relación que la constituye como diferencia de naturaleza, la «tendencia» no tiene término, no tiene límite exterior al que podría llegar o incluso aproximarse. La tendencia sólo tiene límite interno y no cesa de pasarlo, pero desplazándolo, es decir, reconstituyéndolo, recobrándolo como límite interno a pasar de nuevo por desplazamiento: entonces, la continuidad del proceso capitalista se engendra en ese corte siempre desplazado, es decir, en esta unidad entre la esquizia y el flujo. Bajo ese aspecto, el campo de inmanencia social, tal como se descubre bajo la contracción y la transformación del Urstaat, no cesa de ampliarse y toma una consistencia por completo particular, que muestra el modo como el capitalismo supo interpretar para su provecho el principio general según el cual las cosas sólo marchan bien con la condición de estropearse, la crisis como «medio inmanente al modo de producción capitalista». Si el capitalismo es el límite exterior de toda sociedad, es porque para su provecho no tiene límite exterior, sino sólo un límite interior que es el capital mismo, al que no encuentra, pero que reproduce desplazándolo siempre. Jean-Joseph Goux analiza exactamente el fenómeno matemático de la curva sin tangente y el sentido que puede tomar tanto en la economía como en la lingüística: «Si el movimiento no tiende hacia ningún límite, si el cociente de las diferenciales no es calculable, el presente ya no tiene sentido... El cociente de las diferenciales no se resuelve, las diferencias ya no se anulan en su relación. Ningún límite se opone a la rotura, a la rotura de esa rotura. La tendencia no encuentra término, el móvil nunca logra lo que el futuro inmediato le reserva; sin cesar es retrasado por accidentes, desviaciones... Noción compleja de una continuidad en la rotura absoluta»[12]. En la inmanencia ampliada del sistema, el límite tiende a reconstituir en su desplazamiento lo que tendía a hacer bajar en su emplazamiento primitivo.

¿Cuál es el límite del capitalismo? Según Deleuze y Guattari su límite es interno, constantemente desplazado. Su límite es inmanente al capital mismo. El capitalismo se desarrolla mediante sus propias crisis; funciona no funcionando bien, chirriando y estropeándose. Estas contradicciones se explican al distinguir dos circuitos diferentes de dinero; uno como dinero de inversión, el otro como dinero de compra o de pago. Los dos no tienen las mismas cualidades, aunque se cuenten de la misma manera. Por el eso el dinero de pago no puede convertirse en capital, sino solo puede funcionar como equivalente de compra; solo el dinero de inversión puede funcionar como capital. Este es uno de los secretos de la deuda infinita y del sometimiento de las periferias del sistema-mundo capitalista a los centros de este sistema.

Ahora bien, este movimiento de desplazamiento pertenece esencialmente a la desterritorialización del capitalismo. Como ha mostrado Samir Amin, el proceso de desterritorialización va, en este caso, del centro a la periferia, es decir, de los países desarrollados a los países subdesarrollados, que no constituyen un mundo aparte, sino una pieza esencial de la máquina capitalista mundial. Incluso es preciso añadir que el centro también tiene sus enclaves organizados de subdesarrollo, sus reservas y chabolas como periferias interiores (Pierre Moussa definía a los Estados Unidos como un fragmento del tercer mundo que ha logrado y guardado zonas inmensas de subdesarrollo). Si es cierto que en el centro se ejerce, al menos parcialmente, una tendencia a la baja o a la igualación de la tasa de ganancia que lleva a la economía hacía los sectores más progresivos y más automatizados, un verdadero «desarrollo del subdesarrollo» en la periferia asegura una alza de la tasa de la plusvalía como una explotación creciente del proletariado periférico con respecto al del centro. Pues sería un gran error creer que las exportaciones de la periferia provienen ante todo de sectores tradicionales o de territorialidades arcaicas: por el contrario, provienen de industrias y plantaciones modernas, generadoras de fuerte plusvalía, hasta el punto de que no son los países desarrollados los que proporcionan capitales a los países subdesarrollados, sino al contrario. Tan cierto es que la acumulación primitiva no se produce sólo una vez a la aurora del capitalismo, sino que es permanente y no cesa de reproducirse. El capitalismo exporta capital filiativo. Al mismo tiempo que la desterritorialización capitalista se realiza desde el centro a la periferia, la descodificación de los flujos en la periferia se realiza por una «desarticulación» que asegura la ruina de los sectores tradicionales, el desarrollo de los circuitos económicos extravertidos, una hipertrofia específica del sector terciario, una extrema desigualdad en la distribución de las productividades y de las rentas[13]. Cada paso de flujo es una desterritorialización, cada límite desplazado, una descodificación. El capitalismo esquizofreniza cada vez más a la periferia. Lo cual no quiere decir, sin embargo, que en el centro la baja tendencial mantenga su sentido restringido, es decir, la disminución relativa de la plusvalía con respecto al capital total, asegurada por el desarrollo de la productividad, de la automación, del capital constante.

Las periferias desarrollan a los centros y los centros sub-desarrollan a las periferias. La acumulación originaria de capital recurrente genera la acumulación ampliada de capital. Las periferias pagan la deuda infinita y los centros difieren el préstamo que no llega, o llega fragmentariamente. Esta inscripción de la deuda infinita es la clave de la dominación imperialista e imperial.

Este problema ha vuelto a ser planteado recientemente por Maurice Clavel en una serie de cuestiones decisivas y voluntariamente incompetentes. Es decir, cuestiones dirigidas a los economistas por alguien que no comprende cómo se ha podido mantener la plusvalía humana en la base de la producción capitalista, si se reconoce que las máquinas también «trabajan» o producen valor, que siempre han trabajado y cada vez trabajan más con respecto al hombre, el cual de ese modo deja de ser parte constitutiva del proceso de producción para volver adyacente a este proceso[14]. Hay, por tanto, una plusvalía maquínica producida por el capital constante, que se desarrolla con la automatización y la productividad y que no puede explicarse por los factores que se oponen a la baja tendencial (intensidad creciente de la explotación del trabajo humano, disminución de precios de los elementos del capital constante, etc.), puesto que estos factores, por el contrario, dependen de ella. Creemos, con la misma incompetencia indispensable, que estos problemas sólo pueden ser examinados en las condiciones de la transformación de la plusvalía de código en plusvalía de flujo. Pues, en tanto que definíamos los regímenes precapitalistas por la plusvalía de código y el capitalismo por una descodificación generalizada que la convertía en plusvalía de flujo, presentábamos las cosas de un modo somero, hacíamos como si la cuestión se solucionase de una vez por todas, en la aurora de un capitalismo que habría perdido todo valor de código. Sin embargo, no es así. Por una parte, subsisten códigos, incluso en calidad de arcaísmos, pero que toman una función perfectamente actual y adaptada a la situación en el capital personificado (el capitalista, el trabajador, el negociante, el banquero...). Sin embargo, por otra parte y más profundamente, toda máquina técnica supone flujos de un tipo particular: flujos de código a la vez interiores y exteriores a la máquina, formando los elementos de una tecnología e incluso de una ciencia. Son estos flujos de código los que también se hallan encajados, codificados o sobrecodificados en las sociedades precapitalistas de tal modo que nunca se independizan (el herrero, el astrónomo...). Mas la descodificación generalizada de los flujos en el liberalismo ha liberado, desterritorializado, descodificado los flujos de código al igual que los otros — hasta el punto que la máquina automática siempre los interiorizó en su cuerpo o su estructura como campo de fuerzas, al mismo tiempo que dependía de una ciencia y de una tecnología, de un trabajo llamado cerebral distinto del trabajo manual del obrero (evolución del objeto técnico). En ese sentido, las máquinas no hicieron el capitalismo, sino al contrario, el capitalismo hace las máquinas y no cesa de introducir nuevos cortes mediante los cuales revoluciona sus modos técnicos de producción.

Marx decía que lo propio del capitalismo, el capitalismo propiamente, acontece cuando el capitalismo crea sus propios medios de producción. Cuando el capitalismo se realiza en la tecnología y la tecnología coadyuva a la valorización del valor. Llama la atención esto de la plusvalía generada por las máquinas; ¿cómo podría entenderse este enunciado? ¿Transferencia de las máquinas de valorización? En El capital se entiende la plusvalía como el tiempo de trabajo no pagado y apropiado privativamente. ¿Qué clase de plusvalía puede darse con las máquinas, herramientas, medios de producción? ¿El desgaste, por lo tanto lo no repuesto en términos técnicos? ¿O, mas bien, la incidencia de la tecnología en la generación de la plusvalía relativa? Se hace más comprensible esta última alternativa.

A este respecto, todavía es preciso introducir varias correcciones. Pues esos cortes tardan tiempo y se extienden sobre una gran extensión. Nunca la máquina capitalista diacrónica se deja revolucionar a sí misma por una o varias máquinas técnicas sincrónicas, nunca confiere a sus sabios y técnicos una independencia desconocida en los regímenes precedentes. Sin duda, puede dejar a algunos sabios, por ejemplo, matemáticos, que «esquizofrenicen» en su rincón y puede hacer pasar flujos de código socialmente descodificados que estos científicos organizan en axiomáticas de investigación llamada fundamental. Pero la verdadera axiomática no está ahí (a los científicos se les deja tranquilos hasta un cierto punto, se les deja que hagan su propia axiomática; pero llega el momento de las cosas serias: por ejemplo, la física indeterminista, con sus flujos corpusculares, debe reconciliarse con «el determinismo»). La verdadera axiomática es la de la máquina social misma, que sustituye a las antiguas codificaciones y organiza todos los flujos descodificados, comprendidos los flujos de código científico y técnico, en provecho del sistema capitalista y al servicio de sus fines. Por ello, a menudo se ha señalado que la revolución industrial combinaba una tasa elevada de progreso técnico con el mantenimiento de una gran cantidad de material «obsolescente», con una gran desconfianza hacia las máquinas y las ciencias. Una innovación no es adoptada más que a partir de la tasa de ganancia que su inversión proporciona por disminución de los costes de producción; si no, el capitalista mantiene la maquinaria existente, libre para invertir paralelamente a ésta en otro campo[15]. La plusvalía humana guarda, pues, una importancia decisiva, incluso en el centro y en sectores altamente industrializados. Lo que determina la disminución de los costes y la elevación de la tasa de ganancia por plusvalía maquínica no es la innovación misma, cuyo valor es tan poco medible como el de la plusvalía humana. Ni siquiera es la rentabilidad de la nueva técnica considerada aisladamente, sino su efecto en la rentabilidad global de la empresa en sus relaciones con el mercado, y con el capital comercial y financiero. Lo que implica encuentros e intersecciones diacrónicos, como, por ejemplo, podemos verlo desde el siglo XIX entre la máquina de vapor y las máquinas textiles o las técnicas de producción del hierro. En general, la introducción de las innovaciones siempre tiende a ser retardada más allá del tiempo científicamente necesario, hasta el momento en que las previsiones de mercado justifican su explotación en gran escala. Incluso en ese caso, el capital de alianza ejerce una fuerte presión selectiva sobre las innovaciones maquínicas en el capital industrial. En resumen, allí donde los flujos están descodificados, los flujos particulares de código que han tomado una forma tecnológica y científica son sometidos a una axiomática propiamente social mucho más severa que todas las axiomáticas científicas, pero mucho más severa también que los antiguos códigos o sobrecódigos desaparecidos: la axiomática del mercado capitalista mundial. En una palabra, los flujos de código «liberados» en la ciencia y la técnica por el régimen capitalista engendran una plusvalía maquínica que no depende directamente de la ciencia y de la técnica, sino del capital, y que viene a añadirse a la plusvalía humana, constituyendo ambas el conjunto de la plusvalía de flujo que caracteriza al sistema. Los conocimientos, la información y la formación cualificada son partes del capital («capital de conocimientos») tanto como el trabajo más elemental del obrero. Y del mismo modo que en la plusvalía humana, en tanto que resultaba de los flujos descodificados, encontrábamos una inconmensurabilidad o una asimetría fundamental (ningún límite exterior asignable) entre el trabajo manual y el capital, o bien entre dos formas de dinero, aquí también, en la plusvalía maquínica resultante de los flujos de código científicos y técnicos, no encontramos conmensurabilidad alguna ni límite exterior entre el trabajo científico o técnico, incluso altamente remunerado, y la ganancia del capital que se inscribe en otra escritura. El flujo de conocimiento y el flujo de trabajo se hallan a este respecto en la misma situación determinada por la descodificación o la desterritorialización capitalista.

La respuesta a nuestras preguntas, de parte de Deleuze y Guattari, está en los flujos de código «liberados» en la ciencia y la técnica. El régimen capitalista engendra una plusvalía maquínica que no depende directamente de la ciencia y de la técnica, sino del capital. Viene a añadirse a la plusvalía humana, constituyendo ambas el conjunto de la plusvalía de flujo que caracteriza al sistema. Nosotros podríamos interpretar este enunciado como que el capitalismo se apropia del intelecto general, que forma parte de la ciencia y tecnología, que son producciones sociales, sin pagar por estos bienes comunes.

Mas, si es cierto que la innovación sólo es aceptada en tanto que implica un alza de la ganancia por baja de los costes de producción y que existe un volumen de producción suficientemente elevado como para justificarla, el corolario que podemos desprender es que la inversión en la innovación nunca basta para realizar o absorber la plusvalía de flujo producida tanto en un lado como en otro[16]. Marx mostró claramente la importancia del problema: el círculo siempre ensanchado del capitalismo sólo se cierra, reproduciendo a una escala siempre mayor sus límites inmanentes, si la plusvalía no es solamente producida o arrebatada, sino absorbida, realizada[17]. Si el capitalista no se define por el goce, no es tan sólo porque su finalidad radica en el «producir para producir» generador de plusvalía, sino también la realización de esta plusvalía: una plusvalía de flujo no realizada es lo mismo que no producida, y se encarna en el paro forzoso y el estancamiento. Con facilidad podemos realizar la cuenta de los principales medios de absorción fuera del consumo y la inversión: la publicidad, el gobierno civil, el militarismo y el imperialismo. El papel del Estado a este respecto, en la axiomática capitalista, aparece tanto mejor en cuanto que lo que absorbe no se substrae de la plusvalía de las empresas, sino que se añade al acercar la economía capitalista al pleno rendimiento en los límites dados y al ampliar a su vez esos límites, sobre todo en un orden de gastos militares que no compitan con la empresa privada, más bien al contrario (sólo la guerra logró lo que el New Deal no pudo conseguir). El papel de un complejo político-militar-económico es tanto más importante en cuanto garantiza la extracción de la plusvalía humana en la periferia y en las zonas apropiadas del centro, pero también en cuanto engendra él mismo una enorme plusvalía maquínica al movilizar los recursos del capital de conocimientos y de información y absorbe, por último, la mayor parte de la plusvalía producida. El Estado, su policía y su ejército forman una gigantesca empresa de antiproducción, pero en el seno de la producción misma, y condicionándola. Nos encontramos ante una nueva determinación del campo de inmanencia propiamente capitalista: no sólo el juego de las relaciones y coeficientes diferenciales de los flujos descodificados, no sólo la naturaleza de los límites que el capitalismo reproduce a una escala siempre más amplia en tanto que límites interiores, sino también la presencia de la antiproducción en la producción misma. El aparato de antiproducción ya no es una instancia trascendente que se opone a la producción, la limita o la frena; al contrario, se insinúa por todas partes en la máquina productora y la abraza estrechamente para regular su producción y realizar su plusvalía (de donde, por ejemplo, la diferencia entre la burocracia despótica y la burocracia capitalista). La efusión del aparato de antiproducción caracteriza a todo el sistema capitalista; la efusión capitalista es la de la antiproducción en la producción a todos los niveles del proceso. Por una parte, ella sola es capaz de realizar el fin supremo del capitalismo, que consiste en producir la carencia en grandes conjuntos, en introducir la carencia allí donde siempre hay demasiado, por la absorción que realiza de recursos sobreabundantes. Por otra parte, ella sola dobla al capital y al flujo de conocimiento con un capital y un flujo equivalente de imbecilidad, que también operan su absorción o su realización y aseguran la integración de los grupos o individuos al sistema. No sólo la carencia en el seno de lo demasiado, sino la imbecilidad en el conocimiento y la ciencia: veremos que es al nivel del Estado y del ejército donde se conjugan los sectores más progresivos del conocimiento científico o tecnológico y los arcaísmos débiles mejor encargados de funciones actuales.

Estas son parte de las paradojas del capitalismo; la antiproducción como parte de la composición de la producción. La absorción de plusvalía como parte de la generación de plusvalía. La guerra como estrategia de dar salida a los bloqueos de la generación de plusvalía; por lo tanto, como estrategia de la generación de plusvalía. La mezcla institucional entre el intelecto general y la imbecilidad soberana de los funcionarios públicos, sobre todo militares.

Adquiere así todo su sentido el doble retrato que André Gorz traza del «trabajador científico y técnico», señor de un flujo de conocimiento, de información y de formación, pero tan bien absorbido por el capital que en él coincide el reflujo de una imbecilidad organizada, axiomatizada, que hace que, por la noche, cuando vuelve a su casa, encuentre sus pequeñas máquinas deseantes rebotando sobre un televisor, ¡desesperación[18]! Ciertamente, el científico, el técnico en tanto que tal no tiene ninguna potencia revolucionaria, es el primer agente integrado de la integración, refugio de mala conciencia, destructor forzoso de su propia creatividad. Tomemos el ejemplo aún más sorprendente de una «carrera» a la americana, con bruscas mutaciones, tal como nos la imaginamos: Gregory Bateson empieza huyendo del mundo civilizado haciéndose etnólogo, para seguir los códigos primitivos y los flujos salvajes; luego se dirige a flujos cada vez más descodificados, los de la esquizofrenia, de los que obtiene una teoría psiquiátrica interesante; después, aún en busca de un más allá, de otro muro por atravesar, se vuelve hacia los delfines, el lenguaje de los delfines, flujos aún más extraños y más desterritorializados. Pero, ¿qué hay al final del flujo del delfín, si no las investigaciones fundamentales del ejército americano que nos lleva a la preparación de la guerra y a la absorción de la plusvalía? Con respecto al Estado capitalista, los Estados socialistas son niños (e incluso niños que aprendieron algo de su padre sobre el papel axiomatizante del Estado). Pero los Estados socialistas tienen más dificultades para obstruir las huidas inesperadas de flujo, salvo por violencia directa. Lo que por el contrario se llama el poder de recuperación del sistema capitalista radica en que su axiomática es por naturaleza, no más flexible, sino más amplia y comprehensiva. Nadie en un sistema de esa clase puede dejar de estar asociado a la actividad de antiproducción que anima todo el sistema productivo. «Los que accionan y aprovisionan el aparato militar no son los únicos que están comprometidos en una empresa antihumana. Los millones de obreros que producen (lo que crea una demanda para) bienes y servicios inútiles están igualmente implicados, en diversos grupos. Los diversos sectores y ramas de la economía son tan interdependientes que casi todo el mundo se halla implicado de un modo u otro en una actividad antihumana; el granjero que proporciona productos alimenticios a las tropas que luchan contra el pueblo vietnamita, los fabricantes de los complejos instrumentos necesarios para la creación de un nuevo modelo de automóvil, los fabricantes de papel, de tinta o de antenas de televisión cuyos productos son utilizados para controlar y envenenar las mentes de la gente, etc., etc.»[19]. De ese modo se hallan obstruidos los tres segmentos de la reproducción capitalista siempre ampliada, que definen perfectamente los tres aspectos de su inmanencia: 1.°) el que extrae la plusvalía humana a partir de la relación diferencial entre flujos descodificados de trabajo y producción y se desplaza del centro a la periferia, manteniendo, sin embargo, en el centro vastas zonas residuales; 2 ° ) el que extrae la plusvalía maquínica, a partir de una axiomática de los flujos de código científico y técnico, en los lugares de «punta» del centro; 3.°) el que absorbe o realiza estas dos formas de la plusvalía de flujo, garantizando la emisión de ambos e inyectando perpetuamente la antiproducción en el aparato de producir. Se esquizofreniza en la periferia, pero no menos en el centro y en medio.

Se puede decir que el capitalismo no solo controla la producción, no solo establece alianzas con el capital comercial y el capital financiero, sino que integra todos los planos y todos los campos sociales, por más alejados y disociados que aparezcan. Integra y articula la plusvalía humana, la plusvalía maquínica, incluso integra la antiproducción misma a la producción y a la valorización incesante de valor.

La definición de plusvalía debe ser modificada en función de la plusvalía maquínica del capital constante, que se distingue de la plusvalía humana del capital variable, y en función del carácter no medible de este conjunto de plusvalía de flujo. No puede ser definida por la diferencia entre el valor de la fuerza del trabajo y el valor creado por la fuerza de trabajo, sino por la inconmensurabilidad entre dos flujos a pesar de ser inmanentes el uno del otro, por la disparidad entre dos aspectos de la moneda que los expresan y por la ausencia de límite exterior a su relación, uno midiendo el verdadero poder económico, el otro midiendo un poder de compra determinado como «renta». El primero es el inmenso flujo desterritorializado que constituye el cuerpo lleno del capital. Un economista como Bernard Schmitt caracteriza este flujo de la deuda infinita con extrañas y líricas palabras: flujo creador instantáneo que los bancos crean espontáneamente como una deuda hacia sí mismos, creación ex nihilo que, en lugar de transmitir una moneda previa como medio de pago, hunde en una extremidad del cuerpo lleno una moneda negativa (deuda inscrita en el pasivo de los bancos) y proyecta al otro extremo una moneda positiva (crédito de la economía productiva sobre los bancos), «flujo de poder mutante» que no entra en la renta y no es destinado a compras, disponibilidad pura, no posesión y no riqueza[20]. El otro aspecto de la moneda representa el reflujo, es decir, la relación que establece con los bienes desde el momento en que adquiere un poder de compra por su distribución a los trabajadores o factores de producción, por su repartición en rentas o ingresos, y que pierde desde el momento en que éstos son convertidos en bienes reales (entonces todo vuelve a empezar mediante una nueva producción que primero nacerá bajo el primer aspecto...). Ahora bien, la inconmensurabilidad de los dos aspectos, del flujo y del reflujo, muestra que por más que los salarios nominales engloben la totalidad de la renta nacional, los asalariados dejan escapar una gran cantidad de ingresos captados por las empresas, y que a su vez forman por conjunción un aflujo, un aflujo esta vez continuo de ganancia, que constituye «en un solo chorro» una cantidad indivisible que mana sobre el cuerpo lleno, cualquiera que sea la diversidad de sus asignaciones (intereses, dividendos, salarios de dirección, compra de bienes de producción, etc.). El observador incompetente tiene la impresión de que todo este esquema económico, toda esta historia, es profundamente esquizo. Vemos perfectamente la finalidad de la teoría, que, sin embargo, se prohíbe toda referencia moral. ¿Quién es robado? es la cuestión seria sobreentendida que comunica con la cuestión irónica de Clavel «¿Quién está alienado?». Ahora bien, nadie es robado ni puede serlo (del mismo modo que Clavel decía que nunca se sabe del todo quién está alienado y quién aliena). ¿Quién roba? Seguro que no el capitalista financiero como representante del gran flujo creador instantáneo, ya que ni siquiera implica posesión y no tiene poder de compra. ¿Quién es robado? Seguro que no el trabajador ya que ni siquiera es comprado, puesto que es el reflujo o la distribución en salarios el que crea el poder de compra, en vez de suponerlo. ¿Quién podría robar? Seguro que no el capitalista industrial como representante del aflujo de ganancia, puesto que «las ganancias manan no en el reflujo, sino a su lado, en desviación y no en sanción del flujo creador de las rentas». ¡Cuánta flexibilidad en la axiomática del capitalismo, siempre preparado para ensanchar sus propios límites para añadir un nuevo axioma a un sistema anteriormente saturado! Usted quiere un axioma para los asalariados, la clase obrera y los sindicatos, veamos pues, y en lo sucesivo la ganancia manará al lado del salario, uno al lado del otro, reflujo y aflujo. Incluso se encontrará un axioma para el lenguaje de los delfines. Marx a menudo aludía a la edad de oro del capitalismo cuando éste no ocultaba su propio cinismo: al menos al principio no podía ignorar lo que hacía, arrebatar la plusvalía. Pero, cómo ha crecido ese cinismo cuando llega a declarar: no, nadie es robado. Pues entonces todo descansa sobre la disparidad entre dos clases de flujo, como en una sima insondable en la que se engendran ganancia y plusvalía: el flujo de poder económico del capital mercantil y el flujo llamado por irrisión «poder de compra», flujo verdaderamente impotente que representa la impotencia absoluta del asalariado al igual que la dependencia relativa del capitalista industrial. La moneda y el mercado es la verdadera policía del capitalismo.

El secreto se encuentra en el control y monopolio del capital, de esta forma de dinero potente para generar plusvalía, forma de dinero diferente a las formas de dinero que sirven para pago y compra. Los circuitos de ambas formas son necesarias y hasta se puede decir complementarias, pues el consumo alimenta con dinero de compra a las formas de apropiación de plusvalía.

En cierta manera, los economistas capitalistas no se equivocan cuando presentan a la economía como si estuviese perpetuamente «por monetizar», como si siempre fuese preciso insuflar desde fuera la moneda según una oferta y una demanda. Pues, es de ese modo que el sistema se mantiene y marcha, y llena perpetuamente su propia inmanencia. De ese modo, es el objeto global de una catexis de deseo. Deseo del asalariado, deseo del capitalista, tocio palpita de un mismo deseo basado en la relación diferencial de los flujos sin límite exterior asignable y en la que el capitalismo reproduce sus límites inmanentes a una escala siempre ampliada, siempre más abarcante. Por tanto, es al nivel de una teoría generalizada de los flujos que podemos responder a la cuestión: ¿cómo se llega a desear el poder, la potencia, pero también la propia impotencia? ¿Cómo un campo social semejante pudo ser cargado por el deseo? ¡De qué modo el deseo supera el interés llamado objetivo, cuando se trata de hacer manar y de cortar flujos! Sin duda, los marxistas recuerdan que la formación de la moneda como relación específica en el capitalismo depende del modo de producción que convierte a la economía en una economía monetaria. Falta que el movimiento objetivo aparente del capital, que no es en modo alguno un desconocimiento o una ilusión de la conciencia, muestre que la esencia productiva del capitalismo no puede funcionar más que bajo esta forma necesariamente mercantil o monetaria que la domina y cuyos flujos y relaciones entre flujos contienen el secreto de la catexis de deseo. Es al nivel de los flujos, y de los flujos monetarios, no al nivel de la ideología, que se realiza la integración del deseo. Entonces, ¿qué solución hay, qué vía revolucionaria? El psicoanálisis apenas tiene recursos, en sus relaciones más íntimas con el dinero, ya que registra guardándose de reconocerlo todo un sistema de dependencias económico-monetarias en el corazón del deseo de cada sujeto que trata y que por su cuenta constituye una gigantesca empresa de absorción de plusvalía. Pero, ¿qué vía revolucionaria, hay alguna? — ¿Retirarse del mercado mundial, como aconseja Samir Amin a los países del tercer mundo, en una curiosa renovación de la «solución económica» fascista? ¿O bien ir en sentido contrario? Es decir, ¿ir aún más lejos en el movimiento del mercado, de la descodificación y de la desterritorialización? Pues tal vez los flujos no están aún bastante desterritorializados, bastante descodificados, desde el punto de vista de una teoría y una práctica de los flujos de alto nivel esquizofrénico. No retirarse del proceso, sino ir más lejos, «acelerar el proceso», como decía Nietzsche: en verdad, en esta materia todavía no hemos visto nada[21].

La alianza entre los distintos capitales, el capital industrial, el capital comercial y el capital financiero, hacen dinámica la estructura del sistema-mundo capitalista. Logran realizar la plusvalía a partir de los distintos campos sociales y planos de intensidad sociales. La moneda es el hilo que cose estos distintos planos, vincula los distintos capitales. No se puede desconectarse de este sistema-mundo. La propuesta es acelerar el proceso. ¿Qué quiere decir esto? ¿Ir al fondo del capitalismo, atravesar todos sus límites, hasta que el propio capitalismo sufra sus descodificaciones y desterritorializaciones absolutas?

Reflexiones sobre la deuda infinita

Para comprender la deuda infinita, las implicaciones de la deuda infinita, su recurrencia en el capitalismo, es menester salir de las pretensiones de la episteme moderna, episteme historicista, basada en el supuesto de la secuencia y sucesión, que interpreta como evolución. También es necesario salir de la pretensión de ruptura absoluta y nacimiento de cero de las épocas, sobre todo de la época moderna. El paradigma histórico es ineficaz para responder a la problemática que plantea la recurrencia a la deuda infinita, el creer que el sistema capitalista es completamente distinto a los sistemas sociales “anteriores” no ayuda a comprender la propia genealogía del capitalismo. Es menester entender que los sistemas sociales anteriores son reciclados, replanteados, decodificados y re-compuestos en el nuevo sistema. Las máquinas territoriales no desaparecieron, tampoco las máquinas despóticas, se replantearon en la máquina capitalista, que disemina la figura del déspota.

¿Por qué la deuda discreta y cíclica del don se convierte en la deuda infinita de la máquina despótica? ¿Se puede plantear que es la figura del jefe filiativo y de las alianzas territoriales el que se desplaza, rompe con los circuitos de don; en vez de devolver la deuda, la detiene, la concentra, se apodera, trastrocando las alianzas en una alianza con su cuerpo intenso; convirtiéndose esta figura del déspota en símbolo del sentido de las alianzas, que es con el hijo del sol? De todas maneras, si la muerte de la maquina territorial viene de afuera, del exterior, del imperio, como dicen Deleuze y Guattari, en algún momento debe haberse dado lugar el primer imperio o de los primeros imperios, a partir de un desplazamiento desde el interior de las máquinas territoriales. No lo sabemos; pero, podemos lanzar hipótesis interpretativas.

Una vez que la deuda discreta y cíclica se convierte, en deuda infinita, las alianzas y las filiaciones se subordinan al deseo del déspota, que es la de disponer de todo y de todos. Empero, esta disponibilidad no puede acumularse a partir de artefactos concretos o recursos concretos por más apreciados que sean; de todas manera, aunque se lo haga, se requiere cuantificar y clasificar los recursos y artefactos acumulados, se requiere cuantificar y clasificar la disponibilidad de fuerzas a su alcance. Los escribas, los funcionarios, los sacerdotes, se ponen a la disposición del déspota para cumplir estas tareas. Sobre la base de la idea de la deuda discreta, se avanza en otro método, procedimiento y ritualidad, que ya no es la de don, empero, es tan obligatoria como éste; se trata del tributo. Quizás hubo un tiempo donde preponderaba el tributo en especies, después se combinan tributo en especies y tributo monetario, para que, posteriormente, el tributo monetario se convierta en dominante y usual. Es más creíble la interpretación de Deleuze y Guattari de que la moneda, el dinero, es más una invención estatal, que del propio mercado.

Cuando la deuda infinita tributaria del déspota se convierte en deuda infinita financiera, el capitalismo, como tal, se instituye, recurre a la deuda infinita, sin embargo, sin que esta converja al símbolo del déspota. El déspota desaparece, no puede subsistir ante la explosión de los flujos descodificados que se desatan; sin embargo, se restablecen, aunque transformadas, las instituciones del Estado. Entonces, en vez del déspota queda un vacío. El tema es el siguiente: ¿Dónde confluye la deuda infinita financiera si es que el lugar del déspota está vacío? ¿Confluye a este vacío? La deuda infinita crece, se acumula, se vuelve cada vez más gigantesca; pero, ¿cuál es el sentido? ¿Si no es el poder del déspota, qué poder es? ¿El poder de la burguesía, de la híper-burguesía? No parece que la burguesía haya sustituido el lugar del déspota, aunque sus gobiernos se comporten despóticamente, pues no estamos ante un sistema de códigos y sobre-codificaciones, sino de decodificaciones y axiomas, que son re-articulados a máscaras de códigos y sobre-códigos. Las burguesía son clases dominantes, la híper-burguesía es la casta de la clase dominante, nadie lo niega; empero, no juegan el mismo papel que el déspota. Este papel, si se quiere lo juega el Estado-nación, que no es obviamente un cuerpo, una persona, ni el símbolo carismático del poder, sino una institución jurídico-política, que supuestamente garantiza la democracia. Cuando reaparece la figura carismática, que era la expresión del déspota, lo hace en los caudillos, que no son Estado; empero, aparecen de la misma manera, como convocatoria del símbolo, como convocatoria del mito. Es cuando el Estado-nación, a pesar de ser institución despersonalizada, muestra su secreto escondido, es una institución despersonalizada que deviene del carisma histórico de la máquina despótica.

Entonces el vacío del déspota no es llenado por la burguesía, tampoco por el Estado, aun cuando cumple sus roles, sus funciones, en otro mapa, en otra maquinaria social, sino que el déspota es escondido en la maquinaria estatal, es diseminado en todos sus engranajes, para salir en momentos de crisis política, cuando los caudillos vuelven a convocar la disponibilidad de fuerzas a nombre del mito y del símbolo. La deuda infinita financiera converge en el agujero negro del capitalismo; agujero negro que se traga todo, que exige más, amenazando tragarse a la misma maquinaria capitalista.---

[1] Gilles Deleuze y Félix Guattari: El Anti-Edipo. Paidós; Barcelona 1985. Pág. 199.

[2] Jean Steinmann, Saint Jean-Baptiste et la spiritualité du désert, Ed. du Seuil, 1959, pág. 69 (tr. cast. Ed. Aguilar, 1959).

[3] Kafka, La muralla china (tr. cast. Ed. Alianza, 1981).

[4] Gilles Deleuze y Félix Guattari: El Anti-Edipo. Paidós; Barcelona 1985. Págs. 200-203.

[5] Gilles Deleuze y Félix Guattari: El Anti-Edipo. Paidós; Barcelona 1985. Págs. 199-206.

[6] Fernand Braudel, Civilisation matérielle et capitalisme, I, Armand-Colin, 1967, pág. 313) tr. cast. Ed. Labor, 1974).

[7] Marx, Economie et philosophie, 1844, Pléiade II, pág. 92 (tr. cast. Ed. Alianza).

[8] Maurice Dobb, Etudes sur le développement du capitalisme, págs. 189-199 (tr. cast. Siglo XXI, 1982).

[9] Marx, Introduction générale à la critique de l’économie politique, Pléiade I, pág. 259.

[10] Suzanne de Brunhoff, L’Offre de monnaie, critique d’un concept, Maspero, 1971. Y La Monnaie chez Marx, Ed. Sociales, 1967 (cf. la crítica de las tesis de Hilferding, págs. 16 sg.).

[11] Suzanne de Brunhoff, L’Offre de monnaie, pág. 124: «La noción misma de masa monetaria no puede tener sentido más que en relación con el juego de un sistema de crédito en el que se combinen las diferentes monedas. Sin un sistema tal no se tendría más que una suma de medios de pago que no accederían al carácter social del equivalente general y no podrían servir más que en circuitos privados locales. No habría circulación monetaria general. Es tan sólo en el sistema centralizado que las monedas pueden volverse homogéneas y aparecer como las componentes de un conjunto articulado» (Y sobre la disimulación objetiva en el sistema cf. págs. 110, 114).

[12] ean-Joseph Goux, «Dérivable et indérivable», Critique, enero 1970, páginas 48-49.

[13] Samir Amin, L’Accumulation à l’echelle mondiale, Anthropos, 1970, páginas 373 sg. (tr. cast. Ed. Siglo XXI, 1974).

[14] Maurice Clavel, Qui est aliéné?, págs. 110-124, 320-327 (cf. el gran capítulo de Marx sobre la automatización en los Principes d’une critique de l’économie poli- tique, 1857-58, Pléiade II, págs. 297 sg.).

[15] Paul Baran y Paul Sweezy, Le Capitalisme monopoliste, 1966, tr. fr. Maspero, págs. 96-98 (tr. cast. Ed. Siglo XXI).

[16] Sobre la concepción de la amortización que esta proposición implica, cf. Paul Baran y Paul Sweezy, Le Capitalisme monopoliste, págs. 100-104.

[17] Marx, Le Capital, III, 3, conclusiones, Pléiade II, p. 1026.

[18] A. Gorz, Stratégie ouvrière et néo-capitalisme, Ed. du Seuil, pág. 57.

[19] Paul Baran y Paul Sweezy, Le Capitalisme monopoliste, pág. 303.

[20] Bernard Schmitt, Monnaie, salaires et profits, P.U.F., 1966, págs. 234-236.

[21] Gilles Deleuze y Félix Guattari: El Anti-Edipo. Paidós; Barcelona 1985. Págs. 229-247.

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