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Área: Opinión >> Comentarios y enfoque
Actualizado el 2015-03-10 a horas: 17:37:52

Perfiles y subjetividades serviles en el poder

Raúl Prada Alcoreza

Sorprende, que a pesar de la diferencia de acontecimientos, de eventos, de distintos contextos históricos, con toda la variedad de los casos, se den analogías, formas repetidas, incluso se den regularidades. Hablamos de acontecimientos políticos, los mismos que se han dado en distintos contextos y periodos históricos, ciertamente en la época de la modernidad. ¿Por qué se dan esas analogías, sobre todo por qué se dan las regularidades? Una de estas analogías y regularidades, quizás la más general, la enunciamos en la interpretación que concluye que todas las revoluciones cambian el mundo, el mundo no va ser lo que era antes, la revolución es un hito, establece un antes y un después; empero, todas las revoluciones se hunden en sus contradicciones. Sin embargo, esta es una analogía general; hay otras que son más asombrosas, sobre todo por los parecidos en los procesos. No hablamos solamente de cómo las revoluciones se convierten en contra-revoluciones, al usar el Estado para defenderse, sino en el detalle de las restauraciones, de los conservadurismos, de la consolidación de las instituciones heredadas, así como también en las coaliciones sociales que se forman después; en los perfiles de los gobernantes y sus cortes clientelares, sus celosos funcionarios de la administración pública y de la propaganda, sus apologistas. Coaliciones que son composiciones conservadoras, que reúnen los prejuicios heredados, los imaginarios del poder, los patriarcalismo, las concepciones más rezagadas, que antes sirvieron para sostener los argumentos del anterior régimen y la anterior institucionalidad, ahora sirven para sostener al nuevo régimen y a la pretendida nueva institucionalidad. Las ideas, los corpus teóricos, que impulsaron y acompañaron a las movilizaciones, que abrieron el camino a la revolución, son desconocidas; se recurre, más bien, a las ideas más apegadas a los prejuicios, al sentido común, a preservar el poder y la institucionalidad.

Raúl Prada Alcoreza

Raúl Prada AlcorezaEscritor, docente-investigador de la Universidad Mayor de San Andrés. Demógrafo. Miembro de Comuna, colectivo vinculado a los movimientos sociales antisistémicos y a los movimientos descolonizadores de las naciones y pueblos indígenas. Ex-constituyente y ex-viceministro de planificación estratégica. Asesor de las organizaciones indígenas del CONAMAQ y del CIDOB. Sus últimas publicaciones fueron: Largo Octubre, Horizontes de la Asamblea Constituyente y Subversiones indígenas. Su última publicación colectiva con Comuna es Estado: Campo de batalla.

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Del fondo del marasmo, que provoca la crisis, una vez terminadas las batallas, lograda la victoria, emergen aquellos hombres que encuentran la oportunidad de servir al nuevo régimen, de la misma manera que lo hubieran hecho con el antiguo régimen; aduladores, apologistas, celosos servidores, sumisos a los jefes; empero, jueces implacables, declaradamente elocuentes defensores del gobierno. Para estos funcionarios de la política no hay errores en el gobierno sino conspiradores; toda crítica es conspiración o es “apoyo a la derecha y al imperialismo”. Su imaginación no llega lejos. Empero, es precisamente esta gente servil la que requiere el gobierno; pues no se va molestar en cumplir con la Constitución, emergida de las insurrecciones, menos con las transformaciones; requiere gobernar.

Entonces las tendencias conservadoras se suman. Primero, el apego al Estado convierte a los “revolucionarios” en el poder en engranajes del poder; segundo, esta coalición entre los flamantes gobernantes y estos hombres salidos de estratos sociales intermedios, hombres que esperaban su oportunidad, imbuidos de los prejuicios sociales más recónditos, por las ideologías más conservadoras, herederos de una “ciencia” escolar, termina reforzando la tendencia conservadora.

No es pues sorprendente que se ataque la crítica emancipadora como sospechosa de coadyuvar a la derecha, al imperialismo; cuando elaboran un poco más, hasta puede ser que aparezca la acusación de “posmodernismo”. ¿Quién sabe qué entienden por esto? Pero, sirve, según ellos para descalificar. Cuando estos hombres asisten en la propaganda, se inclinan por la guerra sucia; el mejor procedimiento que emplean es la descalificación, la denigración, usando la diatriba. Nunca discuten, nunca debate, no atienden a los argumentos y contenidos de la crítica; les basta contar con la memoria de sus prejuicios. Usan estos para “deshacer” la crítica. Ciertamente no lo logran, pues no entraban contacto con la crítica, sino con el fantasma de la crítica, con la imagen que ellos tienen de la crítica. Entonces efectúan un “debate” con la imagen en el espejo.

Sin embargo, esta estrategia sirve para distorsionar, para embaucar, para echar humo o echar barro. Cuando lo hacen, se sienten satisfechos, pues consideran que han defendido a su gobierno, contra conspiradores o desubicados. Lo que llama la atención es que sus argumentos son parecidos a los que empleaban los asesores, los propagandistas, los celosos funcionarios, del anterior régimen. Entonces estos señores funcionan como instrumentos retóricos, que pueden usarse en cualquier régimen. Lo que importa es el servicio que prestan para reforzar las “ideologías” del poder.

No estamos ante gobiernos revolucionarios, sino ante gobiernos que lo han dejado de serlo; empero, mantienen desesperadamente la autorreferencia de que lo son. No nos encontramos en el periodo de luchas, cuando lo mejor de la sociedad sale a pelear, a interpelar, a resistir, primero, y a la ofensiva, después, contra el régimen oprobioso; sino en un periodo, si se quiere, de reflujo, cuando, mas bien, se oferta lo más conservador y oportunista de la sociedad. Un periodo donde los y las que pelearon por las transformaciones son molestosos; en principio se los considera impetuosos; empero, poco a poco, se los comienza a considerar como aliados de la “derecha y del imperialismo”. Es el mismo método y procedimiento, incluso modalidad discursiva, que han empleado los funcionarios en el lapso del termidor de las revoluciones. La revolución rusa tuvo Kronstadt como momento fulminante y revelador del ingreso del proceso a su etapa regresiva; cuando el ejército rojo masacró a la vanguardia de la revolución, a los marineros de Kronstadt. Todas las revoluciones han tenido su Kronstadt; esta es otra de las sorprendentes analogías.

Las características propias del evento, el Kronstadt metafórico, son indudablemente diferentes y variadas; dependen de los contextos históricos. Lo que importa es el sentido del suceso; el anuncio del comienzo del derrumbe de la revolución; optando por su institucionalización conservadora. Que sea más largo o más corto el derrumbe, marca las diferencias; empero, no borra el sentido histórico-político dela decadencia.

Las respuestas a las preguntas de por qué ocurre esto, por qué se dan estas analogías y estas regularidades, hay que buscarlas en lo qué es el poder, cómo funcionan sus estructuras y diagramas, cómo se dan las composiciones de fuerza, en los distintos periodos, cuál es la mecánica de las fuerzas.

La tesis que hemos usado es que, tratándose de la opción seleccionada, la del poder, la de la reproducción del poder, son las composiciones de fuerzas conservadoras las que van a prevalecer, son las estructuras y diagramas de dominación los que van a imponerse, aunque se den bajo otros discursos. Son perfiles serviles y sumisos los que van a convertirse en los jueces y los verdugos del nuevo régimen. El poder y la reproducción del poder, aunque se dé bajo un pretendido discurso Apuntes sobre la historia de la corrupción “revolucionario”, no requieren de creación, inventiva, potencia, ímpetu y voluntad transformadora; requiere de todo lo contrario, requiere de repetición, de obediencia, de condescendencia, de pusilanimidad.

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