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Actualizado el 2014-11-07 a horas: 07:31:32

4 de noviembre: ¿Un 21 de julio sin ahorcamientos?

Andrés Solíz Rada

No pocos manifestarán extrañeza por comparar el 21 de julio de 1946, fecha en que el Presidente Gualberto Villarroel y dos de sus colaboradores fueron ahorcados en postes de la Plaza Murillo, de La Paz, y el 4 de noviembre de 1964, día en que Víctor Paz Estensoro viajaba a Lima, Perú, en calidad de exiliado político.

Andrés Solíz Rada

Andrés Solíz RadaAbogado y periodista y ex parlamentario. En los últimos 30 años fue uno de los más destacados defensores de los recursos naturales en Bolivia. Fue el primer ministro de Hidrocarburos de la gestión de Evo Morales.

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Muchos recordarán que Villarroel terminó su vida cómo mártir de la Revolución nacional, en tanto que Paz lo hizo como exponente del neoliberalismo, vigente a partir de su Decreto 21060, de 29 de agosto de 1985.

Sin embargo, no se trata aquí de detenerse sólo en las trayectorias de ambos personajes, sino en la composición de las corrientes opositoras que derrocaron a sus regímenes. Por lo demás, no es posible negar las coincidencias entre Paz Estensoro y Villarroel, ya que el primero fue, inclusive, Ministro de Economía del segundo.

Las conexiones entre ambas fechas fueron establecidas por Sergio Almaraz Paz, quien en su “Réquiem para una República”, dice:

“El 4 de noviembre (la izquierda tradicional) tuvo la última postura aberrante; pensaba estar haciendo la ‘verdadera’ revolución; en realidad era un acoplado más en el carro de la reacción… Al hablar de la ‘izquierda tradicional’ nos referimos al Partido de la Izquierda Revolucionaria (PIR), al Partido Obrero Revolucionario (POR) y a los dos partidos comunistas (pro ruso y pro chino ASR), descendientes ambos del viejo PIR. La muerte de Villarroel es el estigma de esta izquierda…”

Ahora bien, ¿era correcto que tales corrientes, auto calificadas de izquierda, socialistas y revolucionarias, pactaran con fuerzas reaccionarias para derrocar a ambos gobernantes?

Cabe recordar que al término de la Segunda Guerra mundial, la rosca minero latifundista acusaba a Villarroel de nazi, para ocultar su indignación por la convocatoria al primer congreso indigenal, por sus leyes sociales y por haber propiciado la fundación de la Federación de mineros.

El PIR, por su parte, al coincidir en la acusación de nazi, consideraba que Villarroel, como lo hizo su predecesor, el general Enrique Peñaranda, debía aliarse a EEUU y la URSS contra la Alemania de Hitler. Situación similar se vivió en la Argentina, en la que el Partido Comunista integró un frente antifascista, impulsado por la Embajada estadounidense.

No obstante, los prolegómenos del 21 de julio no se asemejan a los del 4 de noviembre, ya que Paz Estensoro había enervado las banderas de abril al no instalar una fundición de estaño, desnacionalizar el petróleo, entregar la administración de COMIBOL a EEUU, Alemania Occidental y el BID (Plan Triangular) y decretar una severa devaluación monetaria, diseñada por el FMI.

Justamente, la decisión de Paz de buscar su reelección nació de sus excelentes relaciones con el Presidente Kennedy, quien puso a la Revolución boliviana como ejemplo de un proceso democrático diferente al de la Revolución cubana.

El problema se complicó con el asesinato de Kennedy (1963), y la toma del control de la política exterior por el Pentágono, que consideraba que sólo regímenes militares podían contener a las guerrillas castristas desatadas en el continente.

Por tanto, ¿era correcto que la izquierda se sumara al golpe que preparaba el Pentágono, con el respaldo de tres personajes claves del propio MNR? El principal de ellos era el general René Barrientos Ortuño, quien ocupaba el cargo de vicepresidente de la República, al haber integrado el, binomio movimientista, junto a Paz, en los comicios del 31 de mayo de 1964.

Barrientos era, además (como dice Almaraz), el “boina verde” de los militares estadounidenses en el gobierno boliviano. Hernán Siles Zuazo, al haber encabezado los combates callejeros de la Revolución de abril y haber sido ex presidente entre 1956 – 1960, era, en esos momentos, el aliento espiritual que necesitaba Barrientos para consumar el golpe.

Finalmente, el histórico líder de la Federación de Mineros y de la COB, Juan Lechín Oquendo, aportaba el componente de asalariados al objetivo del militarismo del norte. Detrás de Lechín se alineó todo el espectro político de los partidos de la izquierda internacional, además de la Democracia Cristiana y Falange Socialista Boliviana (FSB), el partido de los latifundistas, desplazado el 9 de abril del 52. Todos juntos realizaron sendas huelgas de hambre contra la reelección de Paz.

Lo cierto es que cada vez que la izquierda pacta con la derecha, termina golpeada y desprestigiada. Siles Zuazo y Lechín pronto fueron exiliados por el propio Barrientos, quien, y esto es lo más grave, desató sendas masacres mineras, a fin de aplicar los ajustes salariales dispuestos por el FMI.

Algunos dirigentes del PIR fueron ministros del régimen que ahorcó a Villarroel y también lo fueron de Barrientos. Pero esto no era ningún triunfo, sino el penoso arrastrar de un cadáver político, que no había sido enterrado oportunamente.

En síntesis, ¿era políticamente correcto apoyar a Paz frente a Barrientos, es decir al político mimado por el Departamento de Estado frente al “boina verde” del Pentágono? ¿No era como tener que elegir entre Drácula y Frankestein?

Almaraz considera que había que apoyar a Paz frente a Barrientos, como lo hicieron los milicianos “emenerristas” en el cerro de Laikakota, donde fueron ametrallados por la aviación barrientista. El triunfo de Paz hubiera significado, dice, un renacer del nacionalismo revolucionario, lo que implicaba aislar a la derecha del MNR y dictar medidas que rescaten las banderas de abril.

Insiste en que Paz, en 1964, no era lo mismo que Barrientos, ya que la Revolución de abril “no se derrumbó de un solo golpe… porque se resistió mal, con debilidades y aturdimiento, pero se resistió” (Réquiem). El 21 de julio, los mineros de Potosí, con lealtad parecida a la de los milicianos del MNR, decidieron venir a La Paz para defender a Villarroel, pero Guillermo Lora y Lechín los contuvieron.

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