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Área: Opinión >> Comentarios y enfoque
Actualizado el 2014-09-06 a horas: 12:15:50

La guerra y la diplomacia con Chile

El origen del pragmatismo liberal

Eduardo Nogales*

El pragmatismo liberal (civil y militar) en la diplomacia y la guerra, pudiera identificarse, de hecho, tras el derrumbe de la Confederación Perú Boliviana en 1839, muy luego que Andrés de Santa Cruz se autoexilia en el Ecuador. De manera que en marzo 1843, cuando Santa Cruz decide ingresar clandestinamente a Bolivia para reconstruir su grandiosa obra, avanza, solo, por los senderos imposibles de los Andes, perseguido por los testaferros peruanos y bolivianos, en medio de una conmoción internacional, e infelizmente es encontrado una noche, agotado, en un pueblito de los Andes. Humillado, después de una sucia dilucidación diplomática entre Bolivia, Perú y Chile, el gobierno boliviano que presidia el traidor de la batalla de Yungay y cómplice de los intereses chilenos en la caída de la Confederación, José Ballivian Segurola, entrega a Santa Cruz a Chile para que sea encarcelado en Chillan. Empero, gracias a una campaña internacional iniciada por el Ecuador y sobre todo a consecuencia de la intervención directa del rey de Francia, Santa Cruz, sería expulsado a Europa con el visto bueno de José Ballivián, que, de ese modo, expresaba una extraordinaria coherencia entre su depravación libidinosa en la cama del Palacio Quemado y la sangre fría que ostentaba al apuñalar una y otra vez a su mentor y protector como fue Andrés de Santa Cruz.

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Acaso esta perversidad que refleja la miseria pragmática del liberalismo, se repetirá en los tratados de 1866, 1872, 1874, 1884 y 1904.

En todo caso, la actitud apátrida del liberalismo, se expresaría de manera perseverante, a partir de los sucesos de la Guerra del Pacífico, y, sobre todo, en el Tratado de 1904, que revelará para siempre la psiquis de los mercaderes. Aquí comienza la diplomacia entreguista de la oligarquía boliviana, post la Guerra del Pacífico, que, a nombre de trueques o concesiones territoriales, pretenderá con insistencia medrar lo que quedaba de Bolivia, y, alentar el avance de Chile, hacia el Altiplano Central.

La Guerra Federal

Es posible comprender, empero, sin exceso, los antecedentes de aquel Tratado, que, en la cuestión de fondo, explicita que, aún sin acabar entre los bolivianos los dolorosos estertores del desastre de la Guerra del Pacífico, y sin que se olvide la infame tregua firmada en 1884, a los cuatro años de esto, sobre la ruinas de Bolivia, y con la perfidia de la elite liberal, se desata la Guerra Federal (1898-1899). Es evidente que, de una manera inaceptable, aunque argumentada por la dirigencia congresal liberal, a partir de la negativa chuquisaqueña de impedir que la sede del gobierno con sede en Sucre no debiera moverse sin una previa autorización del Congreso de la República, se pudiera comprender el meollo del asunto en su apariencia. Es decir, aquel dilema folclórico de la Ley de Radicatoria, era el motivo suficiente para revelar la cuestión oculta de los liberales, que, sobre todo, se expresaría en la actitud de la bancada paceña, al abandonar el Congreso y alentar los tambores de guerra y alistar el gatillo, al influjo de la mano oculta del Mapocho que alentaba la iniquidad. La Guerra Federal, entonces, sería la continuación de la Guerra del Pacífico para destrozar la institucionalidad interna de Bolivia, la misma que iría en pos de consolidar la conquista territorial de Chile. No llama la atención esto, sino confirma, que, durante el periodo de la guerra civil boliviana, el gobierno de Santiago no hizo ningún amague para rematar bélica o diplomáticamente al país. En ese momento, no por extrañeza, no planteó ni exigió un Tratado de Paz, puesto que Bolivia más débil que nunca, al aniquilarse inconcebiblemente entre sí luego del desastre del Pacífico, estaba, de hecho, lista para su fin. No, no lo hizo, porque convenía a la estrategia diplomática y militar de Santiago la Guerra Federal boliviana, toda vez que a ciencia cierta sabía que la más eminente clase criolla y liberal (civil y militar) ligada a los intereses chilenos, estaba impulsando el conflicto. Chile pretendía un Tratado de Paz que garantice perpetua y legalmente su conquista territorial en el concierto internacional. Para esto debía de alentar el control del poder pleno de parte de los liberales bolivianos. La Guerra Federal no consolidó nada fundamental como sistema, en cambio sirvió para que el liberalismo controlen institucionalmente Bolivia en la perspectiva de un tratado entreguista de paz con Chile. Y, he aquí, toda la cuestión de la Guerra Federal.

De una vez, resultaba inconcebible que un conflicto de esa naturaleza, se ejecute por la aparente querella de la posesión de la sede de gobierno -que bien funcionó antes en La Paz, Tapacarí y Arque por ejemplo- alentada además con una falsa promesa de federalizar el país, cuando en verdad se pretendía anular las voces políticas, sociales y económicas que estaban en contra de cualquier acuerdo de paz con Chile, las mismas que se encontraban –hay que decirlo a favor de un sinceramiento histórico- sobre todo en la bancada chuquisaqueña. Por eso, cuando se firmó más tarde, el Tratado de Paz de 1904, en rigor, la bancada de Chuquisaca no firmaría el aval congresal para el Tratado, junto a otros hombres notables, como Daniel Salamanca.

A esa estratagema de la federalización, se logró comprometer incluso las fuerzas aymaras en levante, y, a la vez, luego, acabar con sus anhelos de una nación india. El proyecto de la Guerra Federal entonces era sistémico y apuntalaba a preparar al país estructuralmente, para alcanzar un acuerdo de paz con Chile. Lo que le ocurrió a Melgarejo que, luego del Tratado de 1866 y de la ley de expropiación de las tierras indias, la indianidad aymara lo derrumbó y persiguió implacablemente. Chile no deseaba que eso vuelva a ocurrir. Tal la traición liberal.

La infamia en el Poder

Por esto, de ninguna manera era un azar ni estrictamente un embrollo de la política interna, puesto que los líderes federales de la guerra civil, eran los que traicionaron a Bolivia en la Guerra del Pacífico: los generales Campero, Camacho, Montes, éste siendo un oficial al mando de la artillería boliviana en el Perú, apoyó el golpe de Estado que de manera artera le hicieron a Daza; sí, él, y los quinta columnistas políticos y militares a la cabeza de estos y Aniceto Arce. Eran los mismos que planificaron con el Estado Mayor chileno la retirada del ejército boliviano de Camarones para evitar que se integre a las tropas peruanas y se pueda despedazar al ejército chileno, cuando en verdad era posible. Camacho y el Consejo de Guerra del ejército boliviano de entonces junto al desaliento telegráfico del peruano Prado, sonsacaron a Daza para ejecutar aquella abominable defección de la que nunca más el ejército se pudo levantar. Sí, eran esos mismos que en el Congreso de Oruro de 1880 para consolidar el golpe a Daza y entronar al general Campero y a Arce -que según Robert Barragán (La Gran Traición) eran piezas del poder de la sociedad secreta chilena llamada La Mafia, la misma que dirigía a los quinta columnistas bolivianos- determinaron proseguir una guerra contra Chile de manera “defensiva”, entendiéndose este término en el sentido de no llevar adelante ninguna hostilidad para reconquistar la costa invadida por Chile A esto llamaba Arce, el más despreciable defensor de esta tesis, poner a Bolivia en la vanguardia de Chile, según sus propias palabras escritas en una carta que Nataniel Aguirre descubrió, lo que le obligó al Presidente traidor, el general Campero, ante el malestar nacional, determinar no un juicio por traición a la patria a Arce, sino, con timidez, determinar que el magnate, incólume, abandone el país. De esa manera se cumplía la certeza de Santa Cruz, a saber, que uno de los males de las repúblicas americanas era la impunidad y la traición.

Sin comprender esto a cabalidad, en esa oportunidad, Aniceto Arce, escribió con cinismo unos manifiestos en los que de manera feroz perpetra contra el país una afrenta más: grita, por qué Bolivia debía de convertirse en la vanguardia de Chile para ceder completamente su Litoral y distanciarse de su aliado natural, el Perú, y, tras ello, exigir la posesión de Arica y Tacna. Empero, todo esto no era un idea propia de la Cancillería ni del liberalismo boliviano ni lo sería nunca jamás, si vale el término, sino era la antigua estrategia del ensanchamiento, enclave y cerrojo de la geopolítica de Chile que marcaría, en definitiva, el contenido del Tratado de 1904 y de la diplomacia de Bolivia en el siglo XX -ligada al Tratado de Ancón y al tratado de 1929 en el que quedaba Tacna para el Perú y Arica para Chile gracias a la intermediación de EEUU.- a excepción, claro está, de la actitud reivindicacionista que inauguraría Bautista Saavedra (1925) y continuaría Villarroel (1944) y Barrientos (1967). Los resabios liberales, en el siglo XX, ejercieron la praxis de los mercaderes apátridas que con eufemia denominaron una diplomcia pragmática con Chile, cuando su verdadero nombre era de la abdicación y la felonía, a secas. Un día, para el colmo, a esto llamó el Canciller del MNR, Guillermo Bedregal, enfoque fresco. Verdaderamente fresco era la manera de dejar que Chile avance sobre las aguas dulces y las riquezas naturales del Altiplano Central como iba a ocurrir con las aguas del Silala (1907) y el desvío del río Lauca (1962).

El pragmatismo estructural del liberalismo

En resumen, la secuencia histórica que materializa la psiquis mercader (civil y militar), respecto a la reivindicación marítima, revela un patrón procesual. A saber, si en 1874, se firma un tratado que prohíbe a Bolivia crear nuevos impuestos en su propio territorio donde trabajan intereses ingleses y chilenos, a los cinco años, en febrero de 1879, invade Chile Antofagasta a causa sobre todo, según el Mapocho, del tratado secreto firmado entre Bolivia y Perú: “en noviembre de 1879 Isaac Tamayo en base a la información de Vicente Ochoa, quien llevó el diario de campaña del Ejército boliviano, publicó en 1884 un libro titulado "Habla Melgarejo"; en él se afirma que a pocas semanas de haberse firmado el tratado "secreto" el diplomático chileno Carlos Walker Martínez consiguió copia del documento. Pero en noviembre de 1873 el embajador de Chile en Argentina, Blest Gana, gracias a su colega brasileño el Barón de Cotegipe recibe otra copia del tratado. Entonces Chile conocía la existencia del tratado 6 años antes de tomar Antofagasta. Una nota editorial publicada por el diario chileno Ley, en noviembre de 1896, sostiene: "El gobierno esquiva confirmar la existencia del tratado y el riesgo de ello para Chile. Pero que si el tratado fue conocido mucho antes de la guerra, el gobierno había engañado a su pueblo llevándolo a una guerra injusta y abominable (Antofagasta, Pisagua y la retirada de Camarones. Guido Peredo. Bolpress. 2010/03/25); ¡Quién o quiénes entregaron el documento secreto a Chile! ¡Por qué no se les encontró y enjuició! ¿Acaso eran los miembros bolivianos de La Mafia?. Luego, en noviembre de 1879, tras la toma de Pisagua, en una extraña combinación secreta ocurre la retirada de Camarones, puesto, que, a la vez, el Presidente peruano, Manuel Ignacio Prado y el general peruano Buendía no actuarían con sus tropas como estaba planificado ante el avance de los chilenos desde Pisagua, ocurriendo la defección del ejército del Perú y el retorno en harapos de las tropas de Daza a Bolivia; pero al año de esto, en 1880, el Congreso de Oruro consolida el golpe de Estado a Daza por la Retirada de Camarones, y declara Presidente a Campero y Vicepresidente a Aniceto Arce, ambos agentes de La Mafia araucana, estableciendo ¡una guerra defensiva! contra Chile; dicha infamia se materializaría cuatro años después, en 1884, cuando abdica la oligarquía liberal boliviana y firma la tregua que, de hecho, anticipa la entrega del territorio del Litoral a Chile; ante esta iniquidad, en las elecciones por la Presidencia de la República de 1896, pierden los liberales y asume la presidencia el conservador Severo Fernández Alonso Caballero; ante ello, la elite liberal derrotada en las elecciones, en 1898, desata la Guerra Federal para quitarle el poder a Alonso bajo el pretexto de la Ley de Radicatoria y aniquilar la potencia de rebelión de los indios aymaras y sellar la voz de los patriotas disidentes, de manera que, acabada la Guerra Federal en 1899, de inmediato asume la Presidencia por una Convención liberal, José Manuel Pando, el 26 de octubre de 1899; de manera que toda vez que ya estaba estructuralmente Bolivia en manos del liberalismo, con todos los espacios del poder controlados, y aniquilados de momento los indios aymaras, se podía viabilizar ahora con certeza un Tratado de Paz en favor de Chile. Entonces, sin pérdida de tiempo, vaya, con agresividad y sabiendo por qué, en 1900, en el gobierno del general Pando, el matón chileno Koning con la pistola desenfundada, escribe a la Cancillería boliviana un ultimátum para iniciar las negociaciones para un tratado de paz, el mismo que tiene una larga respuesta antiboliviana del Canciller abogado Eliodoro Villazón, al aceptar el inicio de las tratativas de paz, las mismas que se inician en 1901, de lo que deviene que los vencedores liberales de la guerra federal y los asesinos de Zarate Willca y Juan Lero en Oruro, sobre esa sangre y la de miles de patriotas ofrendadas en el Pacífico, firman en 1904 el Tratado de Paz con Chile, cediendo definitivamente los territorios bolivianos al enemigo. Empero, la firma de este Tratado tiene otras consideraciones herejes. Por de pronto, es inocultable el ewsclarecimiento de un patrón procesual que revela un plan riguroso y bien combinado del gobierno de Santiago con los quinta columnistas (militares y civiles bolivianos). He aquí el origen de la diplomacia pragmática de los liberales en Bolivia.

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Escritor. Premio Nacional de poesia y cuentoFranz Tamayo 1999 y 2003.eduar.noga@hotmail.com

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