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Actualizado el 2014-09-01 a horas: 16:25:57

Vivir Bien en América Latina: del imperialismo al socialismo

Jhohan Braxton Oporto Sánchez *

Ante el crónico suceder de crisis y rearticulaciones del proyecto imperialista de desarrollo capitalista a nivel global, la reconstitución del valor de la cultura de la vida surge como una necesidad que se extiende desde los eslabones más débiles de la cadena de opresión en las comunidades y la lucha revolucionaria en el campo y las ciudades, al sur del continente americano. La denominada experiencia “post-neoliberal” de América Latina, en países como Venezuela, Ecuador y Bolivia afianza la búsqueda de alternativas de desarrollo fuera del capitalismo. En tal marco, el transitar de la retórica revolucionaria hacia la construcción viable de un horizonte societal alternativo aparece ligado a una agencia colectiva en las escalas nacional y continental. Se trataría entonces de un proceso de resignificación del sentido complejo y multidimensional del desarrollo soportado en el aprovechamiento racional de los potenciales sociales y naturales del continente. Así, la integración de cosmovisiones comunitarias y revolucionarias se direccionaría hacia la construcción de una nueva sociedad del Vivir Bien, donde la convivencia humana se despliegue en la relación solidaria entre los seres humanos y en simbiosis con la naturaleza, en condiciones de plena igualdad y libertad.

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Introducción

Durante las últimas cuatro décadas, el sistema capitalista se ha desarrollado bajo los principios del libre mercado y la globalización financiera. La actual crisis socioeconómica mundial pone en evidencia no solo las limitaciones del neoliberalismo como proyecto de desarrollo capitalista sino la crisis sistémica del capitalismo mismo, en tanto modo de producción y de organización de relaciones en las sociedades contemporáneas alrededor del mundo.

El profundo resquebrajamiento de las políticas neoliberales por fuerzas de cambio social en países como Venezuela, Ecuador y Bolivia ha establecido a América Latina (AL) como escenario/proceso de debate y construcción de alternativas societales y de desarrollo. En la misma dirección, bloques de integración como la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), el Comité de Estado Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), o la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) entre otros, se encuentran perfilando proyectos de rearticulación de relaciones entre el continente y el resto del mundo.

Del hartazgo social frente a la política-partidaria y a la institucionalidad estatal democrática-burguesa reducida a instrumento de validación de políticas de desarrollo diseñadas por organismos internacionales y países como Estados Unidos para el beneficio del capitalismo transnacional y local, y con el objetivo de exigir mejores condiciones de vida, en Bolivia (2003) surge una agenda política de base popular que propone la recuperación de soberanía y autodeterminación política y económica. En lo inmediato, autodeterminación sobre el control de los recursos naturales y la distribución de la riqueza, y ligado a ello la asunción por el colectivo social de la necesidad de construir un sistema social alternativo al capitalista, que promueva la igualdad, la equidad y la ampliación democrática participativa de sectores indígenas campesinos históricamente excluidos.

Establecida sobre estas líneas, la Nueva Constitución Política de Bolivia (2009) propone el Vivir Bien como el proyecto de horizonte civilizatorio a construir. En tal proceso, se concibe al Estado Plurinacional como actor central en la transformación social mediante la ejecución de políticas de descolonización del sistema jurídico-político, de las relaciones económicas y productivas, de la organización institucional y social, así como del sistema ideológico y cultural.

En este escenario/proceso, se pueden advertir tres debates sobre el del proceso de cambio boliviano: i) en lo político, las vías indianista-katarista y socialista, si bien difieren en sus planteamientos conceptuales, tienen como común denominador la construcción post-capitalista de desarrollo participativo y democrático plural; ii) en lo geopolítico, el tema de la integración regional para viabilizar la alternativa post-capitalista por la vía socialista; y iii) en lo económico, la explotación e industrialización de recursos naturales (“nuevo-extractivismo”) y su implicaciones en lo socioeconómico y ambiental.

En este marco contextual, el objetivo del siguiente escrito es el de caracterizar brevemente el escenario/proceso por el cual transita la construcción del denominado “socialismo del siglo XXI” como alternativa post-capitalista y el Vivir Bien en Bolivia y AL. La exposición del texto se organiza en cuatro partes. En la primera se realiza una caracterización del imperialismo y las crisis del capitalismo contemporáneo como destrucción creativa y de la posibilidad de generar alternativas en su interior. En la segunda, se caracterizan las vías para construir la propuesta alternativa del Vivir Bien en Bolivia: el “nuevo desarrollo” y el socialismo del siglo XXI. La tercera parte analiza varios tópicos prácticos y considerados necesarios para viabilizar la alternativa post-capitalista: la revolución cultural, la integración regional y la vía del extractivismo como proceso práctico de acumulación de recursos en las escalas nacional y continental. La cuarta y última parte presenta una serie de reflexiones finales a manera de conclusiones.

1. Imperialismo y Crisis

La etapa actual de desarrollo del sistema capitalista, denominada por David Harvey (2004) como “nuevo imperialismo” (NI), resulta del proceso de transición del sistema liberal de Bretton Woods (1944) hacia el “nuevo orden mundial” implementado por la contrarevolución neoclásica de reestructuración del capital por las crisis de producción, de deuda y fiscal de la década de 1970.

Este imperialismo contemporáneo se asocia directamente con Estados Unidos y sus intentos de imponer su voluntad sobre el mundo. Apoyado por países aliados, instituciones internacionales como el Banco Mundial (BM), el Fondo Monetario Internacional (FMI), la Organización Mundial de Comercio (OMC) y la Organización de Naciones Unidas (ONU), entre otras, y la articulación de su clase capitalista dominante con el capital transnacional, el NI estadounidense se basa en el diseño y ejecución de diversas estrategias políticas, económicas, culturales e ideológicas, respaldadas por su fuerza militar hábilmente dispuesta por todo el mundo en el periodo de posguerra.

En el “nuevo orden mundial” proyectado por el imperialismo contemporáneo, el capitalismo de estado ha sido reemplazado por el capitalismo del mercado libre y la ideología neoliberal que lo soporta. Con la venia del proceso de neoliberalización mundial iniciado en la década de 1970, el agente principal Estado de bienestar social se repliega progresivamente de sus funciones de responsable del desarrollo. Este papel es reasignado a las “fuerzas libres” o de libre iniciativa: mercados, sector privado, sociedad civil, Organizaciones No Gubernamentales (ONG’s), instituciones de cooperación internacional, entre otras. En el proceso mundial de consolidación de la economía del mercado, el estado neoliberal se establece a sí como agente funcional, en lo jurídico e ideológico, a las intervenciones y restricciones regulatorias a favor de la economía de mercado (Petras, 2011), en sus sectores productivo y financiero principalmente y la relación entre las escalas nacional y transnacional.

Crisis y Gran crisis

Una de las características esenciales del capitalismo en el marco del NI, según Harvey, es su capacidad de ajuste ante las crisis de sobreproducción mediante el desdoblamiento espacio-temporal. Esto es su desplazamiento por el mundo en la búsqueda de ganancias en el corto plazo, reestructurando la relación capital-trabajo, innovando la tecnología, generando una nueva división internacional del trabajo, en síntesis extendiendo e intensificando la producción. Sin embargo, según Veltmeyer (2010), esta propensión natural de la estructura económica y política del capitalismo a las crisis de producción, numerosas y de corta duración en las últimas cuatro décadas posteriores a la “Era de Oro del capitalismo”, manifiestan una tendencia al estancamiento en el presente.

De las tres estrategias de reestructuración del sistema para evitar el estancamiento en este periodo: i) reestructuración neoliberal; ii) globalización; y iii) financiarización; fue la última la que se encargó de compensar con sus ganancias la crisis de producción y ventas de fines de los 90’s (comparable con la Gran Depresión). Este cambio de la dinámica del capital, de la industria y la agricultura (sector productivo) hacia el sector financiero (sector especulativo), para mantener y aumentar las tasas de ganancia, generó una brecha profunda entre la economía real estancada y la economía financiera inflada en 2008.

Esta crisis del sistema capitalista en su forma neoliberal se expande más allá el ámbito de lo geográfico mundial, de su epicentro geopolítico en Europa, Estados Unidos y Japón, o el ámbito económico financiero. Por su amenaza compleja y multidimensional a la existencia misma de la humanidad es una Gran crisis civilizatoria (Bartra, 2009a): i) económica y financiera; ii) medio ambiental; iii) energética; iv) alimentaria; v) migratoria; vi) bélica; vii) ética; y viii) política, entre otras.

2. Vivir Bien: como horizonte epocal

post-colonial y post-capitalista

En este contexto de crisis e incertidumbre para la vida, por un lado, la clase capitalista se empeña en buscar reformas funcionales al sistema que le permitan romper con su estancamiento y seguir reproduciendo su modelo de acumulación, de desarrollo; por otro lado y al mismo tiempo, la Gran crisis civilizatoria emplaza a toda la humanidad relegada a buscar salidas a los problemas coyunturales por caminos que paulatinamente la saquen del sistema (Bartra, 2009b) y conduzcan a la construcción de un nuevo horizonte epocal alternativo, post-capitalista.

“Nuevo desarrollo” como reformismo imperialista

En la lógica neoliberal de desarrollo sintetizada en el Consenso de Washington (1989), durante la década de 1980 y 1990 la transformación productiva y social del capitalismo profundizó la desigualdad, la polarización social y las crisis (Gills, 2011). En este marco, de no-crecimiento económico, pobreza, desempleo, y frente al resurgimiento amenazante de fuerzas de resistencia social que cuestionan el modelo y desestabilizan el estado neoliberal y su gobernabilidad, surge la necesidad de buscar “otro desarrollo”. Como respuesta a esta situación, el “Post-Consenso de Washington” define la necesidad de “traer de regreso al Estado” y de establecer un mejor balance entre Estado y Mercado por la vía de un nueva política social que garantice que las políticas pro-crecimiento de los gobiernos sean “pro-pobres”.

Se trata de generar un neoliberalismo más inclusivo en términos sociales, de la “humanización del capitalismo”. Para ello se propone que el Estado se encargue de dotar condiciones de educación, salud, infraestructura y servicios a los pobres. Dicha inversión en capital social, se direcciona a que los nuevos sujetos empoderados puedan actuar por sí mismos y así conseguir su desarrollo, de convertir sus organizaciones base, con sus capacidades potenciales propias, en agencia fundamental de su desarrollo.

Este “nuevo desarrollo” descentralizado y de abajo hacia arriba, aparece con múltiples facetas y acentos en ámbitos sociales y territoriales: desarrollo alternativo, desarrollo local, desarrollo comunitario, desarrollo sustentable, modos de vida, entre otros. Además promueve: la participación democrática, la libertad individual, las políticas y gestión adecuadas para el cambio progresivo de la inequidad y la exclusión, la reducción de la pobreza y el mejoramiento de la calidad de vida de los individuos.

En el caso de AL, bajo la etiqueta de “post-neoliberales”, varios Estados con tendencias de centro-izquierda (Brasil, Argentina) han asumido la vía de un “nuevo desarrollo” que se sostiene en estrategias proteccionistas del capital privado nacional y transnacional, así como la integración intracontinental de mercados como el Acuerdo de Libre Comercio de América (ALCA) y el Mercado Común del Sur (MERCOSUR) para mejorar la capacidad competitiva de la zona. Este “nuevo desarrollo” pretende revertir las consecuencias del libre-comercio mediante un “capitalismo regulado” y se propone así mismo como una etapa necesaria en la construcción del socialismo.

A pesar de las dinámicas sociales de las últimas décadas por mejores condiciones de vida y contra la condiciones aceleradas de deterioro ambiental, el reformismo de la institucionalidad neoliberal, que articula el NI con el Estado regulador bajo la lógica del “neo-desarrollismo dependiente”, consolida los reajustes estructurales del capitalismo y su lógica de competencia mercantil, explotación productiva y ampliación del márgenes de beneficios de los monopolios y oligopolios transnacionales en AL.

Tendencias emancipatorias históricas y

socialismo del siglo XXI

Esta humanización del capitalismo promovida por el NI vinculado con los Estados, instituciones de cooperación internacional, capital transnacional, sin embargo, tiene en países “post-neoliberales” como Ecuador, Venezuela y Bolivia –principalmente los últimos– una contrapropuesta de mayor radicalidad a la hora de perfilar un horizonte nuevo de vida. La construcción del “socialismo del siglo XXI”, aún con diferencias ideológicas entre países, en el escenario de crisis sistémica estructural contiene el potencial para la creación colectiva de un nuevo proyecto de sociedad y de desarrollo, alternativo al capitalismo, para la concreción de una sociedad plenamente humana, una sociedad de iguales que conduzca a un “nuevo mundo de justicia, dignidad e igualdad” (Veltmeyer, 2010).

La viabilidad de este nuevo sistema social se basa en una forma de “nacionalismo de Estado” ligado a la acción política colectiva local y continental con referencias en las dinámicas sociales-comunitarias y culturales internas de los pueblos indígenas-campesinos que comparten una historia de subyugación colonial e imperialista. En tal sentido, el valor de la praxis de la solidaridad social aparece como la base prioritaria del proyecto de vida de los pueblos, “desde abajo”, para la integración regional y de frente al colonialismo interno y el NI.

La acción política popular, campesina, indígena y obrera contemporánea tiene en América Latina un largo ascendente de lucha física e intelectual en la historia colonial e imperialista.

Según Katz (2006), en América Latina se pueden visualizar dos tradiciones históricas antiimperialistas de emancipación continental amalgamadas una con otra: i) el nacionalismo radical, y ii) la izquierda radical. Esta amalgama incluye la rehabilitación de la cultura andina y la reivindicación de tradiciones indigenistas que fueron silenciadas durante siglos de opresión étnica y cultural.

Siguiendo esta tradición histórica del continente, en la particularidad del proceso boliviano se aprecian dos tendencias de emancipación por la vía de la descolonización: i) descolonización indianista katarista, como estrategia anticolonial de resistencia y lucha por la reivindicación del movimiento indígena ante: el sistema culturalmente euro centrista, ideológicamente homogeneizante, económicamente de explotación irracional, políticamente excluyente, socialmente estratificado y asimétrico, y ii) descolonización socialista, como proceso liberacionista del imperialismo, primera etapa de construcción del socialismo que prioriza lo político. Ruptura con la perversa dependencia del sistema capitalista y conquista de “autodeterminación” para el desarrollo económico autónomo (Cejas, 2012).

Se puede decir que el proyecto de Estado Plurinacional se asienta sobre esta amalgama de sentidos de la tradición histórica latinoamericana y boliviana. En el proceso de construcción de un nacionalismo radical de base étnica y socialista, se articula la praxis de lucha popular con el Estado con el objetivo de concretar formas nuevas de: acceso y disfrute de bienes materiales, de realización afectiva y convivencia social, más humanas y en simbiosis con la naturaleza (Madre Tierra). Así el Vivir Bien se articula como un horizonte epocal de sociedad y de desarrollo, post-colonial y post-capitalista.

3. Por una alternativa real al capitalismo

El elemento central en la construcción de la sociedad del Vivir Bien que puede ser viabilizado desde las tradiciones comunitarias indígenas campesinas y las del socialismo revolucionario es la reconstitución de las relaciones simbióticas entre seres humanos y naturaleza, de una ética humanista frente a la vida.

Gran parte del debate contemporáneo se ubica en las contradicciones que se producen en la relación entre concepción alternativa de desarrollo y su praxis en políticas públicas, principalmente vía continuidad del modelo extractivista aliado al capital transnacional que reproduce la explotación de seres humanos y naturaleza. Esta forma de despojo de materias primas (naturaleza y fuerza de trabajo) tiene un largo prontuario de experiencias en la historia de América Latina. Pasando por la plata y el estaño, al presente la explotación minera y de hidrocarburos junto a la producción agrícola de cultivos no tradicionales, los materias primas del territorio latinoamericano y particularmente boliviano son de importancia estratégica para el desarrollo del capitalismo del NI y las economías en procesos de asenso hegemónico como China y el sudeste asiático.

Frente al “nuevo desarrollo” promovido por el NI e implementado en Brasil y Argentina con gran éxito en la última década, los países que buscan viabilizar su modelo alternativo de desarrollo se han visto en la disyuntiva de sumarse a procesos de acumulación de corto plazo para implementar mejoras sociales y así construir un proceso de mayor alcance del bienestar social en el tiempo. Esta experiencia refuerza la subordinación de los proyectos alternativos al mercado, ya que plantea la vía tradicional de desarrollo capitalista que separa economía del bienestar del colectivo, siendo el último consecuencia del primero. Como reflexiona Katz (2006), si la vía capitalista del “nuevo desarrollo” fuera capaz de mejorar las condiciones de vida y fortalecer la luchas de los trabajadores por su propio proyecto, la batalla por el socialismo no tendría sentido.

Es en esta vía de pragmatismo económico como desarrollo que los procesos de transformación estructural han ido perdiendo impulso político e ideológico en el debate sobre la construcción de una nueva significación del desarrollo. Por ello, resulta necesario recuperar el impulso ya no solo discursivo sobre la factibilidad de un proyecto alternativo post-capitalista sino en sentido práctico. Que asuma que la construcción de una sociedad de plena humanidad esta sujeta a un proceso multidimensional de largo plazo pero que necesita concretar condiciones económicas concretas en el presente.

En tal sentido, la transición del sistema social y de desarrollo actual hacia otro alternativo debiera estar fundada en el desarrollo económico ligado a una revolución cultural, y eso en el marco de condiciones históricas presentes solo será posible a partir del aprovechamiento de los potenciales humanos y naturales internos (“extractivismo indispensable”) y un mapeo creativo para explorar lo desconocido, no solo la interior del país sino también en un sistema comunitario de integración continental con proyección mundial.

Una necesaria re-visita a la Revolución Cultural cubana

Vista en perspectiva, la supervivencia de la Revolución cubana en un contexto histórico dominado por el poder económico, político y cultural del imperialismo estadounidense genera una serie de reflexiones sobre la experiencia de la construcción del sistema socialista en América Latina. Por ello, una revisita a las bases de la Revolución Cultural resulta de vital importancia para explorar y practicar la alternativa socialista.

Veltmeyer (s/f) considera que dinámica Revolucionaria desde su asenso al poder en 1959 se basó en la institución de la conciencia revolucionaria a través de la participación activa del pueblo cubano en todos los ámbitos de la vida política pública.

En oposición a otros intentos de construir el socialismo en el siglo XX, en que el Estado fue concebido y ejecutado como poder vertical respaldado del uso de la fuerza y la exclusión de la participación popular en la construcción de la sociedad, en Cuba la socialización y colectivización se desarrolló un sistema democrático articulado a partir de un compromiso revolucionario que se concibe solo en la consecución del bienestar de la comunidad. La Revolución Cultural por esa vía se constituye en un proceso simultáneo de deconstrucción de los valores del sistema capitalista (consumismo, hedonismo, individualismo, otros) y de construcción de una nueva sociedad por la formación de nuevos valores, bajo los preceptos éticos de: i) igualdad, como condición sustantiva compartida por todos los miembros de la sociedad en la distribución de riqueza, la educación, salud, trabajo; ii) libertad, como emancipación de las relaciones y las condiciones de dominación de clase y explotación imperialista; y iii) solidaridad, como base de las relaciones humanas y por tanto de la organización social.

A pesar del bloqueo económico y político sobre Cuba, y las campañas ideológicas de desprestigio, otro de los componentes centrales de la Revolución Cultural cubana es la solidaridad internacional. Por esta vía de compromiso con la lucha de los pueblos contra la opresión y la explotación, la asistencia en salud y educación, los principales recursos humanos desarrollados en Cuba, tienen amplio reconocimiento en América Latina y otros países en vías de desarrollo, principalmente del continente África.

Integración regional, el ALBA-TCP

La integración regional es otro componente fundamental para viabilizar la construcción real de la alternativa societal y de desarrollo socialista en América Latina.

Si bien las condiciones de las estructuras económico sociales de los países de la región son bastante heterogéneas, la superación de la desigualdad no parece factible sino bajo los preceptos de solidaridad, cooperación, complementariedad compartidos por varias naciones del continente. Esto frente a la fragmentación y la competencia entre países, propuesta por instrumentos como el Acuerdo de Libre Comercio de América (ALCA) y el Tratado de Libre Comercio (TLC) que tienen el objetivo de facilitar el flujo del capital corporativo transnacional, y promueven a su vez la profundización de la dependencia y la dominación desde la lógica neoliberal del mercado impulsada por el NI.

En tal sentido, la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (2001) y Tratado de Comercio de los Pueblos (2006) (ALBA-TCP), impulsados por Cuba, Venezuela, Ecuador y Bolivia, entre otros países, se plantean como objetivos la cooperación y el intercambio solidario (de productos, investigación, técnica y tecnologías, educación, salud, otros) para la construcción de un desarrollo integral emancipador y soberano, por la igualdad y la justicia social, y para la recuperación de la cultura de la vida.

Esa cultura de la vida unitaria, de metabolismo social y natural simbiótico, sobre la que se erigieron los pueblos originarios de la Abya-yala (en lengua Kuna: tierra en plena madurez o tierra en eterna juventud).

Hacia un extractivismo indispensable

Una de las consecuencias del proyecto de desarrollo capitalista es sin duda la ruptura del metabolismo sociedad-naturaleza. La enorme reserva de recursos ecológicos del continente americano, desde la Colonia al presente ha sido objeto de la explotación irracional por la codicia del sistema. En esa lógica han desaparecido numerosas culturas y especies y en varias regiones la reproducción de la vida se está poniendo en vilo.

Gudynas (2011) plantea que, si bien se puede decir que el deterioro ambiental ha sido producido por estrategias de desarrollo heredadas de gobiernos neoliberales, los gobiernos progresistas en la última década, o se puede decir también la primera década del siglo XXI, han mantenido y acentuado la presión sobre el medio ambiente a través del extractivismo de materias primas de alta cotización en el mercado global, y en la implementación de infraestructura complementaria de tal estrategia (energía, transportes).

Sobre esta estrategia extractivista en Bolivia, García Linera (2012) plantea que: “actualmente, para nosotros como país es el único medio técnico del que disponemos para distribuir la riqueza material generada gracias a él (pero de manera diferente a la precedente), además, también nos permite tener las condiciones materiales, técnicas y cognitivas para transformar su base técnica y productiva.”

Al respecto de este argumento, el proceso de nacionalización de empresas y recursos naturales emprendido en Bolivia desde 2006 ha generado un giro político y económico social en la concreción de mayor independencia sobre el control de la acumulación de riqueza para su redistribución.[1] Sin duda, los cambios están ligados principalmente al incremento de la renta de los hidrocarburos nacionalizados de 382 millones de dólares anuales en el periodo 2000-2005 a 2.383 millones anuales promedio desde 2006 y de un total de 1.661 millones de dólares totales acumulados en el periodo 2000-2005 a 16.678 millones totales desde 2006 (HidrocarburosBolivia, 2012).

Sin embargo, en la primarización de la economía vía extractivista de materias primas para la exportación (gas natural, petróleo, minerales, alimentos sin procesar, otros), y los escasos avances en la transformación productiva interna vía creación de procesos de industrialización (petroquímica, hierro, litio, otros) de las mismas materias para incrementar su valor, la independencia alcanzada por la nacionalización se relativiza por el control de los mercados y los precios internacionales. En consecuencia, estas vías generan impactos en el consumo interno como, el crecimiento de las importaciones de productos manufacturados, alimentos, energía (diesel y gasolina), bienes de capital, entre otros, que el país no produce.

Para entender con mayor precisión el estado de situación del proceso de cambios en Bolivia y otros países de América Latina, Gudynas, plantea tres etapas de la estrategia extractivista: i) extractivismo depredador, desarrollo capitalista de enclave y de gran escala que no incluye costos sociales ni ambientales más bien los externaliza (pasa la responsabilidad) a las sociedades nacionales; ii) extractivismo sensato, desarrollo capitalista regulado social y ambientalmente que internaliza (se hace responsable de) sus impactos; y iii) extractivismo indispensable, alternativa al desarrollo capitalista que se basa en la explotación necesaria y vinculada a las cadenas económicas nacionales y regionales.

En línea con este planteamiento, y dadas las limitaciones técnicas-tecnológicas y económicas financieras, la estrategia boliviana, en la actualidad, se encuentra en un proceso de acumulación por la vía técnica del extractivismo sensato para la generación de condiciones básicas materiales de la sociedad. En el mediano plazo, de manera paralela al fortalecimiento de la inversión, García Linera (2012) apunta que “se debe a la vez construir un nuevo soporte tecnológico de producción de la riqueza que vaya superando el extractivismo” vía industrialización. Aunque muchas líneas maestras del proceso de transformación productiva estaban planteadas en el Plan Nacional de Desarrollo 2006-2011, el gobierno boliviano prevé recién que en 2025 toda materia que sea vendida sería procesada y con valor agregado.

Sin embargo, para ello, más allá de las grandes inversiones en mega-proyectos[2] o la concreción de la retórica industrializadora será necesario recuperar la visión integral del desarrollo, en tanto articulación de lo económico con lo social, lo jurídico político e ideológico y cultural, así como su expresión en la dimensión territorial y el tiempo. Así, la estrategia extractivista se convertirá en un medio por el que el “poder político, de la movilización social capaz de encaminar los procesos productivos –extractivistas o no extractivistas– hacia la creciente comunitarización de su control operativo y de la distribución social de la riqueza generada” (ibid.)

Pero dicha comunitarización no sería funcional a la construcción de la alternativa post-capitalista de producción, distribución y consumo sino se emprende una lucha regional, continental y global contra el modo de producción capitalista. De ahí que la solidaridad nacional y regional, la consecución de una conciencias histórica en la vía revolucionaria socialista, la participación de los movimientos sociales y el aprovechamiento de los recursos naturales de las que se disponen se convierten en condiciones fundamentales para materializar la sociedad nueva del Vivir Bien, de sus componentes en plenitud de sus potenciales, en igualdad y libertad.

4. Conclusiones

La Gran crisis del capitalismo no debe comprenderse como el punto final del sistema, sino como un proceso doble, de oportunidades para AL y sus naciones: i) la rearticulación del capitalismo imperialista vía reformas internas a su sistema; o ii) la elaboración y puesta en práctica de vías alternativas para la constitución de un nuevo horizonte epocal de vida a través un nuevo sistema social y de desarrollo socialista, para el Vivir Bien del colectivo.

El proceso de rearticulación del capitalismo imperialista, tiene en el “nuevo desarrollo” la vía para consolidar reformas institucionales y ajustes estructurales que garanticen, desde el Estado, la competencia del mercado, la explotación productiva, y la ampliación de márgenes de beneficio por el capital monopólico y oligopólico transnacional en AL.

La construcción colectiva del Vivir Bien en América Latina se sostiene en la transformación del accionar económico, político, social y cultural por el trabajo conjunto y solidario en las dimensiones nacional, regional y continental, Tal construcción se direcciona hacia la reconstitución de la cultura de la vida y de una sociedad con una ética plenamente humana (justicia, dignidad e igualdad) y respetuosa de la naturaleza, por la vía de un proceso revolucionario cultural socialista anticolonialista y antiimperial.

En correspondencia con esta línea colectiva continental, es necesario reconocer que el proceso de nacionalización que caracteriza a Bolivia, y países como Venezuela y Ecuador, tiene limitaciones para establecer transformaciones estructurales en el sector productivo. Si bien, la redistribución de recursos generados por la vía extractivista ha generado condiciones inmediatas de bienestar social, todavía falta superar el énfasis en lo económico y avanzar hacia una propuesta de desarrollo integral, en que lo ideológico y cultural permitan la construcción de una consciencia solidaria y por tanto revolucionaria.

Partiendo de la comprensión de que no es posible desarrollar alternativas reales de desarrollo más humano y menos nocivo para el ambiente en la lógica del capitalismo (desposesión, explotación, destrucción, acumulación de riqueza a todo costa), la viabilidad del proceso revolucionario socialista se sostiene en la capacidad de los líderes de dichos países para que, a la par de la comunitarización de la producción y distribución de la riqueza a nivel nacional se trascienda a un proyecto de lucha regional, continental y global contra el modo de producción capitalista.

En un escenario inédito de fuerzas en crisis y fuerzas reconstituidas, se trata de recuperar la tradición histórica continental de luchas por la autodeterminación. De ser dueño de las decisiones sobre el futuro, para las mayorías, en pleno ejercicio de la libertad, en igualdad y consciencia solidaria plena de justicia por el colectivo social. Y si así fuera, vivir bien.

Bibliografía

Bartra, Armando (2009a), “La Gran crisis”, en La Jornada, 10/04/2009.

_______ (2009b), “Achicando la crisis”, en La Jornada, 28/06/2009.

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Cejas, Nicomedes (2012), “La descolonización: ¿Ilusión o programa anticolonial?”, en Pukara. Cultura, sociedad y política de los pueblos originarios, Año 6, Nro. 75, La Paz.

García Linera, Álvaro (2012), Geopolítica de la Amazonía. Poder hacendal-patrimonial y acumulación capitalista, La Paz, Vicepresidencia del Estado Plurinacional de Bolivia.

Gills, Barry K. (2011), “Estudios críticos de la globalización”, Herramientas para el cambio: manual para los estudios críticos del desarrollo, Henry Veltmeyer Coord., La Paz, CIDES-UMSA.

Gudynas, Eduardo (2011), “Más allá del nuevo extractivismo: transiciones sostenibles y alternativas al desarrollo”, en El desarrollo en cuestión: reflexiones desde América Latina, Fernanda Wanderley Coord., La Paz, CIDES-UMSA.

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_______ (2010), “La crisis global y Latinoamérica”, en Problemas del desarrollo. Revista Latinoamericana de Economía, Vol. 41, Nro. 160. México.

[1] Se pueden citar algunos datos al respecto: i) en lo económico, el promedio aproximado de crecimiento del PIB desde 2006 es de 4.8% (en base a La Razón 2011 y 2012) siendo en 2011 y 2012 de 5.2% (ibid.); entre el 75% y 86% del crecimiento de 2011 y 2012 se estima que se debe a la relación entre políticas redistributivas del ingreso y demanda interna (ibid.); desde 2006 el crecimiento del PIB de 9.500 millones a 23.7000 millones de dólares; en 2005 el ingreso promedio era de 1.000 dólares, en 2011 de 2.238 dólares; ii) en lo social, desde 2006 el porcentaje promedio de PIB transferido en bonos hacia la población llega al 1,1% (“Juancito Pinto” para niños en edad escolar, “Juana Azurduy de Padilla” para madres e infantes, “Renta dignidad” para personas mayores de edad, entre otros); desde 2006 la pobreza ha sido reducida del 60% al 48%; en 2008 se eliminó el analfabetismo del territorio; el 8.21% del PIB se dedica en el presente a la educación (Informe UDAPE en García Linera, 2012).

[2] “En el caso de los hidrocarburos, mediante la inversión en dos plantas separadoras de líquidos: una en Gran Chaco que ser. entregada el 2014, y la otra en Río Grande, a ser entregada el año 2013. Además, tenemos la planta de Urea y Amoniaco, con un costo de 843 millones de dólares, que entrar. en funcionamiento el 2015; una planta de etilenos y polietilenos a ser entregada el 2016, y otra de GTL (de conversión de gas a líquido) que deber. empezar a funcionar el 2014. En relación a la industrialización del litio, hemos dado grandes pasos. Con científicos y tecnóloga boliviana se ha entregado la producción semi-industrial de cloruro de potasio este mes de agosto, y antes de fin de año, se hará lo mismo con el carbonato de litio. Para el 2014, está planificada una gigantesca producción industrial de potasio y litio, además de las fábricas de cátodos y baterías” (García Linera, 2012:111-12).

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* El autor es arquitecto, E-mail: pipoqas@hotmail.com

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La influencia histórica de la convicción patriótica

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