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Actualizado el 2014-05-05 a horas: 11:48:46

Atrevernos a tocar el fuego sagrado

¿Hacia un nuevo Pentecostés en la Iglesia Católica?

Luis Felipe Limarino Montalvan *

Los cristianos católicos consideramos al acontecimiento del Pentecostés como un momento de renovación profunda, total y real para una iglesia temerosa que prefiere el seguro refugio de las estructuras que los ocultan de la vista del pueblo que vive la historia todos los días a la luz del sol. El Espíritu Santo, según la tradición, descendió sobre esta naciente comunidad llenándola de valor para salir al exterior de la morada que los cobijaba para ir por el mundo a proclamar el evangelio. El Espíritu los alejo de las estructuras que fueron buenas en su momento para proteger a la comunidad pero que no servían más si se trataba de vivir y anunciar un sentido de vida en la historia, para la historia. Ya pasaron más de dos mil años desde aquel acontecimiento y hoy, una vez más, la iglesia necesita un nuevo pentecostés. ¿Qué pentecostés necesita hoy la iglesia católica? Aquí solo vamos a mostrar algunas pistas desde el punto de vista generado al evaluar críticamente las estructuras.

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Dos proyectos de iglesia

La iglesia católica atravesaba una de sus peores crisis hasta la llegada del cardenal argentino Jorge Mario Bergoglio al papado. Francisco, como eligió ser llamado desde entonces, heredaba la dirección de la Iglesia católica y toda su institucionalidad de dos milenios de antigüedad. La heredaba de su predecesor, Benedicto XVII quien se dedicó a sumergirla en una especie de saudade de los tiempos gloriosos de la alta edad media europea.

Francisco heredó una institución en cuyo interior se multiplicaban acusaciones y denuncias serias de patologías sexuales del clero. El cristianismo como religión, además, se hacía sentir, en particular en la iglesia católica, como una religión abstracta, de templo y ritualista que, por ello, no despertaba algún autentico interés en los legos de las nuevas generaciones que, en consecuencia, acudían cada vez menos a las misas. El problema, sin embargo, no radicaba en la cantidad de fieles asistentes al templo sino en la perdida de referente que la iglesia católica tenia para la humanidad como institución de «sentido de la vida». Con todo, la iglesia católica dejo de ser el referente de sentido de la vida de Occidente desde los tiempos de la Ilustración europea y, sin embargo, logro conservar mucho de su prestigio hasta nuestros días. Este prestigio amenazaba con ser quebrado definitivamente durante el pontificado de Benedicto XVI. Parecía que el fin de una institución cuyos cimientos no temblaban ni siquiera ante las puertas del infierno podía estar cercana de una manera secular y prosaica. La iglesia católica se derruía por sus propias contradicciones. En un lenguaje más académico, la institucionalidad eclesial atravesaba un proceso entrópico.

En medio de este panorama apareció la sencilla figura de Francisco como el papa sonriente que convoca y anima a todos los creyentes para preparar la llegada de un nuevo pentecostés para esta iglesia tan abandonada en su esperanza. La pregunta entonces es: ¿qué implica un nuevo pentecostés cuando se trata de la institucionalidad de la iglesia católica? Para comenzar a respondernos esta pregunta debemos considerar la influencia de dos figuras que marcaron la identidad de la iglesia católica en la pasada centuria. Debemos preguntarnos por la visión eclesial de Juan XXIII y Juan Pablo II. El primero, con un pontificado de apenas 5 años pero con un gran legado transformador que todavía no ha sido llevado a sus últimas consecuencias. El segundo, grandiosa figura mediática mundial volcada hacia afuera pero que, hacia adentro, llevo a cerrar filas al interior de la iglesia contra los movimientos de liberación latinoamericanos y las propuestas más radicales de Vaticano II. La crisis actual de la iglesia católica no es solo obra de Benedicto XVI ni la esperanza actual que despierta el papa Francisco nace solamente desde su personalidad carismática.

La trasformación o la consolidación de las estructuras

La iglesia apostó, en el siglo pasado, por dos proyectos institucionales antagónicos. Angelo Giuseppe Roncalli que paso a ser conocido el 28 de octubre de 1958 como Juan XXIII optó por una orientación extra-ecclessiam, hacia la historia. Hijo de campesinos vivió su infancia en la sencilla pobreza del campo. Ingreso al seminario de Bergamo cuando apenas despuntaban sus once años de vida. Juan XXII fue inolvidable por su carácter amable y espontaneo y porque apenas tres meses después de su investidura convoco al Concilio Vaticano II para la transformación radical de las vetustas estructuras eclesiásticas.

Vaticano II legó, entre otras cosas, la celebración de la misa en idioma autóctono; la descentralización de la burocracia eclesiástica; la promoción del dialogo con otras religiones (la iglesia dejaba de ser el lugar fuera del cual no existía salvación); la reducción de los onerosos gastos de la curia Además Juan XXII logro mejorar los derechos laborales de los trabajadores domésticos del Vaticano; nombró, por primera vez, cardenales de otras culturas (cuando entonces todos los cardenales eran, por tradición, italianos). Políticamente, asumió una posición crítica ante la política exterior norteamericana en el marco de la Guerra Fría. Es más, asombro a la opinión pública al declarar que la cruzada norteamericana contra el comunismo había sido un completo fracaso y que la CIA no tendría más acceso libre al Vaticano. En ese sentido, en 1963 el Vaticano manifestó la posibilidad de restablecer relaciones diplomáticas plenas con la Unión Soviética ante lo cual, rápidamente, la CIA respondió en la persona de su director, Jhon McCone, quien forzó una entrevista con el pontífice para exponerle sus razones. Durante la entrevista McCone dijo al pontífice que la iglesia “debe parar este acercamiento con el comunismo, es peligroso e inaceptable el regatear con el Kremlin, y que ya en el poder, los comunistas han desmantelado muchas de las políticas llevadas a cabo por los partidos católicos”. A lo que Juan XXIII replico con el siguiente argumento: la iglesia debe “terminar con la pobreza abyecta y la negación de los derechos humanos; acabar con los barrios pobres y los asentamientos miserables; poner fin al racismo y la opresión.” Por lo tanto, el papa “hablaría con cualquiera que lo ayudara a hacerlo, incluso con los soviéticos.” McCone regreso a Washington convencido de que el Papa Juan era “más blando con el comunismo que ninguno de sus predecesores”. Juan XXI falleció el 3 de junio de ese mismo año, dejando tras suyo un legado de cinco años de papado que todavía reclama ser instaurado.

Karol Jósef Wojtyla nació en Polonia y se inició en el sacerdocio a los 22 años de edad. Obtuvo un doctorado en teología en Roma, y en 1958, de regreso a Polonia, fue nombrado obispo titular de Ombi, y obispo auxiliar de Cracovia. Intervino en el Concilio Vaticano II; en 1964 accedió al arzobispado de Cracovia y en mayo de 1967 fue nombrado cardenal. Una carrera eclesiástica brillante y rápidamente ascendente que se consumó con su elección como el papa Juan Pablo II desde el 16 de octubre de 1978 siendo el primer papa no italiano desde 1522. Con Juan Pablo II la iglesia entro en un proceso de entropía al direccionarla intra-muros si bien, no podemos negar que fue el papa que más viajo por el mundo, tampoco podemos negar que manejo con mano de hierro las posibilidades abiertas por Vaticano II disolviendo el espíritu misionero extra-ecclesiam propuesto por Juan XXIII.

Juan Pablo II tomó una posición política en la disputa mundial generada en torno a los fines de la Guerra Fría. Comprendió en sus propios términos que la iglesia católica debía oponerse férreamente al socialismo cualquiera fuese su expresión o nacionalidad. Nacido en un país que sufría continuamente la injerencia de la política exterior rusa inevitablemente, es cierto, por su vecindad geopolítica, decidió realizar, por un lado, una alianza con la CIA y la Casa Blanca para derrotar o debilitar la influencia del campo soviético en Europa y el mundo y, por otro, generalizó la situación de su país, Polonia al resto del mundo. En ese marco combatió la Teología de la Liberación porque la consideraba como un caballo de Troya que servía funcionalmente a los intereses de la Unión Soviética. Por ello cerró los ojos ante la situación del pueblo de El Salvador, país centroamericano que sufría la represión sangrienta y brutal de su propio ejército adiestrado y financiado por Estados Unidos en la decada de los 70’ y 80’s. Es celebre la entrevista de Juan Pablo II con monseñor Romero, obispo de El Salvador en mayo de 1979. Romero llevaba un dossier con las sistemáticas y numerosas violaciones de derechos humanos en su país, como la matanza del sacerdote Octavio Ortiz y de cuatro jóvenes menores de 15 años, en el recinto “Despertar”, en un cursillo de iniciación cristiana. Tras días de espera, Juan Pablo II le concedió una breve audiencia en la cual le amonestó diciéndole: “No me traiga muchas hojas, que no tengo tiempo de leerlas... Y además, procure ir de acuerdo con el gobierno”. Al terminar la entrevista Romero rompió en llanto y dijo a su asistente: “El papa no me ha entendido, no puede entender, porque El Salvador no es Polonia”. En efecto, Juan Pablo II daba por sentado que Polonia era la explicación del mundo y que la injerencia externa, la violación de los derechos humanos y la idolatría, solo podían provenir de los proyectos socialistas. Juan Pablo II falleció siendo papa a los 84 años de edad. Fue sucedido por el alemán Joseph Aloisius Ratzinger, el papa Benedicto XXVI que profundizó la línea pastoral conservadora de su antecesor polaco.

Atrevernos a tocar el fuego sagrado

En la iglesia católica coexisten dos comportamientos que por lo común no suelen concordar. Hablamos de una orientación hacia el mundo y la historia; y de una orientación intrasistémica, autopoietica. Ambos momentos son necesarios pero, en cuanto institución cuyo sentido de ser consiste en ser mediación y no fin, el momento «externo», de orientación hacia el mundo con el objetivo de transformarlo en la historia en función a la construcción del Reino de Dios es preponderante. Por el contrario, cuando prevalece la «orientación interna» suele aparecer la entropía institucional y la avenencia al sistema vigente. Cae en el olvido una tesis fundante: la institucionalidad de la Iglesia es necesaria en cuanto sea funcional al mantenimiento de la identidad cristiana que para ello necesita de una organización con todo lo que ello implica. Esta organización es la potestas de la Iglesia que por ser constituida, es derivada de un poder constituyente: la potentia que son las mismas comunidades cristianas La Iglesia, como institución, no debe jamás olvidar ello... pero lo hace. La iglesia como institución jerárquica, centralista y machista suele olvidar que es mediación de las comunidades cristianas para el mantenimiento de su organización y su identidad. Identidad que solo se realiza en la construcción histórica del Reino de Dios como utopía cristiana. Dicho de otro modo: la institucionalidad de la iglesia católica es legítima en cuanto mediante ésta los creyentes buscamos el Reino de Dios como preocupación primordial siendo que, la Iglesia como institución, en cuanto es funcional a esta búsqueda, será constantemente legitimada y renovada en su institucionalidad.

Nosotros, como comunidad eclesial de base, pensamos que la crisis actual de la Iglesia tiene que ver con su fetichización institucional, intra-ecclessiam. Toda institución tiene como eje una concepción y práctica del poder y, por ello, creemos que la superación de esta crisis entrópica de la Iglesia pasa por una consideración critica de la concepción del poder que sostiene. La Iglesia es heredera de una Buena Nueva que, entre otras cosas, es portadora de una concepción y practica del poder. Sí, de poder –lamentablemente, este término sufre una captura ideológica similar a la que sufre, por ejemplo, el término mercado el cual, en el sentido común, aparece como sinónimo de relaciones mercantiles capitalistas. Este poder no obstante, no es el poder a secas. Es un poder concebido y vivido como servicio. Podemos hablar del poder-como-servicio, poder obediencial o Mandar Obedeciendo expresado en contraposición al poder-como-dominación o poder a secas producido en la Modernidad que es una concepción de poder del sentido común de la totalidad y pertinente a cualquier sistema de dominación. La concepción del poder-como-dominación es la más ampliamente ejercida no tanto porque sea intrínseca a la política sino porque es hegemónica.

Sin embargo, Yeshua distingue precisamente entre estas dos formas de Poder y nos brinda un criterio de discernimiento para su distinción: “Saben ustedes que los que son tenidos como jefes de las naciones las gobiernan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre ustedes; sino que el que quiera llegar a ser grande entre ustedes, será su servidor, y el que quiera ser el primero entre ustedes será esclavo de todos; ya que tampoco el Hijo del Hombre ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos” Mc 10, 42-44; Lc. Por tanto, un nuevo pentecostés en la iglesia católica debe partir desde la consideración valiente de la necesidad de revolucionar las estructuras institucionales que permiten la reproducción de un tipo de poder no acorde con la identidad cristiana y, por ende, no funcional al proyecto de construcción histórica del Reino de Dios. La institución no puede existir sin poder pero este poder no puede ser dominación sino servicio al otro, al que se encuentra más allá de mi totalidad, de otro modo produce entropía. El poder como servicio es un carisma y todo carisma es un don del Espíritu, por tanto, es espiritual. Empero, las estructuras institucionales disuelven gran parte de ese carisma, de ese espíritu en su centralismo jerárquico que, por muchos esfuerzos de acercamiento y descenso que realice para tener «olor a oveja» siempre termina reproduciendo, al fin, un tipo de poder del que retóricamente perjura en repetidos llamados para renovar la iglesia. Por tanto, el desafío esta puesto. La ebullición espiritual, real, de la iglesia, solo puede concluir en una disolución de las estructuras institucionales imperiales heredadas de la antigüedad greco-romana y el surgimiento de un principio organizador fundado en los carismas de las comunidades. No estamos proponiendo la desaparición de la iglesia como institución, solo soñamos con que sea una institución más democrática que no ponga obstáculos al fuego del espíritu que nos anima, como dijo Luis Espinal, para librarnos “de la prudencia cobarde, la que nos hace evitar el sacrificio y buscar la seguridad.” La iglesia es medio, como bien lo entendió Juan XXIII, no fin, como la entendió Juan Pablo II.

Si no tocamos las estructuras de poder de la iglesia católica actual (su lastre centralizador, jerárquico y machista), creemos –y esperamos equivocarnos– que la exhortación apostólica Evangeli Gaudium, y la mediatización de la imagen del actual pontífice producirá, en el mejor de los casos, un populismo cristiano que celebrará gozoso, como en las mejores épocas de Juan Pablo II, una danza alrededor del fuego sagrado que contempla pero que no osa tocar.

* Laico comprometido de la iglesia católica. Miembro de la comunidad eclesial de base: Café Semilla Juvenil. e-mail: limarino@hotmail.es

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