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Área: Opinión >> Periodismo ciudadano
Actualizado el 2014-04-21 a horas: 21:03:00

Violencia a escala global contra lugares, especies y seres humanos

Llamemos al cambio climático por su nombre: violencia

Rebecca Solnit *

Si eres pobre, la única forma probable de herir a alguien es la vieja forma tradicional: violencia artesanal podríamos llamarla, con las manos, un cuchillo, un garrote, o acaso con la moderna violencia práctica, con un arma o un coche. Pero si eres tremendamente rico, puedes practicar la violencia a escala industrial sin ningún trabajo manual de tu parte. Puedes, digamos, construir una fábrica de pura explotación que se venga abajo en Bangladesh y mate a más gente de la que haya matado ningún asesino múltiple artesanal, o puedes calcular el riesgo y beneficio de poner en circulación venenos o máquinas que no sean seguras, como hacen los fabricantes todos los días.

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Si eres líder de un país, puedes declarar la guerra y matar a centenares de miles o millones. Y las potencias nucleares – los EE.UU. y Rusia – tienen incluso la opción de destruir bastante de la vida sobre la Tierra. Lo mismo hacen los barones del carbono. Pero cuando hablamos de violencia, siempre hablamos de la violencia de abajo, no de arriba.

O eso pensaba yo cuando recibí un comunicado de prensa de un cambio climático que anunciaba que “los científicos declaran que existe un vínculo directo entre un clima cambiante que aumente la violencia”. Lo que dijeron en realidad los científicos, en un artículo de hace dos años en Nature no tan noticioso, es que hay más conflictos en los Trópicos en los años de El Niño y que acaso esto se recrudezca para convertir también nuestra era de cambio climático en una época de conflicto civil e internacional.

El mensaje es que la gente corriente no se portará bien en una época de cambio climático intensificado. Todo esto tiene sentido, a menos que se retroceda a la premisa y se advierta que el cambio climático es en si mismo violencia. Violencia extrema, horrible, de larga duración, generalizada.

El cambio climático es antropogénico: lo provocan los seres humanos, algunos mucho más que otros. Conocemos las consecuencias de ese cambio: la acidificación de los océanos y el declive de muchas especies en su seno, la lenta desaparición de naciones isleñas como las Maldivas, el aumento de las inundaciones, la pérdida de cosechas que llevará a subidas de precios en los alimentos y hambrunas, y un clima cada vez más turbulento (pensemos en el huracán Sandy y el reciente tifón de las Filipinas, así como en las olas de calor que matan a decenas de millares de personas ancianas).

El cambio climático es violencia

Así que si queremos hablar de violencia y cambio climático – y de ello estamos hablando, tras el horripilante informe la semana pasada de los más importantes científicos del clima– hablemos del cambio climático como violencia. Más que preocuparse acerca de si los seres humanos corrientes reaccionarán de modo turbulento a la destrucción de sus medios mismos de supervivencia, preocupémonos por esa destrucción, y por su supervivencia. Por supuesto, la pérdida de agua y de cosechas, las inundaciones y demás ocasionarán migraciones masivas y refugiados a causa del clima -ya está sucediendo –, y esto llevará a conflictos. Estos conflictos son los que ahora se están poniendo en movimiento.

Se puede contemplar en parte la Primavera Árabe como un conflicto climático: el aumento de los precios del trigo fue uno de los desencadenantes de la serie de revueltas que cambiaron la faz del África más septentrional y Oriente Medio. Por un lado, se puede decir qué bien si esta gente no hubiera pasado hambre, antes que nada. Por otro lado, ¿cómo no vamos a decir que es magnífico que estas gentes se levantasen contra la privación de sustento y esperanza? Y luego hay que ver los sistemas que crearon esa hambre, las enormes desigualdades de lugares como Egipto y la brutalidad empleada para someter a la gente de los estratos inferiores del sistema social, lo mismo que hay que considerar el clima.

La gente se subleva cuando sus vidas se vuelven insoportables. A veces es la realidad material la que las hace insoportables: sequías, plagas, tormentas, inundaciones. Pero la alimentación y la atención sanitaria, la salud y el bienestar, el acceso a vivienda y educación, también estas cosas están gobernadas por medios económicos y políticas gubernamentales. Contra eso era contra lo que iba la revuelta de Occupy Wall Street.

El cambio climático hará que aumente el hambre a medida que suban los precios de los alimentos y flaquee la producción de alimentos, pero ya tenemos hambre generalizada en la Tierra, y buena parte de la misma no se debe a fallos de la naturaleza y los agricultores sino a los sistemas de distribución. Casi 16 millones de niños pasan hambre en los Estados Unidos, de acuerdo con el Departamento de Agricultura norteamericana, y no se debe a que los inmensos EE.UU., de tan rica agricultura, no puedan producir lo bastante como para alimentarnos a todos. Somos un país cuyo sistema de distribución es en sí mismo una especie de violencia.

El cambio climático no va a traernos de repente una época de distribución equitativa. Sospecho que la gente irá levantándose en un próximo futuro contra aquello contra lo que se rebelaba en el pasado: las injusticias del sistema. Deberían rebelarse, y nosotros deberíamos alegrarnos de que se rebelen, si no alegrarnos de que tengan que rebelarse. (Aunque una espera que se den cuenta de que no es en la violencia donde reside necesariamente su poder). Uno de los hechos que dio lugar a la Revolución Francesa fue la pérdida de la cosecha de trigo de 1788, que hizo que se disparasen los precios del pan y los pobres pasarán hambre. A menudo se piensa que el autoritarismo y unas amenazas mayores a los pobres representan un seguro contra sucesos así, pero no es más que un intento de ponerle una tapadera a lo que bulle por debajo; otra forma consiste en bajar el fuego.

La misma semana en la que recibí ese comunicado de prensa tan inoportuno sobre el clima y la violencia, la Exxon Mobil Corporation publicó un informe estratégico. Es una lectura tediosa, a menos que se consiga traducir el árido lenguaje de los negocios en imágenes de las consecuencias de estas acciones realizadas por razones de beneficio. Dice Exxon:

“Confiamos en que ninguna de nuestras reservas de hidrocarburos quede o llegue a quedar ‘varada‘. Creemos que producir estos activos resulta esencial para satisfacer las crecientes demandas energéticas mundiales.

Los activos varados que significarían activos de carbono – carbón, petróleo, gas todavía en el subsuelo – perderían todo su valor si decidiéramos que no se pueden extraer ni quemar. Puesto que los científicos afirman que tenemos que dejar en el subsuelo la mayoría de las reservas mundiales conocidas de carbono si vamos a escoger la versión suave del cambio climático, en lugar de la más extrema. En la versión más suave sobrevivirá un número incontable de más gente (especies, lugares). En una hipótesis del mejor de los casos, dañamos menos a la Tierra. Nos debatimos por ver cuánto vamos a devastar la Tierra.

Tenemos, en cualquier campo, que examinar la violencia sistémica y a escala industrial, no sólo la violencia práctica de los menos poderosos. Cuando se trata del cambio climático, esto resulta especialmente cierto. Exxon ha decidido apostar a que no podemos lograr que la empresa deje sus reservas en el subsuelo, y la compañía está garantizando a sus inversores que seguirá consiguiendo beneficios a costa de la rápida, violenta e intencionada destrucción de la Tierra.

Es una frase gastada la de la destrucción de la Tierra, pero tradúzcase en el rostro de un niño famélico y un campo yermo...y multiplíquese eso unos cuantos millones de veces. O bien imaginémonos los minúsculos bivalvos: vieiras, ostras, caracolas del Ártico que no pueden formar sus caparazones en los océanos que ahora mismo se están acidificando. U otra macrotormenta que deshace otra ciudad. El cambio climático es violencia a escala global, contra lugares y especies, así como contra los seres humanos. Una vez lo llamemos por su nombre, podremos empezar a tener una conversación de verdad sobre nuestras prioridades y valores. Pues la revuelta contra la brutalidad comienza con una revuelta contra el lenguaje que oculta esa brutalidad.

* Autora de 13 libros, incluyendo de A Paradise Built in Hell: The Extraordinary Communities that Arise Disaster y coautora, con su hermano David, de The Battle of the Story of the Battle of Seattle, una breve antología sobre cómo ese evento que cambió la historia ha sido tergiversado, con reproducciones de algunos de los documentos originales. Fuente: The Guardian, 7 de abril de 2014; traducido para www.sinpermiso.info por Lucas Antón.

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