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Actualizado el 2013-12-18 a horas: 23:12:06

Descenso vertiginoso hacia el pantano

El año en que Libia comenzó a fragmentarse

Moisés Saab *

El Cairo (PL).- Milicias desenfrenadas y un Gobierno endeble que existe sólo de manera formal son las características que marcan la fragmentación de Libia en pequeños califatos, el resultado más visible de la geoestrategia de las potencias occidentales. Meses atrás, las regiones de Fezzan y Cirenaica se proclamaron provincias federales autónomas y nombraron a sus propias autoridades.

Regiones libias proclaman la secesión por la debilidad gubernamental

Trípoli (PL).- El 27 de septiembre la región sudoccidental libia de Fezzan decidió proclamarse provincia federal autónoma y nombró presidente a Nouri Mohammad al-Qouizi a causa de la debilidad del gobierno central. Un mes antes la región de Cirenaica, colindante por el este con Fezzan,  adoptó una decisión similar por las mismas razones.

Jefes tribales de la región declararon que en breve designarán a un jefe militar encargado de proteger las fronteras y los recursos naturales de la flamante región autónoma, que tiene una extensión de 551.170 kilómetros cuadrados y una población estimada próxima a los 443 mil habitantes.

La decisión fue adoptada debido a la “débil actuación del Congreso General Nacional”, (CGN), el gobierno de facto desde el derrocamiento del gabinete liderado por Muamar Gadafi tras una agresión militar de la OTAN a fines de 2011.

El desmembramiento de Libia, hasta hace apenas tres años uno de los países africanos con mejores índices de desarrollo humano, parece una consecuencia del caos entronizado por las milicias armadas que sirvieron de sombrilla a la agresión armada de la OTAN. Desde entonces el país, que posee vastos recursos petroleros, está sumergido en una ola de violencia ante la impotencia del CGN y las milicias armadas se disputan el control de áreas en esta capital y en otras zonas del país.

A dos años de la muerte del expresidente libio Muamar Gadafi, el país se encuentra al borde de una guerra civil, con la ciudad de Bengasi como epicentro de los combates, afirmaron el 21 de octubre los medios de prensa. De acuerdo con el periódico Magharebia, los enfrentamientos entre milicias radicales y tropas regulares en esa ciudad se intensificaron cuando se cumplieron dos años del asesinato de Gadafi. El rotativo recordó que una semana antes dos soldados fueron degollados mientras dormían en una base del ejército.

Igualmente fue tiroteado y asesinado el comandante de la Policía Militar de Libia, Ahmed al-Barghathi, cuando salía de una mezquita, divulgó Magharebia.  Horas más tarde unidades armadas atacaron con fusiles y cohetes la casa de Wissam Ben Hamid, un destacado comandante de las milicias insurgentes, mientras otra parte de los regulares se dirigió a la casa de Ahmed Abu Khattala, otro comandante de los radicales. Ben Hamid apareció en la televisión en vivo para insistir en que no tuvo nada que ver con el asesinato de Barghathi y prometió represalias contra los que destruyeron su casa.

Por otra parte, los federalistas de Cirenaica, donde se encuentra la mayor parte del petróleo libio, abrieron su propio parlamento independiente en Bengasi, una acción que podría presagiar la desintegración del país.

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El descenso en picada de Libia hacia la ingobernabilidad adquirió velocidad vertiginosa cuando hace poco los miembros de una milicia armada atacaron con ametralladoras pesadas a manifestantes que demandaban su salida de la capital del país norafricano. La masacre, en la cual fueron abatidos casi medio centenar de civiles, más que un hecho aislado es la síntesis de una situación gestada desde que los grupos armados tomaran control del país y lo fragmentaran en mini feudos, donde reinan, y por cuyo control combaten a sangre y fuego.

En realidad la crisis por la que atraviesa ese país, rico en petróleo y en aguas subterráneas a pesar de sus características desiertas, y de accidentada historia, surgió tras el derrocamiento en 2011, vía una agresión armada de los países miembros de la OTAN, del Gobierno liderado por Muammar Gadafi.

Esos grupos armados, de composición heterogénea, incluso con miembros venidos del extranjero, sirvieron en bandeja de plata el pretexto para la peculiar interpretación de la resolución aprobada en el Consejo de Seguridad sobre los disturbios que estallaron en el país tras el inicio de lo que ha dado en llamarse la primavera árabe.

La resolución 1973 del Consejo de Seguridad de la ONU, aprobada el 17 de marzo de 2011, autorizó a “tomar todas las medidas necesarias” en Libia para “proteger a los civiles y a las áreas pobladas bajo amenaza de ataques”, incluyendo la creación de una zona de exclusión aérea sobre el país. El texto descartaba de manera explícita la intervención terrestre en cualquier parte de Libia, pero las palabras claves estaban en la posibilidad de establecer una zona de exclusión aérea.

Este fue el mismo mecanismo empleado contra el Gobierno de Saddam Hussein con el pretexto de proteger a las comunidades kurdas asentadas en el norte del país, las mismas que Reino Unido trató de exterminar en los años ‘20 cuando amenazaban su control colonial de Irak.

Fue la única ocasión en que esa estación del año, que comienza con el renacimiento de la vida tras el invierno, cayó en diciembre, ya que el mote le fue adjudicado a partir de las protestas contra el ex presidente tunecino Zine El Abidine Ben Alí y continuadas en Egipto a principios del año siguiente.

Un hecho inexplicable fue la abstención de Rusia y China en la votación del 17 de marzo de 2011 en la cual fue aprobado el documento, plataforma evidente de una operación de control de daños lanzada por el Gobierno de Estados Unidos al que tomó por sorpresa la reacción en cadena contra el “rais” egipcio, Hosni Mubarak, su mejor aliado en el norte de África y el Levante, quien había sido obligado a renunciar semanas atrás.

Lo demás es historia: Washington abandonó a Mubarak a su suerte, tras cerciorarse de que sus intereses geopolíticos estaban bien custodiados por la junta castrense a la que este dio paso, agotado por más de tres décadas de ejercicio del poder. El mandatario, asediado por los disturbios que abarcaban a todo este país, y tras una conversación telefónica de media hora con su homólogo estadounidense Barack Obama, tuvo que ceder el puesto, en previsión de daños mayores que podrían afectar el estatus quo, sacralizado por el acuerdo de paz con Israel.

En realidad el Gobierno libio era una víctima fácil debido a las muchas enemistades que se había hecho Gadafi en el Levante y en el continente africano, además de su error estratégico vital: creer que su evidente acercamiento a Estados Unidos, Francia e Italia, además del asesoramiento del ex primer ministro británico Anthony Blair, lo reforzaba en el ejercicio del poder por tiempo indefinido.

La confusión de Gadafi tuvo consecuencias fatales para su país y en el resto del área, como demuestran los acontecimientos en Siria, donde las potencias occidentales intentaron reeditar el caso libio con el resultado de un conflicto que ha causado cientos de miles de muertos, heridos y desplazados y una tragedia humanitaria que cada vez resulta más insoportable para los estados vecinos.

Después de más de dos años de la captura y asesinato de Gadafi, en circunstancias más que oscuras y de ribetes horrendos, los jefes de las milicias armadas han visto una oportunidad dorada de hacerse de una base segura para lograr sus objetivos económicos e ideológicos y económicos.

Prueba de ellos son los lazos de los irregulares libios con el movimiento secesionista en Malí, atenuado por una intervención armada directa de Francia cuyos gobiernos sucesivos, encabezados por Nicolás Sarkozy y su antípoda político, Francois Hollande, demostraron que la distancia que los separa cuando de temas geopolíticos se trata, es mínima. Si Sarkozy hizo un alarde de superpotencia en el caso de Costa de Marfil, vitrina fallida gala, Hollande tuvo su Malí y, de contra, la República Centroafricana.

El panorama libio se complicó más aún después de que los grupos irregulares y los jefes tribales de la región de la Cirenaica proclamaron a fines de octubre la autonomía, presentaron un Gobierno y organizaron una compañía que se encargará de comercializar el petróleo que se extrae en la zona, lo cual debilitó aún más al Gobierno del primer ministro Ali Zeidan.

La amenaza de Zeidan de pedir una intervención armada de las potencias para restaurar el orden no parecen haber tenido un efecto duradero ya que es evidente que los gestores del caos carecen de la disposición mínima de involucrarse en un país que cada día tiene más aspecto del clásico pantano en el que nadie está dispuesto a hundirse. Además, ¿a quién le interesa tener un país independiente cuando hay tanto petróleo en juego y de fácil acceso en ese clima de fragmentación?

Otrora uno de los países con mayor índice de desarrollo humano en África, la antigua Jamahirya ha devenido campo de batalla de entidades armadas que se disputan zonas del país en las cuales extorsionan a la población e imponen sus leyes por la fuerza de las armas.

El punto más crítico de ese cuadro desolador ocurrió a mediados de noviembre cuando amparados en la impunidad que se han construido al abrigo de la debilidad oficial, los miembros de una de esas agrupaciones armadas ametralló a una manifestación pacífica convocada por las autoridades en demanda de su salida de Trípoli, la capital.

Casi medio centenar de personas murieron y centenares resultaron heridas en la masacre, sin que las potencias occidentales, ejecutores de la intervención armada a través de la OTAN, asumieran la responsabilidad que les corresponde. Esa matanza es la síntesis de una situación que se ha gestado desde que los grupos armados tomaran control del país y lo fragmentaran en feudos en los cuales reinan y por cuyo control combaten a sangre y fuego.

* Corresponsal de Prensa Latina en Egipto.

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