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Actualizado el 2013-11-15 a horas: 20:23:20

Ginebra: Diplomacia, relojes y bosones

Berna, Einstein y las cebollas

Julio Hernández *

Albert Einstein, el genial físico teórico del siglo XX, y las cebollas tienen un punto en común: sus nombres están asociados, aunque por circunstancias diferentes a la ciudad de Berna, la medieval capital de Suiza. Por su parte, Ginebra es famosa por su tradición en la manufactura de relojes e instrumentos de precisión.

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Por un lado, Einstein estudió, vivió y trabajó durante varios años en la pequeña ciudad de Berna e incluso concibió y publicó allí en 1905 cuatro de las investigaciones que le dieron renombre universal, una de las cuales, el efecto fotoeléctrico, le valdría el Premio Nobel de Física en 1921. Otra de ellas, la Teoría Especial de la Relatividad, y su desarrollo posterior, la Teoría General de la Relatividad, le garantizarían un lugar permanente en la historia de la física.

Hoy existe una suerte de museo conmemorativo de la presencia de Einstein en Berna en el apartamento en que residió con su familia en el segundo piso del número 49 de la calle Kramgasse, en pleno centro, a sólo 200 metros de la afamada Torre del Reloj (Zeitglockenturm en alemán). Fue allí donde realizó sus hallazgos, mientras trabajaba en un empleo en la Oficina de Patentes de Berna, donde se encargaban del registro de la propiedad intelectual.

Por su parte, las cebollas están asociadas a la historia de la propia ciudad a partir de un devastador incendio ocurrido en 1405. La localidad fue reconstruida gracias al trabajo, entre otros, de los agricultores de los cantones cercanos, quienes obtuvieron a cambio poder organizar una gran feria agrícola anual.

Entre la plaza de la Estacion ferroviaria y la Plaza del Palacio Federal más de 100 toneladas de cebollas de múltiples variedades y colores se ponen a la venta en la última semana de noviembre en forma de trenzas y animalitos, en medio de productos agrícolas de todo tipo. Es, sin dudas, todo un acontecimiento anual que llena de colorido el frío otoño suizo.

Pero Berna no está relacionada solo con la ciencia y la agricultura: su sector más antiguo es ante todo un gran museo arquitectónico medieval al aire libre al que la Unesco le otorgó la categoría de Patrimonio de la Humanidad desde 1983. El escudo de armas o blasón heráldico de la ciudad tiene un oso en su centro pues según la leyenda el fundador la villa en el año 1191, el duque Berthold V de Zhringen, cazó un oso en el lugar, lo cual sirvió para dar nombre a la incipiente aldea, pues en alemán Bern=Oso.

Pero este no es el único símbolo de Berna. A través de sus seis kilómetros de avenidas se observan arcadas y pesadas columnatas, que escoltan verdaderas galerías de soportales con lujosos establecimientos comerciales, cubiertos por añejas edificaciones coronadas por tradicionales buhardillas. Estos edificios muestran en sus fachadas los blasones y estandartes de antiguas familias en largas calles donde el medioevo está presente a cada paso y en cualquier esquina.

En Berna también llama la atención su inmaculada limpieza, al igual que el silencio, pues en la ciudad vieja el tránsito está prohibido, salvo para lo vehículos municipales de transporte colectivo, garantizado por los tranvías, los trolebuses y los ómnibus. Esa limpieza, unida a la protección de la naturaleza y el medio ambiente son factores que han permitido incluir a la urbe de 125 mil almas entre las de mayor calidad de vida del mundo.

Hoy la aglomeración ha crecido en todas direcciones y agrupa a más de 300 mil habitantes, incluyendo a poblados y villas de los cantones cercanos, como el de Fribourg. La capital helvética está rodeada por uno de los meandros del río Aar, conocido por ser el único río del país que tiene su origen y su fin dentro del propio territorio nacional. Durante las turbulentas épocas de la Edad Media este río protegía la ciudad por tres lados contra ataques enemigos, y el cuarto lado por las murallas, ya desaparecidas.

Resulta curioso el cuidado con que se conservan los inmuebles, muchos de los cuales con casi un milenio de existencia, como la Torre del Reloj, levantada originalmente en el siglo XII, a la que se le agregó un reloj astronómico para seguir los movimientos del Sol, la Luna y los planetas.

El casco histórico está adornado con fuentes y esculturas, como la del Alcabucero, lo cual le da un carácter especial a Berna, diferente al de otras ciudades suizas. La parte antigua se comunica con los demás barrios gracias a viejos puentes sostenidos por sólidos arcos de piedra. Aunque aquí hay más de 70 embajadas y representaciones de organismos internacionales, la capital de suiza es una urbe tranquila y silenciosa, pues el ajetreo diplomático se concentra más bien en Ginebra y el de los negocios y las finanzas en Zurich.

La ciudad, situada en la región de Mitteland, en la meseta suiza, está escoltada por dos grandes macizos montañosos, el de la cordillera de Los Alpes hacia el sur y el del Jura, hacia el noroeste, a lo largo de la frontera con Francia. Como estas montañas permanecen coronadas por la nieve, lo menos que se puede decir es que incluso los veranos berneses están lejos de ser cálidos, con temperaturas de unos 15 grados como promedio.

Por lo general, quienes tienen que ir a Berna llegan allí mediante el ferrocarril, pues de costumbre deben resolver primero alguna gestión en Zurich o Ginebra. Para ello tendrán que llegar a la moderna estación ferroviaria, una encristalada estructura inaugurada en 1974, desde la cual se puede viajar, entre carteles redactados en alemán, francés, italiano y romanche (los idiomas oficiales helvéticos) a la mayoría de los países del occidente europeo.

Ginebra: Diplomacia, relojes y bosones

Ginebra es uno de los 26 cantones de Suiza e, indudablemente, uno de los más famosos por su importancia como centro diplomático mundial y por su tradición en la manufactura de relojes e instrumentos de precisión, y desde hace pocos años un laboratorio avanzado para las investigaciones nucleares.

Aunque apenas llega a los 200 mil habitantes en sus tradicionales límites administrativos, en realidad la ciudad constituye el centro de una aglomeración urbana de 1.2 millones de habitantes, extendida a otros cantones suizos y los vecinos departamentos franceses de Ain y Alta Savoya.

Encerrada entre las altas cumbres alpinas, el macizo francés del Jura y un precioso lago, Ginebra cautiva, salvo cuando el viento conocido como bise sopla con fuerza a lo largo de sus calles y avenidas y obliga a mantenerse a buen resguardo. Su ubicación geográfica ha hecho que la historia ginebrina haya estado permeada de múltiples avatares desde sus orígenes, cuando era tan sólo una aldea junto al lago Leman, al pie de la cordillera de Los Alpes.

En el año 121 a.n.e., tras la derrota de la tribu gala de los Allobroges por parte de las centurias romanas, el caserío de madera y argamasa en la embocadura del río Ródano, en el extremo sur del lago, pasó a ser un puesto avanzado del imperio, aunque no fue hasta el año 58 a.n.e. que entró en la historia al ser mencionado por Julio Cesar en sus Apuntes de la Guerra de las Galias.

La ciudad perteneció sucesivamente a lo largo de los siglos a diferentes conquistadores, emperadores, reyes y duques, sobre todo desde que entró en el mundo cristiano luego de la construcción del primer templo de oración en el siglo IV. Ginebra quedó marcada para siempre por el movimiento protestante a partir de 1526, cuando mercaderes alemanes comenzaron a propagar las ideas antipapistas en lo que después sería uno de los más importantes centros diplomáticos del mundo.

La influencia de Berna, que hoy es la capital de la Confederación, en la zona germánica, permitió que el movimiento se extendiera aún más, a tal punto que la celebración de la misa católica fue prohibida en 1535, primer paso para la adopción de la Reforma como política religiosa a partir del año siguiente, lo que le ganó el calificativo de “La Roma protestante”.

Fue en ese momento que entra en escena Juan Calvin, predicador francés, quien al llegar a Ginebra ejerció una influencia determinante en la ideología protestante, y es considerado el creador del calvinismo como corriente teológica. En esa época fue, sin dudas, el Reformador dominante. Además de Calvin, otro personaje famoso de la ciudad fue años después el filósofo Jean-Jacques Rousseau.

Cuando uno llega hoy a la ciudad lo primero que ve al bordear el lago es un gigantesco chorro de agua que asciende a una altura de 140 metros a la velocidad de 200 kilómetros por hora, el cual se ha convertido en el signo distintivo del cantón. Al fondo queda la cadena de edificios, con la misma arquitectura que cualquier ciudad francesa, donde se entremezclan teatros, grandes almacenes comerciales, universidades, restaurantes, en una profusión tal que parece querer emular con una urbe de mayores dimensiones.

La presencia de la oficina europea de Naciones Unidas hizo que otras 21 organizaciones internacionales se sintieran atraídas por el lugar, así como más de 250 organizaciones no gubernamentales. De esta manera, la ciudad concentra la mayor densidad de diplomáticos y funcionarios internacionales por metro cuadrado del mundo, pertenecientes a entidades como la Organización Mundial de la Salud (OMS), la Organización Mundial de Comercio (OMC), el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), el Consejo de Derechos Humanos, la Unión Internacional de Telecomunicaciones, la Organización Meteorológica Mundial (OMM) y otras muchas.

En los últimos tiempos la ciudad ha adquirido renombre también como sede de la Organización Europea para la Investigación Nuclear -conocida por la sigla CERN, que responde al nombre en francés Conseil Européen pour la Recherche Nucléaire-, donde a lo largo de los años se han acumulado notables descubrimientos en el campo de la física, con la participación de científicos de muchas partes del mundo.

Más recientemente allí se instaló el Gran Colisionador de Hadrones (LHC, por sus siglas en inglés), una potente máquina que permitió obtener constancia de la existencia del bosón de Higgs (el campo que da masa a todas las demás partículas), con lo cual se completó el Modelo Estándar de la física actual.

Las instalaciones de CERN se encuentran cerca del aeropuerto de Cointrin, a caballo en la frontera que separa a Francia de Suiza. No obstante la atracción que ejerce entre los funcionarios internacionales, para los oriundos de la ciudad Ginebra es ante todo la plaza Cornavin, en el corazón de la aglomeración, donde se encuentra la estación ferroviaria central, desde donde se puede viajar a toda Europa, incluso en trenes de alta velocidad.

Como se trata de un servicio federal, todos los empleados del ferrocarril que atienden a los pasajeros hablan los alemán, francés e italiano y, a veces, romanche, el cuarto idioma del país, y frecuentemente inglés en las rutas internacionales.

La relojería suiza, que tiene su centro en los alrededores de Ginebra, surgió gracias al calvinismo, que prohibió desde el siglo XVI el uso de joyas, por lo cual los orfebres de la ciudad se transformaron en relojeros, para así poder adornar sus creaciones con brillantes y otras piedras preciosas.

Los bancos ginebrinos sólo ceden en importancia a los de Zurich, pero de cualquier manera se los considera como los primeros del mundo en la gestión de las fortunas privadas de extranjeros de todas las vertientes económicas, algunas como resultado de inconfesables negocios.

La puntualidad de su transporte público, la limpieza proverbial de sus calles y casas, y el acento francés meridional de sus gentes son otros de los elementos que caracterizan la personalidad de Ginebra.

* Periodista de la Redacción de Servicios Especiales de Prensa Latina.

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