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Área: Opinión >> Comentarios y enfoque
Actualizado el 2013-06-05 a horas: 23:49:20

¿Cuál es el carácter de la interrelación? ¿Cuál es su desarrollo previsible?

Los alimentos, el hambre y la ciencia

Ismael Clark Arxer *

(CUBARTE).- El Mundo enfrenta desde hace algún tiempo una situación peculiar, en la que los precios de los alimentos se vienen elevando año por año de manera progresiva y esa tendencia parece que habrá de mantenerse en el futuro que se avizora. Sobre ese complejo panorama intervienen diversos factores, que se entrelazan y combinan para conformar un cuadro generalmente adverso.

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Uno de esos factores negativos es la reducción que viene ocurriendo en algunas cosechas esenciales. Por ejemplo, es un hecho que en el pasado año 2012 se registró una disminución en la producción mundial de trigo, del orden de algo más de un cinco por ciento. A su vez, y como resultado de los efectos de la sequía experimentada en importantes zonas productoras, no se produjo el aumento que se esperaba para ese año en la producción de los llamados “cereales secundarios”, es decir, de aquellos destinados de manera preferente a la alimentación animal.

Tampoco fueron buenas las cifras correspondientes a la producción mundial de arroz en ese propio año 2012. Un dato ilustrativo de la situación es que la cosecha de cereales en Estados Unidos fue la menor de los últimos seis años.

Sin embargo, la situación más dramática corresponde a los países del Sahel, en los cuales los malos resultados en las cosechas del año 2011condujeron a que 19 millones de personas se encontrasen en situación de necesidad apremiante de ayuda alimentaria. También en la región del Medio Oriente las informaciones disponibles indican una reducción de la seguridad alimentaria en esa zona.

La cuestión adquiere particular relieve cuando se examina a escala global. Las estimaciones de la FAO publicadas en 2011 para el período 2006-2008, indicaban que había 850 millones de personas hambrientas, lo cual corresponde al 15,5% de la población mundial. La cifra había venido disminuyendo a partir de un máximo de más de mil millones registrado a principios de los años 90. Hoy día hay quienes afirman que esta cifra ha vuelto a elevarse hasta el entorno de los mil doscientos millones.

Es un hecho amargo pero cierto que los avances que comenzaron a propiciar un cierto alivio de la falta de alimentos se han estancado en muchas regiones. Los países del África subsahariana son los que con mayor intensidad sufren las consecuencias de las crisis financiera y alimentaria. En las regiones en desarrollo, casi uno de cada cinco niños menores de 5 años pesa menos de lo normal.

Es cierto que, a pesar de todo, la situación general ha experimentado cierto grado de avance. Por ejemplo, en las regiones en desarrollo, el porcentaje de niños menores de cinco años con peso por debajo del normal ha decrecido, para pasar del 29% en 1990 al 18% en 2010.

Sin embargo, no sería prudente extraer conclusiones apresuradas. Al decir del destacado ambientalista español profesor Pedro Arrojo en reciente entrevista, la crisis alimentaria no es tanto una crisis de producción de alimentos como de acceso a los alimentos que se producen o se pueden producir. El problema está fundamentalmente en la pobreza, no en la falta de producción. Al menos en el presente.

El asunto tiene que ver con los efectos derivados de la creciente desarticulación social y cultural del medio rural, de comunidades tradicionales que se ven desprotegidas de la protección que les brindaba su lugar tradicional de habitación. Todos esos factores, según el citado experto, van agravando los procesos de miseria, de vulnerabilidad de las comunidades y, al final, de acceso a los alimentos.

Ahora bien, se estima que para el año 2050 la población mundial habrá alcanzado los nueve mil millones de habitantes. En ese plazo, las estimaciones de la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) indican que la disponibilidad promedio de calorías por habitante podría elevarse a 3 130 kilocalorías por persona, lo que representaría un incremento del 11% por sobre el nivel alcanzado en el 2003.

Aun así, siempre según la mencionada fuente, hasta un 4% de la población en países subdesarrollados permanecería en situación de subnutrición crónica.

Visto de otra manera, se prevé que la población mundial crecerá hasta en un 50% para mediados de siglo, en tanto que la producción de alimentos debería crecer, para satisfacer esa expansión de la demanda, a un ritmo de 70% de incremento anual en ese mismo período. Esto equivale a decir que la producción per cápita necesitaría crecer en alrededor de un 22%. No obstante, la tierra agrícola disponible se verá disminuida hasta en un 50% en esas próximas tres décadas.

Por otro lado, el hecho de que el aumento de producción per cápita no se corresponda con el nivel de incremento esperado en términos de calorías obedece a los cambios que se consideran necesarios en la calidad de la dieta. Se considera imprescindible, en ese sentido, un tránsito hacia alimentos de mayor valor nutricional pero menor contenido calórico, mayor presencia de fibras y frutas, así como de productos derivados de la ganadería.

En cualquier caso, al proyectar las necesidades productivas futuras se ponen de manifiesto con gran fuerza las prevenciones relativas a los factores ambientales. De entre ellos, el de mayor importancia y quizá también de mayor complejidad es el de la disponibilidad de agua. Como han señalado no pocos especialistas, entre ellos el ya citado Arroyo, la cuestión estriba no tanto en los volúmenes totales de agua disponibles, como en las posibilidades concretas de acceso, en cada caso, a fuentes de agua de calidad.

De manera infortunada, las políticas neoliberales que han prevalecido en un alto número de países en las últimas décadas han conducido a la situación actual en la que las leyes del mercado han convertido el agua de calidad en un recurso cada vez más escaso y caro en muchas regiones del mundo.

En este como en muchos otros casos, diversos factores se entrecruzan e interaccionan: la explotación económica de zonas adyacentes a fuentes de agua, sin los debidos cuidados ambientales, ha conducido a la contaminación con sustancias químicas, o también, a veces incluso de manera concurrente, al agotamiento relativo de las fuentes de abasto como resultado de niveles de consumo desmedidos.

La mencionada situación de carencia relativa de agua, en sentido cualitativo y cuantitativo, determina limitaciones importantes en cualquier proyección de producciones agrícolas futuras. A ello hay que sumar, como un reto adicional y de magnitud un tanto imprevisible en este momento, los condicionamientos que se derivan de las consecuencias ya perceptibles del cambio climático en curso. Estas últimas abarcan una gama de situaciones: de las cuales sólo unas pocas apuntan hacia condiciones localmente favorables para lograr rendimientos agrícolas superiores.

La inmensa mayoría de los cambios esperados o ya en curso apuntan sin embargo hacia implicaciones negativas para la producción de alimentos, al menos en tanto no se encuentren respuestas eficaces por la vía de las investigaciones científicas y el desarrollo de nuevas tecnologías productivas atemperadas a los cambios en curso.

Eso sin contar el riesgo adicional que entraña para la seguridad alimentaria en muchas regiones la agudización observada y previsible en la frecuencia o intensidad de fenómenos naturales adversos como las sequías prolongadas, las lluvias torrenciales o las tormentas de diverso tipo.

Por esas y otras razones se impone, en el futuro previsible, una interrelación cada vez más estrecha entre las acciones dirigidas a la producción de alimentos y los correspondientes desarrollos científico-tecnológicos, estos últimos enmarcados en las imprescindibles consideraciones de carácter ambiental.

Lo anterior no significa ni mucho menos, un refinamiento superfluo sino una necesidad perentoria derivada de la escasez creciente de recursos esenciales como el agua limpia, los considerables crecimientos esperados en la cuantía de la población mundial y, al mismo tiempo, las transformaciones que se anticipan en el comportamiento de las variables climáticas y su influencia sobre los sistemas de producción agrícola hasta ahora disponibles.

Estudios como el preparado, por ejemplo, por la Academia de Ciencias de China apuntan en la dirección de considerar cuatro grandes componentes en la perspectiva previsible para el desarrollo científico y tecnológico vinculado a la producción agrícola: el aseguramiento de la alimentación y de la seguridad de los alimentos; el logro de la agricultura sostenible, el impulso a la llamada agricultura “inteligente” y, por último, la agricultura de alto valor.

El objetivo más general es satisfacer la creciente demanda de orden cuantitativo, cualitativo y de seguridad, así como las diversas funciones que cumplen los productos y servicios agrícolas. Para alcanzar dicho objetivo se impone el mejoramiento incesante de las prácticas agrícolas así como la aplicación creciente a las mismas de las tecnologías de la información y las telecomunicaciones, incluyendo el desarrollo de procesos agrícolas digitalizados y de precisión.

Adicionalmente, y de manera muy especial, se requerirá el establecimiento de una agricultura basada en productos de alto valor (incluyendo el valor nutricional), basada en sólidos conocimientos ecológicos, capaz de cumplimentar funciones múltiples en los aspectos económico y alimenticio, en condiciones asimismo de satisfacer estrictos criterios de sostenibilidad ambiental.

La delicada urdimbre entre agricultura, alimentos y ciencia será sin duda alguna cada vez más apretada. Esperemos que la sabiduría política y la conciencia ambiental permitan que la misma se desarrolle en pro del bienestar de todos los seres humanos.

* Doctor en Medicina de la Universidad de La Habana y especialista en Bioquímica Clínica en el Centro Nacional de Investigaciones Científicas. Desde 1977 ha estado vinculado a la Academia de Ciencias de Cuba, institución en la que se desempeñó sucesivamente como Secretario Científico General, Vicepresidente para las Ciencias Biológicas y Vicepresidente Primero.

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