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Área: Sociedad >> Salud
Actualizado el 2013-05-10 a horas: 02:39:56

Nueva terapia familiar: escuchar, dialogar y negociar

La familia es el caldo de cultivo de todos los problemas psíquicos

Alejandro Rocamora Bonilla *

(CCS).- Hasta mediados del siglo XX se consideraba la enfermedad mental como una vivencia personal; el individuo era el único causante de su propia situación. La teoría más defendida consideraba la genética el origen de la enfermedad mental. En los años 50-60 del siglo pasado, la Escuela de Palo Alto (California), en contra de los postulados defendidos por el psicoanálisis y apoyándose en las teorías cibernéticas, defendió la “teoría sistémica” para explicar el origen de los trastornos mentales. La familia se constituye así en el caldo de cultivo de todos los problemas psíquicos y por lo tanto también debe ser la protagonista en la solución.

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Desde ese momento ya no se habla de enfermo sino de “paciente identificado”, para subrayar el hecho de que toda la familia está enferma y lo que ocurre es que uno de sus miembros es portavoz de la enfermedad. Una consecuencia importante: no hay que tratar sólo al enfermo sino a toda la familia. Aparece así la terapia familiar sistémica.

Una tercera vía, más actual, defiende una postura más ecléctica. El modelo psicoeducativo de terapia familiar admite en el origen de la enfermedad mental una doble causa: la genética (hoy hablamos de vulnerabilidad genética), pero también considera de suma importancia los factores ambientales y vinculares (familia, amigos, escuela, etc.) y por tanto los tratamientos se deben realizar en una doble perspectiva: farmacológica y psicoterapéutica.

En las últimas décadas ha aparecido un nuevo modelo de familia donde lo que se defiende es una mayor igualdad entre sus miembros, una mayor libertad, una mayor socialización y donde aparecen nuevas formas de convivencia. La familia como conjunto puede favorecer o entorpecer la propia dinámica de sus miembros.

En términos generales, podríamos afirmar que el entorno familiar puede jugar el papel de verdugo o de víctima. Con su hostilidad puede incrementar el sufrimiento del enfermo, o convertirse en su “paño de lágrimas”, aceptando “heroicamente” las exigencias de la enfermedad. De cualquier manera, la familia nunca será un elemento insensible en el proceso curativo del enfermo, sino que, como un catalizador en una reacción química, tiene el poder de acelerar o retardar el final del proceso.

La familia sana no se distingue por la ausencia de problemas sino porque su bienestar se produce cuando se ha conseguido armonizar a todos sus elementos, respetando sus posibilidades y también sus limitaciones, pero sin olvidar las exigencias del propio grupo. En este difícil equilibrio entre las necesidades del individuo y del colectivo es donde puede florecer la salud mental de todos los componentes de la familia.

La familia no será feliz si no consigue crear un clima de amor y seguridad, que posibilite crecer a los pequeños y robustecer las estructuras más sanas de los padres. Toda la familia tiene el mismo objetivo: el bienestar de sus miembros, aunque en ocasiones no se ponen los medios adecuados: por ejemplo, cuando los padres tienen comportamientos patológicos (violencia, abusos sexuales, etc.) o cuando lo que predomina en el clima familiar es el temor, la desconfianza, la envidia, etc.

Padres e hijos debemos aprender a escuchar, no solamente a oír, a los otros. La familia sana es aquella que permite decir lo que siente y también recibir, sin descalificaciones, las opiniones de los demás. En este encuadre, todos los miembros familiares deberían tener como un sexto sentido para poder captar el estado de ánimo del que tiene junto a su mesa. Convivir no solamente es compartir habitación, sino estar alerta para detectar los pequeños y grandes sufrimientos del otro.

El diálogo es una manera de expresar una “escucha atenta”. Dialogar y negociar casi siempre van unidos. Este axioma se ve claramente en el diálogo con el adolescente.

Muchos conflictos se producen por la tendencia de algunas familias a permanecer ancladas en el pasado. En muchas ocasiones, la confrontación en la familia se produce precisamente por exigir a los demás según sus posibilidades reales. Comentarios como: “mira qué buenas notas ha sacado tu hermano...”, o “yo a tu edad estudiaba y trabajaba” deberían abolirse. No importa lo que logren los demás. Lo importante es que cada uno desarrolle al máximo sus potencialidades.

Cuidar un alma frágil

Los sistemas familiares se organizan no solamente por “fuerzas conscientes”, sino también por “fuerzas inconscientes”, según Erikson, eminente psicólogo. Eso es así, porque la familia es un haz de tensiones positivas y negativas que tienden al equilibrio. La familia es como una gran masa de agua: podemos contemplar los objetos de la superficie, pero las corrientes subterráneas del fondo pasan inadvertidas.

El entorno familiar puede facilitar o dificultar el desarrollo psicológico del niño, que debe sentirse amado, aceptado y comprendido, no solo cuidado, por todos los miembros familiares, principalmente por los progenitores. No solamente los padres influyen en los hijos, sino que éstos influyen en los padres: reorganización del tiempo de ocio, distribución de tareas, cambios a nivel relacional, afectivo, etc. Pero esto es otra historia que desarrollaremos en otro momento.

A pesar de todo, la familia no condiciona el desarrollo del niño, sino que éste es el protagonista principal de su propia biografía. A pesar de haber vivido en una “familia disfuncional” el sujeto puede realizar un desarrollo adecuado, y también existen personas que han vivido en un “familia funcional” y su desarrollo ha sido adecuado.

Decía la psicoterapeuta Virginia Satir que la familia sana se caracteriza porque sus miembros tienen una autoestima alta, la comunicación es directa, clara, específica y sincera, las normas son flexibles y se acomodan a la propia evolución de cada familia y por último, mantiene un vínculo abierto y confiado con la sociedad que le rodea.

En su libro Relaciones humanas en el núcleo familiar, Satir establece algunas claves que nos pueden ayudar a crear un clima de felicidad en las familias (siempre y cuando las necesidades primarias estén cubiertas.

La familia es una unidad dinámica y cambiante por esencia: salen y entran nuevos miembros, crecen unos, otros envejecen. La familia, pues, es esencialmente cambio y, por lo tanto, todos sus miembros deberán adaptarse a las nuevas situaciones. Precisamente los conflictos generacionales, entre otros, se producen por la tendencia de algunas familias a permanecer ancladas en el pasado: contemplar a los hijos como eternos bebés, o a los padres como la reencarnación de Superman.

Tanto los padres, como los hijos, deberán aceptar a los demás según sus posibilidades reales y no exigirles como una forma de satisfacer deseos o sueños no realizados. En muchas ocasiones, la confrontación en la familia se produce precisamente por poner el listón demasiado alto, o bien, demasiado bajo. Son los padres que, al margen del hijo, se han imaginado un futuro determinado de éste; o bien, los hijos que no desean ver las deficiencias de los padres y siguen adorándolos como a dioses.

El verdadero amor consiste en valorar al otro por lo que es, no por lo que tiene o consigue. Una familia que camina hacia la felicidad, será aquella que cree un clima en el que cada uno de sus miembros sienta verdaderamente lo siguiente: “Soy valioso para los míos”.

Es cierto que el ser humano nace tan frágil que sin la ayuda de los demás no podría sobrevivir. Pero también es cierto que es capaz de recuperarse incluso en las situaciones más adversas. El niño siempre es protagonista de su propia historia y, a pesar de vivir o no en una familia funcional, puede ser feliz.

* Psiquiatra y miembro fundador del Teléfono de la Esperanza.

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