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Actualizado el 2012-06-05 a horas: 00:13:12

La ciudad-agujero a punto de colapsar

Oh-rrible La Paz

Alfonso Gumucio Dagron

“Atención, atención… noticia de último momento, se ha descubierto que el infierno existe. Científicamente comprobado; no lo dice un cristiano despistado, lo dicen científicos rusos que a la profundidad de 14 kilómetros han encontrado el infierno…”

Alfonso Gumucio Dagron

Alfonso Gumucio Dagron

Escritor, cineasta, periodista, fotógrafo y especialista en comunicación para el desarrollo. Ha trabajado en programas de comunicación para el cambio social en África, Asia, América Latina y el Caribe, con agencias de Naciones Unidas, con fundaciones internacionales y ONGs.

Fue miembro de la redacción del Semanario "Aquí" y ha publicado en un centenar de diarios y revistas de Bolivia, América Latina, Europa, Norteamérica, África y Asia. Dirigió películas documentales en varios países. Es Coordinador del Grupo Temático de Comunicación para el Cambio Social en la Asociación Latinoamericana de Investigadores de la Comunicación (ALAIC).

Ha publicado más de veinte libros de poesía, narrativa, testimonio, y estudios sobre literatura, cine y comunicación, entre ellos: Historia del Cine Boliviano (1982); Cine, Censura y Exilio en América Latina (1979); Luis Espinal y el Cine (1986); Las Radios Mineras de Bolivia (1989) en colaboración con Lupe Cajías; Comunicación Alternativa y Cambio Social (1990); La Máscara del Gorila (1982) Premio del Instituto Nacional de Bellas Artes de México; Haciendo Olas: Comunicación Participativa para el Cambio Social (2001), Antología de Comunicación para el Cambio Social (2008).

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El altavoz en la Plaza Alonso de Mendoza, en La Paz, anuncia la proyección de un video con “pruebas irrefutables” de la existencia del infierno, mientras una grabación deja escuchar los lamentos de las almas que allí se están calcinando.

La Paz es una ciudad en la que abundan mercaderes de la fe y charlatanes que ofrecen la salvación, pero estos que hablan del infierno en la profundidades de la tierra no parecen darse cuenta de que ya estamos viviendo en el infierno en la propia ciudad de La Paz, tan venida a menos, tan lamentablemente destruida por su propios habitantes.

La plaza Alonso de Mendoza es emblemática por su historia. Más bien, lo era. El barrio se ha deteriorado en un par de décadas. Las casonas antiguas que todavía sobreviven, están rodeadas por edificios que en nombre de la modernidad atentan contra toda armonía urbanística. Frente al Tambo Quirquincho, hermoso edificio convertido en museo, se yergue un adefesio de vidrio que ostenta el letrero de Hotel Señorial Montero. Muy cerca, en la avenida Montes, donde antes había una casa antigua con techo de teja (que alguna vez pintó Ricardo Pérez Alcalá), ahora está el enorme “Edificio de Col”, otro adefesio que ha tapado la vista del Illimani.

Alguna vez La Paz fue una ciudad bella, desde cualquiera de sus calles se veía imponente el Illimani. Los poetas y novelistas podían referirse a esa experiencia única de vivir en una ciudad a casi cuatro kilómetros sobre el nivel del mar, ciudad misteriosa, extraña y magnífica por su topografía.

No lo es más. La Paz es una ciudad sucia, fea y castigada por sus habitantes y por los casi 300 mil visitantes que cada día descienden desde El Alto. El comercio informal ha ocupado las calles de la ciudad como se ocupa un territorio enemigo. El transporte es cada día más caótico. Construcciones feas que no respetan las normas elementales de línea y nivel crecen como hongos por doquier. El mal gusto y la chabacanería imperan. El paisaje urbano ha sido dilapidado, la publicidad colorinche y de tamaño desproporcionado satura los muros y se impone sobre los techos.

¿Cómo podría haber convivencia pacífica en una ciudad que ha sido derrotada por las malas costumbres de los propios ciudadanos? Nadie respeta nada, La Paz ha sido tomada por la indisciplina y la desidia. Circular por el centro se ha convertido en una pesadilla, y cuando los alcaldes tratan de mejorar las cosas, se enfrentan a turbas que no tienen la menor conciencia de que gracias a su accionar estamos al borde de un colapso. No parece que hubiera salida ni solución.

El paisaje urbano de La Paz es uno de los más feos de América Latina. Por mucho que intento, no logro pensar en una capital o sede de gobierno que sea más caótica y fea. Comparemos, por ejemplo, el centro de La Paz con el centro de Quito. Las diferencias son abismales, La Paz no le llega ni a la canilla a Quito, ni a Bogotá, ni a ninguna otra ciudad importante de la región.

Los edificios crecen como un cáncer, sin respetar las normas que seguramente existen. Las propias autoridades municipales cambian esas normas para favorecer intereses privados. Si antes, en una determinada calle o avenida, no era permitido construir edificios de más de 5 o 10 pisos, de pronto las normas cambian porque la corrupción está a la orden del día. Nadie explica cómo ciertos constructores se salieron con la suya para violar las normas.

Las construcciones carecen de espacios de convivencia, de estacionamientos y de jardines. Son paralelepípedos sin gracia, donde el único objetivo es rentabilizar al máximo el espacio. Sobre todo carecen de sentido estético. Aquí no existe la noción de arquitectura como arte, aquí se ha atrofiado el gusto de quienes construyen de manera salvaje, para blanquear dineros mal habidos.

Los ciudadanos de La Paz han perdido toda autoestima, y día a día se esfuerzan por destruir lo poco que queda. Alcaldes como Mercado, MacLean, del Granado y ahora Revilla, trataron de revertir la situación, pero el tsunami del comercio informal y de la indiferencia ciudadana echa por tierra cualquier intento de mantener una ciudad limpia, ordenada y modestamente agradable.

La calle Comercio, que hace años se hizo peatonal para que pudiera ser un lugar de paseo, ha sido ocupada irremediablemente por puestos callejeros que convierten a ese corredor en una experiencia desagradable. Me cuentan que cuando se hizo el intento de sacar a los comerciantes piratas de ese espacio, los policías fueron golpeados y agredidos. Así, uno tras otro, vamos perdiendo los espacios públicos, mientras la informalidad avanza irremediablemente.

El contrabando y la piratería se han generalizado. Hay lugares donde los puestos no solamente ocupan la totalidad de las aceras, sino que avanzan dos o tres metros sobre las calles, entorpeciendo la circulación de vehículos y de personas.

La suciedad y los olores a orín caracterizan las calles del centro. La gente es sucia, tira todo en la calle, no se respeta a sí misma. De qué sirvió enterrar los cables de energía eléctrica y telefonía en cuatro cuadras de la Avenida Camacho (meses de trabajo sin mucho sentido) si en todo el resto de la ciudad lo que predomina son postes, a veces cuatro o cinco en la misma esquina, de los que salen moños de cables, que afean el paisaje.

Esta es una ciudad que si acaso tiene normas, nadie las respeta. Miles de casas de ladrillo visto (de construcción), sin terminar, que nunca han sido pintadas para no pagar impuestos. Materiales de construcción tirados hasta la mitad de la calle, algo que seguramente está prohibido en el papel. Aceras rotas, peligrosas, malolientes, sucias.

¿Alguien cumple con la norma de ajustar el cinturón de seguridad o de no usar el teléfono celular mientras conduce? ¿Y las emisiones de humo de los escapes, quien las controla? ¿Quién respeta los semáforos en rojo? Si algún ciudadano con un mínimo de conciencia se detiene en un semáforo, el microbús que está detrás toca bocina para obligarlo a avanzar. ¿Dónde está la policía, para qué sirve? El caos es la norma, y cuando se intenta poner un poco de orden hay paros, huelgas, protestas, destrozos.

Los taxis envejecidos y malolientes son la norma. Los autobuses se llenan como latas de sardina, mientras que en otros países hay normas para limitar el número de pasajeros, no solamente por razones de comodidad, sino de seguridad.

Falta de amor propio, de sentido de pertenencia, y de autoestima. Y por supuesto, de educación, esa gran carencia que notamos en toda la sociedad. Oh-rrible La Paz, quien te conoce no olvida jamás.

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