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Actualizado el 2011-04-20 a horas: 00:18:29

El abandono del Zoológico Vesty Pakos

Memoria mal honrada

Alfonso Gumucio Dagron

Semanas atrás, cuando se publicó en Nueva Crónica (No. 76) mi reseña sobre el libro Vesty Pakos y la sonrisa del tigre que escribió su amigo y colega naturalista Carlos Farfán Capriles, recordé la personalidad extraordinaria de Silvestre Pakos Sofro y me propuse visitar, luego de muchos años, el zoológico que él mismo diseñó poco antes de su muerte accidental y prematura.

Alfonso Gumucio Dagron

Alfonso Gumucio Dagron

Escritor, cineasta, periodista, fotógrafo y especialista en comunicación para el desarrollo. Ha trabajado en programas de comunicación para el cambio social en África, Asia, América Latina y el Caribe, con agencias de Naciones Unidas, con fundaciones internacionales y ONGs.

Fue miembro de la redacción del Semanario "Aquí" y ha publicado en un centenar de diarios y revistas de Bolivia, América Latina, Europa, Norteamérica, África y Asia. Dirigió películas documentales en varios países. Es Coordinador del Grupo Temático de Comunicación para el Cambio Social en la Asociación Latinoamericana de Investigadores de la Comunicación (ALAIC).

Ha publicado más de veinte libros de poesía, narrativa, testimonio, y estudios sobre literatura, cine y comunicación, entre ellos: Historia del Cine Boliviano (1982); Cine, Censura y Exilio en América Latina (1979); Luis Espinal y el Cine (1986); Las Radios Mineras de Bolivia (1989) en colaboración con Lupe Cajías; Comunicación Alternativa y Cambio Social (1990); La Máscara del Gorila (1982) Premio del Instituto Nacional de Bellas Artes de México; Haciendo Olas: Comunicación Participativa para el Cambio Social (2001), Antología de Comunicación para el Cambio Social (2008).

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Pues bien: Vesty Pakos se estremecería en su tumba si supiera que el zoológico de La Paz que lleva su nombre sufre el más grande abandono. No se entiende bien qué diablos hacen las sesenta personas que están en la nómina de empleados –“son más empleados que animales”, comentó mi hermano Pedro- porque a ojo pelado está claro que el lugar, en el Parque de Mallasa, no recibe la menor atención desde hace mucho tiempo.

No dudo que la excusa para tanta desidia será la falta de presupuesto del gobierno municipal. Pero si fuera cierto, por lo menos los sesenta empleados deberían estar de cuatro patas limpiando el lugar y cortando la maleza que invade tanto las jaulas como los jardines. Viene al caso una inteligente respuesta atribuida al bondadoso Papa Juan XXIII cuando le preguntaron: “¿Santo Padre, cuanta gente trabaja en el Vaticano?”, y él respondió muy serio: “Menos de la mitad”. En el caso del Zoológico Vesty Pakos, parece que los únicos que trabajan son los que cobran las entradas. Pero seguro que los sesenta reciben su salario completo a fin de mes.

No se me había ocurrido antes asociar el apodo de Vesty a su nombre de pila, Silvestre, que sus padres le pusieron como si hubieran estado dotados de poderes clarividentes; ya que silvestre es la palabra que designa la naturaleza que crece indómita y libre, sin permiso ni compromiso, y él fue así, un hombre libre en una naturaleza que lo acogía fraternalmente. Son rasgos que subraya mi hermano en su texto.

Lo mismo se enredaba Vesty en un acto de amor con una gigantesca boa, que acariciaba el pelaje de una tarántula sobre su hombro, o se fundía en abrazos con un león que se comportaba como un gatito necesitado de afecto. Desde niño mostró que no tenía temor de las víboras o las arañas. Lo que para muchos son alimañas que erizan la piel apenas las vemos cerca, para él eran amigos que acariciaba y dejaba que recorrieran tranquilamente su cuerpo. Los insectos menores, se los comía: proteínas…

Con una serpiente coral entre los dientes y con la sonrisa abierta que siempre lo caracterizó, aparece en la tapa del libro de Capriles que rememora su amistad y recuerda las aventuras que corrieron juntos en las selvas del Beni y los viajes que hicieron desde La Paz hasta San Borja, por ese camino estrecho que baja desde las cumbres hasta el sub-trópico andino. Desde el primer viaje por esa peligrosa “ruta al misterio, camino hacia la gloria”, con que comienza el libro, planea sobre el lector el presagio del desenlace fatal, porque allí murió Vesty en un accidente a fines de 1993.

Capriles le dedica varios capítulos a la Estación Biológica del Beni (EBB), cerca de San Borja, que él administró un tiempo por encargo de la Academia Nacional de Ciencias, y que Vesty visitó innumerables veces, tantas que se conocía todos los caminos y todos los pobladores lo querían por su trato siempre afable y optimista. En esa misma época visité la EBB, con mis hijos que eran todavía muy pequeños, y pasé varios días allí mezclando el trabajo con el placer-temor de disfrutar-padecer la biodiversidad.

Para nosotros citadinos, como para Macedonio Fernández (citado por Cortázar en “El libro de Manuel”), “el campo es ese lugar horrible donde los pollos se pasean crudos”; pero para quienes trabajaban en la Estación Biológica del Beni, la foresta casi virgen era un paraíso de diversidad inagotable de fauna y flora.

Vesty diseñó el hábitat de los inquilinos del nuevo zoológico de La Paz, de manera que cada uno de ellos disfrutara no solamente de espacio suficiente, sino de un paisaje natural que reflejara las características del piso ecológico del que provenían. Pero lo que queda hoy es lamentable: las pozas y fosos no tienen agua; los osos jucumari, cóndores o jaguares, están escondidos detrás de un entramado de rejas tupidas, mal pintadas y torpemente colocadas, que impiden ver a los animales, sumidos en una indescriptible tristeza.

En otros zoológicos del mundo, dirigidos por gente inteligente, se colocan vidrios para no bloquear la vista, pero aquí se han dedicado a construir espesas enredaderas de metal para que no se vea nada. El serpentario, cuya forma alargada reproduce el cuerpo de una boa, parece que estuviera cambiando de piel, descascarado y envejecido por fuera, y muy pobre por dentro en número especies. En un país con una diversidad biológica tan grande, es incomprensible que el zoológico de La Paz se limite a unos pocos felinos, monos, llamas y serpientes.

Parafraseando a Diógenes (y a Lord Byron y Groucho Marx), Vesty solía decir “Cuanto más conozco a los políticos, más quiero a mi boa”. Y esa frase es la adecuada para los burócratas que han abandonado su zoológico.

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