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Área: Opinión >> Comentarios y enfoque
Actualizado el 2011-04-15 a horas: 23:35:24

La agresión descarada a Libia

Hipocresía imperial

Alfonso Gumucio Dagron

Cuando todos baten tambores de guerra para “restablecer la democracia” o “proteger a la población civil”, desconfío seriamente. Cuando personajes de dudosa reputación como Berlusconi o Sarkozy se convierten en los más aguerridos y belicosos líderes de opinión, me salen ronchas. Cuando la OTAN desplaza a las Naciones Unidas y cuando el Consejo de Seguridad de la ONU –dominado por Estados Unidos y sus potencias aliadas- decide intervenir en los asuntos nacionales de un país, algo huele muy mal.

Alfonso Gumucio Dagron

Alfonso Gumucio Dagron

Escritor, cineasta, periodista, fotógrafo y especialista en comunicación para el desarrollo. Ha trabajado en programas de comunicación para el cambio social en África, Asia, América Latina y el Caribe, con agencias de Naciones Unidas, con fundaciones internacionales y ONGs.

Fue miembro de la redacción del Semanario "Aquí" y ha publicado en un centenar de diarios y revistas de Bolivia, América Latina, Europa, Norteamérica, África y Asia. Dirigió películas documentales en varios países. Es Coordinador del Grupo Temático de Comunicación para el Cambio Social en la Asociación Latinoamericana de Investigadores de la Comunicación (ALAIC).

Ha publicado más de veinte libros de poesía, narrativa, testimonio, y estudios sobre literatura, cine y comunicación, entre ellos: Historia del Cine Boliviano (1982); Cine, Censura y Exilio en América Latina (1979); Luis Espinal y el Cine (1986); Las Radios Mineras de Bolivia (1989) en colaboración con Lupe Cajías; Comunicación Alternativa y Cambio Social (1990); La Máscara del Gorila (1982) Premio del Instituto Nacional de Bellas Artes de México; Haciendo Olas: Comunicación Participativa para el Cambio Social (2001), Antología de Comunicación para el Cambio Social (2008).

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Y eso es lo que está sucediendo en Libia en este momento, aprovechándose de la ola de movimientos sociales espontáneos que han logrado sacarse de encima en Túnez primero, luego en Egipto y poco a poco en oros países del mundo árabe, a dictadores o regímenes autocráticos que permanecían en el poder 30 o 40 años, enriqueciéndose de manera no solamente desmedida sino descarada, y heredando la conducción de sus países como si se tratara de un derecho divino.

Hace muchos años dejé de considerar a Gadafi como un líder revolucionario, que sin duda lo fue cuando promovió la llamada Revolución Verde, derrocó en 1969 al Rey Idris y se opuso al poder colonial y neocolonial de Europa en la región del norte africano. Fue en sus mejores momentos un tipo firme, que no permitió que ningún gobierno europeo metiera su manos en la política de la región. Y por ello lo odiaron desde el principio, y lo siguieron odiando aunque con el curso de los años todos terminaron visitándolo o recibiéndolo con grandes abrazos, incluidos los que ahora mismo echan leña al fuego para que arrecien los bombardeos sobre Libia.

Gadafi no es el único hijo de la chingada que se creyó con el derecho divino de eternizarse en el poder. En casi todo África ha sucedido algo similar, porque los que fueron líderes guerrilleros y revolucionarios gracias a los cuales se conquistaron las independencias en los años 1960 y 1970, con el paso del tiempo se convirtieron en manipuladores autócratas encadenados al poder con cadenas de oro.

Ahí está todavía en Zimbabwe Robert Mugabe, que fue uno de los líderes de la independencia en 1980. En Burkina Faso el presidente Blaise Campaore es un asesino corrupto que se hizo con el poder en 1987 luego de eliminar a Thomas Sankara, un hombre realmente progresista que lo consideraba su amigo y brazo derecho.

Oros líderes de la independencia de África se aferraron al poder durante décadas, y lo peor es que no hicieron nada para que sus países mejoraran. Por el contrario, los países colonialistas se frotan las manos cuando se establece con datos duros que la situación de los países se deterioró después de la independencia. Se quedaron en el poder los autócratas corruptos, y los verdaderos revolucionarios, como Patrice Lumumba de Zaire, o Ben Bella de Argelia, fueron asesinados, apresados o exiliados en complicidad con los servicios secretos de las potencias europeas, para dejar en el poder a líderes fáciles de corromper y controlar, como Moises Thsombe, Mobuto Sese Seko, Houari Boumédiènne, y tantos otros. Los corruptos siempre fueron tolerados y apoyados por las potencias europeas, mientras pudieron ser manipulables.

La hipocresía de Europa y de Estados Unidos no tiene límites. No se les ocurriría bombardear ni amenazar siquiera a regímenes como el de Arabia Saudita y otros del Golfo Pérsico, donde tampoco se respetan los derechos humanos, y donde también hay familias que se han apropiado del poder y enriquecido durante décadas. Allí, ni Francia, ni Inglaterra, ni Estados Unidos ven ni corrupción ni represión, porque eso son aliados dóciles, que sirven a sus intereses.

Lo que sucede hoy en Libia es lo mismo que sucedió en Irak: una agresión simple y llana, una guerra provocada desde afuera, basada en supuestos absurdos. La comunidad internacional, Naciones Unidas incluida, observa como si fuera normal que se establezca una “no-fly zone”, es decir una zona del espacio aéreo que pertenece por derecho a Libia, donde no pueden volar aviones libios pero si aviones militares de Francia o de Inglaterra. ¿Qué lógica tiene eso?

Según los “aliados” de la OTAN, los bombardeos que se hacen todos los días sobre Libia solamente tienen el propósito de “proteger” a la población civil de los ataques del ejército libio, y fortalecer las posiciones de la “resistencia” libia. Esa resistencia quizás existe como descontento de los movimientos sociales (como vemos en cualquier parte del mundo cualquier día), pero es una fabricación de Europa para hacer creer al mundo que allí se libra una guerra civil.

¿Qué tal si con ese mismo argumento, las manifestaciones de protesta social en Francia o en Italia, Libia decidiera que los aviones de esos países ya no pueden sobrevolar su propio territorio, y en cambio sí aviones militares libios, para proteger a los manifestantes y fortalecer a la oposición política francesa o italiana?

Lo de Libia es un teatro mal montado, pero que basta (como sucedió en Irak), para que todos mantengan la boca cerrada y crean a pies juntillas en el montaje que les presentan. En ningún momento los medios occidentales son capaces de identificar a líderes de esa “resistencia” libia, y los únicos portavoces que aparecen son tránsfugas del gobierno libio que estuvieron con Gadafi hasta hace pocos días, pero que hoy toman distancia de manera claramente oportunista.

A diferencia de las grandes manifestaciones de opositores que vimos en Egipto, en Tunez, y vemos en Siria o incluso en Jordania, la televisión no nos muestra en Libia algo similar. No hay imágenes sino de calles vacías y algunos tanques destruidos, ¿donde están los centenares de muertos civiles que se anuncian en los noticieros? Esta vez parece que no hubiera ni celulares ni cámaras para captar lo que realmente sucede. En la televisión “oímos” versiones antojadizas contra Gadafi, pero no vemos nada que pruebe que existe el descontento popular que Inglaterra o Francia dicen que hay. En realidad, nos mantienen completamente en la oscuridad, manipulados.

Una vez más vemos la complicidad de los medios de información de Europa y Estados Unidos (y la seguidilla de todos los que dependen de ellos en América Latina), que están “embedded” con el aparato de inteligencia y militar de las potencias occidentales. “Embedded” se traduce como “incrustados”, pero sería más exacto decir que están “in-bed-with”, es decir, en la cama con el aparato militar, justificando las acciones menos justificables, en nombre de las excusas más grotescas.

Nada de esto exime de responsabilidad al gobierno de Gadafi, pero dice mucho de la hipocresía imperial y del neocolonialismo, que no duda en apelar a las mentiras más grotescas para asegurar su poder económico y militar sobre los recursos naturales (en este caso el petróleo, como en Irak) en países que tratan de preservar su independencia política. La hipocresía de tratar a unos gobiernos como “enemigos” y a otros regímenes muy similares como “amigos” sobrepasa cualquier parámetro de ética o verdad.

La malversación de los valores humanos hace a los gobiernos de Francia, Inglaterra, Italia o Estados Unidos, tan corruptos como aquellos regímenes que pretenden derrocar en aras de “la justicia” o “la democracia”. Los auto-nombrados “policías globales” de la OTAN están tan contaminados de corrupción como los policías de Estados Unidos y de México que operan en complicidad con el narcotráfico en la frontera entre ambos países.

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