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Actualizado el 2010-10-02 a horas: 14:00:49

La palabra de Paz: un hombre, un siglo

La pasión del testimonio

Alfonso Gumucio Dagron

El “ninguneo” que se practica con fruición en Bolivia hace que la crítica ignore muchos libros escritos y publicados con enorme esfuerzo. Yo mismo comento ahora a destiempo una obra que ya tiene dos años de haber salido de imprenta y más de diez de haber terminado de escribirse: La palabra de Paz: un hombre, un siglo (Plural, 2008) de Eduardo “Pachi” Ascarrunz.

Alfonso Gumucio Dagron

Alfonso Gumucio Dagron

Escritor, cineasta, periodista, fotógrafo y especialista en comunicación para el desarrollo. Ha trabajado en programas de comunicación para el cambio social en África, Asia, América Latina y el Caribe, con agencias de Naciones Unidas, con fundaciones internacionales y ONGs.

Fue miembro de la redacción del Semanario "Aquí" y ha publicado en un centenar de diarios y revistas de Bolivia, América Latina, Europa, Norteamérica, África y Asia. Dirigió películas documentales en varios países. Es Coordinador del Grupo Temático de Comunicación para el Cambio Social en la Asociación Latinoamericana de Investigadores de la Comunicación (ALAIC).

Ha publicado más de veinte libros de poesía, narrativa, testimonio, y estudios sobre literatura, cine y comunicación, entre ellos: Historia del Cine Boliviano (1982); Cine, Censura y Exilio en América Latina (1979); Luis Espinal y el Cine (1986); Las Radios Mineras de Bolivia (1989) en colaboración con Lupe Cajías; Comunicación Alternativa y Cambio Social (1990); La Máscara del Gorila (1982) Premio del Instituto Nacional de Bellas Artes de México; Haciendo Olas: Comunicación Participativa para el Cambio Social (2001), Antología de Comunicación para el Cambio Social (2008).

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“Si Jesús, si Juana de Arco hubieran sido entrevistados”... y si el entrevistador hubiera dado su propio testimonio de una época. Es lo que hace Eduardo Ascarrunz en un libro que es irregular, sin que esta palabra sea denigrante. Es “irregular” porque como el autor mismo afirma es “algo más cercano a la artesanía que a la literatura, como lo hacía mi abuela Rita: confeccionar una colcha con retazos sobrantes de otras confecciones; en este caso con trozos restantes de los retazos de memoria que, finalmente, componen el puzzle que es esta obra en su totalidad”.

El libro se teje como una colcha de retazos alrededor de un episodio histórico en la vida de Paz Estenssoro y también de Eduardo Ascarrunz: las elecciones generales de 1985 en las que el primero calificó para ser electo presidente de Bolivia por cuarta vez y el segundo llevó adelante una creativa e ingeniosa campaña en los medios de difusión que sin duda aportó a la victoria del jefe histórico del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) y al rescate de su imagen pública, deteriorada a raíz de su apoyo al golpe militar de Coronel Bánzer en 1971.

Suma de entrevistas, conversaciones, comentarios y observaciones, la obra rescata la dimensión humana de Víctor Paz Estenssoro, un “atisbo del alma” de un hombre de por sí críptico y poco dado a abrir a los demás sus facetas íntimas.

Uno de los aspectos interesantes retratados en Paz es su reticencia a las entrevistas, no solamente aquellas sobre política, sino también sobre su historia personal. Rechaza tres veces –antes, durante y después de ser presidente – las ofertas de Carlos Mesa, y a Ricardo Rollano lo recibe pocos minutos en San Luis, el 7 de abril del 2001 sobre todo para afirmar “ya estoy muy viejo para desnudar mi alma”. En simetría, cuando a mediados de los 1970s quise entrevistarlo sobre la historia no conocida del MNR, me dijo que “todavía” no podía hablar de ello porque tenía aún participación en la política. O sea, siempre se daba modos para no revelar lo que conocía de las intimidades de la política boliviana.

La obra es reveladora no solamente de la personalidad de Paz, sino de quienes lo rodean, los “jerarcas” del MNR –“rociados con la misma colonia”- que miran con recelo al advenedizo Ascarrunz, quien ni siquiera es militante del partido pero tiene mayor acceso que ellos a VPE y no sufre el trato a veces humillante que ellos reciben, como revela el episodio en el que la “Comisión Política” del MNR presenta un “Plan de Emergencia” elaborado por seis personas en dos meses, que Paz Estenssoro rechaza indignado: “¡14 páginas que no sirven para nada!”.

Con esas anécdotas el libro dibuja un mapa de relaciones personales y políticas que generalmente la “Historia” con hache mayúscula oblitera. Justamente uno de los valores de esta obra es su voz testimonial que no esconde el lugar desde donde narra.

“Yo estuve allí, yo vi, yo escuché...” parece decir Eduardo Ascarrunz, como para subrayar su propia voz, porque este no es un texto que proviene de una voz distante sino el relato en primera persona de un periodista que al mismo tiempo que elabora un informe testimonial sobre el gran personaje de la política boliviana contemporánea, ofrece también el testimonio de su propia vida en cuanto toca a la relación con la persona de carne y hueso -y no solamente el personaje- de Víctor Paz Estenssoro. En ese sentido, el título del libro puede confundir al lector no informado sobre su contenido.

La obra está escrita con el humor e ironía de alguien que es testigo de episodios que construyen el complejo tramado de la política boliviana, pero no quiere involucrar sus intereses personales, sino que prefiere mantener su independencia del poder y de las oportunidades que este ofrece. Uno de los textos más acertados es la descripción de Paz Estenssoro, “Retrato de Paz a mano alzada”, que permite mirar de cerca a la persona retratada detrás del personaje público.

A algunos les puede parecer que Pachi Ascarrunz “se manda la parte” al subrayar en el texto su propia voz (a veces en un estilo innecesariamente coloquial, donde llama “compañero” al lector o narra anécdotas con extremo desenfado), y al arrogarse una relación privilegiada con el líder del MNR, pero hay suficientes datos a lo largo del libro, precisos e íntimos, como para dar crédito a lo que afirma. Además, es más honesta una voz personal que le da veracidad al testimonio, que un relato “neutro” donde de todas maneras se esconde una posición (no hay nada “neutro” en la vida).

Este es un libro generoso en la manera como se refiere a colegas y amigos, rindiendo “al César lo que es del César”, pero también es un libro que no escatima palabras para calificar con epítetos cortantes a quienes se lo merecen, como el “idiota” e ignorante dictador Barrientos Ortuño quien en un arranque de soberbia cometió la barbarie de destruir los murales de Miguel Alandia Pantoja en el Palacio de Gobierno.

Hacia el final del libro, una de las secciones que ofrece un atisbo a la historia secreta del MNR -aunque no deja de tener un margen de especulación- es la que se construye en torno al personaje de Clarabella de la Fuente (una “clara fuente” de información desde la intimidad de los pasillos del poder). Esta persona que Ascarrunz esconde bajo un nombre ficticio trabajaba en el Palacio de Gobierno con Paz Estenssoro y proporcionó al autor información confidencial en sentido de que VPE prefería en 1989 la candidatura de Jaime Paz Zamora (MIR) para la presidencia y no la de Gonzalo Sánchez de Losada (MNR), que era el candidato de su propio partido. El punto culminante de esas confidencias es una llamada de Pachi a la casa presidencial de San Jorge, que revela la celebración que tuvo lugar allí cuando Paz Zamora –tercero en la contienda electoral- recibió el apoyo de Bánzer para llegar a la presidencia.

El diseño del libro es agradable, con algunas secciones de páginas con fotografías y textos breves, como retazos memoriosos en el camino, dedicados a Augusto Céspedes, a Alfonso Gumucio Reyes (este me toca de manera especial), a Miguel Alandia Pantoja, y al dictador romano Lucio Quincio Cincinato.

El autor hubiera podido usar este tipo de espacios –o quizás una sección de anexos al final del libro- para colocar las entrevistas (Sergio Almaraz, Clark Galloway, Humberto Vacaflor o Ricardo Rollano Velasco) y otros textos (“Yo acuso”), -ciertamente importantes, rescatados del olvido, pero que no son del autor- en lugar de que aparezcan citados in extenso en los capítulos.

La edición adolece de un número de erratas mayor al que estamos acostumbrados, así como de errores comunes (“189 golpes de Estado en siglo y medio de vida republicana”), de reiteraciones y de algunas imprecisiones en las citas, pero nada de esto le quita el valor que tiene esta obra de Eduardo Ascarrunz como testimonio de nuestra historia contemporánea. Es producto de la voluntad de un cronista que trabaja para la memoria, una inquietud que lo ha caracterizado siempre.

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