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Actualizado el 2010-06-01 a horas: 10:12:28

Libro de investigadores bolivianos

La comunicación antes de Colón

Alfonso Gumucio Dagron

La comunicación –que no es un atributo de las nuevas tecnologías, como muchos parecen creer- ha existido siempre, es inherente al género humano y de una manera instintiva al mundo animal en su totalidad.

Alfonso Gumucio Dagron

Alfonso Gumucio Dagron

Escritor, cineasta, periodista, fotógrafo y especialista en comunicación para el desarrollo. Ha trabajado en programas de comunicación para el cambio social en África, Asia, América Latina y el Caribe, con agencias de Naciones Unidas, con fundaciones internacionales y ONGs.

Fue miembro de la redacción del Semanario "Aquí" y ha publicado en un centenar de diarios y revistas de Bolivia, América Latina, Europa, Norteamérica, África y Asia. Dirigió películas documentales en varios países. Es Coordinador del Grupo Temático de Comunicación para el Cambio Social en la Asociación Latinoamericana de Investigadores de la Comunicación (ALAIC).

Ha publicado más de veinte libros de poesía, narrativa, testimonio, y estudios sobre literatura, cine y comunicación, entre ellos: Historia del Cine Boliviano (1982); Cine, Censura y Exilio en América Latina (1979); Luis Espinal y el Cine (1986); Las Radios Mineras de Bolivia (1989) en colaboración con Lupe Cajías; Comunicación Alternativa y Cambio Social (1990); La Máscara del Gorila (1982) Premio del Instituto Nacional de Bellas Artes de México; Haciendo Olas: Comunicación Participativa para el Cambio Social (2001), Antología de Comunicación para el Cambio Social (2008).

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Entre los seres humanos la comunicación es un proceso de intercambio, una puesta en común de señales, símbolos, sonidos o grafías que tienen un significado. Desde su origen etimológico –comunicare- la comunicación tiene el sentido de compartir, participar y de crear comunidad. Por ello la comunicación es ante todo un proceso horizontal de diálogo, de ahí que resulta tan absurdo olvidarlo y atribuir el término a los medios masivos de difusión, que son por su propia naturaleza verticales y no propician el diálogo.

Para recordarnos que la comunicación existido en múltiples formas en las culturas andinas y mesoamericanas está el libro “La comunicación antes de Colón: Tipos y formas en Mesoamérica y los Andes”, un trabajo acucioso que ha desarrollado Luis Ramiro Beltrán con el concurso de Karina Herrera Miller, Esperanza Pinto S. Y Erick Torrico Villaueva, todos ellos destacados especialistas de la comunicación en Bolivia.

Luis Ramiro Beltrán, maestro de generaciones de especialistas de la comunicación en Bolivia y América Latina, tiene una trayectoria de cinco décadas, macada por su compromiso con las políticas de comunicación para el desarrollo y el cambio social. Su obra es extensa y ha merecido reconocimientos en varios países.

Aunque no existe ningún otro libro que aborde este tema, Beltrán logró acumular pacientemente a lo largo de varias décadas cerca de 1,400 documentos que son la base de esta investigación.

Hasta ahora, los estudios sobre la comunicación en América Latina solían comenzar con la introducción de la imprenta en México en 1539, es decir, hace menos de 500 años, mientras que la investigación de Beltrán, Herrera, Pinto y Torrico se remonta a 14 mil años, a las primeras comunidades que dejaron muestras de organización social y de formas de comunicación. El libro desmonta las historias de la comunicación cuyo punto de partida es “la centralidad de la imprenta” como eje del proceso de “civilización” y coloca en el centro a la comunidad y a la organización social como hecho comunicacionales.

Los autores han puesto especial cuidado en narrar el proceso mismo de la investigación y la justificación del esfuerzo, dedicándole los primeros capítulos en los que ofrecen un panorama detallado de las intenciones, la metodología y las dificultades que enfrentaron para llevar adelante el trabajo, además de un esbozo de las culturas precolombinas. No es sino a partir del Capítulo 4, página 75, que el texto comienza a abordar concretamente la comunicación en las culturas mesoamericanas y andinas.

La tesis que recorre el trabajo de investigación está bien fundamentada en esos primeros capítulos. Por una parte la importancia de demostrar que siempre hubo formas de comunicación en la medida en que existían organizaciones sociales que estaban lejos de ser primitivas. Por otra parte, la evidencia de que no puede separarse la comunicación de la cultura pues todas las manifestaciones de la cultura son a su vez formas y tipos de comunicación, desde el lenguaje hasta la vestimenta, pasando por las expresiones artísticas en textiles, cerámica y otros materiales, tan ricas en su variedad.

En ese sentido el trabajo es amplio, cubre las formas y tipos de comunicación de cada cultura, desde la oralidad hasta la escritura. Con esa visión el lector descubre un mundo extraordinario de expresiones artísticas y comunicacionales que confirman el alto grado de desarrollo intelectual de las civilizaciones precolombinas, algo que es evidente en la arquitectura, en la cerámica o en el lenguaje.

Mi propia inclinación hacia la poesía me hizo disfrutar, por ejemplo, de las páginas dedicadas a los cuicatl (cantos en lengua náhualtl), sobre todo los cuecuechcuícatl o “cantos de cosquilleo”, que son los cantos de amor y eróticos. El “Canto a las mujeres de Chalco” es un ejemplo precioso: “He venido a dar placer a mi vulva florida, / mi boca pequeña. / Deseo al Señor, / al pequeño Axayácatl. / Mira mi pintura florida, / mira mi pintura florida; mis pechos. / ¿Acaso caerá en vano, / tu corazón, / pequeño Axayácatl?”

Tan sólo la representación de las vírgulas o volutas espirales constituye un aporte gráfico extraordinario para significar la comunicación. Las había floridas para representar el canto, y las simples para expresar la palabra.

La descripción y el análisis de la escritura maya, de las medidas de longitud en la ciencia de los aztecas, o la delicada elaboración de los códices y calendarios, son algunos de los ejemplos que maravillan. Uno se pregunta cómo no se los analizó antes desde una perspectiva comunicacional, cuando son comunicación en su sentido más estricto. Los escribas, los pintores de códices son “los antecedentes más remotos de lo que son hoy los profesionales de la comunicación” (página 163).

Son exquisitas las páginas en las que se explora el carácter simbólico de la vestimenta, de la plumería y de los adornos corporales. Nada estaba librado al azar, todo tenía un sentido, todo comunicaba una idea.

Los comunicadores de la época precolombina, que a veces hacían de espías, son personajes extraordinarios: “La excelencia de las estafetas de corredores y de las estaciones mensajeras en la carretera de Tenochtitlán a la costa se demostró a los dos días de haber anclado los barcos de Cortés en la rada abierta de Veracruz; pues ya estaba allí una embajada de Moctezuma, junto a un grupo de ‘reporteros pictográficos’ aztecas, que incluyeron en sus dibujos a los españoles, sus barcos, perros y caballos para informar a Moctezuma”, escribe Krickeberg, citado en el libro.

La parte andina parece menos rica en comunicación que la parte mesoamericana, aunque los autores afirman con certeza que los quipus o khipu eran una forma de escritura, que no ha podido descifrarse hasta ahora. El debate sigue entonces abierto, mientras no se descifren, sólo podemos afirmar con otros autores que se trataba de un sistema nemotécnico de contabilidad. El expediente de citar a Silverman cuando afirma que “viene a ser texto todo aquello que utilice un símbolo para transmitir un mensaje comprensible por el receptor” no excluye que los quipus esperan todavía su Champollion o su Linda Schele.

El formato del libro, elaborado con un informe, con los párrafos marcados con numerales, no es muy agradable a la lectura. A veces, los detalles sobre las fuentes y referencias son excesivos en las notas al pie de página, y sin embargo algún autor fundacional como Linda Schele, no aparece en las referencias bibliográficas. Por otra parte el formato y la calidad de la impresión y del armado (páginas sueltas que se desprenden si el libro se consulta varias veces), más algunas erratas y algún párrafo repetido, desmerecen el enorme trabajo realizado y la calidad de la información textual y gráfica que contiene.

“La comunicación antes de Colón” tiene la virtud, entre muchas, de reunir bajo un mismo techo muchos estudios parciales que no reflejaban la mirada comunicacional. Es un aporte innovador e importante para acabar –como indica Luis Ramiro Beltrán en su introducción- con el “raro silencio que dolía” respecto a la comunicación de las culturas que precedieron a la llegada de los europeos a América.

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