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Área: Opinión >> Comentarios y enfoque
Actualizado el 2010-01-15 a horas: 18:03:35

Terremoto y mal gobierno

Haití con dolor y rabia

Alfonso Gumucio D.

Trabajé dos años y medio en Haití, entre 1995 y fines de 1997, cuando todavía creía en la sinceridad de UNICEF y en la posibilidad de cambiar algo en ese país. Hoy, al ver los edificios de Port-au-Prince aplastados por el terremoto, cientos de cuerpos inertes en las calles y los brazos y piernas de la gente agitándose debajo de los escombros, no sé si sentir dolor o rabia.

Alfonso Gumucio Dagron

Alfonso Gumucio Dagron

Escritor, cineasta, periodista, fotógrafo y especialista en comunicación para el desarrollo. Ha trabajado en programas de comunicación para el cambio social en África, Asia, América Latina y el Caribe, con agencias de Naciones Unidas, con fundaciones internacionales y ONGs.

Fue miembro de la redacción del Semanario "Aquí" y ha publicado en un centenar de diarios y revistas de Bolivia, América Latina, Europa, Norteamérica, África y Asia. Dirigió películas documentales en varios países. Es Coordinador del Grupo Temático de Comunicación para el Cambio Social en la Asociación Latinoamericana de Investigadores de la Comunicación (ALAIC).

Ha publicado más de veinte libros de poesía, narrativa, testimonio, y estudios sobre literatura, cine y comunicación, entre ellos: Historia del Cine Boliviano (1982); Cine, Censura y Exilio en América Latina (1979); Luis Espinal y el Cine (1986); Las Radios Mineras de Bolivia (1989) en colaboración con Lupe Cajías; Comunicación Alternativa y Cambio Social (1990); La Máscara del Gorila (1982) Premio del Instituto Nacional de Bellas Artes de México; Haciendo Olas: Comunicación Participativa para el Cambio Social (2001), Antología de Comunicación para el Cambio Social (2008).

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Es un lugar común decir que Haití es el país más pobre del hemisferio, y lo es, aunque en algunas estadísticas compite de cerca con Honduras, Nicaragua y Bolivia. Los males de Haití los enumeran en estos días los diarios y las cadenas de televisión. Es como si el terremoto de 7.0 grados hubiera hecho caer una cortina que mantenía al país escondido de la vista de los demás.

Es cierto, Haití tiene una tasa de analfabetismo muy alta, su población carece de oportunidades de trabajo, por lo que se vuelca a la violencia. La degradación ecológica de la isla del lado haitiano es galopante, los bosques han sido destruidos para hacer leña para cocina, a falta de otra fuente de energía, pues la electrificación rural (y urbana) es precaria. Las carreteras son un desastre y los servicios nunca funcionan a cabalidad.

Los relatos dramáticos de que ahora no hay ni electricidad ni agua en Puerto Príncipe, y que los teléfonos no funcionan por el terremoto, tienen un eco irónico para quienes hemos vivido allí: nunca ha habido en realidad un servicio garantizado de electricidad, agua potable, o telefonía. El Estado ha sido siempre un pésimo proveedor. En todas las casas de quienes pueden permitírselo hay generadores de electricidad o series de baterías para hacerle frente a los cortes de luz muy frecuentes, que pueden durar dos o tres semanas como si nada. Cada quien tiene que resolver su problema de aprovisionamiento de agua porque la ciudad capital no tienen un servicio decente. Las líneas de teléfono están siempre congestionadas, no necesitan un terremoto para eso.

Sobre mojado, llovido. Ahora, el terremoto más fuerte de su historia, y antes, tormentas tropicales, huracanes y ciclones como Ike, Fay, Gustav o Hanna que azotaron Haití en 2008. Haití proyecta la imagen de un país que la naturaleza ha seleccionado para castigar. Es cierto solamente en parte, ya que no hay sino unos pocos kilómetros que lo separan de República Dominicana, que al igual que Cuba ha sufrido también el castigo de huracanes y ciclones, pero ambos países han estado mejor preparados para hacerles frente.

Estoy convencido de que la peor calamidad de Haití, ayer y hoy, es su clase política gobernante. Papa Doc, Aristide, Cedras o Preval, son la misma cosa desde el punto de vista de la administración del Estado: una desgracia. Cuando viví en Haití algunos colegas de trabajo decían que las cosas funcionaban mejor en tiempos de Papa Doc, claro, a punta de represión de los tonton macoute. No creo que haya que añorar esos tiempos oscuros del doctorcillo siniestro que se erigió en dictador, pero lo triste es ver que la condición democrática no ha traído mejores resultados al país.

La ineficiencia y la corrupción campean y son norma. Nada funciona y no se hace ningún esfuerzo para cambiar las cosas. Tres gobiernos de René Preval no han servido para nada, es una vergüenza. Nos tocó su primer gobierno durante la estadía en Haití, y nunca olvidaré que luego de la renuncia del Primer Ministro Rosny Smarth el país se quedó sin ministros durante 11 meses. El pusilánime Presidente Preval fue incapaz de rehacer su gobierno durante casi un año.

El canibalismo de la clase política haitiana impide que el país se desarrolle, pero también la corrupción y la desidia. En cada momento crítico de su historia Haití ha recibido millonarias ayudas de la comunidad internacional, que no han servido para nada, apenas para mantener al país en la línea de supervivencia.

En las actuales circunstancias de tragedia y desolación, el pueblo haitiano es huérfano como siempre. No tiene gobierno. Todos los corresponsales de medios de difusión presentes en Haití lo dicen: no hay gobierno, no aparece, no está en ninguna parte, no existe. Pa genyen, en creole.

Recuerdo que al regreso de Aristide y la "democracia" había más de mil millones de dólares ofrecidos al país por organismos internacionales y países. No se pudieron desembolsar porque el gobierno fue incapaz de presentar programas y proyectos. Ya sabemos la historia de Aristide, el excura de La Saline terminó convertido en un cínico gobernante que se enriqueció a costa del Estado y de actos delictivos, manteniendo a la vez un discurso populista. Ahora vive un tranquilo exilio en Sudáfrica.

El dinero de la cooperación internacional se perdió antes como se va a perder ahora la ayuda que llega para las víctimas del terremoto. Si los recursos se entregan al gobierno, se esfumarán como ha sucedido siempre; lo mejor sería entregarlos a organizaciones de ayuda humanitaria, que pueden administrarlos con más eficiencia y menos corrupción. La comunidad internacional ya tiene una amarga experiencia con la ayuda a Haití, y es por ello que ahora las cifras que ofrecen los países de la Unión Europea son ridículas, alrededor de uno o dos millones de dólares. Incluso los 100 millones que ofrece Estados Unidos son una fracción mínima del costo de las bombas que los "aliados" arrojan cada día sobre Afganistán.

Me irrita el romanticismo lastimero y la retórica grandilocuente de quienes se duelen de Haití sin conocer la isla, y siguen batiendo los tambores de la primera independencia americana, Toussaint Louverture por la libertad de los esclavos y Christophe contra los franceses. De eso no queda nada como no sean las magníficas construcciones en La Citadelle y el Palacio de Sans-Souci -Patrimonio de la Humanidad- que pude recorrer en absoluto silencio y soledad porque felizmente están fuera del alcance de la mayoría de los turistas. Haití involucionó continuamente a lo largo de su historia y no se le puede echar toda la culpa a los huracanes, a las dictaduras y a "la pobreza" como si fuera un pecado original. Con condiciones muy similares, Cuba o República Dominicana alcanzaron un mayor grado de desarrollo.

Hay una enorme responsabilidad de los propios haitianos y sobre todo de su clase dirigente, absolutamente indolente y ajena a la miseria que vive el país. Y hay también una responsabilidad enorme de la cooperación internacional, por su apoyo incondicional a regímenes corruptos e ineficientes. Y la misma historia se va a repetir ahora.

Veo en los medios de difusión imágenes de lugares conocidos que apenas reconozco. No es difícil reconocer el Palacio de Gobierno cuando uno ve esa torta de merengue aplastada que muestra la televisión, pero en cambio en el desorden de escombros del Hotel Montana o de la calle Delmas, me cuesta recobrar la memoria de esos y otros lugares en los que estuve tantas veces.

Pienso en algunos amigos haitianos, de quienes no he podido saber todavía. Pienso en Arnold Antonin, el cineasta y director del Centro Petion-Bolívar. Pienso en Gary Víctor, el narrador y novelista. Pienso en mis colegas de entonces en UNICEF: Claudette, Evelyne, Monique, Colette, Joel, Dominique, el grupo de teatro popular... Pienso también en Gérard Barthelemy, quien si viviera estaría sufriendo por ese Haití que adoptó con el intelecto y el corazón. Y en Tiga, Wilson Bigaud, Prefet Duffaut, Alexandre Gregoire, Andre Pierre y otros grandes artistas que conocí, algunos ya fallecidos. Pienso en Mimi Barthelemy, la escritora, quien desde París seguirá angustiada las noticias de su país natal.

No cabe duda de que hay una falla geológica que atraviesa Haití a pocos kilómetros de Port-au-Prince, pero hay también una falla humana incomprensible en la clase política del pequeño país caribeño.

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