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Área: Opinión >> Comentarios y enfoque
Actualizado el 2009-03-08 a horas: 12:21:38

Obras son amores (interminables)

La lentitud y la fealdad

Alfonso Gumucio D.

Así como la política y la corrupción en nuestro países tienen una dinámica acelerada, las obras de infraestructura avanzan con una lentitud pavorosa, al extremo de que las van inaugurando "por etapas", como es el caso de los puentes "trillizos" del bicentenario de La Paz, que a este paso podrían inaugurarse en el tricentenario.

Alfonso Gumucio Dagron

Alfonso Gumucio Dagron

Escritor, cineasta, periodista, fotógrafo y especialista en comunicación para el desarrollo. Ha trabajado en programas de comunicación para el cambio social en África, Asia, América Latina y el Caribe, con agencias de Naciones Unidas, con fundaciones internacionales y ONGs.

Fue miembro de la redacción del Semanario "Aquí" y ha publicado en un centenar de diarios y revistas de Bolivia, América Latina, Europa, Norteamérica, África y Asia. Dirigió películas documentales en varios países. Es Coordinador del Grupo Temático de Comunicación para el Cambio Social en la Asociación Latinoamericana de Investigadores de la Comunicación (ALAIC).

Ha publicado más de veinte libros de poesía, narrativa, testimonio, y estudios sobre literatura, cine y comunicación, entre ellos: Historia del Cine Boliviano (1982); Cine, Censura y Exilio en América Latina (1979); Luis Espinal y el Cine (1986); Las Radios Mineras de Bolivia (1989) en colaboración con Lupe Cajías; Comunicación Alternativa y Cambio Social (1990); La Máscara del Gorila (1982) Premio del Instituto Nacional de Bellas Artes de México; Haciendo Olas: Comunicación Participativa para el Cambio Social (2001), Antología de Comunicación para el Cambio Social (2008).

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Regreso a La Paz cada dos o tres meses, y no veo que las obras públicas avancen. Más es lo que se dice que se hace que lo que se hace realmente. Donde uno mire, ve cosas a medias, y parece que siempre estarán a medias, porque el progreso es mínimo. Paso delante de las estructuras de los puentes trillizos, y no veo sino dos o tres hombre encima, trabajando o cuidando, no sé. ¿Será que no hay dinero para pagarles? ¿Será que se han perdido los planos? ¿Que no llega el cemento? ¿O que se está esperando el momento de las elecciones para impresionar a los votantes?

En apenas cinco años se ha concluido la construcción de la estructura más alta del mundo construida por el hombre, la Torre Burj Dubai, que tiene 818 metros de altura y 160 pisos. La eficiencia y productividad de los trabajadores de India, Bangladesh, Pakistán, China y Filipinas es impresionante (no así sus salarios de US$ 4.00 dólares diarios). Los ingenieros resolvieron desafíos inéditos: para bombear el cemento a casi un kilómetro de altura antes de que fraguara en el camino, tuvieron que fabricar máquinas especiales. Todas las comparaciones son odiosas, es cierto, pero uno no deja de maravillarse de la alta productividad asiática en comparación al adormecimiento de nuestro país, donde "el concepto del tiempo es diferente", según se suele decir para excusar nuestro retraso histórico.

Supongamos que los puentes trillizos son, para Bolivia, un desafío tan gigantesco y difícil como la Torre Burj Dubai y demos el tiempo que sea para que algún día se termine. Pero hay otros ejemplos más graves. Hace meses que empezó la construcción de una nueva caseta de cobro en la entrada del aeropuerto de El Alto. Al parecer ya está terminada pero no habilitada. ¿Qué falta? ¿Qué se espera? ¿Acaso un espacio en la agenda presidencial para que venga a inaugurarla?

Y ya que hablamos del aeropuerto internacional, hay pocas ciudades en el mundo donde el trayecto del aeropuerto hacia la ciudad sea tan desagradable. Ojalá pudieran construir un puente quintillizo elevado por encima de la espantosa ciudad de El Alto -ese campamento que cumple ahora 24 años como ciudad independiente- por lo menos para evitar una primera impresión deprimente de la llegada a La Paa, como la que se tiene ahora.

La imagen que los visitantes se llevan de la ciudad de La Paz y de El Alto es la de dos ciudades a medias, donde el paisaje urbano está saturado de desorden y de arbitrariedad. Parece que no hubiera reglamentos, ni manera de hacerlos cumplir. Cada día la ciudad de La Paz está más fea (ni qué decir de El Alto). "Ho-rrible La Paz..." deberíamos cantar en el himno, en lugar de "Oh, linda La Paz".

Entre las cosas más feas que tiene la ciudad están las construcciones a medias. Todas las laderas de la "hoyada" son un ejemplo de este cáncer urbano. Las casas nunca se terminan, supuestamente para no pagar impuestos, y la Alcaldía no tiene un sistema de multas o un programa de estímulo para que los propietarios revoquen con estuco los muros y los pinten. El ladrillo de construcción aparece en la piel urbana como una cicatriz purulenta que sangra cemento por los costados. Qué diferencia notable con el ladrillo visto en Bogotá, por ejemplo, donde los edificios construidos en cemento son revestidos por una piel de ladrillo bonito, sin agujeros, elegante.

Con gran alharaca se dijo que la Avenida Camacho iba a ser totalmente remozada, y que la maraña de cables iba a desaparecer. Quizás enterraron algunos, pero todavía se puede ver, como en otras partes de la ciudad, ese cableado tan desordenado y feo que atraviesa las esquinas. ¿No hay reglas para las compañías de teléfono, de cable, y de electricidad? Hacen lo que les da la gana?

La Paz fue atractiva hace 40 años, cuando el Illimani dominaba y se veía desde cualquier punto de la ciudad. Poco a poco los edificios, diseñados por arquitectos inescrupulosos motivados por el lucro salvaje, fueron oscureciendo el paisaje urbano. Paralelepípedos sin gracia, sin arquitectura, sin obras de arte, sin jardines, uno al lado de otro, compitiendo por cada metro de espacio libre y afeando la ciudad cada día más.

La contaminación visual, atmosférica y auditiva predomina. Cualquier tienducha de discos piratas o restaurante de cuarta se arroga el derecho de sacar a la calle altavoces que a todo volumen quiebran la paz y la tranquilidad a la que los ciudadanos tienen derecho. La publicidad salvaje ocupa a veces las fachadas enteras de los comercios, afeando aún más la imagen urbana. Qué diferencia con Quito, donde se ha rescatado una buena pare del casco urbano antiguo y se aplican reglas rigurosas para que los letreros de las tiendas y de los restaurantes tengan un tamaño limitado, sean en hierro forjado, uniformes en su color, y pegados a la pared en lugar de estar colgados sobre los transeúntes.

El tráfico en la ciudad-embudo de La Paz es insoportable, nadie respeta nada, ni los peatones ni los conductores. Los micros y los taxis se paran en medio de la calle, o en una esquina, delante de los policías que se hacen los de la vista gorda. Los peatones cruzan en rojo y en cualquier momento. Nadie usa cinturón de seguridad, nadie respeta las reglas de tránsito, los semáforos, los pasos de zebra. Los muchachos "zebra" que ha puesto la Alcaldía para educar a los transeúntes y a los conductores son ignorados y a veces agredidos. No hay control sobre las emisiones de los tubos de escape, que a veces dejan una nube negra a su paso. No existe el menor sentido de civilidad ni de la convivencia. En ciertos barrios las tiendas invaden con conos o letreros los espacios de estacionamiento sobre la calle, apropiándose de ellos sin contar con las autorizaciones que la Alcaldía otorga, excepcionalmente, a las embajadas y organismos internacionales. Pero no hay control, no hay multas, como no las hay para las construcciones que ocupan con arena o escombros las aceras y los espacios públicos.

A los paceños y alteños parece que no les importa vivir en la desidia y la mugre, con las calles llenas de basura y malolientes. Las aceras rotas, descuidadas, parecen trampas intencionales para tropezar, para resbalar, para lastimarse. Cualquier otra sede de gobierno en América Latina es mejor, no conozco entre ellas otro paisaje urbano más feo que el de La Paz, a pesar del privilegio que tiene de estar entre majestuosas montañas, con una topografía única. Puede que el tráfico sea un problema en Lima, México o Bogota, pero son capitales de lujo comparativamente.

Nos dicen que la economía del país está boyante, que nunca hemos tenido tanto dinero en las bóvedas del Banco Central, que la gente paga más impuestos que antes, que hay más capital de inversión a disposición de las alcaldías... pero no vemos el cambio, no vemos una mejor calidad de vida, solamente queda el eco de los discursos rimbombantes y demagógicos, que revelan proyectos políticos y ambiciones personales antes que la voluntad de servicio público.

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