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Área: Opinión >> Comentarios y enfoque
Actualizado el 2009-01-20 a horas: 17:29:07

¿Seremos ateos?

José Ros Izquierdo *

(La Paraba).- Los debates, cuando se vuelven apasionados y motivados por un interés político, pierden de vista la objetividad de aquello que se pretende aclarar... Este es el caso de los ya "famosos" artículos del proyecto de CPE referidos a la relación Estado-Iglesia católica. Señalaré tres aspectos que me parecen importantes para intentar esclarecer en algo el diálogo.

En primer lugar, cabe preguntarse: ¿Es romana la Iglesia? Si nos fijamos en el artículo 3 de la actual CPE, en vigencia hasta que se decida en el próximo referéndum, se expresa que "el estado reconoce y sostiene la religión católica, apostólica y romana (...) las relaciones con la iglesia católica se regirán mediante concordatos y acuerdos entre el estado boliviano y la santa sede":

No deja de ser curioso que en nuestra Constitución se mantenga el término "romana" cuando ni el mismo Credo de la Iglesia (que es el conjunto de verdades en las que todo bautizado debe creer) lo menciona. Cuando proclamamos nuestra fe, sea en la Misa o en otro acto litúrgico, decimos: "Creemos en Dios Padre (...), en la santa Iglesia católica, apostólica, la comunión de los santos..." Nada sobre la Iglesia romana. En términos populares habría que decir que nuestra Constitución actual "es más papista que el Papa"... Éste puede ser, en estos momentos, uno de los obstáculos para un diálogo sereno. Habrá personas que consideran que no pueden ser buenos católicos sin ser fieles a Roma. Y sin embargo, Roma es Roma (con su idiosincrasia, costumbres y formas de vida) y Bolivia es Bolivia (con nuestra propia idiosincrasia). Una Iglesia católica (es decir: universal) tiene que manifestarse en cada lugar fiel al evangelio, pero adaptada a las costumbres y tradiciones de sus habitantes (al respecto, recuerdo a un buen jesuita misionero, allá en Alaska, que tuvo que adaptar la parabola del buen pastor y la oveja perdida al buen esquimal y la foca perdida...; más importante es el mensaje que la forma!).

En segundo lugar, nos podemos preguntar: ¿Es jerárquica la Iglesia? Si vemos los Evangelios y el libro de los Hechos de los Apóstoles encontramos una comunidad de creyentes que reconocen la primacía de Pedro y también le otorgan un lugar preponderante a Pablo. Pero ni Pedro ni Pablo ni Santiago ejercen esa autoridad como un privilegio, sino como un servicio... "No vine a ser servido, sino a servir", les había dicho su Maestro y ellos lo cumplían. No había títulos ni honores: ni monseñor, ni eminencia ni santidad... Eran hermanos al servicio de la palabra. Tres siglos más tarde, San Agustín, aquel gran obispo africano, lo definía con una tan escueta como clara frase:"Con ustedes, hermanos. soy cristiano; para ustedes, soy obispo. Aquello es mi privilegio; esto es mi reponsabilidad". Los títulos actuales, la estructura actual de la Iglesia proviene de los tiempos de Constantino (cuando empezó a otorgar favores a los obispos para que éstos, a su vez, le dieran su apoyo) y se afianzaron aún más en la Edad Media y el Renacimiento.

El título, por ejemplo, de "monseñor" que se aplica a los obispos es humillante, puesto que esa palabra proviene del francés: "mon seigneur", es decir "mi señor" (tratamiento que daban los vasallos a los nobles señores feudales) y no se puede concebir hoy en día que nos dirijamos a alguien llamándole "mi señor"! No digamos ya el título de "eminencia" que se aplica a los cardenales... Eminencia es aquel que sobresale notoriamente por sus conocimientos científicos o por su gran ejemplo de vida, pero no por haber sido nombrado para un cargo. Es más, la palabra cardenal (que proviene del latín "cardinis" es decir "bisagra") nos remonta a la puerta que gira alrededor de las bisagras (así como el universo gira alrededor de los cuatro puntos "cardinales"). Posteriormente se vino a aplicar a unos cristianos (al comienzo no todos los cardenales eran ni siquiera sacerdotes) que colaboraban con el Papa, eran como los ejes sobre los que giraban las puertas de Roma... Lamentablemente se fue mezclando servicio con privilegio y éste prevaleció sobre aquél, (y de manera especial con figuras tan tristes en la historia de la Iglesia como el cardenal Richelieu o los Borgia) . Por tanto, tendríamos que concluir que dentro de la jerarquía de la iglesia católica hay que insistir más en el servicio y suprimir títulos y ropajes que los aleja del pueblo: "El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir..." (Mc. 10:45). El proyecto de la NCPE reconoce la existencia de la iglesia católica, al igual que otras iglesias, pero todas ellas como servidoras, sin privilegios ni concordatos. Y esto es puro evangelio: "Si yo, el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros" (Juan, 13:14).

En tercer lugar, hay que ser claros: la separación entre el estado y la iglesia no significa para nada "ateísmo", ni "comunismo", ni ninguno de los "ismos" que se inventan para criticar a la nueva Constitución. "Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios" (Mt. 22:21). La iglesia nació en la persecución, en las catacumbas y nunca fue el resultado de la unión con los emperadores romanos. Es más, la verdadera fe se afianza y fortalece cuando se vive sin el apoyo de los poderes de este mundo. Deberíamos estar contentos porque podemos vivir nuestro compromiso cristiano sin necesidad de privilegios ni de exención de impuestos ni otras prebendas que proceden llana y sencillamente por haberse apoyado en los poderes del estado. Pero es más, si en Santa Cruz se proclama la modernidad y el ímpetu renovador, es ahí donde más se tendría que apoyar un sistema que nos aproxima a los estados modernos latinoamericanos y europeos. Si se proclama a los cuatro vientos en el himno cruceño el slogan de "la España grandiosa (...) aquí plantó el signo de la redención"..., habría que mirar a esa España que, desde 1978, en su nueva constitución proclama la separación estado-iglesia: "Ninguna confesión tendrá carácter estatal" (Art 16, inc. 3).

Una constitución, por tanto, que reconoce y apoya la diversidad, sea ésta cultural o religiosa, no puede llevarnos a ningún mal, antes bien será el fermento para que renazca una nueva Bolivia enriquecida con los valores que todos podemos aportar.

* Docente universitario.

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