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Área: Opinión >> Comentarios y enfoque
Actualizado el 2008-12-19 a horas: 00:15:53

Cuando la arbitrariedad reina

Tiwanaku, doble abandono

Alfonso Gumucio D.

Nadie sabe a ciencia cierta cómo se produjo el ocaso de Tiwanaku. Se conoce que no fue producto de una invasión o guerra; la ciudad religiosa fue simplemente abandonada. Se cree que algunos de sus líderes emigraron al valle del Cusco donde fundaron la dinastía de los Incas. Pero no es mi intención hablar de estas perogrulladas de texto escolar que repiten los guías de Tiwanaku como loros.

Alfonso Gumucio Dagron

Alfonso Gumucio Dagron

Escritor, cineasta, periodista, fotógrafo y especialista en comunicación para el desarrollo. Ha trabajado en programas de comunicación para el cambio social en África, Asia, América Latina y el Caribe, con agencias de Naciones Unidas, con fundaciones internacionales y ONGs.

Fue miembro de la redacción del Semanario "Aquí" y ha publicado en un centenar de diarios y revistas de Bolivia, América Latina, Europa, Norteamérica, África y Asia. Dirigió películas documentales en varios países. Es Coordinador del Grupo Temático de Comunicación para el Cambio Social en la Asociación Latinoamericana de Investigadores de la Comunicación (ALAIC).

Ha publicado más de veinte libros de poesía, narrativa, testimonio, y estudios sobre literatura, cine y comunicación, entre ellos: Historia del Cine Boliviano (1982); Cine, Censura y Exilio en América Latina (1979); Luis Espinal y el Cine (1986); Las Radios Mineras de Bolivia (1989) en colaboración con Lupe Cajías; Comunicación Alternativa y Cambio Social (1990); La Máscara del Gorila (1982) Premio del Instituto Nacional de Bellas Artes de México; Haciendo Olas: Comunicación Participativa para el Cambio Social (2001), Antología de Comunicación para el Cambio Social (2008).

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He visitado luego de cierto tiempo nuestro sitio arqueológico más antiguo y he encontrado una nueva decadencia, un nuevo abandono. Los esfuerzos realizados durante la última década para restaurar parte del esplendor de Tiwanaku -con el traslado del monolito Bennett y la creación del museo lítico en un edificio muy bien diseñado para ese efecto- se enfrentan ahora a un enemigo interno que paradójicamente es la propia comunidad encargada de la salvaguarda.

Según me han explicado, quien manda en Tiwanaku es la población que vive en el pueblo del mismo nombre. Ellos controlan los museos con mentalidad feudal, perciben el dinero de los ingresos y no permiten que nadie meta las narices, ni siquiera el Vice-Ministerio de Cultura. Es un negocio redondo: reciben miles de dólares por mes por el cobro de entradas a los visitantes, y no reinvierten ni un peso. No hay transparencia en ese manejo de recursos, no se ha hecho pública ninguna auditoria, no se sabe a ciencia cierta dónde van a parar esos ingresos que podrían llegar a cien mil dólares anuales, en un cálculo conservador.

El abandono es lamentable. Durante mi visita me tocó ver cosas deplorables. Por ejemplo, los baños del museo están tan sucios y malolientes, que las mujeres que quieren usarlos tardan menos en salir que en entrar, y prefieren aguantarse. En el nuevo museo lítico, la estupenda iluminación con que se estrenó el monolito Bennett es ahora una penumbra absurda. A los pies del monolito corre un cablerío enrevesado que ofrece muy mala impresión. Los reflectores con que se inauguró ese espacio han sido remplazados por focos normales que obviamente no ofrecen el mismo tipo de iluminación.

No hay en esa comunidad ninguna iniciativa que pueda fomentar el turismo cultural. No existe un solo hotel o restaurante decente en el pueblo, nada que merezca el aprecio de los visitantes. La decadencia del sitio arqueológico se extiende sobre el poblado vecino, igualmente decadente, donde reinan la abulia y la indiferencia.

Pero además hay una actitud displicente hacia los visitantes, como si se les estuviera haciendo un favor. Una serie de "prohibiciones" absurdas, como la de fotografiar el monolito Bennett, aún sin flash, como si la piedra fuera a dañarse. Un poco de asesoramiento de los mexicanos, por ejemplo, no estaría mal. Ellos saben cómo hacer museos y cómo mantenerlos. Pero la xenofobia y el oportunismo que se han apropiado de Tiwanaku hacen imposible cualquier colaboración internacional.

En cuanto a las excavaciones, de las que no se ve mucho progreso, me dicen que un grupo de arqueólogos se ha apropiado del sitio y no permite el ingreso de nadie más, con el argumento falaz de que "los extranjeros vienen a robarse piezas arqueológicas", algo que los guías repiten sin palidecer como si hubieran recibido instrucciones precisas para decirlo. Obviamente que todo el mundo sabe que la mayor parte de los robos de piezas arqueológicas, en cualquier sitio patrimonial del mundo, se hace a través de los "huaqueros" locales.

Si eso fuera cierto, no se habría podido hacer trabajos arqueológicos casi en ninguna parte del mundo, donde se ha obtenido recursos internacionales gracias precisamente a la presencia de expertos arqueólogos de muchos países. Cuando uno visita Angkor en Camboya o Tikal y el Mirador en Guatemala, se da cuenta de la importancia de contar con especialistas de muchas naciones para contribuir en los trabajos. Lo contrario solamente revela una mentalidad pacata, chauvinista y oportunista.

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