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Área: Opinión >> Comentarios y enfoque
Actualizado el 2008-07-05 a horas: 02:15:38

Sobre cambio climático y otras maldiciones

De parches y políticas

Alfonso Gumucio D.

En estas semanas la FAO está promoviendo un interesante foro virtual en el que participan especialistas de comunicación y medio ambiente, para reflexionar y debatir un tema que nos concierne a todos: el cambio climático. Para muchos sigue siendo un tema ajeno, que sólo afecta porque cambia la temperatura o el régimen de lluvias, pero para los más conscientes el cambio climático se vincula a la seguridad alimentaria, a los desastres naturales, y a otros temas que están directamente relaciones a la supervivencia de la humanidad.

Alfonso Gumucio Dagron

Alfonso Gumucio Dagron

Escritor, cineasta, periodista, fotógrafo y especialista en comunicación para el desarrollo. Ha trabajado en programas de comunicación para el cambio social en África, Asia, América Latina y el Caribe, con agencias de Naciones Unidas, con fundaciones internacionales y ONGs.

Fue miembro de la redacción del Semanario "Aquí" y ha publicado en un centenar de diarios y revistas de Bolivia, América Latina, Europa, Norteamérica, África y Asia. Dirigió películas documentales en varios países. Es Coordinador del Grupo Temático de Comunicación para el Cambio Social en la Asociación Latinoamericana de Investigadores de la Comunicación (ALAIC).

Ha publicado más de veinte libros de poesía, narrativa, testimonio, y estudios sobre literatura, cine y comunicación, entre ellos: Historia del Cine Boliviano (1982); Cine, Censura y Exilio en América Latina (1979); Luis Espinal y el Cine (1986); Las Radios Mineras de Bolivia (1989) en colaboración con Lupe Cajías; Comunicación Alternativa y Cambio Social (1990); La Máscara del Gorila (1982) Premio del Instituto Nacional de Bellas Artes de México; Haciendo Olas: Comunicación Participativa para el Cambio Social (2001), Antología de Comunicación para el Cambio Social (2008).

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En la nota introductoria de la segunda semana de debate, Ricardo Ramírez hace referencia a las políticas. Nada más cierto que lo que sugiere sobre la influencia de lo macro en lo micro: un hogar rural en cualquiera de nuestros países es sujeto (¿o víctima?) de políticas globales, regionales, nacionales, departamentales y municipales. Lo macro, pues, determina lo micro, pero ¿se puede desde lo micro hacer algo al respecto? ¿Desde esa comunidad rural se puede luchar contra el cambio climático?

Si bien valoro las infinidad de pequeños proyectos que en las comunidades tratan de educar a los más pobres sobre los efectos del cambio climático, en general estoy cada vez más pesimista de que la solución sea informar a las víctimas. Porque son víctimas las que padecen los efectos de otros.

Empezando desde arriba (lo “macro”), es obvio que no existe una voluntad sincera de resolver los grandes problemas que enfrentamos en materia de cambio climático. La prueba de esto es la hipocresía de las grandes potencias -empezando por Estados Unidos- que se niegan a asumir compromisos serios y no hacen sino discursos floridos sobre sus buenas intenciones. Con eso nos engañan a todos.

Si bajamos a nivel regional, tampoco vemos esfuerzos decididos de los países de nuestra América Latina por prevenir las consecuencias del cambio climático, porque los intereses son muy diversos y muchas veces opuestos, como se ve claramente en las políticas nacionales –el tercer nivel- donde países tan influyentes como Brasil, le dan la espalda a la temática que nos preocupa. Ni con Lula tiene Brasil una política coherente de defensa del medio ambiente, y las señales que envía son por lo general lamentables, por ejemplo su compromiso abierto con la producción de etanol, y el reciente despido de la Ministra de Medio Ambiente, Marina Silva, cuya impecable trayectoria era un impedimento para los planes de continuar desbocando la selva amazónica. En ese panorama, lo que hagan o dejen de hacer los países más pequeños, no tiene mucha trascendencia regional, aunque podría ser importante para cada país.

La distancia entre el discurso político y las políticas concretas es enorme. Se ha citado en el foro virtual de la FAO el ejemplo de Guatemala como un caso positivo, y es posible que haya experiencias que se esfuerzan en mejorar la situación de las comunidades más pobres. Sin embargo, Guatemala es más bien ejemplo de políticas y acciones que van en detrimento del medio ambiente y contribuyen a incrementar los riesgos producidos por el cambio climático. La zona del Petén, rica en bosques, está siendo destruida porque se entregan grandes concesiones territoriales a compañías petroleras y madereras en el norte (en zonas sembradas de ciudades mayas y vestigios arqueológicos) y encima se amplía la frontera agrícola, pero no para producir más alimentos, sino para plantar palma africana y materia prima (maíz o caña de azúcar) para producir etanol. Bastó una visita de menos de 24 horas de Bush hace un año, para que Guatemala rindiera su territorio a la voracidad del parque automotor de Estados Unidos.

No pretendo decir que Guatemala es el “chico malo” del barrio. Creo que son muy pocos países en América Latina los que pueden mostrar políticas coherentes en materia ambiental. Costa Rica lo ha hecho tradicionalmente, pero los demás van a la zaga porque todo lo que es cuidado ambiental como remedio para el cambio climático, pasa a un segundo lugar cuando hay oportunidades de lucrar con un negocio como el de etanol.

Entonces, si no hay políticas nacionales para contrarrestar los efectos del cambio climático, es ilusorio exigir a las comunidades que cuiden lo que no cuidan sus gobernantes y sus empresarios privados. Es incluso inmoral exigir a los más pobres en el área rural, que se sacrifiquen por su país y –en última instancia- por el planeta.

Por supuesto que uno se dice: “pero hay que hacer algo, no podemos quedarnos de brazos cruzados”. Y es cierto, pero lo que hagamos tiene que tener un sentido más político, en el sentido de acumular fuerza (lo que ahora se llama “capital social”) para hacer frente de una manera más militante y decidida, al falso discurso y a las arbitrariedades que cometen los gobiernos y los empresarios privados en materia ambiental. Ahí es donde el papel de la comunicación es importante, no solamente para sensibilizar sobre temas técnicos cuyas soluciones están fuera del alcance de los más pobres y marginados, sino para fortalecer las organizaciones que pueden actuar, como lo hace Greenpeace, por ejemplo, enfrentándose a quienes nos han llevado a la situación en la que estamos.

Esto último nos remite a las necesidades que son sobre todo: a) crear conciencia política en la población sobre las agendas globales, regionales y nacionales; b) fortalecer con participación organizaciones que pueden contribuir a aglutinar el “capital social” antes mencionado, y c) llevar adelante acciones que no sean simplemente “parches” y aspirinas, sino actividades que contribuyan a crear debate nacional y que pongan a los gobiernos frente a sus responsabilidades.

El gran error que cometemos con frecuencia es actuar en lo micro y no ver lo macro. Es decir, tendemos a ver los árboles que tenemos cerca y no el bosque en su conjunto (que cada vez se reduce más).

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