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Área: Internacional >> Latinoamérica
Actualizado el 2008-04-03 a horas: 21:08:21

Usureros de la tierra

Oscar Taffetani

(APe).- La palabra usura es de origen latino y tiene que ver con el uso del dinero y el crédito, y con el cobro de intereses por ese concepto.

Para la doctrina cristiana (por lo menos, antes de sus últimas actualizaciones) el cobro de intereses y la obtención de ganancias por el uso del dinero son actos inmorales. Shakespeare puso en escena esa discusión, en la obra El Mercader de Venecia. Allí se refleja el conflicto entre el antiguo capitalismo mercantil y el naciente capitalismo financiero. Esa misma confrontación entre el productor (fuera campesino, artesano o comerciante) y el banquero, reapareció en los tiempos de la Revolución Francesa. Fue el médico François Quesnay, hijo de chacareros, quien echó a andar la llamada doctrina fisiocrática, que dividía las actividades humanas en "estériles" y "no-estériles", privilegiando la explotación de la tierra y los recursos naturales por sobre otro tipo de explotaciones. Entrado el siglo XX (sin obviar los aportes del pensamiento anarquista y socialista sobre el tema) un memorable poema de Ezra Pound volvió a fustigar al capitalismo financiero, por alejarse de la tierra y del auténtico espíritu de la creación humana. Sabemos cómo terminó esa historia: el capitalismo financiero, recuperado al fin de la segunda guerra mundial, enjauló al poeta Pound (literalmente) y sentó las bases de un poderoso organismo financiero llamado Fondo Monetario Internacional.

Pueblos echados a perder

La impericia (según algunos) o la soberbia (según otros) del gobierno de Cristina Kirchner al diseñar el sistema de retenciones a la producción agropecuaria, metió en la misma bolsa recaudatoria a corporaciones propietarias de cientos de miles de hectáreas con grandes y medianos terratenientes y con minifundistas del Nordeste, sin discriminación. Así, permitió que se uniera el grito de los auténticos chacareros y pequeños propietarios rurales con el aullido de los simples rentistas del agro y con los chillidos de los pooles y multinacionales exportadoras, que veían reducirse un poco (apenas un poco) sus colosales márgenes de ganancia. El cóctel desató un conflicto que no tiene miras de acabar, al que se agregan día tras día reivindicaciones y exigencias sectoriales, en un país-archipiélago (así lo llamó el economista Daniel Muchnik) en donde la agenda mediática va desplazándose de los muertos en las rutas a los heridos en las canchas de fútbol y a los magullados de la protesta rural, pero nunca se detiene en la cotidiana y lacerante realidad de la pobreza extrema, el hambre y la exclusión de cientos de miles de argentinos. Daba tristeza, por estos días, ver arremolinadas junto a los containers del Mercado Central a mujeres y niños dispuestos a comer las frutas y verduras que a causa del paro se habían echado a perder. El pueblo entero -usemos esa metáfora- se está echando a perder, ante la insensible mirada de la dirigencia política y empresaria.

La herencia malversada

Hay una historia -y también una mitología- construida a través de los siglos, acerca del campesinado, sus luchas y sus esperanzas. Una parte de esa historia nos toca de cerca. Los abuelos de muchos de nosotros, como se dice, bajaron de los barcos. Pero bajaron para quedarse, acotamos. Bajaron para arraigar. Ellos, nuestros abuelos, maldecían y escupían la tierra, lloraban sobre la tierra, copulaban con la tierra. Le daban todo y le pedían todo. Cuando los usureros de turno quisieron sacarles la tierra, entonces se levantaron, organizaron la huelga, marcharon. Así, dieron el Grito de Alcorta, en 1912. O cantaron el Himno Nacional en Colonia Winifreda, durante la década pasada, resistiendo a los desalojos. Claro que algunas cosas fueron cambiando en estos últimos años, y de eso da cuenta un reciente editorial del diario La Arena de La Pampa, que destaca que la mayoría de los propietarios de tierra de esa provincia han dejado en manos de terceros la explotación de los campos y se han convertido en simples rentistas agrarios. "Los pooles sojeros -dice la nota de La Arena- no consumen servicios ni productos ni mano de obra provincial y dejan así a la provincia sin el 'derrame' que la producción de soja, supuestamente, debería dejar si estuviera en manos de los productores..." Como se sabe, la fórmula que hizo el milagro económico de estos años es la soja transgénica combinada con un herbicida universal llamado glifosato. Y como también se sabe, las campañas dobles de soja, con siembra directa, agotan la tierra y la esterilizan, comprometiendo el futuro de las nuevas generaciones. Cuando haya pasado la era de la soja, esas provincias sojizadas quedarán como quedó el norte de Santa Fe tras el paso de La Forestal: sin su bosque, sin su diversidad biológica, sin el recurso renovable para sus habitantes. La tierra por la que lucharon nuestros abuelos no era sólo un medio de producción, enajenable, alquilable, descartable. La tierra, para ellos, era el principio y el fin de cada cosa; y era la única continuidad posible de la vida. Un mismo sentimiento (aunque negado por el discurso del poder) los unía con los habitantes originarios de este suelo. Por eso recelaban de los bancos, de los abogados y los escritorios, de esos lugares en donde se traman negociados y expropiaciones cuyas únicas víctimas son los trabajadores del campo. Ellos, nuestros abuelos (tal vez idealizados en el recuerdo, no importa) se hubieran cortado las manos antes que convertirse en rentistas del agro, en despreciables usureros de la tierra.

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