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Área: Opinión >> Comentarios y enfoque
Actualizado el 2007-12-02 a horas: 23:24:22

Los retornados a Guatemala

Misael, el quechua que llegó para quedarse

Claudia Palma /elPeriódico

En marzo de 2007 partieron de Bolivia 31 familias campesinas de origen guatemalteco, que habían pasado en nuestro país un largo exilio, huyendo de las masacres perpetradas por las dictaduras militares. Los hijos, naturalmente, nacieron en territorio boliviano, y los padres, que habian llegado muy jóvenes, son más bolivianos que guatemaltecos. Sin embargo, ante la invitación del gobierno de Guatemala decidieron repatriarse. En Guatemala los recibieron con bombo y platillo, les dieron tierras, casas y otras cosas. En ese momento de euforia, se dijo que su vida en Bolivia habia sido de pobreza. Sin embargo, apenas 10 meses después, parece que no les va mejor en Guatemala, a juzgar por la nota publicada en El Periódico de ese país.

Vilma Villeda de La Rosa tuvo nueve partos naturales. Ni una cesárea, se enorgullece. Todos nacieron en el distrito Litoral, en Santa Cruz, el departamento más extenso de Bolivia, enclavado en el oriente de ese país. El sexto de sus hijos, Misael, de 12 años, permanece sentado a su lado en la sala de la casa que el Gobierno de Guatemala otorgó en la finca “Victoria y Libertad”, en Río Dulce, Izabal, a 31 familias que retornaron de Bolivia en marzo. De piel caoba, pelo lacio, ojos café, sin perder el acento boliviano con voz suavecita dice que es a Simón Bolívar y Antonio de Sucre a quienes debe recordárseles como los libertadores de la patria. A Misael le encanta la historia. Tanto que era el mejor alumno de quinto grado en la escuela de Litoral, Santa Cruz, como lo prueba su libreta de calificaciones, aunque tuvo cierta dificultad para concluir el año escolar. El diagnóstico de los médicos del hospital de Santa Cruz, quienes detectaron una leucemia linfoblástica aguda -cáncer en la sangre de los linfocitos- que obligó a Misael a hacer una terapia semanal, cambiaron de golpe la rutina del campeón en historia. El recuerdo más cercano de la última Navidad de Misael es el carrito de control remoto que hacía girar en los corredores del hospital. El de sus padres, la angustia para reunir los $10 o $15 para comprar un cuarto de plaquetas o medio litro de sangre para salvarle la vida. En marzo, cuando el vuelo que transportaba al grupo de retornados aterrizó en el aeropuerto La Aurora, el pequeño fue trasladado junto a su padre en una ambulancia a la Unidad de Oncología Pediátrica (Unop). “El pronóstico es difícil en el caso de Misael”, opina Federico Antillón, el médico tratante en la Unop. Durante el primer mes, los pacientes como él deben recibir un bloque intenso de quimioterapia que se conoce como inducción. Al final de esta tanda, debe repetirse el examen de la médula ósea. Para este período, debe estar en “remisión completa”, es decir que las células malignas no deben superar el cinco por ciento. En el uno por ciento de los casos, no se obtienen los resultados esperados. Este es el de Misael. Después de años de gestiones con ayuda de la Pastoral de Movilidad Humana, los La Rosa volvieron a Guatemala. Han pasado siete meses desde entonces. A Misael le es muy difícil reconocer como propio el país del que sus padres huyeron hace dos décadas, en medio de la represión, a un campamento de refugiados en Copán y, posteriormente, a Santa Cruz. Aunque algunos lugares, como el puente de Río Dulce o las tiendas donde se venden empanadas de loroco en Santa Cruz, Teculután, empiezan a ser familiares. Su próxima cita en el hospital será el 23 de diciembre. “No habrá cena de Navidad”, dice con nostalgia. Misael sonríe y va en busca de su álbum de fotos. En busca de más recuerdos felices que han quedado atrás. En Bolivia, la familia solía escuchar la misa del gallo y luego comer churrasco; con yuca y arroz. Lo más divertido, recuerda, era jugar a “Las penitencias”. La tradición dictaba esperar las doce al son de charangos, violines, quenas, mandolinas y zampoñas. Este año, durante meses, inquirió a Vilma sobre el sabor de los tamales, de los buñuelos, del ponche y del pavo, aunque la precariedad económica sólo permitiera imaginar el sabor de este último. De los ocho hermanos de Misael, tres contribuyen temporalmente al sostenimiento de la familia. Ello, mientras haya trabajo o sus patrones no se cansen de pagarles su jornal con documentos dudosos, les han advertido. Los La Rosa sobreviven de préstamos. Las incipientes cosechas de piña y rosa de jamaica aún no dan lo suficiente para sostener a la familia. Para Marco Antonio es imposible que la familia pueda reunirse el 24 de diciembre. Carecen de dinero para transportarse y no tienen alojamiento en la ciudad. La Unop solo ofrece hospedaje para el paciente y un acompañante. Aunque el hospital exonera, en muchos casos, a los pacientes de escasos recursos, la explicación no satisface a Marco Antonio. Como si hablara consigo mismo, tras exhalar un suspiro, susurra: “Ahora no sabremos si tendremos que pagar. Él tiene que curarse. Pero el resto de la familia también tiene que comer y tiene que seguir viviendo”. Vilma lo secunda: “Venimos con un pesito y cincuenta centavos entre la bolsa pero toda nuestra esperanza puesta en el futuro”.

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