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Actualizado el 2007-10-06 a horas: 01:20:06

40 años del asesinato

Ché: patrimonio de la humanidad

Alfonso Gumucio D.

Hace 40 años el sub-oficial del ejército boliviano Mario Terán, dicen que envalentonado por el alcohol que había ingerido, disparó dos ráfagas de ametralladora contra un Ché Guevara desarmado, herido e indefenso. Con ello, el Ché pasó del terreno de los vivos al de la inmortalidad. Murió con los ojos abiertos para que nadie lo olvide, y para no olvidarnos.

Alfonso Gumucio Dagron

Alfonso Gumucio Dagron

Escritor, cineasta, periodista, fotógrafo y especialista en comunicación para el desarrollo. Ha trabajado en programas de comunicación para el cambio social en África, Asia, América Latina y el Caribe, con agencias de Naciones Unidas, con fundaciones internacionales y ONGs.

Fue miembro de la redacción del Semanario "Aquí" y ha publicado en un centenar de diarios y revistas de Bolivia, América Latina, Europa, Norteamérica, África y Asia. Dirigió películas documentales en varios países. Es Coordinador del Grupo Temático de Comunicación para el Cambio Social en la Asociación Latinoamericana de Investigadores de la Comunicación (ALAIC).

Ha publicado más de veinte libros de poesía, narrativa, testimonio, y estudios sobre literatura, cine y comunicación, entre ellos: Historia del Cine Boliviano (1982); Cine, Censura y Exilio en América Latina (1979); Luis Espinal y el Cine (1986); Las Radios Mineras de Bolivia (1989) en colaboración con Lupe Cajías; Comunicación Alternativa y Cambio Social (1990); La Máscara del Gorila (1982) Premio del Instituto Nacional de Bellas Artes de México; Haciendo Olas: Comunicación Participativa para el Cambio Social (2001), Antología de Comunicación para el Cambio Social (2008).

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Se van a multiplicar los homenajes en todo el mundo. Se publicarán miles de artículos –como este- para recordar al Ché y su paso por la historia. Es un hombre símbolo, como Gandhi, como Jesús, como Mahoma, como Mandela, como esas pocas figuras proféticas que en la historia han marcado a las generaciones, no solamente por su ideología revolucionaria, sino por su integridad ética, por la absoluta armonía de sus actos con sus valores y principios.

El Ché es hoy un patrimonio de la humanidad, y si la UNESCO tuviera establecida esa categoría para preservar el pensamiento y la vida de los grandes hombres y mujeres, el Ché entraría en la lista entre los primeros, sin discusión. Es más, esa categoría debería crearse. No hay razón para que solamente tengamos patrimonio natural (la diversidad ecológica del planeta), patrimonio intangible (manifestaciones culturales y folklóricas) y patrimonio histórico (los grandes monumentos).

No soy un estudioso de la obra y de la vida del Ché, de modo que no voy a pontificar sobre sus méritos, por demás conocidos. Solamente voy a referirme a esas intersecciones de la vida en las que el azar me puso cerca de la memoria del Ché.

El Ché nos toca a todos, pero en una medida más importante a mi generación, porque éramos adolescentes cuando el Ché triunfaba en Cuba, aparecía en Naciones Unidas o en Punta del Este, desaparecía en África o en las selvas bolivianas. Su muerte en Bolivia marcó con fuego a los jóvenes bolivianos que despertábamos a la realidad social y política del país. La guerrilla del Ché puso a Bolivia en el mapa internacional y ayudó por lo menos a revelar la intromisión directa de la CIA y del ejército de Estados Unidos en la política interna de Bolivia.

Mi padre conoció al Ché en la reunión de ministros de economía en Punta del Este, Uruguay, en agosto de 1961, y como le tocó sentarse cerca, por el orden alfabético, tuvo oportunidad de conversar con él varias veces. Me habló siempre con enorme admiración y respeto. “Era un tipo macanudo”, la frase me quedó grabada.

Los que teníamos 17 años y estábamos recién terminando nuestra educación secundaria, nos sentimos con las manos atadas frente a un evento trascendental que se abrió de pronto ante nuestro ojos: el Ché estaba en Bolivia, el más pobre de América del Sur. La generación mayor a nosotros ya tenía militancia, ya participaba en la política nacional. Nosotros estábamos hasta entonces al margen, pero eso cambió muy pronto a raíz del Ché.

Recuerdo que guardé los ejemplares del diario “Presencia” en los que se anunciaba la muerte del Che, con las fotos de Freddy Alborta. Era un hecho demasiado trascendental como para no preservar esos documentos. Quizás se llevaron esos ejemplares en una incursión de paramilitares a mi casa durante el golpe de García Meza en 1980. O quizás se preservan todavía en el fondo de alguno de los cajones donde tengo mis libros.

En mi primer libro de poemas, “Antología del Asco” incluí dos que escribí sobre el Ché, titulados “Ché” y Geografía”. El primero apareció más adelante en antologías en inglés y en italiano. El libro se publicó en La Paz en 1979, en una edición humilde hecha en la Imprenta Sucre –de Alberto Zuazo Nathes-, con un retrato que me hizo Pedro Shimose y un comentario de Jaime Nisttahuz en la contraportada. En la portada del libro aparece un cuadro de Edgar Arandia (de su serie “Zoociedad”) sobre el fondo de un memorando fechado el 19 de julio de 1971 que recibí del “Departamento de Estadística” del Ministerio del Interior, urgiéndome a presentarme en sus oficinas. El memorando estaba firmado por el “Jefe del SIE” con el sello del Servicio de Inteligencia del Estado. Claro que no me presenté.

A los diez años de la muerte del Ché, cuando me encontraba estudiando cine en París, recibí una invitación de La Habana, de Casa de las Américas, para grabar con mi voz uno de los poemas que estaba en “Antología del Asco”. Casa de las Américas estaba produciendo un disco “long play” (de esos que hoy parecen antigüedades, comparados con los CDs), con las voces de poetas de toda la región. Era un privilegio para mí ser el único boliviano seleccionado, sobre todo considerando que tenía a mi lado, en el disco, las voces de poetas mayores como Mario Benedetti (Uruguay), René Depestre (Haití), Julio Cortázar (Argentina), Gonzalo Rojas (Chile), Jaime Labastida (Mexico), Otto Raúl González (Guatemala), Thiago de Mello (Brasil), Eliseo Diego (Cuba), y una decena más. Comparado con todos ellos, yo era un aprendiz de brujo, nada más.

Para enviar una cinta de buena calidad grabé el poema en las instalaciones del instituto de cine donde estudiaba, pero cuando recibí el disco meses más tarde me di una sorpresa al escuchar mi voz aguda y aflautada… La diferencia entre los 50 ciclos utilizados en Europa y los 60 ciclos de la electricidad de Cuba, hicieron que la grabación cambiara su velocidad y mi voz. Pero aparte de esa voz en la que no me reconozco, fue una experiencia hermosa participar en el disco de homenaje al Ché, hermosa edición de color rojo intenso, que se abría para leer los poemas a medida que uno los escuchaba.

Mis viajes a Cuba en los años 1980s fueron numerosos, sobre todo con motivo del Festival Latinoamericano de Cine de La Habana, el evento de cine más importante en la región, y para participar en otras reuniones sobre cultura y comunicación. En una de ellas, en junio de 1988, conocí a Hilda Guevara Gadea, la hija mayor del Ché, que trabajaba como bibliotecaria en Casa de las Américas. En su casa, un departamento en un edificio de El Vedado, donde me regaló la edición más reciente del “Diario del Ché en Bolivia”, conocí también a uno de los nietos del Ché, Camilo, de unos 8 o 9 años entonces, hiperactivo saltando sobre los muebles. Me recordó esas primeras imágenes del Che cuando era niño, que aparecen en la película de Fernando Birri. En agosto de 1995 me enteré que Hilda había fallecido, cuando tenía apenas 39 años, de un tumor cerebral.

Cuando mi amigo Pierre Kalfon, escritor y periodista francés muy conocedor de América Latina, estaba preparando la monumental biografía que escribió sobre el Ché, me pidió que lo ayudara con algunos contactos en Bolivia. El 11 de abril de 1995 organicé una reunión en casa con algunos amigos que tuvieron relación, más o menos directa, con la etapa boliviana del Ché. Loyola Guzmán, Carlos Soria Galvarro, Ted Córdova Claure, Marcelo Quezada, Amalia Barrón y Freddy Alborta participaron en ese intercambio con Kalfon. La biografía resultante, “Ché, una leyenda de nuestro siglo” (1998), ya publicada en varios idiomas y ediciones, es quizás el documento más completo sobre la vida del Ché.

¿En realidad, a quien no se le ha cruzado el Ché alguna vez en la vida? Cada uno podría escribir su relato personal con el Ché, la manera como ese gran hombre ha influido en nuestro comportamiento, en nuestras decisiones, en el posicionamiento político y ético. Me parece que a los 40 años de su muerte, esta es la mejor manera de recordarlo: analizando lo que el Ché significa en cada una de nuestras vidas, y no tanto repitiendo lo que ya se ha dicho tantas veces.

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