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Área: Opinión >> Comentarios y enfoque
Actualizado el 2007-09-22 a horas: 00:35:10

Sobre nuestra incapacidad de mirar hacia adelante

Noticias del futuro

Alfonso Gumucio D.

Mientras vivimos anclados en el presente, como esos perros que dan vueltas sobre sí mismos tratando de morderse la cola, o mientras hablamos del futuro con la demagogia vacía y estéril de las plazas públicas, el futuro nos mira amenazante. La degradación del planeta, el aumento de la población, la escasez de alimentos para mantener a más de seis mil millones de habitantes, la corrupción en gran escala, la violencia urbana creciente, y otros males de nuestra época anuncian días sombríos.

Alfonso Gumucio Dagron

Alfonso Gumucio Dagron

Escritor, cineasta, periodista, fotógrafo y especialista en comunicación para el desarrollo. Ha trabajado en programas de comunicación para el cambio social en África, Asia, América Latina y el Caribe, con agencias de Naciones Unidas, con fundaciones internacionales y ONGs.

Fue miembro de la redacción del Semanario "Aquí" y ha publicado en un centenar de diarios y revistas de Bolivia, América Latina, Europa, Norteamérica, África y Asia. Dirigió películas documentales en varios países. Es Coordinador del Grupo Temático de Comunicación para el Cambio Social en la Asociación Latinoamericana de Investigadores de la Comunicación (ALAIC).

Ha publicado más de veinte libros de poesía, narrativa, testimonio, y estudios sobre literatura, cine y comunicación, entre ellos: Historia del Cine Boliviano (1982); Cine, Censura y Exilio en América Latina (1979); Luis Espinal y el Cine (1986); Las Radios Mineras de Bolivia (1989) en colaboración con Lupe Cajías; Comunicación Alternativa y Cambio Social (1990); La Máscara del Gorila (1982) Premio del Instituto Nacional de Bellas Artes de México; Haciendo Olas: Comunicación Participativa para el Cambio Social (2001), Antología de Comunicación para el Cambio Social (2008).

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Este es un mundo irracional, donde unos pocos malgastan los recursos de la mayoría. El ejemplo más descarnado y descarado es por supuesto Estados Unidos, las cifras así lo determinan, al margen de cualquier consideración política que también cabe hacer. En términos per capita, Estados Unidos produce más basura, usa más energía eléctrica y más agua, quema más gasolina y produce más emisiones de dióxido de carbono que cualquier otro país del mundo. Es un depredador por excelencia. Pronto alimentará sus automóviles con nuestro maíz y nuestra soya.

En lo político, es por supuesto el país que se enfrenta a todos los demás cuando se trata de firmar tratados internacionales, como el de Kyoto, que procuran limitar esa espiral de daños irreversibles a la naturaleza y ese impacto mortal a los recursos no renovables. Si todos los países del mundo malgastaran los recursos naturales como lo hace Estados Unidos, ya no existiría nuestro planeta. La única razón por la que esto no sucede, es porque la gran mayoría de la población del planeta vive en la pobreza, carece de agua y energía eléctrica, y en lugar de producir basura recupera de ella todo lo que es posible para su sustento.

Como asnos que llevan anteojeras para no ver a los lados del camino, nos encaminamos a una hecatombe sin querer aceptarlo. Somos asnos pero además asnos miopes, porque somos incapaces de mirar hacia adelante. Nos afanamos en un presente mezquino y mediocre, donde uno de los “grandes” temas suele ser el circo de la politiquería cotidiana que no hace sino distraernos de una visión más amplia de la humanidad, de la historia y del planeta.

Vivimos el presente sin haber aprendido nada del pasado, lo cual nos impide mirar el futuro, y menos aún prepararnos para lo que se viene.

Me han llegado noticias del futuro que me estremecen. Cualquiera puede leerlas e interpretarlas visitando el sitio de Population Action Internacional, una organización que se preocupa de mirar más allá de las narices.

Las proyecciones sobre el crecimiento de la población son estremecedoras. Uno a veces olvida cómo la población se ha ido multiplicando en una relación geométrica a lo largo de la historia. Parece hoy increíble que en el inicio de la era cristiana, no había sino 200 millones de habitantes en el planeta, y que en 1900, hace poco más de un siglo, la población mundial alcanzaba 1,600 millones de personas. Para 1930, más o menos, se llegó a los 2,000 millones. Es decir, se tardó dos mil años para multiplicar por diez la población. Pero ahora resulta que en menos de un siglo, hemos llegado a triplicar la cifra: ya somos más de 6,700 millones y empezamos a sentir que nos damos codo con codo.

Ese crecimiento poblacional de los países pobres trae consigo otros fenómenos: cada vez hay más gente en las ciudades y menos en las áreas rurales. Hace poco, el mundo pasó de ser rural a urbano. Hoy vive más gente en las ciudades que en el campo, lo cual era inimaginable hace apenas 20 o 30 años. La excesiva densidad poblacional en los núcleos urbanos es, sobre todo en los países más pobres, la causa de la creciente violencia: el desempleo y la disputa por los pocos recursos nos lleva a una situación que antes solamente veíamos en películas futuristas como “Blade Runner”. Hoy la realidad supera a la imaginación.

Si seguimos creciendo de esta manera, para el año 2025, es decir, en menos de 20 años, los 6,700 millones se convertirán en 7.500 y 8.300 millones (según las proyecciones optimistas y pesimistas, respectivamente). Los pesimistas son en realidad optimistas bien informados, de modo que la cifra más alta es la que probablemente tendrá que soportar el pequeño planeta con sus escasos recursos.

Para entonces, todos los males de los que hoy empezamos a tener una pequeña dosis de conciencia, habrán multiplicado sus efectos. Si ahora nos sorprende el deshielo de los glaciares y los desastres naturales causados por tsunamis y huracanes, esperemos lo peor en las décadas venideras, porque se prevé un aumento aún mayor de las emisiones de dióxido de carbono en América del Norte, Europa y Australia, pero también en países de Asia y América Latina que están en procesos de industrialización galopante. La cobertura de bosques seguirá siendo afectada en los países que todavía tienen algo de reservas, y el agua y los alimentos serán muy escasos en la mayor parte de África del norte y el sudeste asiático.

La locura del etanol, que consiste en producir combustible alternativo (a partir de caña de azúcar, soya o maíz), para reemplazar al petróleo, está teniendo ya un efecto devastador en los países dependientes: los precios de los granos suben (generando más hambre entre los más pobres) y los bosques están siendo diezmados (porque para producir etanol se requieren grandes extensiones de tierra).

Desde nuestros países dependientes y con nuestros gobiernos demagógicos, poco podemos hacer para frenar ese curso histórico. Ni siquiera países como Brasil, México y Colombia, que son hermanos mayores en la región latinoamericana, han sido capaces de tomar medidas. Brasil, con Lula y todo, y por supuesto México y Colombia, se abrieron de piernas cuando el Presidente Bush hizo su veloz pero muy efectiva “gira etanol”. Bastaba que aterrice en algún país unas horas, para llevarse la promesa de los gobiernos sumisos de producir etanol para los vehículos de Estados Unidos.

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