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Actualizado el 2007-07-14 a horas: 00:36:25

La Constituyente boliviana, un gran fracaso

Asamblea prostituyente

Alfonso Gumucio D.

El pecado original de la Asamblea Constituyente fue la propia convocatoria. En lugar de llamar a deliberar a los movimientos sociales, a las organizaciones de campesinos, de mineros, de obreros, de mujeres, de estudiantes, de empresarios, de indígenas, de maestros, y otros sectores, lo que se hizo fue convocar a los partidos políticos para crear un engendro: un clon del Congreso, con los mismos vicios y mañas.

Alfonso Gumucio Dagron

Alfonso Gumucio Dagron

Escritor, cineasta, periodista, fotógrafo y especialista en comunicación para el desarrollo. Ha trabajado en programas de comunicación para el cambio social en África, Asia, América Latina y el Caribe, con agencias de Naciones Unidas, con fundaciones internacionales y ONGs.

Fue miembro de la redacción del Semanario "Aquí" y ha publicado en un centenar de diarios y revistas de Bolivia, América Latina, Europa, Norteamérica, África y Asia. Dirigió películas documentales en varios países. Es Coordinador del Grupo Temático de Comunicación para el Cambio Social en la Asociación Latinoamericana de Investigadores de la Comunicación (ALAIC).

Ha publicado más de veinte libros de poesía, narrativa, testimonio, y estudios sobre literatura, cine y comunicación, entre ellos: Historia del Cine Boliviano (1982); Cine, Censura y Exilio en América Latina (1979); Luis Espinal y el Cine (1986); Las Radios Mineras de Bolivia (1989) en colaboración con Lupe Cajías; Comunicación Alternativa y Cambio Social (1990); La Máscara del Gorila (1982) Premio del Instituto Nacional de Bellas Artes de México; Haciendo Olas: Comunicación Participativa para el Cambio Social (2001), Antología de Comunicación para el Cambio Social (2008).

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El MAS diseñó una asamblea partidista en lugar de una asamblea popular, porque tenía la certeza de que iba a obtener una mayoría aplastante de asambleístas, los dos tercios necesarios para imponer rápidamente su proyecto de constitución. Las cosas no salieron como quería el partido de gobierno, pero el daño ya estaba hecho: una asamblea partidizada es una asamblea desgarrada y estéril. Lo estamos viendo cada día.

El Art. 24 de la Ley Especial de Convocatoria a la Asamblea Constituyente, establece con claridad la conclusión del mandato de la misma, el 6 de agosto del 2007, pero el gobierno como siempre quiere pasar por encima de toda legalidad. No cesa ahora de lanzar bosta con ventilador a todos quienes discrepan con su manera de actuar. Siete de los nueve departamentos se oponen a la ampliación de los plazos de la Asamblea Constituyente, y por ello, según el gobierno del MAS, pretenden “el fracaso de la refundación del país”.

Como sucede en el Congreso, no es de extrañarse que los asambleístas se aferren a su curul. La paga es buena, y mientras más dure, mejor, de ahí la necesidad de prolongarse en el tiempo. Cada mes eso le cuesta al Estado (es decir a los bolivianos), la friolera de 9 millones de bolivianos, es decir, más de un millón de dólares. Ojalá todos los asambleístas siguieran el ejemplo de los potosinos, que han anunciado trabajar sin honorarios en caso de extenderse los plazos hasta fin de año. (Claro que ya conocemos estos “anuncios” que en Bolivia rara vez se cumplen: Evo Morales criticó los gastos de presidentes anteriores, y anunció “cero” gastos reservados, pero él ha gastado hasta ahora más que nadie en sus viajes dentro y fuera de Bolivia.)

En cualquier caso, le correspondería al Congreso de la República cambiar la ley por una mayoría de dos tercios. Pero al final, eso poco importa, pues la Asamblea Constituyente ya ha fracasado, está muerta. Nació muerta. El fracaso de la Asamblea Constituyente estaba cantado hace muchos meses, y la principal responsabilidad de ese fracaso, es del MAS. La historia los juzgará por ello.

A lo largo de este año de existencia de la Asamblea Constituyente, el MAS ha sido el principal obstáculo para el avance. Su afán por arrollar con aplanadora lo ha llevado a bloquear la asamblea o a hacer trampa. No ha habido peor enemigo de la deliberación y el diálogo que el MAS. El autoritarismo del gobierno ha sido el principal freno.

El MAS no cesa de cambiar las reglas del juego cuando no le convienen. La ley de convocatoria a la Asamblea Constituyente es muy clara cuando indica que debe sesionar por un tiempo “mínimo de seis meses y máximo de 12 meses”. El MAS quiere cambiar las reglas, como hace con todo, violando la ley.

El precedente de extender el tiempo de funcionamiento de la Asamblea Constituyente es nefasto, porque indica que no hay nada en el país que se respete. No hay ley, no hay reglas de juego establecidas, no hay acuerdos que valgan… El gobierno patea el tablero y cambia lo que le da la gana, sin respetar a nadie.

La continua intromisión del Poder Ejecutivo, es decir, del gobierno del MAS, en el proceso de la Asamblea Constituyente no solamente contradice las declaraciones iniciales de que se iba a respetar la autonomía de esa instancia deliberante, sino que entorpece su funcionamiento y le quita legitimidad. Nadie puede creer en una asamblea “fundacional” donde un partido político influye en las decisiones y peor aún, las anuncia antes de que sean aprobadas. El gobierno está constantemente “anunciando” lo que la Asamblea Constituyente todavía no ha decidido. Un ejemplo de ese abuso es el tema de la reelección presidencial, anunciada desde arriba por la cúpula del MAS, no por lo Asamblea Constituyente.

Lo único bueno de la constituyente, a estas alturas, es que luego de un año, podemos suponer que los asambleístas han leído finalmente la Constitución Política del Estado, y seguramente han encontrado que no era tan mala como ellos y sus partidos decían antes de haberla revisado.

Para el MAS, la Asamblea Constituyente ha sido una cortina de humo que permite esconder las falencias de su gestión de gobierno, su incapacidad de crear un nuevo escenario y de generar planes y programas para el futuro del país. La dedicación absoluta del ejecutivo a la demagogia política no le ha permitido generar nada sustancial en el plano del desarrollo económico y social. Nada se concreta a pesar de los reiterados discursos, todo está pendiente: gas, Mutún, reforma educativa, seguro social, infraestructura… No pasa nada, salvo el tiempo.

Durante nueve meses el MAS se negó a reconocer los propios términos de la ley de la Asamblea Constituyente, que dicen de manera muy clara que la aprobación de los artículos debe hacerse por una mayoría de dos tercios. El capricho del MAS por cambiar las reglas del juego cuando ya no le convienen, hizo que pasaran esos primeros nueve meses absolutamente estériles. Ahora que ya se va a cumplir el plazo, no hay resultados. No hay un solo artículo que se haya aprobado en plenaria por los dos tercios que manda la ley. Todo se hace en comisiones, por consensos partidistas de mayorías y minorías, sin ninguna garantía de que en la plenaria se vaya a respetar los dos tercios que indica la ley.

La Asamblea Constituyente es una payasada. Se ha convertido en la Asamblea Prostituyente porque ha prostituido las esperanzas que habíamos puesto en ella. Ha perdido toda razón de ser y ha traicionado a la mayoría de los bolivianos que ya no creen en su legitimidad.

Lo que pudo ser un ejercicio de diálogo y debate constructivo, se ha convertido en un circo de mediocres, un clon del congreso, donde los partidos políticos se agarran de las mechas para ganar espacios y cuotas de poder.

Quedó muy lejos el sueño de una asamblea donde todos los sectores de la sociedad se reúnen para dialogar sobre un futuro mejor para el país, con entusiasmo y fe en el futuro. Una nueva constitución que nace del consenso, de la hermandad, del reconocimiento de la diversidad, del respeto entre todos los bolivianos, podría augurar un futuro digno para un pueblo. Pero una constitución que sale de una olla de grillos, construida a través de la negociación de los odios y los resentimientos, no puede llegar muy lejos. Cualquier gobierno que venga después la puede anular.

Todo lo que esta Asamblea Constituyente nos va a dejar, es un estudio de caso de cómo no se deben hacer las cosas.

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