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Área: Opinión >> Comentarios y enfoque
Actualizado el 2007-07-07 a horas: 00:20:52

El arrogante regionalismo paceño

La capital en la capital

Alfonso Gumucio D.

Muchas estupideces se dicen en el debate entre los que quieren que la sede de gobierno vuelva a Sucre y los que quisieran que continúe en La Paz. Pero si nos ajustamos a la verdad y a la historia, no hay donde perderse: Sucre es la capital, y por lo tanto debe ser la sede de gobierno. Al margen de toda especulación, eso es lo justo. Fue despojada de ese derecho, por lo tanto un acto de justicia es restituirle esa condición. Basta ya de tanta arrogancia del poder centralizado, tanto etnocentrismo altiplánico y tanta mentira.

Alfonso Gumucio Dagron

Alfonso Gumucio Dagron

Escritor, cineasta, periodista, fotógrafo y especialista en comunicación para el desarrollo. Ha trabajado en programas de comunicación para el cambio social en África, Asia, América Latina y el Caribe, con agencias de Naciones Unidas, con fundaciones internacionales y ONGs.

Fue miembro de la redacción del Semanario "Aquí" y ha publicado en un centenar de diarios y revistas de Bolivia, América Latina, Europa, Norteamérica, África y Asia. Dirigió películas documentales en varios países. Es Coordinador del Grupo Temático de Comunicación para el Cambio Social en la Asociación Latinoamericana de Investigadores de la Comunicación (ALAIC).

Ha publicado más de veinte libros de poesía, narrativa, testimonio, y estudios sobre literatura, cine y comunicación, entre ellos: Historia del Cine Boliviano (1982); Cine, Censura y Exilio en América Latina (1979); Luis Espinal y el Cine (1986); Las Radios Mineras de Bolivia (1989) en colaboración con Lupe Cajías; Comunicación Alternativa y Cambio Social (1990); La Máscara del Gorila (1982) Premio del Instituto Nacional de Bellas Artes de México; Haciendo Olas: Comunicación Participativa para el Cambio Social (2001), Antología de Comunicación para el Cambio Social (2008).

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Entre los argumentos que usa el regionalismo paceño está uno de peso: La Paz perdería influencia política y poder económico. Según los cálculos, cada año la ciudad dejaría de percibir cerca de 692 millones de dólares, que equivalen al 32% del Producto Interno Bruto del departamento. Por supuesto, la cifra ha sido inflada por la Cámara de Comercio de La Paz, pero aunque fuera cierta y viviéramos en una economía floreciente, la pregunta es: si La Paz se ha beneficiado de esos ingresos durante tantos años, ¿por qué no se le permite ahora a Chuquisaca beneficiarse? Con la devolución de la sede de gobierno a donde pertenece, no solamente se beneficia Sucre, sino también Potosí y otras ciudades de esa región del país.

La verdad es que tantos años como sede de Gobierno, no han hecho de La Paz una mejor ciudad. “Oh linda La Paz…” dice el himno, pero yo digo: “Ho-rrible La Paz”. Es una ciudad espantosamente fea, saturada, quebrada, y frágil. Hace 40 años era todavía una urbe agradable, desde cualquier punto de la ciudad se veía el Illimani y otros nevados, y el tráfico era soportable. Era una ciudad para caminar, para pasear. Eso se acabó hace tiempo.

En los años setenta y ochenta se multiplicaron como hongos los edificios, paralelepípedos de pésima calidad, construidos sin el menor sentido estético, sin espacios de jardín, sin estacionamientos suficientes. Pura especulación inmobiliaria. Arquitectos y empresas constructoras se enriquecieron al diseñar y construir exclusivamente por el ánimo de lucro, mientras la corrupción campeaba en la Alcaldía.

El Paseo del Prado se convirtió en una avenida despojada de encanto. Se destruyó el parque frente a la Universidad Mayor de San Andrés al hacer obras absurdas para que el embudo sea más profundo. El paisaje urbano se destruyó porque la Alcaldía no supo imponer normas mínimas de construcción, como las que regulan el crecimiento de las ciudades en todas partes del mundo. Las laderas de la “hoyada” se llenaron de barrios marginales, sin servicios, sujetos a deslizamientos. Manchas de casas a medio construir, con penachos de varilla de construcción, sin revocar, sin pintar. El conocido odio a los árboles de los paceños acabó con lo poco que quedaba en esas laderas. Más tardan los arbolitos en ser plantados, que en ser quebrados.

La Paz es una ciudad inhabitable desde todo punto de vista. Además de ser fea, de estar saturada, de ser un embudo sin alternativas para el denso tráfico, es una ciudad con poco oxígeno por su altura, y una ciudad seca y fría. Estos son datos objetivos, irrebatibles.

Los fanáticos paceñistas de escarapela no tienen argumentos, pues ellos mismos se van de La Paz (a Yungas o a Cochabamba), cada vez que tienen unos días de vacación. Sean honestos: las reuniones internacionales más importantes se hacen en Santa Cruz o en Cochabamba, porque los delegados de otros países no quieren arriesgar su salud en la altura. Shafik Handal, dirigente máximo del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) de El Salvador, murió al día siguiente de regresar de La Paz, donde había asistido a la toma de posesión de Evo Morales. Todos los días en el aeropuerto hay visitantes que acuden a los servicios médicos para que les den oxígeno y mate de coca.

Incluso las líneas aéreas más importantes le han dado la espalda a La Paz. Cada vez hay menos vuelos internacionales que aterrizan en El Alto. El más importante aeropuerto internacional de Bolivia es Santa Cruz, con muchas más conexiones que La Paz. Tengo varios amigos un poco mayores que yo, que decidieron irse a Cochabamba o a Tarija, porque la falta de oxígeno ya no les permitía vivir en la altura. A partir de cierta edad, la altura afecta, no cabe duda de ello (aunque no afecte por igual a los jóvenes deportistas).

Además de su legítimo derecho, hay muchas razones por las que Sucre debe recuperar la capital.

En el mapa de Bolivia, Sucre está en un lugar central, tanto en altitud como en términos geopolíticos. Es una ciudad equidistante de los principales centros urbanos del país y está asentada en los valles, a una saludable altitud de 2.800 metros sobre el nivel del mar. Es una ciudad bonita, muy cuidada en los últimos años, y ostenta con orgullo la declaración de Patrimonio de la Humanidad que otorga la UNESCO. Está a menos de tres horas de Potosí, que es la única otra ciudad de Bolivia que ha merecido esa distinción.

Se argumenta que Sucre no tiene suficiente infraestructura, que el aeropuerto es muy pequeño, que su capacidad hotelera es limitada, etc… Pero obviamente que eso cambiaría si la sede de gobierno regresa a donde corresponde, pues se generarían recursos para ello. El argumento de que “no hay recursos” o de que “tomaría mucho tiempo” es una falacia que esconde la argucia de postergar para siempre el tema.

Precisamente porque toma tiempo, hay que comenzar ahora con un cronograma de 10 o 15 años; eso sería lo lógico. Lo importante es tomar una decisión política que sea irreversible y respetada por los próximos gobiernos.

El regionalismo paceño o altiplánico es tan pernicioso como el regionalismo cruceño. Todos los regionalismos son malos porque revelan una actitud sectaria, pacata, estrecha y chauvinista. Los regionalismos son los peores enemigos de la nación, porque no consideran al país como una unidad en la diversidad, sino como una pugna permanente por la supremacía regional. Debemos acabar con eso y guiarnos por criterios más honestos, que tomen el cuenta el bien de la nación, y no solamente de algún sector o región.

Cambiar la sede de gobierno no debería ser problemático. Simplemente se requiere una decisión política, y para tomar esa decisión se necesitan pantalones. Cuando el presidente brasileño Juscelino Kubitschek decidió trasladar la capital y la sede de gobierno de Río de Janeiro a Brasilia, enfrentó también muchos intereses económicos y políticos, de quienes querían seguir manejando las cosas a su antojo, pero lo hizo de todas maneras. En nuestro país, por desgracia, no tenemos gente con una visión de largo plazo, visión de grandeza. Somos un país de miopes. Nuestros gobernantes son apenas bomberos, que se la pasan apagando incendios sin ninguna visión que vaya más allá de sus narices, o de los discursos oportunistas. La excepciones, que las hay, son honrosas.

Lo más probable es que todo siga igual, porque en realidad somos un país tremendamente conservador. Los campesinos son conservadores, al igual que los maestros, los cooperativistas, los empresarios y los políticos: ninguno de ellos quiere transformaciones profundas de la sociedad, sólo quieren algunas ventajas adicionales para sus gremios. Los discursos de algunos pueden ser extremadamente encendidos y revolucionarios, pero en la realidad no pretenden cambiar nada. Todo es pantalla. En este debate por la capitalidad, nos quedaremos lamentablemente como en muchas otras cosas, sin cambios y en pañales, siempre a la zaga, los últimos de la lista.

Pero nunca olvidemos que Sucre ha sido la capital desde la creación de la República y le corresponde la sede de gobierno. Cualquier otra cosa, es un acto de injusticia histórica y de acaparamiento regionalista del poder.

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