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Actualizado el 2007-05-12 a horas: 00:20:22

Los maestros en contra de la educación

El chantaje sindical

Alfonso Gumucio D.

Si uno revisa los medios de información de América Latina, encontrará que no solamente en Bolivia, sino también en varios otros países los maestros están o han estado recientemente en huelga. Generalmente esperan el inicio del año escolar para hacerlo, de ese modo suman otros meses de ocio a su larga vacación, usando a los niños y a los padres de familia como carnadas de su chantaje. El resultado es que la educación de las nuevas generaciones se afecta irremediablemente, y en términos históricos, el país acumula un retraso en su desarrollo cada vez mayor. Estamos a la zaga.

Alfonso Gumucio Dagron

Alfonso Gumucio Dagron

Escritor, cineasta, periodista, fotógrafo y especialista en comunicación para el desarrollo. Ha trabajado en programas de comunicación para el cambio social en África, Asia, América Latina y el Caribe, con agencias de Naciones Unidas, con fundaciones internacionales y ONGs.

Fue miembro de la redacción del Semanario "Aquí" y ha publicado en un centenar de diarios y revistas de Bolivia, América Latina, Europa, Norteamérica, África y Asia. Dirigió películas documentales en varios países. Es Coordinador del Grupo Temático de Comunicación para el Cambio Social en la Asociación Latinoamericana de Investigadores de la Comunicación (ALAIC).

Ha publicado más de veinte libros de poesía, narrativa, testimonio, y estudios sobre literatura, cine y comunicación, entre ellos: Historia del Cine Boliviano (1982); Cine, Censura y Exilio en América Latina (1979); Luis Espinal y el Cine (1986); Las Radios Mineras de Bolivia (1989) en colaboración con Lupe Cajías; Comunicación Alternativa y Cambio Social (1990); La Máscara del Gorila (1982) Premio del Instituto Nacional de Bellas Artes de México; Haciendo Olas: Comunicación Participativa para el Cambio Social (2001), Antología de Comunicación para el Cambio Social (2008).

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Está más que comprobado que la educación es el factor de desarrollo más importante. Un ejemplo de ello es Asia. Cuando vemos lo que ha sucedido con los “tigres del Asia” (países como Singapur o Malasia), o en la India, no podemos sino maravillarnos del salto que han dado en términos de desarrollo. Hace 30 o 40 años eran países empobrecidos, sujetos de ayuda internacional al igual que África o América Latina. Hoy, en todos sus indicadores, han “despegado” en sus economías y en su gobernabilidad. Cuando los expertos analizan por qué se ha dado este cambio tan radical en apenas unas décadas, encuentran la explicación en el alto grado de inversión que se hizo en el sector de la educación.

Así fue que la educación, una prioridad para los países asiáticos, permitió su rápido despegue. Hoy la India, al igual que China, tiene un crecimiento anual del 10%, enorme desde todo punto de vista. En los países asiáticos la tecnología de punta se desarrolla en base a competencias locales, lo cual indica un alto nivel de educación. En la India están instalados centros de producción de tecnología (en Bangalore, en Chennai y en Hyderabad), que compiten con las grandes empresas de tecnología del mundo. Miles de profesionales indios son contratados por empresas de Europa y Norte América.

Pero volvamos a nuestra región, donde el panorama de la educación es desolador, y en buena parte lo es porque los maestros así lo determinan. En Guatemala acaba de terminar una huelga de varias semanas. En Bolivia se ha resuelto con un aumento de salarios del 6% y algún bono adicional. En cada país el tira y afloje entre el gobierno y los sindicatos de maestros tiene invariablemente un motivo central: aumento de salarios. Eso parece ser lo único que les interesa a los maestros, no la educación.

Muchos gobiernos latinoamericanos han incrementado la inversión en educación en años recientes, tratando de alcanzar las recomendaciones de expertos, que sugieren que un 7.5 % del PIB debería destinarse a la educación para lograr los objetivos del 2015. Como sabemos, nuestros gobiernos destinan montos francamente inmorales al rubro de “defensa”, para mantener fuerzas armadas que no hacen nada (o nada bueno) por sus países, pero mantienen a pan y agua rubros sociales de importancia, como educación y salud.

Bolivia ha hecho a lo largo de los gobiernos recientes un esfuerzo notable para aumentar los recursos destinados a la educación. Según estadísticas de UNESCO (UIS, 2003), el gasto público en educación como porcentaje del Producto Interno Bruto (PIB) llega a 8.5 % en Cuba (el más alto), y baja hasta 1.1% en Haití. En medio de la tabla están Chile (4.2%) y Costa Rica (4.4%). Bolivia figura en un honroso cuarto lugar, con 5.5%, después de Jamaica (6.3) y Panamá (5.9). Pero en materia de cifras y porcentajes, las cosas no son como parecen.

Lo triste es que los aumentos en el presupuesto de educación en Bolivia no han servido de mucho. El dinero no se destina a mejorar la calidad de la educación, ni a construir escuelas para que más niños tengan acceso a la enseñanza… Muy lamentablemente, ese dinero se esfuma en los constantes pedidos de aumento de salario de los maestros y en una masa de empleados que no se corresponde con el servicio brindado a la niñez. Son muchos maestros proporcionalmente, pero muy malos. Los maestros son, en Bolivia, el principal freno para una educación de calidad.

En países europeos los maestros tienen un nivel de salarios muy alto, pero no se puede comparar su calidad y formación con la calidad de los maestros en América Latina, y en concreto, en Bolivia. Un alto porcentaje de los “maestros” bolivianos son empíricos, es decir, no estudiaron en las normales, no son titulados, pero se insertaron en el sistema educativo a pesar de no tener ni el conocimiento ni la experiencia necesarias para enseñar. En otras palabras, los niños de las escuelas fiscales están en manos de gente que contribuye a que en pocos años abandonen las escuelas, porque allí no aprenden nada. Los maestros saben menos que ellos. Me remito como prueba a los errores garrafales de ortografía y de conocimientos generales que cometen los maestros empíricos. Y basta escucharlos hablar cuando son entrevistados para darse cuenta de que no se expresan con propiedad: hablan tan mal como escriben.

Las constantes demandas salariales de los maestros son injustas con relación a otros sectores de la sociedad menos favorecidos. Si analizamos las cosas con honestidad, los maestros están en mejores condiciones desde todo punto de vista. Trabajan solamente 200 días al año (si acaso, si no hubiera huelgas), y solamente medio día. Muchos de ellos, quizás la mayoría, devengan dos salarios, pues trabajan en dos (o más) escuelas o colegios al mismo tiempo. Los maestros no son el sector peor pagado, hay muchos otros sectores laborales que tienen una vida más dura que la de los maestros, pero no actúan con la belicosidad de ellos. Los maestros son, por desgracia, los que tienen las armas de chantaje más afiladas y sensibles: los niños.

Ese maestro esforzado, que lucha con sus alumnos para equiparlos mejor para la vida, ya no existe, es parte del pasado. Los maestros actuales, en su gran mayoría (siempre hay honrosas excepciones), son unos aprovechadores que solamente cumplen (cuando cumplen) con el mínimo de las exigencias de su función. Por ello son contrarios a toda reforma educativa que les exija ser mejores profesionales, por eso están en contra de ser evaluados con regularidad, por eso se oponen a medidas que los obliguen a ser responsables con la educación que imparten. ¿Qué sentido tiene ampliar el acceso a la educación para que, por culpa de pésimos maestros, la deserción escolar también aumente? Es preferible tener menos maestros, pero buenos.

En el debate sobre la reforma de la educación, el aporte de los maestros es nulo en la mayor parte de los países latinoamericanos. Su única obsesión son los salarios y sus condiciones de trabajo. Por lo general, los aportes a la educación vienen de las redes de ONGs, de las universidades y de los organismos internacionales especializados; hay muy pocos sindicatos que realmente reflexionan y aportan sobre los temas educativos. En Nicaragua, mientras los sindicatos de la derecha están en huelga, otros sindicatos, como la Confederación Nacional de Maestros de Nicaragua, hacen propuestas con contenido, reflexionan sobre la problemática educativa y aportan al pensamiento por el bien de su país. Estos son sindicatos excepcionales, que publican estudios serios, otra cosa que consignas, demandas salariales y manifiestos circunstanciales. Estudian y promueven la educación, no la malversan.

Por ello, cuando se habla de una educación que solamente sea fiscal, a uno se le paran los pelos de punta. Eso sería darles a los maestros el absoluto control del sistema educativo, algo así como entregarle a Pinochet o a Ríos Montt la presidencia de la Asamblea de Derechos Humanos. La educación privada es cara y excluyente, pero es una alternativa que debería desarrollarse con costos menores, no como un negocio sino como un servicio. El Ministerio de Educación, en cada país, tiene la obligación de fiscalizar la educación privada para que esta no se desarrolle en base a sus propias reglas, caprichos y objetivos de lucro. La Educación para Todos es un derecho, y significa una educación de calidad, solidaria y accesible, no simplemente la inscripción en una escuela que no sirve, cuatro muros y un asno junto a la pizarra (con el perdón de los asnos, nobles animales).

La situación de la educación en Bolivia y en la región latinoamericana es muy seria. Nuestro país, uno de los más atrasados a pesar de no ser uno de los más pobres, se mantiene a la zaga en la educación de calidad y esto no afecta solamente a esta generación, sino al futuro del país. Tradicionalmente los sindicatos de maestros están en manos de partidos políticos inexistentes en las elecciones, como los vociferantes trotskistas. Son taxi-partidos que hablan de “las masas” sin tener ninguna ascendencia sobre ellas. Hay que buscar formas de limitar la influencia perversa de esos sindicatos de maestros y hacer que las nuevas inversiones en educación beneficien a los niños, y que la comunidad tenga un mayor control sobre la educación, no los maestros. En las reformas educativas, los sindicatos de maestros no deben tener la última palabra, pues no conocen el tema, ni quieren reformas, ni quieren aprender.

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