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Área: Economía >> Economía y finanzas
Actualizado el 2007-03-26 a horas: 01:55:28

24 años de exilio en Bolivia

Refugiados regresan a Guatemala

Lorena Seijo

Luego de 24 años de exilio, 158 campesinos guatemaltecos que fueron acogidos como refugiados políticos en Bolivia cuando huyeron de la dictadura militar que imperaba en su país, regresan a Guatemala llenos de esperanzas. Interrogados por Lorena Seijo del diario "Prensa Libre" de Guatemala, algunos dicen que en Bolivia no les ha ido bien, pero no saben que en Guatemala las cosas están peor. Ojalá que su retorno transcurra como ellos esperan, y que no tengan que regresar a Bolivia dentro de algunos meses.

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(Prensa Libre)- Un grupo de 158 guatemaltecos volverá a su país 24 años después de haberlo abandonado al ser perseguidos por el Ejército, y lo hacen con esperanza. Para los jóvenes es la posibilidad de soñar con un futuro mejor, y para los ancianos representa el consuelo de morir en el mismo suelo donde nacieron.

Norberto Amador Hernández está triste; acaba de vender su radio por unos pocos pesos bolivianos. El pequeño transistor que lo había acompañado durante estos 24 años de exilio en el pueblo de San Pedro, Santa Cruz, Bolivia, era lo único de valor que le quedaba.

En su regreso a Guatemala, el próximo 31 de marzo, lo único que llevará con él será la esperanza de que su mujer y sus cinco hijos puedan vivir en un país más justo de lo que fue con él.

“Yo tenía un radio de tres bandas en Izabal, antes de salir corriendo, pero tuve que dejarlo tirado cuando vinieron a buscarme. En ese radio yo escuchaba lo que estaba pasando en El Salvador y en Nicaragua. Radio Venceremos era mi emisora favorita, pero como en aquella época todo era delito, ya sabe...”, recuerda, sentado en el suelo, apoyando su espalda cansada sobre un pequeño tronco.

Tiempo de volver

Norberto fue uno de los muchos guatemaltecos que cruzaron la frontera hacia Honduras a finales de 1981, huyendo de la represión militar del gobierno de Romeo Lucas García.

Durante año y medio permaneció en un campamento para refugiados del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), en Honduras, hasta que el Ejército guatemalteco y el hondureño se confabularon para ir a secuestrarlos a ese lugar.

Norberto fue sacado a la fuerza por los militares, junto a 17 personas más, y llevado a una base militar en la frontera entre ambos países.

La diplomacia de Ginebra tardó 22 días en rescatarlos. “Fuimos torturados, para ver si contábamos algo, pero nosotros éramos fuertes. Aunque nos metían la pistola en la boca, no hablamos”, asegura con cierto orgullo, 24 años después.

Tras este incidente y luego de ser liberados por la mediación de los organismos internacionales, Acnur decidió enviarlos a Boliviaen 1983 junto a 99 personas más que también eran perseguidas por el gobierno militar, formando un total de 109 refugiados guatemaltecos.

A sus 54 años, Norberto no está muy convencido de volver a Guatemala. “Me da un poco de pena que me vayan a reconocer ahora, o que mis compañeros crean que fui un cobarde por huir, pero ya me han dicho que la cosa ahorita ya no está igual”, comenta.

Este hombre, desgastado por la dura vida que le ha tocado, asegura que va a volver porque dejó sangre y sudor en las montañas, y que todo lo que sufrió nunca le fue recompensado.

“Yo me encuentro fracasado, todo lo que había conseguido ahorrar lo he perdido con tanta inundación; estos últimos meses he sobrevivido porque la iglesia nos ha traído alimentos, si no nos hubiéramos muerto de hambre”, lamenta mientras mira con preocupación a su cinco hijos.

De las 28 familias que van a regresar a Guatemala, nueve viven en San Pedro; 11, en El Litoral; tres, en La Reforma; dos, en San Luis, y tres, en Santa Cruz. Todos estos pequeños pueblos subsisten gracias a la siembra de arroz, pero el precio del producto ha caído, y las inundaciones han provocado la pérdida de la mayoría de las cosechas.

Promesas incumplidas

Las míseras viviendas de madera en las que habitan no soportan la correntada que se ha desatado tras las peores lluvias en la historia de Bolivia. El suelo que pisan los refugiados guatemaltecos rápidamente se convierte en lodo.

Desde la cabecera del departamento, Santa Cruz, hasta San Pedro (la población más cercana de las cuatro) hay 150 kilómetros, que supone unas dos horas y media de viaje en automóvil. La mitad del trayecto es por un camino de tierra, que cuando llueve es intransitable. De diciembre a febrero el tramo está cerrado la mayor parte del tiempo.

La hermana Aidette Vicenci, de la Pastoral Social del Arzobispado de Santa Cruz, ha acompañado a los refugiados guatemaltecos durante estos últimos años en su lucha por volver a su país. “Ellos no se creen aún que se vayan a ir, porque los han engañado muchas veces. Ha habido demasiadas promesas incumplidas”, cuenta.

Pero desde hace más de una semana, una comisión de Guatemala, conformada por representantes del Programa Nacional de Resarcimiento, la Secretaría de la Paz y el Ministerio de Agricultura, ha llegado a Santa Cruz para facilitar el retorno de las 158 personas que han decidido hacer las maletas y regresar.

Unas 17 familias han optado por quedarse en Bolivia, lo que ha generado cierto desconsuelo en el grupo. “Algunos hemos conformado nuestras familias con bolivianas y bolivianos, y ya no queremos volver, pero va a ser dura la separación”, expresa Jubelina López, una guatemalteca casada con un boliviano. “Yo tengo mucha nostalgia de mi país, pero he hecho mi vida ya aquí, y mis hijos no quieren irse”, asegura.

Morir en su tierra

La familia de Ricardo Ramírez es una de las más numerosas del pueblo. A sus 81 años y con graves problemas de sordera, Ricardo se muestra entusiasmado por el viaje. Su mayor preocupación en los últimos meses era pensar que se iba a morir en Bolivia.

“Me salvé de morir hace poco, pero gracias a Dios ahora voy a ir a descansar a mi tierra”, dice.

Ricardo recuerda muy bien que en 1993 les prometieron que iban a retornar, que esa misma esperanza surgió de nuevo en 1996, con la firma de los acuerdos de paz, pero es hasta ahora que han podido verla realizada.

El problema más grave para su repatriación era que todos se vieron obligados a adquirir la nacionalidad boliviana en la década de 1990, lo que inmediatamente anulaba su estatus de refugiados.

Tanto la familia Ramírez como el resto de sus compatriotas ya han vendido todas sus propiedades, incluso algunos están viviendo de alquiler, para así tener algo de dinero que les ayude a comenzar su nueva vida en la finca El Rosario, en Livingston, Izabal, a 12 kilómetros de Río Dulce, que el gobierno de Guatemala ha comprado para ellos. Treinta casas de block, una escuela, un centro de salud y un salón comunal los esperan.

Ricardo lamenta la muerte de tres de sus compañeros, que nunca pudieron regresar a su país. “Ahora tenemos que dejarlos aquí enterrados; eso nos entristece...”, afirma con la vista en el suelo, sentado en su silla de madera.

Su hijo Matías, de 40, aún conserva el acento de oriente. “Yo soy puro nito, y me siento muy ilusionado de poder volver, pues llegué aquí con 20 años, perdí toda mi juventud; yo creo que el trabajo allá va a estar más bonito”, se ríe esperanzado.

Juan Ramírez, de 60, acaba de volver del chaco (plantación de arroz), pero el agua le llegaba a la cintura.

“Aquí ya no se puede vivir, algunos vecinos han venido a convencernos de que nos quedemos, pero no, aquí ya no se puede”, asegura. La única pena de Juan es que una de sus hijas, con su nieta, no quiere volver a Guatemala.

“Yo he intentado convencerla, pero su marido es boliviano y no quiere regresar”, dice con resignación.

Juan agradece a Bolivia la tranquilidad con la que han podido vivir estos años. “Aquí no hay militares, todos son civiles, y yo hablo con los policías tranquilo, nunca nos han amenazado; eso sí es una ventaja que tiene este país”, asegura, algo temeroso de lo que le pueda esperar en Guatemala.

Paula García es originaria de Olopa, Chiquimula. Tiene los rasgos de una auténtica chortí, pero le cuesta reconocer que ese era su idioma materno. Estos días tiene insomnio, los nervios no la dejan conciliar el sueño. Su pena es que no ha podido convencer a su hijo Nehemías de que retorne con ella. “Es que si mi hijo no viene, no lo voy a dejar solo aquí”, expresa.

Con esperanza

En casa de la familia García se ha sabido combinar lo guatemalteco con lo boliviano. Sus vecinas bolivianas han aprendido a hacer tamales, y las guatemaltecas ya cocinan yuca con queso.

No olvidan lo duro que fue al principio sentirse discriminados porque sus costumbres eran distintas, porque comían tortillas, porque querían sembrar maíz en vez de arroz o porque echaban de menos los frijoles. “A todos les dieron una piedra cuadrada, como cajita, con un pedazo como de ladrillo, y ahí querían que molieran el maíz. Qué mal lo pasaron”, recuerda Jubelina López.

Mientras surgen los recuerdos, Elsa Marina Lucero, quien a sus 10 años es la más pequeña de la casa, se afana en hacer panes para llevar al horno de ladrillo que tienen en la vivienda. Está ilusionada con el viaje, con una esperanza ciega en que todo será mejor en un país que sólo conoce a través de las historias de sus abuelos.

En realidad, la mayoría de las familias que volverán al país en cinco días lo hacen por dos motivos principales: los ancianos, por poder descansar en paz en su tierra, y los jóvenes, por darles mejores oportunidades a sus hijos.

Todos esperan que hoy Guatemala pueda devolverles todo lo que les quitó hace 24 años.

Opiniones

•“Ellos no se creen aún que se vayan a ir, porque los han engañado muchas veces”. - Aidette Vicenci, Pastoral Social de Santa Cruz.

•“Fuimos torturados para ver si contábamos algo, pero nosotros éramos fuertes”. - Norberto Amador, refugiado guatemalteco.

•“Me salvé de morir hace poco. Gracias a Dios voy a ir a descansar a mi tierra”. - Ricardo Ramírez, refugiado guatemalteco.

Fin de una etapa: El desarraigo quedará atrás

En la misma cocina, doña Elena García ha preparado los alimentos durante 24 años. Llegó al poblado de San Pedro, en Santa Cruz, Bolivia, acompañando a su esposo, Ricardo Ramírez, y sus hijos estaban pequeños.

Hoy, Elena tiene 60 años, y junto a sus hijos, ya adultos, y sus nietos, volverá a Guatemala.

Al igual que doña Elena, muchos de los refugiados guatemaltecos que estuvieron 24 años en Bolivia han vendido el terreno, la casa y todos sus animales para reunir algo de dinero que les ayude a iniciar una nueva vida en la finca El Rosario, en Livingston, Izabal.

Su hijo, Carlos Ramírez, es uno de los líderes del grupo de refugiados, que sólo esperan que las autoridades les brinden todo el respaldo para que comenzar de nuevo no sea un proceso tortuoso.

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