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Actualizado el 2006-08-14 a horas: 18:10:00

Tradiciones bolivianas en Suecia

Víctor Montoya

Desde tiempos inmemoriales, y como consecuencia natural de las olas migratorias, las culturas se han enriquecido mutuamente en un largo proceso de convivencia social, en la cual se han amalgamado algunas tradiciones, mientras otras se han conservado en su estado original. En este contexto, los inmigrantes bolivianos llegados a Suecia a partir de los años '70, han traído en su mente, corazón y maletas, además de su experiencia de vida, una rica tradición folklórica que, durante la última semana de julio de cada año, reluce con su extraordinaria peculiaridad en una de las ciudades del país escandinavo.

Víctor Montoya

Víctor MontoyaNació en La Paz, en 1958. Escritor, periodista cultural y pedagogo. Vivió en las poblaciones mineras de Siglo XX y Llallagua. En 1976, como consecuencia de sus actividades políticas, fue perseguido, torturado y encarcelado. Estando en el Panóptico Nacional de San Pedro y en el campo de concentración de Chonchocoro-Viacha, escribió su libro de testimonio ?Huelga y represión?, hasta que en 1977, tras ser liberado de la prisión por una campaña de Amnistía Internacional, llegó exiliado a Suecia.

Cursó estudios de pedagogía en la Escuela Superior de Profesores, en Estocolmo. Dictó lecciones de quechua en institutos, coordinó proyectos culturales en una biblioteca y ejerció la docencia durante varios años. Ha publicado: ?Días y noches de angustia? (premio nacional de cuento, UTO, 1984), ?Cuentos Violentos? (1991), ?El laberinto del pecado? (1993), ?El eco de la conciencia? (1994), ?Antología del cuento latinoamericano en Suecia? (1995), ?Palabra encendida? (1996), ?El niño en el cuento boliviano? (1999), ?Cuentos de la mina? (2000), ?Entre tumbas y pesadillas? (2002) y ?Fugas y socavones? (2002). Dirigió las revistas literarias ?PuertAbierta? y ?Contraluz?. Escribe para una veintena de publicaciones en América Latina y Europa.

Es miembro de la Asociación de Escritores Suecos y del PEN-Club Internacional. Participó en el Primer Encuentro Hispanoamericano de Jóvenes Creadores, Madrid, 1985, y fue uno de los principales organizadores del Primer Encuentro de Poetas y Narradores Bolivianos en Europa, Estocolmo, 1991.

Su obra mereció premios y becas literarias. Tiene cuentos traducidos y publicados en antologías internacionales. Es redactor responsable de la edición digital de Narradores Latinoamericanos en Suecia: http://www.narradores.cjb.net.

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El Encuentro Boliviano, que se viene realizando desde 1987, empezó con la iniciativa de algunos entusiasta, hasta que se convirtió en una fuerza de atracción a la cual concurren actualmente alrededor de 900 bolivianos residentes en Suecia, sin contar a las delegaciones de danzarines e interesados provenientes de España, Alemania, Francia, Noruega y Estados Unidos. Además, esta festividad llena de alegría y colorido, concentra la atención de los inmigrantes de otras nacionalidades y de los mismos suecos, quienes se dan cita a las diversas actividades, con el único propósito de compartir días de camaradería con la comunidad boliviana que, ostentando su identidad cultural con el mayor de los orgullos, se une y reúne para hacer gala de su música, sus danzas y sus ritos, fuertemente arraigados a sus costumbres y tradiciones.

El Carnaval Boliviano, acto central del Encuentro, despierta un interés inusitado por ser la mejor expresión del sincretismo cultural entre los valores cristianos de Occidente y las costumbres paganas de las culturas nativas. La simple fastuosidad de los disfraces de los distintos conjuntos folklóricos, que participan en un fantástico despliegue y colorido en las principales calles de la ciudad, es motivo de regocijo y hondo sentimiento patriótico entre los residentes bolivianos que, además de sentirse transportados en la imaginación al terruño añorado, están dispuestos a difundir su cultura en las latitudes más nórdicas del mundo, como un aporte concreto a la cultura sueca y un serio desafío contra quienes dudan que el folklore de un país determinado sea un medio eficaz para alcanzar la integración y el pluralismo cultural.

Entre los conjuntos folklóricos, conformados principalmente por los miembros de cada una de las asociaciones presentes en el Carnaval, se destacan: Los Caporales, quienes, luciendo sus trajes salpicados de lentejuelas, sombreritos de bombín, botas espuelas y pollerines acampanados, bailan haciendo contorsiones al compás de la saya. Los Sikuris, resoplando sus zampoñas y batiendo los vistosos penachos sobre sus sombreros alones, brindan un espectáculo inusual entre los asistentes. Las Waka thoqoris, cargadas de múltiples polleras y mantas con flecos largos, se mueven sombrero en mano, con gallardía y paso lento. Los Tobas, a veces cuestionados por los tradicionistas y folklorólogos debido a la fuerte influencia de los pieles rojas en sus trajes, ganan distancia dando saltos y agitando sus plumas en el aire. El Tinku es otra de las atracciones propias del acervo nativo, pues entre pujes, alaridos, pugilatos y tonadas del norte potosino, permiten respirar el aire de una de las regiones más características del altiplano árido y pedregoso. Los Morenos, cuyos bellísimos trajes pesan más de cuarenta kilos y cuyas máscaras representan a los esclavos negros llevados a las minas de Potosí durante la colonia, marcan sus pasos al ritmo de sus matracas. La Diablada constituye una de las piezas claves del Carnaval boliviano en Suecia, no sólo porque en ella está expresada la mezcla de la tradición pagana y occidental, sino también porque el personaje central es el Tío, una deidad que, según las supersticiones mineras, simboliza al dios Huari de los Urus y al diablo de la religión católica. Y, entre cóndores, jukumaris y chinasupay, está presente el arcángel San Miguel, quien, espada en mano, arenga y somete bajo su dominio a los diablos, que son verdaderos motivos de admiración entre los espectadores.

En el Encuentro se escucha música autóctona, se saborean platos del arte culinario nacional y se consumen bebidas como el San Pedro, Singani o chicha. Tampoco faltan los juegos típicos como el cacho, el sapo y la rayuela, que, entre broma y broma, entretienen a los aficionados y dicharacheros, quienes aprovechan el juego para lanzar algunas verdades no reveladas entre los contertulios. Lo único que falta en la Entrada del Carnaval es que se proceda a la famosa ch'alla, que consiste en compartir aguardiente con los seres tutelares de la Pachamama.

Las demás tradiciones forman ya parte de la vida cotidiana de los residentes bolivianos, pues celebran las fiestas patrias y las efemérides departamentales con asombroso patriotismo. Algunas asociaciones, que cuentan con sedes en las zonas céntricas o periféricas de las grandes ciudades, tienen equipos deportivos, grupos de danzas y ofrecen cursos de capacitación a los cesantes y recién llegados. No es casual que en estos mismos centros se impartan cursos de idiomas, charango y cocina.

A tres décadas de la presencia boliviana en Suecia, y gracias a las actividades permanentes de las asociaciones, se ha logrado establecer redes de contacto entre las familias que, a pesar del paulatino proceso de integración a la sociedad que los acogió, logran mantener vigentes sus costumbres ancestrales. No se exagera, por ejemplo, si se dice que algunos bolivianos, en procura de conservar sus tradiciones, ch'allan y q'oan sus bienes materiales, y se reúnen periódicamente para oficiar el umaruthuku y jugar el pasanaku. Este comportamiento social, que a los suecos y demás inmigrantes les parece extraño o exótico, es un acto natural entre quienes aprendieron desde el pecho materno los ritos y las costumbres de un pueblo donde permanecen vivas las culturas indígenas.

Asimismo, el mestizaje boliviano encuentra su manifestación a través de la procesión religiosa de la Virgen de Copacabana, que anualmente es llevada a cuestas por las avenidas céntricas de Estocolmo. Los pasantes o prestes, cuyo único requisito es garantizar la fiesta y vivir en una relación matrimonial estable, anuncian por medio de colitas a los invitados y participantes que la entrada al local, donde se agasaja a la Virgen, es una botella de alcohol, una caja de cervezas o su equivalente.

Como quien diría, primero llegaron los bolivianos y detrás de ellos vinieron sus vírgenes, santos y tíos. A propósito del tema, quien firma esta nota tiene en su poder la estatuilla de un auténtico Tío de la mina, que fue enviado desde Bolivia para hacer acto de presencia en Suecia, no sólo porque es una de las deidades más características de la mitología andina, sino también porque se le atribuye a él el origen del Carnaval de Oruro, pues según cuenta la tradición oral, los mineros fueron los primeros en disfrazarse de Tíos, en organizar el conjunto de la diablada y bailar en honor a la Virgen del Socavón, a poco de ser encontrada milagrosamente en la guarida del Chiru-Chiru, allí en el cerro Pie de Gallo de esa ciudad que en otrora se llamó Villa Imperial de San Felipe de Austria. De modo que el Tío, amo y señor de los socavones, fue el inspirador del Carnaval de Oruro, cuyos inicios se remontan al siglo XVIII.

Por los antecedentes señalados, las tradiciones bolivianas han echado raíces en la generosa tierra de los suecos, donde, al parecer, caben todas las culturas llegadas de allende los mares en las petacas y maletas de quienes emigran buscando un mejor horizonte para sus vidas.

Por lo demás, la forma de vida de los bolivianos, con integración o sin ella, es el fiel reflejo de una sociedad tolerante y multicultural, donde es posible que también puedan convivir lado a lado el Tío y la Virgen.

Glosario

Ch'alla: Estreno de una casa. Rociar bebida como ofrenda a la Pachamama y hacer una fiesta con manjares, bebidas y baile.

Chinasupay: Diablesa.

Jukumari: Oso.

Pasanaku: Pasarse dinero ahorrado por turnos.

Q'oa: Sahumerio.

Sikuri: Tocador de zampoña.

Tinku: Encuentro, pugilato.

Tío: Dios y diablo de la mitología andina. Los mineros le temen y le rinde pleitesía, ofrendándole hojas de coca, cigarrillos y aguardiente.

Umaruthuku: Fiesta del primer corte de cabello de los niños.

Waka thoqori: Vaca bailarina

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