Miercoles 26 de septiembre del 2018
 
x

¿Olvidó su contraseña?

Área: Internacional >> Resto del mundo
Actualizado el 2006-03-29 a horas: 21:33:51

El destino de Rusia y sus consecuencias para el sistema capitalista mundial

Juan Chingo El avance de la restauración capitalista en Rusia ha sido uno de los grandes logros del imperialismo en la última parte del siglo XX y comienzos del siglo XXI, además de un enorme factor de desmoralización de la clase obrera mundial. El retroceso económico, social y cultural no tuvo precedentes. A su vez, si tuvo algún mérito este proceso fue el de desnudar el carácter depredador del capitalismo mundial.

La integración plena a la economía mundial de Rusia supone la incorporación de un espacio enorme (la sexta parte de la superficie terrestre y el nexo natural entre Asia y Europa) dotado de extraordinarios recursos naturales: el 20% de los bosques del planeta, gran parte de la reserva mundial de agua potable, de petróleo, las mayores reservas mundiales de gas y de oro, una quinta parte de las reservas mundiales de diamantes, los segundos depósitos mundiales de cobre, hierro, níquel y zinc, así como la abundancia en toda una serie de metales raros. Semejante bocado puede alterar el equilibrio político y geopolítico a nivel mundial además de la relación de fuerzas entre las clases. De ahí las enormes disputas entre las grandes potencias que empiezan a emerger en un marco de crecientes tensiones e inestabilidad en esta estratégica zona del planeta. Hasta ahora, el proceso ha sido sorprendentemente pacífico. Pero nada asegura que esto pueda mantenerse en las próximas décadas. Lo que está claro es que su resolución será una de las grandes cuestiones que determinará el carácter del sistema capitalista mundial durante el presente siglo.

Las desventajas del adelanto y la abundancia de recursos

De los ex Estados obreros deformados y degenerados, Rusia fue el país más golpeado por la nueva división mundial del trabajo que se viene dando en la economía mundial capitalista como respuesta a la caída de la tasa de ganancia en los principales países imperialistas, luego del boom de posguerra. Mientras China por su atraso se “benefició” temporalmente como el nuevo taller manufacturero mundial, basado en su inagotable reserva de mano de obra barata, en la ex URSS, debido a su mayor grado de industrialización autónoma, la restauración capitalista significó un brutal retroceso y destrucción de fuerzas productivas.

La restauración capitalista debió desde el comienzo (y debe continuar haciéndolo para seguir avanzando) destruir el entramado industrial basado en una economía de carácter autárquico (no orientado hacia el mercado mundial) y el enorme peso en la economía del complejo militar industrial hiperdesarollado, como producto de la Guerra Fría.

La ex URSS, a consecuencia del cambio revolucionario que significó la revolución de 1917 y a pesar de la contrarrevolución burocrática stalinista de los ’30, había dado pasos significativos en dejar atrás el típico atraso de países semicoloniales o de desarrollo burgués retrasado sin contar con la colaboración y las inversiones directas de los países capitalistas más avanzados. Pese a las enormes deformaciones y la gran carga para la economía y la población que significaron la existencia de la burocracia y la construcción del “socialismo en un solo país” -y que constituyeron a largo plazo una espada de Damocles para la sustentabilidad del Estado obrero degenerado, como demostró su debacle a fines de los ‘80-, la ex URSS había resuelto a su manera el ciclo de modernización pendiente del retraso ruso de fines del siglo XIX, como demostraron la industrialización del carbón, la electricidad, el acero, la alfabetización total, la urbanización y la maquinaria pesada. Actualmente, la restauración capitalista implica que Rusia ha regresado, bajo nuevas condiciones, a los mismos problemas que llevaron, un siglo atrás, a la opción de la revolución rusa, esto es, el fantasma del atraso o el miedo a perder posiciones frente a los países y la tecnología más adelantada para no caer en la semicolonización.

A su vez, la reestructuración industrial de los ’90 no se hizo tomando en cuenta el carácter estructural de la militarización de su economía con respecto a Occidente. El corresponsal del diario La Vanguardia de Barcelona en Moscú desde 1988 hasta 2002, Rafael Poch-de-Feliu, muestra correctamente en su libro La gran transición la supeditación de la estructura económica a objetivos militares en el sistema de la ex URSS heredado por Rusia, independientemente de su división formal en civil o militar.

Allí sostiene: “La URSS producía diez veces más tractores que Estados Unidos y al mismo tiempo era imposible encontrar piezas de repuestos para tractores, porque todas las fábricas de tractores se construyeron con la idea de convertirlas en fábricas de tanques en caso de necesidad, y, en la guerra, los tanques se destruyen de forma tan rápida y total que no son repuestos lo que se necesita, sino capacidad de producción de relevo. Por la misma razón, la URSS producía enormes cantidades de aluminio, del que Rusia heredó una producción de tres millones de toneladas al año, cuando las necesidades de consumo interno eran de 200-300 mil toneladas al año. En la URSS, el aluminio se utilizaba en muchas aplicaciones que no lo necesitaban, únicamente porque ese material era un componente fundamental para la construcción de aviones y de otras armas. Había que mantener a determinado nivel esa industria -que por razones tecnológicas no se puede parar- a fin de garantizar la demanda potencial de la industria militar en caso de conflicto. Lo mismo ocurría con la gigantesca extracción de carbón y petróleo, o con la forja de metales, que no se correspondía en absoluto con los niveles de exportación, ni con el bajísimo nivel de los productos finales que el sector destinaba al consumo de la población. La lógica del enredo habría que buscarla en las palabras de Stalin de 1946: ‘Necesitamos extraer anualmente 500 millones de toneladas de carbón, 60 millones de toneladas de petróleo y fundir 50 millones de toneladas de acero al año, sólo de esa forma nuestra patria podrá estar protegida contra cualquier eventualidad”[1].

La reconversión, encarada por personajes como Gaidar, sin ningún conocimiento sobre la industria, al limitarse a reducir los pedidos al complejo militar industrial, no sólo terminó dañando a éste sino que provocó un enorme colapso en la industria, quitando posibilidades para que el sector civil utilizara el potencial de innovación del complejo militar industrial para su modernización.

Junto con la liquidación del monopolio del comercio exterior que permitió la penetración de mercancías baratas de Occidente[2], todos estos elementos explican cómo el avance de la restauración del capitalismo ha significado una desindustrialización masiva[3].

Más en general, la abundancia de recursos comparado con los países del este o la misma China, imprimieron a la restauración un carácter abiertamente rapaz: había para robar y saquear. Marshall I. Goldman, que denomina a este proceso de saqueo como una forma de “piratización”, sostiene comparando las reformas capitalistas en Rusia con respecto a Polonia, la siguiente observación: “... Polonia es relativamente pobre en recursos, mientras Rusia es increíblemente rica. A excepción del carbón, que no está mucho en demanda, Polonia tiene mucho menos para robar o, en palabras de un economista, muchas menos rentas para buscar que Rusia, con todo su gas natural, petróleo y metales ferrosos y no ferrosos. Ciertamente existieron otros factores, pero con toda esa riqueza abierta de repente para la apropiación, había un buen número de rusos perceptivos que vieron lo que estaba sucediendo y decidieron que era mejor tomar su porción y convertirse en buscadores de rentas antes que otros menos merecedores decidieran hacer lo mismo. Es irónico, a menudo la riqueza rusa ha sido una maldición más que una bendición”[4].

La unidad imperialista para ocupar el vacío dejado por la ex URSS

Comenzando con Gorbachov, pero profundizándose después de 1991 hasta fines de 2004 y principios de 2005, este periodo se caracterizó por una enorme retirada geopolítica de Rusia en sus ex áreas de influencia euroasiáticas.

Junto a la debilidad rusa, una de las claves que explica semejante transformación del escenario geopolítico regional y mundial, es la presión común ejercida por los Estados Unidos y las potencias europeas (bajo el liderazgo del primero) para ocupar el vacío dejado por la ex URSS a través de una política agresiva y preventiva de contención de una Rusia resurgente. El objetivo de esta política era (y es) destruir las bases geopolíticas que pudieran permitir, al menos en teoría, que Rusia aspirara a adquirir el status de segunda potencia en política mundial que tuvo la Unión Soviética.

La herramienta para esta política fue la OTAN que debía ser fortalecida y ampliada. Sin embargo, ésta había perdido su justificación, desaparecida la “amenaza comunista”. La guerra de los Balcanes tuvo el objetivo de reafirmar el dominio de la OTAN[5] y mantener a Europa como polo subordinado de la Alianza Atlántica evitando que ésta tomara, o por lo menos pospusiera, un curso independiente de los Estados Unidos en el estratégico continente euroasiático como forma de preservar la supremacía norteamericana. A este contenido se ligaba el avance y ampliación de la Unión Europea. El ex consejero de Seguridad Nacional del presidente Carter, Zbigniew Brzezinsky, el estratega más vehemente de esta política, lo expresaba claramente: “La nueva Europa está aún en proceso de formación y para que esa nueva Europa siga formando parte -desde el punto de vista geopolítico- del espacio ‘euroatlántico’, la expansión de la OTAN es esencial” .[6]

Pero mientras Occidente, a pesar de sus diferencias, se unía para sacar provecho de la debilidad rusa, lo que llama la atención desde el punto de vista histórico es el carácter unilateral de las concesiones de Rusia a Occidente, a cambio, por cierto, de ningún fruto. Esto es expresión del fracaso total de las aspiraciones de gran potencia de la burocracia estalinista gobernante a la vez que una muestra contundente de que no constituía una clase social, mostrando burdamente su ingenuidad de casta en descomposición, frente a la clara conciencia de clase de los distintos estamentos de la burguesía mundial, que pugnaban sin desenfado y con un total cinismo en imponer sus intereses nacionales y relaciones de fuerza contra Rusia.

La muestra más patética de esto se produce durante la primera presidencia de Yelsin. Este alineó su política exterior con los Estados Unidos, relegando a los “países en desarrollo” entre los cuales la ex URSS gozaba de influencia, los países asiáticos y sobretodo las nuevas Repúblicas de la CEI, la postsoviética Comunidad de Estados Independientes. En otras palabras, su política era -parafraseando al ministro de relaciones exteriores argentino durante el gobierno abiertamente proimperialista de Menem- de “relaciones carnales” con Estados Unidos, renunciando a una política exterior propia. Nadie personificó mejor este “cipayaje” de la otrora superpotencia mundial que el ministro de relaciones exteriores de Yeltsin, Andrei Kozyriev. Los siguientes comentarios de Poch-de-Feliu son reveladores: “Según el vicesecretario de Estado estadounidense Strobe Talbott, ‘Kozyriev -que tras su destitución en 1996 fue nombrado vicepresidente de la corporación norteamericana ICN- tenía una visión de su país igual a la nuestra’. Según el ex presidente Richard Nixon, Kozyriev iba mucho más allá. En su primer entrevista con él, explicó Nixon, el nuevo ministro ruso le dijo orgulloso que Rusia ‘no tiene intereses nacionales, sino que sólo se aviene a valores humanos universales’. Al salir del encuentro Nixon comentó: ‘Me he pasado toda la vida defendiendo intereses nacionales como un hijo de perra, Kissinger fue aun más hijo de perra, pero este jovencito lo que necesita es trabajar en una organización filantrópica”[7].

Con esta actitud, durante la época de Yeltsin Rusia fue retrocediendo geopolíticamente abandonando definitivamente los Bálticos y permitiendo la expansión de la OTAN hacia el este. El cortejo hacia la burocracia yeltsinista invitándola al club de los poderosos fue el complemento decorativo que las potencias occidentales utilizaron para enmascarar este enorme retroceso estratégico para los líderes rusos. Este fue el significado de la invitación a Rusia a participar en las reuniones del G7 y su conversión más tarde en G8. Según palabras del propio Clinton refiriéndose a la ampliación de la OTAN “había que conseguir mediante halagos que (los rusos) sean parte de un resultado que ellos puedan ver de forma distinta a una mera derrota estratégica”[8].

La última muestra en este periodo de la colaboración desinteresada de Rusia con Occidente fue su actitud frente a la guerra de los Balcanes de 1998, primero oponiéndose a la guerra pero luego en un zigzag ayudando a concluirla con éxito mediante la capitulación de Milosevic, demostrando que lo que verdaderamente irritaba a Moscú, más que la guerra, era no ser tenida en cuenta[9].

La segunda fase de retroceso geopolítico de Rusia sobre sus zonas de influencia se dio bajo el gobierno de Putin. Con respecto al periodo anterior, hay un salto significativo en la penetración occidental ya que ésta se realiza en el llamado “patio trasero” ruso: el Asia Central, el Cáucaso y Ucrania. Utilizando el atentado terrorista del 11 de setiembre de 2001, como justificación ante la crítica de muchos miembros de la élite política que veían a su gobierno como demasiado complaciente con los intereses norteamericanos, el gobierno de Putin permite la instalación de bases militares del ejército de Estados Unidos en las antiguas repúblicas soviéticas de Asia Central, Uzbekistán y Kyrgyzstan. Posteriormente el ciclo de “revoluciones coloridas” en Georgia, en Ucrania y parcialmente en Kyrgystan aumenta el radio de influencia de Occidente mediante la instalación de gobiernos prooccidentales en los dos primeros y en menor medida en el último. Para Rusia, su derrota política en Ucrania, donde el candidato apoyado por Moscú fue vencido por Víctor Yuschensko, el candidato apoyado por los Estados Unidos y la Unión Europea, señala un punto de inflexión en su retroceso geopolítico ya que la eventual pérdida definitiva de Ucrania pone en discusión la existencia misma de la Federación Rusa. Este importante golpe está llevando a una reevaluación de la política exterior rusa marcando el fin del periodo de concesiones unilaterales a Occidente.

Un enorme y brutal retroceso social y cultural

El avance de la restauración capitalista significó un retroceso social y cultural brutal que no sólo liquidó (y aún debe seguir liquidando) toda una serie de conquistas que las masas gozaron durante el periodo soviético, sino que amenaza, de no revertirse, con tener consecuencias funestas para el destino de la nación.

A pesar de los enormes costos humanos que significó la planificación económica burocrática comandada por el stalinismo, alrededor de los años ‘80, el Estado soviético garantizaba que todos sus ciudadanos gozaran de un nivel de vida modesto, seguridad laboral y estabilidad de precios. Casi todos tenían acceso a la educación gratuita, a los servicios de salud, a una jubilación relativamente temprana y a diversas pensiones y prestaciones sociales. Muchas empresas estatales proporcionaban vivienda barata, guarderías, vacaciones, alimentos a bajo precio y otros subsidios. Un sistema de precios controlados permitía que las necesidades básicas, como alimentación, vestimenta para los hijos, vivienda, transporte público y actividades culturales, fueran accesibles. Aún hoy, el ex espacio soviético conserva una tasa de alfabetización del 95%, sino superior.

El avance de la reforma implicó la liquidación de los principales pilares del sistema de seguridad social soviético. La mayoría de los rusos perdieron los derechos que habían garantizado su nivel de vida. Las consecuencias fueron nefastas dando origen a una drástica marginación de la población que se manifiesta en el aumento del número de pobres, vagabundos, alcohólicos y adictos a las drogas. El deterioro del nivel sanitario de las masas creció muy rápidamente, reduciéndose la inmunidad contra enfermedades comunes, en tanto se multiplicó la prostitución, las enfermedades venéreas y creció el nacimiento de niños con defectos congénitos. Como resultado de todo esto, se ha producido un elevado incremento de la mortalidad infantil y una disminución de la expectativa de vida.

Una novedad del periodo de las reformas es el surgimiento de la pobreza de masas y de nuevos pobres. Dos investigadores, Bertram Silverman y Murray Yanowitch en su libro Nuevos Ricos, Nuevos Pobres, Nueva Rusia arriban a esta conclusión. Allí plantean: “Cuando se abordaba el problema de la pobreza en Rusia, era usual vincularlo al destino de los pensionados (sobre todo los ‘pensionados puros’, aquellos forzados a vivir separados de su familia y que dependían únicamente de su pensión) y de las familias de jóvenes en las primeras etapas de su trayectoria laboral... la pobreza en Rusia a fines de los ‘80 no se trató como un ‘fenómeno de masas’... Aunque los análisis recientes no ignoran a los pobres tradicionales, el problema de la pobreza se relaciona cada vez más con el bajo ingreso real de los obreros de tiempo completo en los viejos sectores ‘productivos’ y de grupos selectos de oficinistas con buena preparación, así como con la progresiva cifra de desempleados”[10]. Los mismos autores citan un ejemplo elocuente del cambio de situación para estos grupos sociales: “Durante el régimen soviético era poco probable que una familia con dos obreros fuera pobre. Dado que muchas mujeres trabajaban, la mayoría de los hogares contaban con dos salarios. Por lo tanto, los sectores de riesgo especial eran las familias grandes o con un solo ingreso, así como los hogares de jóvenes, en los que la madre tenía licencia de maternidad. Prestaciones sociales como la pensión por maternidad y para cuidado de los hijos, las pensiones por incapacidad y el apoyo a familias numerosas o de un solo progenitor se destinaban a estos sectores vulnerables. Para la gran parte de las familias jóvenes la pobreza era sólo temporal, ya que con frecuencia recibían ayuda de los padres. Una vez que ambos esposos volvían a trabajar -lo que facilitaban las guarderías preescolares-, terminaba el riesgo de seguir en la pobreza. Esta ya no funciona igual en la Rusia postsoviética. Pese a que una familia con dos ingresos, herencia de la política soviética, sea un importante paliativo contra el decreciente ingreso real, ya no es una garantía para no caer en la pobreza. Una familia con uno o dos hijos en la que padre y madre trabajen está ahora entre la categoría más numerosa de pobres...”[11].

Sectorialmente, la pobreza absoluta y relativa ha afectado a la mayor parte de los obreros calificados (a excepción de una pequeña minoría de asalariados de la rama de extracción y refinación petrolera e industrias del gas).

A su vez, las severas restricciones en el presupuesto del Estado y militar provocaron el deterioro salarial de lo que algunos denominan la “intelligentzia de masas”: ingenieros, científicos, técnicos, obreros calificados empleados en la fabricación de maquinaria e industrias de la fundición, doctores, artistas, maestros, investigadores y demás especialistas de similar preparación, a quienes se pagaba con presupuesto estatal.

Como consecuencia de estas tendencias, la tan respetada base de investigación rusa construida durante la época soviética está en franco deterioro y no podrá reemplazarse con facilidad[12].

Agreguemos a estos indicadores sociales los índices de deterioro ambiental, también sorprendentes. Entre 40 y 60 millones de rusos viven en ciudades cuya concentración de sustancias dañinas supera entre cinco y diez veces la norma establecida como aceptable. Rusia, a su vez, tiene el mayor índice de contaminación radiactiva del mundo.

Por último, aunque los indicadores sociales más extremos, como el no pago de los salarios durante meses, mejoraron durante el gobierno de Putin, las tendencias centrales del colapso para el nivel de vida de las masas que ha implicado la restauración, no se han revertido sino que en muchos casos han empeorado cualitativamente como demuestra el ataque de Putin a los subsidios al servicio social y la “monetización” de las jubilaciones, que motorizó la primera gran movilización social a escala nacional en los últimos catorce años después del colapso de la Unión Soviética.

Esto es lo que explica que la tasa de defunción se haya incrementado en un millón de muertes por año mientras la tasa de nacimientos es un sexto de la tasa de abortos. Si estas tendencias demográficas se mantienen, Rusia podría tener a mediados del siglo una población de alrededor de 100 millones de habitantes, perdiendo alrededor de 40 millones de personas.

La vía de restauración y el papel clave del capital financiero internacional y el mercado mundial para la reconversión de la burocracia en clase propietaria

La restauración capitalista en la ex URSS no fue producto de una intervención militar ni de un proceso orgánico interior sino de la transformación de la burocracia, de casta privilegiada que usufructuaba el monopolio del poder en la economía planificada burocráticamente, a una nueva clase capitalista basada en las ganancias y la acumulación de capital ayudada por el capital financiero internacional.

En sus más de 70 años de existencia, la ex Unión Soviética conoció momentos de peligro que pusieron sobre el tapete la perspectiva de la restauración capitalista. Durante la década del ’20 del siglo pasado, la formación de una capa de campesinos acomodados, los llamados kulaks, amenazó convertirse en la principal base social de la restauración capitalista. Esta realidad derivaba de la famosa formulación de Lenin, quien sostenía que: “La producción en pequeña escala crea el capitalismo y la burguesía constantemente, de día a día, a cada hora, elementalmente y en grandes proporciones”. Siguiendo el aliento oficial, encabezado por Bujarin y su lema de “campesinos enriqueceos”, el desarrollo de este sector agrícola cuestionaba gravemente las bases de la economía planificada. Sin embargo, el giro hacia la colectivización forzosa, llevado adelante por Stalin a fines de los ’20, liquidó esta perspectiva aunque a costa de un daño demasiado alto para el campo, que fue un lastre de todo el periodo soviético. Posteriormente, la Segunda Guerra Mundial y la invasión nazi a la Unión Soviética llevaron hasta muy adentro del territorio de la ex URSS la perspectiva de una restauración capitalista, basada en la conquista militar por un ejército imperialista enemigo. Pero la resistencia inaudita de las masas soviéticas y la virtudes de la planificación económica permitieron derrotar al ejército alemán.

Sin embargo, el avance de la restauración capitalista no se dio por ninguna de estas variantes sino por la transformación de la burocracia en nueva clase propietaria, burguesa, tal como había alertado Trotsky en los ’30. Un periodista atento a los hechos como Poch-de-Feliu lo reconoce abiertamente: “Gracias a las absurdas medidas económicas del equipo de Gaidar, la tradicional clase dirigente-administrativa soviética logró realizar el sueño histórico de la nomenclatura de convertirse en nueva clase propietaria, de acumular rápidamente patrimonios convertibles y transmisibles por herencia, y de saciar su apetito hacia el consumo de lujo que tanto envidiaba a la burguesía y a la clase dirigente occidental. Se cumplió así, en lo esencial, la profecía de Lev Trotsky, formulada en 1936, según la cual la burocracia acabaría transformándose en clase propietaria, porque ‘el privilegio sólo tiene la mitad del valor si no puede ser transmitido por herencia a los descendientes’, y porque ‘es insuficiente ser director de un consorcio si no se es accionista’”[13].

La clave de esta transformación fue la apropiación de las grandes empresas por parte de la nomenclatura y de los directores de empresa. Estos sectores de la alta burocracia se abrazaron al capital financiero internacional para de obtener ayuda en el proceso de restauración y sobretodo tener acceso al mercado mundial para poder vender lo que se había robado de la ex URSS y comprar en el mercado mundial los nuevos medios para satisfacer sus gustos de nuevos ricos. El establecimiento de plataformas financieras en Occidente en paraísos fiscales, contando con la ayuda de la banca internacional, que se inició durante la época de Gorbachov y se multiplicó enormemente durante el gobierno de Yeltsin, facilitó la transferencia de recursos que la burocracia pudo saquear.

En otras palabras, el proceso de restauración en la ex URSS se dio paso desde arriba, bajo el férreo control de la antigua burocracia central y sus socios-competidores de cada región. La llamada “economía de las sombras"[14] y el intercambio mercantil jugaron un rol secundario en este proceso. Una consecuencia importante ha sido que la clase empresarial que surgió existe sólo en el nivel más alto de la pirámide social, más bien una oligarquía, estando ausente una pequeña burguesía y una burguesía media considerable, que es lo que explica en cierta medida la debilidad de la democracia burguesa en Rusia y las tendencias al bonapartismo, que se consolidaron con el ascenso de Putin.

El encanto de los altos precios del petróleo

Luego del default y el crack financiero de 1998, desde los años 1999-2000 la economía rusa viene sobrellevando un renacimiento económico. Entre los factores que han estimulado el crecimiento económico podemos citar los siguientes: el reajuste de los precios relativos y el colapso de la tasa de intercambio del rublo, que resultó en sustitución de importaciones y proveyó estímulo a los productores domésticos de bienes de consumo y manufacturas; una declinación de los salarios reales y una subutilización productiva del trabajo y del capital como resultado de la declinación de la industria rusa durante los ’90; una serie de reformas impulsadas por el gobierno en el medio de la crisis que llevaron a mejoramientos en la eficiencia y la reestructuración industrial. Sin embargo, el factor más significativo fue el aumento de los precios mundiales del petróleo desde un piso de alrededor de 10 dólares el barril en diciembre de 1998 a alrededor de 33 dólares en septiembre de 2000. Esto permitió cuantiosos ingresos adicionales en la economía.

Los altos precios del petróleo fueron también el factor determinante en promover la recuperación de la industria petrolera rusa, que había sido afectada adversamente por el colapso de la Unión Soviética y había entrado en un prolongado periodo de declinación en los ‘90. Entre 1988 y 1998, la producción petrolera rusa había caído aproximadamente un 50%, de 11 millones a 6 millones de barriles por día -en gran parte debido a una fuerte reducción en perforación, y poca o ninguna inversión en nuevos pozos, o en tecnología para incrementar la recuperación de pozos agotados.[15] La repentina inyección de dinero proveniente del incremento de los precios del petróleo en una industria esencialmente estancada cambió la ecuación del negocio petrolero. El aumento de los precios del petróleo impulsó las ganancias de las compañías aun sin incrementos en la producción, mientras que la devaluación del rublo de 1998 ya había bajado significativamente los costos en rublos de los insumos, para los productores energéticos rusos, incluido el precio de la fuerza de trabajo. Después de 1999, esta combinación de insumos a bajos costos y altos precios energéticos le dieron a las compañías petroleras rusas un capital interno para mejorar la eficiencia de la producción sin necesidad de nuevas inversiones externas. A su vez permitió a los nuevos barones del petróleo la reestructuración y el mejoramiento del management de sus activos: los pozos parados fueron puestos nuevamente en funcionamiento, se compró nueva maquinaria y se introdujo nueva tecnología[16]. Para 2004, la producción petrolera rusa se había recuperado y en gran medida alcanzado los 9 millones de barriles diarios -con un potencial a mediano plazo de aun más incrementos, al menos arriba de los 11 millones de barriles diarios (cercano a los niveles soviéticos de producción) con exportaciones que alcanzaban más de 4 millones de barriles diarios.

Pero junto a esta recuperación de la industria petrolera es interesante destacar -ya que esto nos habla de la estructura del sistema industrial ruso- que la capacidad exportadora rusa fue incrementada no sólo por los nuevos oleoductos y puertos sino también porque su propia demanda de petróleo permanecía baja, como resultado de la contínua declinación de su industria pesada. En contraste con el gas ruso, donde sólo un tercio de la producción se exporta, alrededor de la mitad del petróleo ruso está disponible para la exportación. El grueso del gas natural es usado para la generación de energía, el calentamiento de los hogares y la industria. Mientras el petróleo ha permitido en gran medida conseguir divisas provenientes del extranjero, el gas ha mantenido la economía rusa en funcionamiento, siendo el principal subsidiador de la industria doméstica y de los hogares. A diferencia de la industria petrolera, el sector del gas no fue dividido en los ‘90 y es aún controlado por el monopolio estatal, Gazprom, cuyas entradas por exportaciones también fueron incrementadas después de 1999 por los altos precios de la energía.

El carácter reprimarizado de la nueva economía rusa puede verse en los siguientes datos: los recursos naturales constituyen alrededor del 80% de las exportaciones rusas y el petróleo y el gas dan cuenta de un 55% de todas las exportaciones, convirtiendo al presupuesto en particularmente dependiente del sector energético. En realidad, un 37% de las entradas presupuestarias provienen de impuestos al petróleo y al gas.

Mientras hoy el petróleo juega un rol clave en las exportaciones rusas, en las próximas décadas éste puede ser reemplazado por el gas. Hoy éste da cuenta de más de un 20% del consumo de energía mundial y está proyectado que de cuenta de casi un 30% para el 2020. Los sectores domésticos de energía en muchos países aun necesitan grandes cambios estructurales y desarrollos de infraestructura de gran escala para cambiar a un mayor uso del gas, pero el gas está convirtiéndose rápidamente en una mercancía comerciada globalmente más que a nivel local. Más de un cuarto del gas consumido globalmente cruza fronteras internacionales, ya sea mediante gasoductos o en la forma de gas natural líquido. La transportabilidad de este último más allá de las fronteras regionales, sugiere un gran potencial de largo plazo para Rusia, incluyendo exportaciones a los Estados Unidos. Rusia eclipsa a Arabia Saudita y a otros países productores de energía en gas. Sus reservas de gas, a poco menos de un tercio de las reservas mundiales totales probadas, excede de lejos la de cualquier otro país. Gazprom, como compañía, reúne ella sola un 25% de las reservas mundiales de gas. Rusia a través de Gazprom ya es el exportador mundial dominante de gas. Si las tendencias actuales en el consumo de gas en Europa continúan, Rusia ciertamente será el principal oferente de gas -si no de energía en su conjunto- a Europa en las próximas décadas.

El rol del petróleo y otras commodities y la estructura de la economía

El producto bruto interno y las entradas presupuestarias están actualmente cada vez más atadas a los altos precios mundiales del petróleo. Cada vez más estamos en presencia de una economía petróleo (o commoditie)-dependiente.

El gobierno ruso tiene ahora un sano superávit presupuestario después de una década como la del ‘90 de crecientes déficits, pero según estimaciones del FMI, el presupuesto ruso es cinco veces más sensible a los precios del petróleo de lo que era antes de 1998-1999. Por un lado este es uno de los grandes logros del gobierno de Putin desde que asumió en el 2000. Ha asegurado que la mayor parte de las entradas del petróleo vaya a los cofres del Estado más que a las manos privadas de los oligarcas, que anteriormente se quedaban mayormente con las superganancias del negocio petrolero, lo que les permitió acumular grandes fortunas mediante la evasión impositiva, transferencias de precios (incluyendo la creación de una series de compañías de comercialización off-shore para comprar petróleo a bajos precios en los sitios de producción y luego revenderlo a través de intermediarios) y otros métodos. Sin embargo estos logros no pueden ocultar la dependencia del Estado de los altos precios del petróleo.

Pero mayor aun son los efectos del petróleo sobre el resto de la economía. Un informe de febrero de 2004 del Banco Mundial señala: “El incremento reportado en actividades por fuera de los sectores de recursos naturales es el resultado de los efectos secundarios de los altos precios del gas y el petróleo multiplicándose asimismo a través de la economía, más que un renacimiento independiente de las industrias domésticas rusas... El salto de conjunto en las tasas de crecimiento de la manufactura doméstica fue impulsado por su sub-sector más grande, esto es construcción de maquinaria. La construcción de maquinaria da cuenta de casi un 20% de la producción industrial total y de un 35% de la manufactura doméstica... El crecimiento en la construcción de maquinaria, sin embargo, fue impulsado por la producción de vagones... La producción de vagones, en cambio, fue impulsada en gran medida por la necesidad de proveer capacidad adicional para transportar el petróleo fuera de Rusia, para aliviar los cuellos de botella del sistema de oleoductos estatal. La producción de vagones creció un sorprendente 35,8%”. En otras palabras la demanda no ha sido abastecida por la construcción de suficientes nuevos oleoductos de exportación. Algunos autores también demuestran que el crecimiento en los sectores de la construcción y en la industria de defensa responden a diversas demandas de los sectores de gas y petróleo.

Algunos sectores industriales que no están relacionados con el petróleo actúan como si también estuvieran respondiendo a los precios del petróleo. Este es el caso de las commodities, impulsado por China y su rápido desarrollo económico. China absorbe grandes cantidades de commodities como petróleo, gas, carbón, acero, chatarra y madera, empujando los precios hacia arriba. Los precios mundiales del acero, por ejemplo, reflejan el mismo comportamiento de los precios del petróleo. Rusia es un gran productor de acero y exportador a China -así como de chatarra y madera- y la economía rusa se ha beneficiado significativamente del crecimiento en la demanda de commodities de China.

El efecto del petróleo y las commodities sobre la estructura económica ha reforzado la estructura dual que ya existía en Rusia desde hace un tiempo entre una industria orientada a lo doméstico y otra orientada a la exportación. Las industrias de exportación se caracterizan por estar dominadas por los oligarcas, basarse en los recursos naturales y obtener altas ganancias, aunque generan un limitado número de empleos. El sector petrolero, por ejemplo, sólo daba cuenta en 2002 de un 1% del total del empleo. Por su parte, otra es la realidad de la significativa porción de la industria manufacturera, por fuera de las commodities y la construcción de maquinaria. Un alto porcentaje de empresas, alrededor del 40% en 2001-2003 han estado operando con pérdidas, mientras que muchas empresas aún hacen negocios mediante el trueque.

Este patrón industrial muestra que hoy día, la gran división que atraviesa a la estructura industrial rusa es entre aquellas industrias que se benefician del goteo de los precios del petróleo y del sector energético y aquellas que no. En cierta medida esta división es sectorial pero en muchos aspectos también se manifiesta a nivel regional. Diez de las 89 regiones administrativas dan cuenta de más de la mitad de la economía rusa. Las regiones más ricas, más allá de Moscú, en términos de producto bruto regional per capita son las regiones petroleras o productoras de commodities. A pesar de tener menos del 10% de la población, las dos regiones más ricas de Rusia -Tyumen en Siberia Occidental, abundante en petróleo y la ciudad de Moscú- hoy dan cuenta de casi un tercio del PBN.

Sin embargo, y poniendo un interrogante sobre la sustentabilidad del boom petrolero de estos años, un reciente trabajo de un geógrafo norteamericano, basado en una investigación extensiva y de largo plazo de la industria petrolera rusa, dice que a pesar de los vastos recursos petroleros y de gas, “el actual boom petrolero es temporario, ya que poco de él representa nuevo petróleo”. Y agrega que “...el grueso de la evidencia indica que el reciente incremento de la extracción de petróleo representa en gran medida petróleo no levantado durante los caóticos años de declinación económica, así como petróleo dejado atrás por las prácticas de extracción perversas de los ‘80”[17].

Un capitalismo sin capitalistas nativos fuertes y estables

La instauración de un régimen social de propiedad privada: este es el gran logro de la restauración capitalista en los ‘90. La clave durante el gobierno de Yelsin era asegurarse que no hubiera vuelta atrás[18]. Este fue el contenido de las reformas. Rafael Poch-de-Feliu resume bien el objetivo de las reformas en esos años: “Su prioridad ‘económica’ era estrictamente política: destruir el viejo sistema mediante cambios irreversibles. ‘Mi principal convicción era que aquel orden social estaba condenado y debía morir, y que tomando la responsabilidad de la transformación rusa, había que excluir cualquier vacilación a este respecto’, señalaba Gennadi Burbulis, el ideólogo del nuevo régimen”[19]. En el mismo sentido, este mismo personaje, encargado por Yeltsin de formar el primer gobierno de Rusia después de diciembre de 1991, caracterizaba al mismo como: “Un gobierno de dinamitadores que ineludiblemente estallará en su labor, pero antes de eso se habrá abierto el camino”.

El camino se abrió, pero el resultado es un tipo de capitalismo que tiene inscriptas sus fallas de origen: la falta de legitimidad y la fragilidad de la acumulación indican los límites de esta transformación. De esto era conciente el principal arquitecto de las reformas, Anatoli Chubais: “La creación de la propiedad privada en Rusia era un valor absoluto y para alcanzar esa meta había que sacrificar algunos esquemas de eficacia económica”[20]. El mismo Chubais dijo que: “el objetivo de la privatización es la construcción del capitalismo en Rusia, y hay que realizarlo de golpe, en unos cuantos años, completando así el trabajo que otros países hicieron en siglos”.[21]

El descontento con este robo de la propiedad estatal se comenzó a manifestar rápidamente, quitando desde temprano todo tipo de legitimidad al naciente capitalismo ruso. A su vez, el origen criminal de la propiedad se refuerza por el carácter parasitario de esta nueva clase burguesa. Según Forbes, Rusia cuenta con 27 billonarios, un número sólo superado por los Estados Unidos, cuya economía es treinta y una veces más rica. También puede verse en que los nuevos ricos guardan la mayor parte de sus fortunas en el extranjero y en que invierten poco, incluso cuando hay un importante crecimiento de la economía. En otras palabras son un obstáculo a la acumulación. Este estado de cosas “genera una mentalidad sin futuro de ‘toma-el-dinero-y-corre’. Eso significa que no hay inversiones, que hay poco negocio a largo plazo y mucha ‘propiedad en el extranjero’ (título de una revista moscovita).[22]

El nuevo empresario ruso no se corresponde con el típico capitalista de occidente. Una socióloga trazaba así su perfil: “Su vida está llena de paradoja y no tiene nada en común con la sosegada vida de los miembros de la clase burguesa occidental. El occidental medio no pasa su tiempo libre en casinos y no es tiroteado en el portal de su casa. El ‘nuevo ruso’ (está) caracterizado por una frívola atracción hacia el lujo, una total ausencia de confianza en el futuro y un ansia histérica de divertimento, una disposición a asumir riesgos extremos en los negocios y un disgusto orgánico hacia todo lo que huela al ‘feliz promedio’. En una palabra: vive el tipo de vida de gente que ayer estaba en la pobreza y que espera desaparecer mañana sumida en el olvido... Su medio ambiente es la constante redistribución de la propiedad, gran inflación, inestabilidad política, delincuencia y corrupción rampantes. En tales circunstancias, ninguna persona normal se esforzará en lograr una vida estable y planeada a un año vista. Y si hay gente animada por un deseo de estabilidad y una vida burguesa normal, hará lo posible por llevarla a cabo no en Rusia, sino en Occidente”[23]. Como demuestra esta cita, es una nueva clase social que difícilmente puede imponer su liderazgo moral o hegemonía al resto de los sectores de la sociedad y consolidarse como clase dominante de Rusia.

El Putinismo

En Estrategia Internacional N°15 de otoño de 2000, apenas asumido el nuevo gobierno de Putin, definíamos al régimen político en que este se apoyaba como de tipo bonapartista. Allí sosteníamos que “...éste se apoya en las fuerzas armadas y aparatos de seguridad (ex KGB), como sostén principal, aunque conservando formas seudo parlamentarias, con el objetivo de lograr un fortalecimiento del Estado ruso, cuestión vital para el avance de la restauración capitalista”[24]. A cinco años de esta apreciación y cuando ya está ejerciendo su segundo mandato, podemos afirmar que esta caracterización se ha mostrado esencialmente correcta.

Desde el punto de vista interno, Putin ha consolidado un poder ejecutivo sin límites, donde no existe una separación de poderes dentro del Estado ruso y donde la administración central domina todos los sectores del gobierno. La Duma, instaurada en 1993 por la nueva constitución yelsinista para reemplazar al Soviet Supremo heredado de la ex URSS, está dominada por los partidarios de “Rusia Unida”, grupo político que tiene como principio central el apoyo incondicional a las políticas de Putin. El poder judicial también está sometido al ejecutivo. Putin al asumir prometió la “dictadura de la ley”, sin embargo su aplicación tiene un modo selectivo sobre sus competidores políticos como muestran las persecuciones judiciales a los oligarcas Guzinsky y Berezovsky al inicio de su primer mandato, y más recientemente el encarcelamiento del dueño de la petrolera Yukos, Khodorovsky. Sus crímenes fueron haber osado usar su riqueza para oponerse a Putin, mientras otros oligarcas inescrupulosos que amasaron fortunas mediante mecanismos ilegales tienen acceso privilegiado al Kremlin.

El carácter autoritario del régimen se manifiesta también en todos los aspectos de la sociedad. La venalidad y el carácter de clase de los tribunales son un fenómeno corriente, probablemente peor que durante el periodo de Yelsin en donde los sindicatos independientes podían ganar determinadas concesiones frente a la patronal en los tribunales. La población considera al poder judicial como un sistema totalmente corrompido. Para muchos, los tribunales son como sucursales de las empresas e incluso, las principales han llegado a instalar en ellos sus representantes.

La arbitrariedad y rudeza de las acciones policiales, extendidas al conjunto de Rusia, son una constante de las fuerzas de seguridad, educadas por brutalidad de la guerra de Chechenia.

Frente a la prensa occidental, que luego de una larga luna de miel con el régimen de Putin ha pasado a la crítica y a la oposición, es necesario afirmar que muchos de estos rasgos autoritarios son una continuidad del gobierno de Yelsin, que fue apoyado por Occidente en la sangrienta ocupación del Parlamento en 1993 que suprimió el orden constitucional existente y ahogó el desarrollo de las libertades democráticas que habían tomado impulso después del fracaso del golpe de Estado de agosto de 1991, que marcó el fin del monopolio del poder por el Partido Comunista.

Sin embargo, es cierto que Putin ha reforzado el carácter bonapartista del régimen político. La persecución de determinados oligarcas constituye un fenómeno nuevo, que muestra el rol de Putin como árbitro de todas las fracciones de la burocracia restauracionista. Si durante el gobierno de Yelsin lo que primó fue la orgía de la “acumulación primitiva”, Putin ha tratado de reestablecer el rol del Estado como órgano de la restauración capitalista, enormemente debilitado en la década pasada por la tendencia de los nuevos ricos a utilizarlo como coto de caza para su enriquecimiento personal.

El otro aspecto donde Putin ha reforzado el rol de la autoridad central ha sido en sus avances con respecto a la autonomía de las regiones, una consecuencia de la fragmentación que siguió después de la disolución de la ex URSS. A fines de 2004 y utilizando el estupor provocado por la masacre de Beslán, la Duma adoptó una ley que permite al presidente designar a los 89 gobernadores de las regiones, después de una década en donde estos cargos eran electivos.

Renta, petróleo y burocracia

Profundizando y uniendo lo que ya hemos dicho sobre la economía a las formas del Estado, podríamos plantear que la Rusia actual tiene todas las características de un Estado petrolero. El petróleo y la energía aun dan cuenta de un 80% de las exportaciones rusas; sólo Gazpron representa el 25% del PBN. La fusión entre el poder y los negocios; la emergencia de una clase rentista que usa los petrodólares rusos y que se puede apreciar en la importante cantidad de rusos que figuran en el ranking de millonarios de la revista Forbes; una corrupción endémica; la vulnerabilidad al fraude en las prácticas de negocios; la llamada enfermedad holandesa y la enorme monopolización de la economía por vastos grupos financieros.

Los niveles de corrupción son escalofriantes. No existe un funcionario del Estado que no se haya hecho millonario. La extensión del pago de tributos para hacer negocios es enormemente extendida. Un empresario expresó recientemente: “Los burócratas hacen lo que quieren. Si no estás protegido podés perder tu empresa”. Los lazos de corrupción encubren a millones de personas. Es normal la solicitud de coimas a ciudadanos y a las empresas. Para estas últimas, las fuentes más comunes son el otorgamiento de licencias, de cuotas de importación, la recaudación de impuestos, las privatizaciones, etc. De ahí la fragilidad de los derechos de propiedad ya que éstos no dependen del “Estado de derecho” sino de la arbitrariedad de la burocracia. Poch-de-Feliu sostiene que: “La propiedad privada queda, así, inserta en una especie de derecho informal de vasallaje que conecta al propietario con el burócrata en los distintos niveles de la jerarquía. Por ese derecho el propietario está sometido al gobernante, al representante del presidente, al jefe de la policía de impuestos, al jefe de la delegación de los servicios secretos, etc., señala un periodista. ‘Coronando el sistema están los magnates que son los vasallos del Kremlin. Son los que han recibido en propiedad sus grandes empresas (Sibneft, Norilski Nikel, Yukos...) directamente del presidente.’No por casualidad se dice que en Rusia uno no ‘se hace’ millonario, sino que ‘es nombrado tal’. ‘Por debajo de los magnates están sus homólogos provinciales, los magnates regionales, vinculados al gobernador local por la misma relación’. Naturalmente, no se puede reducir toda la economía rusa a este esquema, pero el funcionamiento del país, del grueso de su población, no se entienden sin atender a esta economía política, de la misma forma que el funcionamiento del antiguo régimen no podía ser comprendido observando únicamente los datos, estadísticas y relaciones oficiales del sistema de plan”[25].

Un cúmulo de estudios y encuestas sociológicas confirman esta caracterización. Un estudio patrocinado por el Banco Mundial y publicado a mediados de 2002 reveló que los rusos gastan anualmente -en coimas y pagos bajo mano- 36.000 millones de dólares (una cantidad equivalente a más de la mitad de los gastos del Estado y al 12% del PBI de ese mismo año). El grueso de esa suma son tributos del mundo de los negocios a los funcionarios. El 82% de las compañías y los empresarios rusos están inmersos en ese tejido, responsable del costo del 10% de cada transacción. No sorprende con estas cifras que Transparencia Internacional ubique a Rusia en el puesto número 90, compartiendo este privilegio con países como Gambia.

La percepción de la sociedad de este fenómeno también es reveladora. El 61% de los rusos considera imposible erradicar la corrupción, mientras que entre los identificados como los más corruptos todos tienen en común su condición de funcionarios; las “fuerzas del orden público” (48%), las “altas instancias del poder” (34%), la “policía de tráfico” (32%). Las características propias de un Estado rentístico y petrolero que hemos descrito se combinan en Rusia con su sobrevivencia como superpotencia nuclear. Esta es una combinación novedosa. La historia ha conocido Estados petroleros (que se sostienen en la renta petrolera) como Nigeria o Venezuela, por ejemplo, pero no lo que algunos analistas llaman un Estado petrolero-nuclear. Qué tipo de fenómenos deparará tal tipo de Estado está por verse y es una de las grandes incógnitas e interrogantes de este siglo.

La guerra en Chechenia y el bonapartismo de Putin

La infiltración de radicales chechenos en Daguestán[26] en agosto de 1999 fue el pretexto utilizado por Putin para lanzar la segunda guerra de Chechenia en menos de una década. Esta guerra ha sido el medio principal para consolidarse en el poder, preparando la vía para su ascenso a la presidencia en marzo de 2000, contando con la complicidad de las élites políticas e intelectuales rusas, que respaldaron su acción militar, un mes después de nombrado primer ministro. Más aún, la unidad nacional engendrada por lo que era percibido como una guerra justa contra la expansión nacionalista[27], el terrorismo y el fundamentalismo agresivo, forjaron por un tiempo, un sentido de unidad nacional sin precedentes en el renacimiento del Estado ruso.

Sin embargo, a pesar de que los primeros años de Putin en el poder fueron acompañados del reconocimiento general de que el problema chechenio requería una acción decisiva, la tenaz resistencia de los insurgentes, la contínua evidencia de brutalidad y corrupción militar y los severos abusos a los derechos humanos a los civiles chechenos, fueron creando una creciente revulsión contra la continuidad de la guerra[28] acompañada de un empantanamiento en el teatro de operaciones, pese a algunos éxitos militares, como consecuencia de la falta de una estrategia clara por parte del Kremlin.

El costo de la guerra para Rusia es enorme. El aumento de las bajas rusas - la cifra oficial para 2002-2003 fue de 4749, la más alta en un año desde 1999, y la media anual para 2004 es más elevada que la de las pérdidas norteamericanas en Irak. En los dos primeros años de guerra hubo cerca de 65.000 soldados rusos mutilados, aproximadamente el mismo número que en los diez años de conflicto soviético en Afganistán. Esta creciente carga ha llevado a Putin a adoptar desde 2001 una estrategia de “chechenización”, que ha conllevado la reducción de tropas -alrededor de 60.000 soldados rusos hacen frente a una resistencia activa estimada en un máximo de 5.000 combatientes- y la delegación de muchas operaciones de combate a milicias bajo control del gobierne títere de Kadirov.

La bomba que hizo saltar por los aires a este último el 9 de mayo de 2004, hizo necesaria la realización de elecciones aun más fraudulentas, ganadas por Alu Aljanov, ministro del interior y miembro del clan de Kadirov. Los kadyrovtsy bajo el mando de Ramzan Kadirov, hijo del fallecido presidente, se hicieron tristemente famosos por su brutalidad, ya que torturaron y mataron a sus paisanos con un sadismo similar al de los propios ocupantes.

Si para los rusos los costos han sido altos, para los chechenos ha sido brutal. La población de Grozni se ha reducido a unos 200.000 habitantes -la mitad que en 1989- condenados a buscarse la vida en el medio de cráteres y ruinas en que se ha convertido su capital.

Pero aparte de las consecuencias militares, las desgraciadas secuelas de la agresión contra Chechenia se han convertido en un cáncer que amenaza consumir la vida privada y pública rusa. Comparando la guerra actual con la anterior, Tony Wood dice: “Los medios de comunicación rusos desempeñaron un papel crucial en la revelación de parte de los horrores de la guerra de 1994-1996; esta vez las autoridades no han cometido el error de permitirles libertad para operar allí, y han clausurado o sustituido a los equipos editoriales de las dos fuentes más críticas de noticias, NTV y TV6. Una diferencia llamativa entre la guerra actual y la anterior ha sido la intensidad con que el discurso oficial ruso ha empapado los comentarios periodísticos, hasta el punto de que ‘terrorista’ y ‘checheno’ se han convertido prácticamente en sinónimos. Esto ha tenido repercusiones sociales deletéreas: la antipatía generalizada hacia las ‘personas de origen caucásico’ ha derivado a menudo en auténtica xenofobia, conduciendo a la persecución pública, tanto oficial como espontánea, no sólo de los chechenos sino también de otros ciudadanos de la región”.[29] En otras palabras, el conflicto checheno ha significado una brutalización de la política doméstica rusa.

En 2005, el asesinato de Masjadov, el principal líder del movimiento nacional checheno, elegido presidente a principios de 1997, muestra que los rusos descartan una salida política y siguen optando por una solución militar[30]. Pero como sostiene el autor antes citado: “Es, sin embargo, improbable que la solución militar que Rusia ha pretendido durante la última década llegue a materializarse. En 1994-1996 Chechenia obtuvo una notable victoria contra un adversario que la superaba abrumadoramente en soldados y armas, y aunque el puro peso de la fuerza desplegada actualmente contra ella hacen muy improbables éxitos a gran escala como la reconquista de Grozni en 1996, la propia brutalidad de la ocupación rusa sólo conseguirá generar resistencia. Esto significa también que quizá siga en pie el rasgo más destacado del panorama político postsoviético: el papel determinante desempeñado por esta diminuta nación en el destino de un vecino incomparablemente mayor. Los chechenos derrotaron al ejército ruso, paralizaron la presidencia de Yeltsin, proporcionaron el impulso decisivo para el ascenso de Putin al poder y ahora suponen la principal amenaza para la estabilidad de Rusia. Pese a la ampliación, casi sin dificultades de su mandato hasta 2008, el flujo contínuo de bajas en Chechenia puede en definitiva resultar tan costoso para Putin como lo fue para Yeltsin”[31].

¿Por qué un régimen bonapartista?

En el 2000, como clave de nuestra defi

Volver atrás
Enviar el artículo por E-mail
close



8 - 1 = echchange

Con el uso de ese servicio Ud. acepta:
Su dirección E-Mail y la del destinatario serán utilizados sólo para avisar al destinatario sobre el envío. Para evitar el mal uso del servicio, Bolpress registrará el IP del emisor del mensaje.

Compartir el artículo en Facebook Versión para mprimir
+ Restaurar tamaño del texto -
Mas informacion
Uhr 52

min.

... a fondo

La influencia histórica de la convicción patriótica

Eduardo Paz Rada

La historia de la sociedad boliviana ha estado marcada por la dinámica y las contradicciones de las relaciones con las potencias capitalistas mundiales en torno a la explotación de los recursos naturales acompañada con la dominación política e ideológica sobre el conjunto de América Latina. En este contexto, los estudios, aportes y (...) :: Más detalles

Otros artículos de análisis

El gobierno de Evo Morales acelera el montaje de la planta nuclear

AnaliaPandoCabildeo

¿Por qué el gobierno de Evo Morales quiere gastar más de 2 mil millones de dólares en la construcción de (...)

Elites económicas y decadencia sistémica

Jorge Beinstein

A raíz de la llegada Mauricio Macri a la presidencia se desató en algunos círculos académicos argentinos la (...)

El gobierno del MAS se hunde en un mar de mentiras

AmaliaPandoCabildeo

El gobierno del MAS ha perdido tres elecciones consecutivas desde 2014 porque las grandes mayorías, sobre todo urbanas, ya no creen (...)

Quintana tiene el hábito de desviar fondos públicos y de impartir “línea” a los periodistas

Wilson García Mérida

La difusión de un audio que registra una reunión “de trabajo” entre el ministro de la Presidencia Juan (...)

la frase

Álvaro García ha leído pocos libros Cita a Hegel pero leyó citas de citas nada más Por eso carece de espíritu humanista y sufre acomplejamiento social e intelectual

Wálter Chávez, ex asesor del MAS

¿Cuál es el principal desafío del nuevo gobierno

  • Seguridad ciudadana
  • Lucha contra el narcotráfico
  • Industrialización
  • Empleo y educación
  • Otros

Encuesta vigente desde el 13-10-2014

Encuesta anterior:

Por quién votará en las elecciones de 2014