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Área: Sociedad >> Ecología
Actualizado el 2005-10-30 a horas: 11:22:19

El horror

Pablo Cingolani

?Gritó en un susurro a alguna imagen, a alguna visión, gritó dos veces, un grito que no era más que un suspiro: ´¡Ah, el horror! ¡El horror!´? Joseph Conrad: El corazón de las tinieblas

Pablo Cingolani

Pablo CingolaniHistoriador, periodista, explorador. Nació en Buenos Aires, Argentina, en 1963. Reside en La Paz, Bolivia, desde 1987. Como historiador, realizó estudios sobre los derechos argentinos sobre las islas Malvinas y los problemas de tierras en la puna de Jujuy, la explotación cauchera en la Amazonía y la historia minera de Los Lípez potosinos.

Trabajó como redactor y colaborador en una docena de medios gráficos de La Paz y sus artículos también se publican en medios de Argentina, Chile, Ecuador y España. En video, dirigió con Gastón Ugalde ?Imagina Bolivia? y la primera serie de documentales sobre áreas protegidas. Encabezó expediciones ecohistóricas desde 1980, explorando, entre otras, la región de Iruya-Baritú, Cumbres Calchaquíes y la puna jujeña en Argentina, el desierto de Atacama en Chile y casi todos los parques nacionales de Bolivia, en especial en Lípez, Chaco y Amazonía.

Creador de la Expedición Madidi que ya realizó 4 versiones a distintos sectores poco explorados del parque del mismo nombre y declarada de ?interés nacional? por el congreso boliviano.

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Ruido de motosierras cortando madera; gente transportando madera por el río; una playa del mismo río llena de tablones de madera aserrados; gente trabajando en esa misma playa cortando otros tablones de madera; gente navegando el río llevando combustible para las motosierras que cortan madera; gente que navega el río y que cuando uno pregunta quienes son, otra gente con naturalidad contesta: ?son tabloneros?, es decir gente que se dedica a hacer tablas de madera; camiones que atravesaban la selva en medio de la noche transportando madera.

Usando la motosierra

Luego de detectar al grupo de madereros, bajamos a la playa misma donde estos se hallaban trabajando. Ellos no advirtieron nuestra presencia y reiniciaron sus labores frente a nuestras cámaras. La fotografía fue tomada con teleobjetivo y a una distancia de más o menos cuatrocientos metros.

Eso estaba pasando en San Fermín. Cuando llegamos allí el 2001, fuimos los primeros en internarnos más allá de la desembocadura del Colorado, buscando indicios del noruego. Nadie se atrevía a bajar el río porque, decían, allá vivían los ?chunchos?, los ?bárbaros?, los ?chamanes?, los Toromonas. San Fermín era una comunidad pobre, pobrísima pero digna, donde celebramos juntos el 6 de agosto, el día de la patria, y todos nos esperanzamos de que, algún día, alguien se acordaría de que eso también era Bolivia. Llevamos médicos, glucantine para curar a la lepra, un panel solar, una radio, la primera batería, alimentos. A principios del 2003, ?Pancho? Novak que era el Subprefecto, llevó los juguetes para los niños que habíamos recogido con Mateo y con la ?Negra? Edith. Todo está publicado para que nadie pueda dudar de nuestro compromiso: aunque estaba aislada y sola, la comunidad de San Fermín era parte de nuestros corazones. Ahora, la aldea perdida se había convertido en un infierno que todos deberían observar en el mapa: en el corazón del tan mentado ?corredor Vilcabamba-Amboró?, hay una herida que si no cicatriza pronto, gangrenará los montes y los ríos. Eso también piensan en el Bahuaja Sonene: si no se para la sangría de la mara, ya vendrá la orgía de la coca, y sólo tendremos otra linda historia trágica para contar? Por eso, y por mucho más, la sorpresa se transformaba en desconfianza en cuestión de segundos: ¿qué hacen estos cojudos aquí? No estábamos invitados a la fiesta del saqueo de la mara y el cedro, no éramos una presencia deseable, mas cuando veníamos ?armados? de Nikons, de decenas de rollos fotográficos y con un solo objetivo: documentar, buscar evidencias. Queríamos saber de Lars, de sus huellas, y de las marcas de los antiguos: los Toromonas o quienes sean. Ni modo: una guerra oculta y de alta intensidad se cruzó entre nuestro deseo y la brutal realidad de ver al Parque Madidi convertido en un aserradero. Se lo dije al guardaparque del puesto: te voy a denunciar, y voy a denunciar a tus jefes, al ministro del área, a quien deba, caiga quien caiga y cueste lo que cueste. Se llenan la boca con el ?Madidi, patrimonio natural de la humanidad? y Madidi, mis amigos, en el sector San Fermín, en su rincón más desconocido y más olvidado, es un espejo sucio donde mirar cómo se manejan las tan controvertidas ?áreas protegidas?. Dejen de mentirle al mundo, dejen de mentirnos: si quieren preservar la naturaleza de verdad, dejen a un lado su hipocresía y abran su billetera para que la gente que vive en la selva tenga ?ni soñar con vuestras vagonetas, ni vuestras mansiones, ni los miles de dólares en sus cuentas-, pero al menos la gente de la selva tenga una vida como la dignidad que siempre han tenido (eso preservó la selva hasta ahora y no ustedes) pero que gracias a vuestra ceguera burocrática, a su falta de sensibilidad social, están dejando a un lado para talar árboles y poder comer. ¿Qué hace el estado, el gobierno frente a esto? Lo encubre, se desentiende. ¿San Fermín queda en Perú, Sra. Ministra? ¿Qué hacen las ONGs que prostituyen monitos bolivianos en casinos norteamericanos? Nada, allí no hay hoteles ni aeropuertos ni caminos donde llegar en sus fabulosas 4x4. ¿Qué hace la cooperación internacional financiando un sistema inviable y para colmo, corrupto? Abran los ojos, señores: vean en lo que han convertido al Madidi. Con respeto, deberían dejar que sean las propias comunidades indígenas las que administren ese patrimonio que debería pertenecer a los bolivianos y no a seres alienados (y a sus chaperones locales) que vienen a hacer el papel de sheriffs en la jungla cuando no dicen nada de las atrocidades que hace su presidente George W. Bush en su propio país, en Alaska. Salimos de San Fermín asqueados y horrorizados pero con las convicciones más firmes: ahora más que nunca hay que saber si vive o no un grupo indígena aislado al interior del valle del río Colorado y las cabeceras del Heath. Hay que probarlo porque la presión sobre el territorio en busca de la mara puede desembocar en una tragedia: en la masacre y el genocidio de tal vez el último pueblo amazónico no contactado, sean los legendarios Toromonas o quienes sean. Es una cuestión de vida o muerte; una cuestión de solidaridad y dignidad: un asunto que alude a lo más básico. Ni más ni menos que la condición humana.
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