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Área: Sociedad >> Ecología
Actualizado el 2005-10-30 a horas: 11:21:04

Expedición Madidi 4

Madidi blues

Pablo Cingolani

Fuimos una expedición desterrada y ni siquiera en el seno mismo de su propia patria, ya que ni pudimos acampar en Bolivia. Testigos de la guerra por la madera, nos negaron el permiso de acceso al parque. Ni modo: la lucha sigue igual porque hay que salvar a los Toromonas de los madereros y encontrar indicios de Lars Hafskjold en medio de la zona roja. Esta es la crónica.

Pablo Cingolani

Pablo CingolaniHistoriador, periodista, explorador. Nació en Buenos Aires, Argentina, en 1963. Reside en La Paz, Bolivia, desde 1987. Como historiador, realizó estudios sobre los derechos argentinos sobre las islas Malvinas y los problemas de tierras en la puna de Jujuy, la explotación cauchera en la Amazonía y la historia minera de Los Lípez potosinos.

Trabajó como redactor y colaborador en una docena de medios gráficos de La Paz y sus artículos también se publican en medios de Argentina, Chile, Ecuador y España. En video, dirigió con Gastón Ugalde ?Imagina Bolivia? y la primera serie de documentales sobre áreas protegidas. Encabezó expediciones ecohistóricas desde 1980, explorando, entre otras, la región de Iruya-Baritú, Cumbres Calchaquíes y la puna jujeña en Argentina, el desierto de Atacama en Chile y casi todos los parques nacionales de Bolivia, en especial en Lípez, Chaco y Amazonía.

Creador de la Expedición Madidi que ya realizó 4 versiones a distintos sectores poco explorados del parque del mismo nombre y declarada de ?interés nacional? por el congreso boliviano.

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Lucho, el chofer que habíamos contratado en la ciudad peruana de Juliaca, se puso serio y bajó la música. Envueltos en la oscuridad de la noche y en medio de la inmensidad del altiplano del Departamento peruano de Puno, esas luces de carro no sólo eran sospechosas sino una señal de peligro inminente. Por eso, aceleró la ?combi?, el vehículo donde estábamos viajando, y no se detuvo hasta salir del lugar. Cuando estuvimos a buen recaudo, en una población llamada Cuyo Cuyo que dormía con placidez en su cabecera de valle, nos contó lo que sucedía en esa tierra de nadie que se abría como una boca de lobo tras dejar atrás un poblado llamado San Antonio de Putina: estaban operando en la zona grupos de bandoleros motorizados que hacían desaparecer sin remedio en las soledades de la puna -las tierras altas de Sudamérica enmarcadas por la cordillera de los Andes, a más de cuatro mil metros de altura-, movilidades y gente. Hacía una década eran los grupos guerrilleros del maoísta Sendero Luminoso los que se enseñorearon en esas comarcas; hoy acechaban piratas versión high tech a bordo de sus 4x4s. Muchas veces, en los Andes, es improbable encontrar siquiera habitantes, ni hablar de policías en aquellos desiertos de altura, por lo cual una travesía por esos territorios es siempre azarosa. No obstante ?y porque uno depende allí de muchos dioses- en el interior de la ?combi? prosiguió la ?ch´alla?, una ofrenda donde se consumen hojas de coca y alcohol en honor a la Madre Tierra, la Pachamama para los pueblos originarios, y que nos condujo, sin otra novedad que el traqueteo incesante sobre los polvorientos caminos del Perú y el paso por la apacheta de Sayaco, hasta la población de Sandia. Juvenal Sandia es la capital de la provincia más extensa del Perú y en su territorio se ubica la mayor parte del Parque Nacional Bahuaja Sonene, considerado junto con el Parque Nacional Madidi ?nuestro destino final, situado en la República de Bolivia, ya que estábamos en la región fronteriza entre ambos países- como uno de los centros de mayor diversidad biológica del mundo entero. Antiguo curakazgo del señorío étnico de los enigmáticos Kallawayas, hoy es una pintoresca población encajonada y amenazada por las montañas, donde resaltaban los carteles de refugio y las señales de escape en caso de que un alud de piedras, agua y barro se precipite, embalse los ríos e inunde el sitio, atrapando a sus moradores. A la mañana siguiente, recogimos al último de los miembros de esta nueva expedición hacia los desconocidos territorios del valle del Río Colorado. Se trataba del profesor Juvenal Mercado Vilca, un entrañable amigo nuestro y que supo colaborarnos de manera eficaz en las anteriores incursiones a la zona cuando él ejercía funciones de alcalde. Él mismo recordó el paso del agrónomo noruego Lars Hafskjold por su localidad cuando se internó en las selvas del Colorado en 1997 y nunca más apareció. Hafskjold buscaba indicios de la existencia de un pueblo indígena no contactado que las crónicas históricas conocen con el nombre de Toromonas. Su potencial presencia es un dato ineludible entre las comunidades campesinas de la zona de influencia del valle y la posibilidad científica de su existencia fue estudiada y reconocida por el asesor etnográfico de la expedición, Álvaro Díez Astete. Por ello, esta nueva versión de la Expedición Madidi, la cuarta con carácter oficial, se proponía ingresar al valle y completar la ruta que Lars Hafskjold buscó realizar para llegar a las cabeceras del río. Para ello, se contaba con el respaldo institucional de la máxima instancia del estado boliviano en estos asuntos, la Dirección Nacional de Antropología y Arqueología (DINAAR), dependiente del Viceministerio de Cultura. Con Juvenal, sumamos siete los miembros de la expedición. El resto del grupo lo conformaban el Ing. Ricardo Solís Alanes, un investigador de campo adscrito a la Universidad Técnica de Oruro y participante de las anteriores versiones; el fotógrafo de naturaleza español Pere Comas Gutiérrez ?que venía desarrollando su trabajo en la región de las cabeceras del río Madidi y con el cual ya habíamos incursionado dos veces por las montañas de Apolobamba Norte; y para completarla, el alma de la expedición: tres jóvenes oriundos de la comunidad quechua-tacana de San José de Uchupiamonas ?conocida en el mundo entero por ser los constructores y administradores de Chalalán, el primer albergue ecoturístico de la selva amazónica de Bolivia. Se trataba de Gilder Macuapa y de los hermanos Leoncio y Raúl Navi. Con quien escribe, partimos de Sandia convencidos de que, esta vez sí, completaríamos la ruta del noruego y certificaríamos o no la existencia de la tribu. Sin embargo, la selva es la selva y nos aguardaba otra de sus innumerables sorpresas. Ni magos ni narcos El hombre que apareció en Curva Alegre ?antiguo final del camino carretero- no se convencía e insistía que Ricardo o yo le ?miráramos la suerte?. La llegada de forasteros a las comunidades aymaras de la selva siempre es advertida por todos. Sean guerrilleros, misioneros evangélicos, funcionarios del gobierno o un extraño grupo de colombianos que, en los últimos años, había acudido con su avioneta hasta un asentamiento llamado San Ignacio, donde la propia Organización de las Naciones Unidas había invertido 94.000 dólares americanos para construir una pista de aterrizaje. Según los pobladores que consultamos, ellos llegaban para realizar una peregrinación a las montañas cercanas y ?rendir culto a un disco de piedra? que, desde ya, nadie nunca había visto jamás. En Curva Alegre, encontramos un motivo menos esotérico para explicar su presencia cuando alguien se nos acercó para ofrecernos diez kilos de pasta básica de cocaína y aclaró que si queríamos más, había otros 25 kilos propiedad de un amigo esperándonos, y todo porque ?los colombianos no habían venido este año?. El hombre que deseaba indagar sobre su destino terminó decepcionado de saber que no éramos ni videntes ni adivinos, sino una misión científica, y se perdió en la única calle del poblacho donde se asan al sol un rosario de casas de ladrillos con techos de zinc situadas a orillas de un río mítico: el Tambopata. Tierra chuncha Guamán Poma de Ayala, en su célebre crónica del siglo XVII, describió la región que se constituía en uno de los corazones del antiguo Antisuyo andino, el territorio del calor, de las serpientes y de los temidos ?chunchos?, los habitantes de la selva, y donde los Incas (y luego los españoles) explotaron el oro. No tuvo empacho en decir que Tambopata era la tierra de los ?comedores de hombres?, es decir de los caníbales. Debido a su difícil acceso, producto de su accidentada geografía caracterizada por montañas abruptas, la región se mantuvo más o menos aislada hasta la segunda mitad del siglo XX. La escasa información histórica existente sobre estos lugares la brindan algunas cartas de los misioneros católicos que se aventuraban a finales del siglo XVII por la llamada ?vía de Carabaya?, los rumbeadores (guías expertos) y extractores de la corteza medicinal de la quina durante el siglo XIX y por último los empresarios del caucho que establecieron, a orillas del río, un establecimiento del mismo nombre: The Tambopata Rubber Syndicate, con oficinas en Londres. Los caucheros fueron expulsados de la selva por las propias tribus: el 19 de mayo de 1913, provenientes del río Pukamayu (Colorado en quechua), un grupo de cien Huarayos (conocidos también como Ese Ejjas) atacó a los trabajadores del látex, dando muerte a cuatro personas y llevándose como cautivos a tres ?criaturas?. Por ello, un cable desde Inglaterra ordenó el cese inmediato de las actividades casi en consonancia con la caída estrepitosa de los precios de la codiciada sustancia, producto de la competencia asiática, lo que produjo la ruina de la industria en toda Sudamérica. La época del auge del caucho coincidió con la demarcación de los límites entre las dos repúblicas sudamericanas y, como testimonio de ambas, quedan los relatos de viaje de personajes ilustres como el sabio Raimondi (que llegó hasta Putina Punco, actual sede operativa del Parque Bahuaja Sonene), el coronel boliviano José Manuel Pando (que navegó el Tambopata), el naturalista sueco Erland Nordenskiöld (quien realizó excavaciones arqueológicas en la zona de San Fermín) o el mundialmente conocido explorador británico, coronel Percy Harrison Fawcett, quien estuvo a cargo de la comisión boliviana de límites en los años 1910-1911 y narró los padecimientos de los obreros del caucho y los abusos cometidos por los empresarios que llegaron incluso al exterminio de pueblos enteros. Uno de los pueblos que pudo haber desaparecido en ese genocidio eran, justamente, los Toromonas. La región vivió aletargada desde esos años hasta que, en la década de los sesenta del siglo XX, y a través de la apertura de la carretera por donde estábamos transitando, se inició un fenómeno singular que sólo es posible rastrear en la historia larga: la llegada de emigrantes aymaras provenientes desde las tierras altas de Puno.

San Fermín La comunidad boliviana de Puerto San Fermín, donde los empresarios peruanos contratan la mano de obra para la extracción ilegal de madera. San Fermín se encuentra a cuatro días de una punta de camino en territorio boliviano. Sus habitantes carecen de alternativas de desarrollo sustentable que preserven el bosque. (Foto: Pere Comas)
Desde Putina Punco, puerta de ingreso a la selva y en fecha reciente elevada al rango de ?distrito municipal? por lo cual elegirá pronto a su primer alcalde, se cruza una sucesión de pequeñas poblaciones, todas situadas a orillas del río que singulariza al valle. Los emigrantes se dedicaron al cultivo del café para la exportación y los cítricos para el mercado interno. Si bien las condiciones de vida son muy precarias, con apoyo de la ONU se prosiguieron las obras del camino de penetración (que se han detenido en una localidad denominada Pampa Grande) y hoy ?sin que todavía haya llegado la luz eléctrica, aunque esto sucederá en los próximos años-, es posible comunicarse por Internet desde la propia Putina Punco. Por allí, transitan unos 100 turistas anuales que, desde la ciudad de Cuzco, arriban para navegar el bravo Tambopata, cuyos rápidos son de grado 5. Allí, un grupo de ONGs, encabezadas por Conservación Internacional, trabajan para incentivar la producción de café orgánico y otros proyectos de apoyo a las comunidades. La presencia de estos grupos obedece a que, desde el año 2000, la región pasó a integrar la zona de amortiguamiento del flamante Parque Nacional Bahuaja Sonene que dejaba atrás a la antigua Zona Reservada Tambopata Candamo. Los esfuerzos desplegados por los ambientalistas fueron detonados por la exhibición de una película de corte documental muy difundida denominada Candamo, cuya autoría corresponde al realizador peruano Daniel Winitzky. El trabajo llevaba un subtítulo sugerente: ?la última selva sin hombres?. Tierra de nadie Esta situación contrastaba con la que se vive en el país vecino. En las comunidades bolivianas del Alto Tambopata, no hay nada. Ni siquiera alimentos. Por eso, luego de abastecernos en Curva Alegre, proseguimos la ruta. Nadie nos esperaba. Era domingo y, como en cualquier lugar del mundo, el fútbol convocaba a todos los habitantes de la frontera. Debimos esperar a que terminara una nueva fecha del campeonato local ?que incluye una versión para mujeres- para poder bajar con nuestra carga hasta el río, cruzar sus aguas y el límite internacional y arribar a San Fermín. No lo sabíamos aún pero las cosas habían cambiado de manera dramática y radical. Cuando conocimos la región, gracias a ese clima de aislamiento y fatalismo que tan bien retrató Conrad en su gran novela africana, bauticé a San Fermín como ?el corazón de las tinieblas?. En esos años, las 35 familias que completaban su población, subsistían en base a la producción de café que mal vendían a rescatadores que, a su vez, vendían a cooperativas agrícolas del Perú. El resto lo completaban algunas plantaciones de productos alimenticios como la yuca y las proteínas de la carne de monte que se procuraban con la cacería. Su dependencia con el vecino país era total, incluso la moneda vigente era el Sol peruano. La leshmaniasis o lepra blanca, un mal endémico de las selvas sudamericanas, temido por los Incas que la denominaban ?uta?, atacaba sin piedad, en especial a los niños y a los maestros de la única escuela local. El cuadro era triste y desolador. Lo mismo sucedía con los militares que estaban asentados en la zona, a pocos kilómetros de la aldea, acantonados en un puesto militar llamado Capitán Lino Echeverría. Las condiciones para llegar al mismo ?casi diez días de caminata desde el cuartel mayor, situado en la población de Apolo- desanimaban a cualquiera y los asignados a cubrir la comandancia del puesto veían ese destino como una especie de castigo y destierro. Además, las magras condiciones presupuestarias para la alimentación de la tropa hacía que los soldados, en vez de dedicarse a controlar la frontera, debieran incluso ir a trabajar como peones en el Perú para poder subsistir. Como sea, el motivo de la existencia de un puesto militar en esa región aislada de Bolivia, obedecía a motivos puntuales. El evidente desequilibrio fronterizo que se sigue manifestando en esta frontera selvática ya había rebalsado los límites. En los años 1984-1985, unas quinientas familias peruanas se asentaron en un sector al que denominaron con el esperanzador nombre de ?Valle Futuro?. El ejército boliviano terminó por desalojarlos en 1988 y, desde entonces, se estableció allí para resguardar la frontera. Lo irónico de la situación era que la propia comandancia del ejército boliviano estaba ubicada en el antiguo predio y la construcción que albergaba a la escuela de los colonizadores peruanos. Los años pasaron y la inexistencia de un hito fronterizo ?el número 27 del límite binacional y que debería estar situado a tres kilómetros de la desembocadura del río Colorado- causaba permanentes disputas entre los pobladores de una y otra orilla del río Tambopata. A pesar de todo, el año 1995, San Fermín y las otras comunidades ribereñas quedaron incluidas dentro del perímetro del parque nacional estrella de Bolivia, el Madidi. Recién el año 2000, empezó a funcionar en San Fermín un campamento con un solitario guarda parque asignado para poder controlar esta extensísima y conflictiva región.
Madera en pampa grande En la propia comunidad peruana de Pampa Grande, puede observarse madera apilada, esperando a ser transportada. Pampa Grande es la punta de carretera de una vía que une la selva con las ciudades de Juliaca y Puno. (Foto: Pere Comas)
The heart of darkness Cuando arribamos allí por primera vez, no sólo constatamos lo que vengo expresando sino la urgencia de hacer algo antes de que fuera demasiado tarde. Había que brindar apoyo práctico a los pobladores, buscar la reposición del Hito 27, apoyar a la gestión del parque. Parecía demasiado pero igual se hizo. Por eso, este retorno ?postergado una y otra vez por los conflictos sociales que sacuden a Bolivia desde los últimos tres años- tenía un sabor especial. Por último, el hecho de que una novelista española de éxito se hubiera inspirado en nosotros para escribir un libro de ventas millonarias, manipulando y tergiversando nuestra labor de búsqueda de los Toromonas, le agregaba una alta dosis de emoción a nuestra presencia. Por ello, cuando con la inestimable ayuda del subteniente a cargo del puesto militar llegamos a orillas del río Tambopata, no sólo habíamos cumplido con la etapa de aproximación, tres días de marcha incesante a través de los largos caminos del Perú, sino que todos los obstáculos de los últimos cuatro años parecían lejos: ahora estábamos frente a San Fermín y sólo quedaba organizar la expedición misma y lanzarse aguas abajo hasta alcanzar Encuentro, donde las aguas del Tambopata se funden con las aguas rojas del Colorado. Pero, decía, la selva te da sorpresas: sólo cruzaríamos al frente, al país donde nacimos, vivimos o trabajamos para encontrar que el tiempo no pasa en vano y que lo que uno puede considerar nefasto, siempre puede ser peor de lo que se imagina. Ahora, metáforas aparte, San Fermín se había convertido en otro verdadero corazón de las tinieblas. La razón: la irracional explotación de la madera. En un extremo del parque nacional que es considerado como uno de los reservorios de mayor biodiversidad del planeta, en una de las regiones del parque que aún sigue considerándose como desconocida y donde se presume que habita el último grupo indígena no contactado de la Amazonía boliviana, allí el misterio debe comulgar con una herramienta brutal y nada persuasiva: la motosierra.
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