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Área: Opinión >> Comentarios y enfoque
Actualizado el 2005-06-06 a horas: 16:15:07

Más allá de las últimas consecuencias

Alberto Bonadona

Que el Presidente Mesa debe dejar el gobierno, no queda la menor duda, aparte de sus absurdas ínfulas de magnífico conductor de la sociedad boliviana, es el factor detonante del desorden que ha invadido al país en su conjunto. Su falta de visión sobre el futuro de la sociedad y la economía boliviana, sus repetidas contradicciones, indecisiones y contramarchas en el ejercicio de su administración gubernamental, su poco tacto para tratar con las fuerzas políticas y cívicas y otras innumerables características de su gobierno justifican su renuncia.

Alberto Bonadona

Alberto BonadonaEs economista. Fue director de Pensiones y en la actualidad es columnista en varios periódicos bolivianos.

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Sería esperanzador que esta obligada renuncia sea la respuesta a las dimensiones que el conflicto social ha alcanzado en Bolivia. Penosamente no es ni fuente de esperanza porque no es la solución. Al posicionarse Carlos Mesa logró que cerca del ochenta por ciento de la población alimente positivas expectativas por verse en él a un hombre que demostró brillantez y sentido común en sus editoriales respecto a cómo los gobernantes deberían gobernar y tomar decisiones. Otra cosa fue cuando él llegó a esas posiciones que otrora se daba la suficiencia de aludir y sugerir sensatas respuestas a las autoridades que las comandaban. En su turno, este Presidente no dedicó su precioso tiempo de gobierno a estructurar efectivas propuestas que encaren los problemas de fondo que ahora amenazan con derrumbar a la sociedad y a la economía bolivianas.

Un plan a destiempo

Se puede decir que habló mucho y dijo poco. Tal vez porque sus pasados análisis no le dieron los elementos suficientes para observar los problemas ni "de cerca" ni con profundidad. Tal vez ahora llega a percatarse que los problemas de esta sociedad son de grandes desigualdades sociales, de ausencia de recursos internos tanto humanos como productivos, y que las respuestas financieras están más allá de la ayuda externa, el control del déficit fiscal y el excepcional aumento del valor de las exportaciones el pasado año.

Su programa-plan de "Productividad y Solidaridad" llegó a la hora nona, cuando ya doblaban las campanas del derrumbe de su gobierno. Demostró que es de pensamiento corto y de soluciones precipitadas; aceptó prácticamente toda exigencia que se le hizo con el estribillo de "hasta las últimas consecuencias". No seria de extrañarse que en su desesperación por mantenerse en el poder lance la medida de la nacionalización de las empresas hidrocarburiferas, que ahora grupos enardecidos exigen sin analizar las últimas consecuencias de esta medida en masivas marchas y tupidos bloqueos.

Elementos para el cambio

Los planteamientos que la sociedad boliviana debe encarar se refiere a la pobreza extrema, la falta de empleos productivos, la baja productividad del trabajador boliviano, el bajísimo ingreso que genera la tierra, la transformación de las materias primas en productos con valor agregado, y una real y efectiva inclusión en todos los ámbitos de la economía y la política nacionales de las grandes mayorías. Tiene que responder a cómo integrar a una sociedad que vivió unida por diversos accidentes durante 180 años pero que no llegó a estructurarse para enfrentar la construcción de su bienestar colectivo. Se trata ahora de solidificarla con soluciones concretas que hagan sentir palpablemente a los bolivianos que la esperanza de crecer como un solo país es real y no ficticia. Bolivia es una con los poco privilegiados y millones de empobrecidos ciudadanos que exigen mejores días. A la vez que hay que enfrentar las lamentables consecuencias de las medidas con las que Mesa engatusó al pueblo boliviano, es momento de construir un país verdaderamente democrático. Un país que comparta los esfuerzos de los valores económicos que crea y forje las decisiones políticas que a su nombre asumió una clase dominante que despilfarró su pasado, arruinó su presente y quisiera malgastar su futuro.

No es la solución cambiar corbatas por ponchos o zapatos por hojotas. Como tampoco es poner a bolivianos con mayor grado de ancestro aymará, quechua o guaraní en el poder para lograr el cambio que se necesita. Las propuestas de hoy en adelante deberán tocar intereses que han controlado el destino de Bolivia a la vez que deberá utilizar los vínculos que la modernidad ha creado para mejorar el bienestar de la humanidad. Bolivia no puede darle la espalda al mundo globalizado a nombre de un nuevo gobierno. Debe utilizar lo creado por el capitalismo para mejorar las condiciones de vida de la mayoría de los bolivianos que nacieron pobres y, de seguir las cosas en el statu quo, morirán pobres.

Sin embargo, no es con un enfrentamiento como el de la juventud cruceñista contra los campesinos marchistas o la cuasi-infantil supuesta defensa de la zona sur en La Paz que se logrará modificar el destino de Bolivia y encaminarlo a mejores días. Se requiere razonamiento y planes serios de transformación profunda de la forma en que, hoy por hoy, se distribuyen los ingresos, de cómo se acondicionarán las condiciones económicas y sociales para redistribuir la riqueza sin que ello signifique expropiación. Bolivia debe y puede aumentar la producción, la productividad de cada uno de los sectores económicos. Abrirse al mundo con exportaciones que incorporen valor agregado y que rompan prejuicios chauvinistas que no permiten vender el gas a quien más lo necesita y que en la transacción predomine la negociación del mejor precio para el gas o cualquier otro producto que nace en este territorio.

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