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Área: Sociedad >> Sociedad
Actualizado el 2005-01-29 a horas: 12:52:24

Los aparatos hegemónicos cruceños y el discurso de la Nación Camba

El fin del mito de la objetividad informativa en el escenario de los oligopolios mediáticos

Erick Fajardo

Erick Fajardo Pozo La objetividad periodística no dejará de ser un mito cuya distancia de la realidad la marcará, más allá de la veleidad moral de algunos periodistas, la naturaleza de la propiedad de los medios de información. Los periodistas son simples intermediarios que manufacturan "a pedido"; mientras que la filosofía, la línea, la agenda y las políticas de un medio de información le preexisten y son reflejo de su propiedad. Existe un margen de maniobra, pero la decisión final sobre el sentido de lo elaborado escapa a la voluntad del periodista. Parece de manual pero para corroborarlo sólo necesita leer El Deber de esta semana.

Erick Fajardo

Es periodista, reside en Cochabamba.

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Erick Fajardo Pozo

En un país como Bolivia, con una historia muy poco grata como para estimular la memoria popular, pocas pruebas tan contundentes dejará de su existencia la conjura desestabilizadora de enero de 2005, como que a escasas horas del inconstitucional cabildo cruceñista el diario El Deber haya abandonado el resguardo de la presunción de neutralidad que le atribuye el imaginario popular a la prensa para jugarse abiertamente por el secesionismo y difundir, a más de sesgar información como ha venido haciendo durante los últimos 15 días, propaganda separatista.

Magnífica y singular oportunidad para aplicar a las escuelas de comunicación de Bolivia un "estudio de caso" sobre la imposibilidad de la pretendida objetividad periodística, mientras la administración de la información - dicho sea de paso, un bien público - esté en manos de capitales privados, con intereses diversificados y detentados patrimonialmente por una minoría castiza; el término cabal sería casta oligopólica.

Magnífica oportunidad también para ejemplificar la involución de un periódico en un libelo sedicioso y para aplastar de una vez la moralmente ambigua y gratuita presunción de que en Bolivia existen "medios de comunicación", cuando en realidad son simplemente empresas privadas que se han adjudicado, sin más mérito ni compulsa que el costo de la licencia, el derecho a administrar el servicio público de información; un bien ciudadano tan vital como el agua y cuyo manejo actual es cualquier cosa antes que idóneo o probo.

Hasta hoy tales excesos fueron más frecuentes y comunes en el medio televisivo, cuya fugacidad suele no dejar evidencias de las grotescas y arbitrarias formas de "elaborar" opinión pública. Las interpretaciones tendenciosas de los hechos son ya habituales en los noticieros o secciones de noticieros de redes nacionales conducidas desde Santa Cruz, pero sin duda nada tan burdo y grotesco como la manera en que El Deber apeló durante toda esta semana al chantaje emocional y al chauvinismo racial, buscando eco en otros distritos del sur del país a partir de una supuesta identidad étnica y tratando de propagar la subversión contra el Estado a otros departamentos.

Claro, los periodistas somos "otra cosa", algo más elevado y no simples intermediarios políticos y así será hasta que podamos demostrar lo contrario. Por eso por ahora concentrémonos en los medios de información cruceños y en cómo el editorial del martes de El Deber ha mandado la pretensión de que en Bolivia existen condiciones para un ejercicio equilibrado del periodismo "por el caño".

Lea Ud. El Deber de hoy y le resultará evidente que la prensa está para representar intereses, más nunca el interés ciudadano, salvo cuando coincida casualmente con los intereses empresariales. Nunca la identidad y la esencia económica de los medios de información será tan cabalmente perceptible como cuando la radicalización de una crisis provoca polarización de fuerzas y retorna a las instituciones a su estado natural y primario.

Y es una "singular oportunidad", porque ningún periodista o profano podrá corroborar este postulado en condiciones de estabilidad política, sin ser tildado de "apocalíptico", "trasnochado" y de no poseer "lecturas avanzadas". En tales condiciones, sería improbable que las defensas institucionales y corporativas nos permitieran desenmascarar la absurda impostura de la objetividad, sin ser inmediatamente sofocados por la oligocracia mediática y por el gremio de la prensa que ejercen sus respectivas cuotas de poder en mutua dependencia de la fiabilidad de la prensa y por tanto defienden la imagen del binomio empresa-prensa en una complicidad simbiótica.

Pero además, en situación de no-tensión, seríamos sofocados por el mismo sentido común del ciudadano que defiende el presupuesto de la virtud de la prensa con aún más celo que los mismos empresarios de los medios o los mismos periodistas. La razón, obviamente, es la sensación de vacío referencial y la ruptura psicológica que produciría en el hombre de la sociedad de la información, definido como potencial cliente y consumidor "per se" de mensajes, el saberse ausente de una realidad "virtual" con la que su único vínculo es el medio de comunicación.

Pero este singular capítulo de la historia de la prensa boliviana no debe servir solamente para "develar" que los medios de comunicación representan intereses; después de todo el incidente El Deber es apenas una exacerbación, un momento de ruptura en un océano de continuidad. Lo realmente relevante es la oportunidad de percibir que la re-eleaboración de los hechos, la descontextualización de los sucesos y la administración de la información en función de intereses es permanente y cotidiana, tanto el día que El Deber convocó a una alianza subversiva etno-regional contra el régimen constitucional, como los restantes 364 días del año en que el contenido de su página social domestica los hábitos de consumo cultural y construye el marco de los contenidos simbólicos que componen ese imaginario social cruceño hecho manifiesto estos días.

Valga también la ocasión para cuestionar la limitada capacidad del Estado y los grupos de vanguardia para reproducir ideología, frente a la máquina eficaz de los medios de información cruceños. La hegemonía del movimiento cruceñista es sin duda resultado de la capacidad de sus aparatos hegemónicos para elaborar un sentido común y una cultura de consumo en la que se reconocen sus actores con mayor eficacia que en el discurso nacional. En su éxito debe buscar el Estado las razones de su propio fracaso en generar hegemonía.

Sin pretender hacer una elegía del chauvinismo pro neoliberal y globalofílico que expele el discurso de la Nación Camba, su acogida y la respuesta social que recibió sólo es explicable en una comunidad desproporcionadamente abandonada al discurso unívoco de las elites y desprovista de un sentido de la realidad más amplio que el proporcionado por los medios audiovisuales. No obstante, cuando además los medios escritos incurren en la apología del separatismo y, más allá del sesgo y la relativización cotidiana de los hechos, además convocan abiertamente a la subversión, entonces es claramente perceptible que su discurso se ha hecho hegemónico.

La objetividad periodística no dejará de ser un mito cuya distancia de la realidad la marcará, más allá de la veleidad moral de algunos periodistas, la naturaleza de la propiedad de los medios de información en Bolivia. Los periodistas son simples intermediarios que manufacturan "a pedido"; mientras que la filosofía, la línea, la agenda y las políticas de un medio de información les preexisten y son reflejo de su propiedad. Existe un margen de maniobra, pero la decisión final sobre el sentido de lo elaborado escapa a la voluntad del periodista, para corroborarlo sólo necesita leer El Deber.

Los medios son aparatos de reproducción de ideología, reelaboran de forma parcial la realidad y no hacen sino amplificar la percepción subjetiva del agente reelaborador. Ergo sustentan una concepción de mundo y una línea política: la de sus detentores. Imparcialidad y equilibrio serán siempre la cuota simbólica que se le imponga al periodista para dar legitimidad al proceso cotidiano de re-elaboración de los hechos y para en el proceso adquirir él legitimidad social como intermediario.

Así, la legitimidad del eventual re elaborador de los hechos y la legitimidad consecuente de los hechos que re-elabora, consustancian la legitimidad del medio en sí y del proceso por el cual se domestica al ciudadano en la idea de que se nos venden hechos integrales, cuando sólo accedemos a perspectivas parciales e inevitablemente intencionadas de la realidad.

De hecho así sucede 99% del tiempo y no lo percibimos, hasta que se presenta un momento de ruptura y nuestra realidad entra en conflicto con la perspectiva de la realidad que los medios elaboran y suministran. En ese y únicamente en ese momento es posible asumir la evidencia de que vivimos en una sociedad de la información en la que el aparato de reproducción de la ideología y de elaboración del consumo simbólico está monopolizado por la elite dominante; sólo entonces es posible asumir que estamos domesticados para creer que la realidad y los mensajes que producen los medios se corresponden.

En el caso de Santa Cruz esto se traduce en que la indignidad en la que ha sumido El Deber a la prensa puede resultar legítima. Lo "legítimo" o lo "correcto" son ? al igual que lo "cierto" ? simple consecuencia política del actuar en tenencia de la hegemonía y en tenencia de la hegemonía lo cierto o lo falso ya no depende de la realidad sino de lo mediáticamente evidenciable que resulte una versión de prensa eficazmente socializada.

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