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Actualizado el 2004-11-19 a horas: 12:11:27

¡Jaku, jaku!

Nuestro mapa del Mosojhuaico (2) ¡Jaku, jaku! Pablo Cingolani "¡Jaku, jaku!" (¡Vamos, vamos!), me dijo Wilmer Madreaga, y me señalaba un pequeño huerto donde unas lechugas resistían con estoicismo, al lado de la casa de piedra donde habitaba en medio de las montañas de la cordillera de Apolobamba, una de las últimas fronteras interiores de Bolivia. Había llevado a Wilmer a recorrer el huerto el día anterior y éste deseaba volver a realizar la para él inquietante travesía.

Pablo Cingolani

Pablo CingolaniHistoriador, periodista, explorador. Nació en Buenos Aires, Argentina, en 1963. Reside en La Paz, Bolivia, desde 1987. Como historiador, realizó estudios sobre los derechos argentinos sobre las islas Malvinas y los problemas de tierras en la puna de Jujuy, la explotación cauchera en la Amazonía y la historia minera de Los Lípez potosinos.

Trabajó como redactor y colaborador en una docena de medios gráficos de La Paz y sus artículos también se publican en medios de Argentina, Chile, Ecuador y España. En video, dirigió con Gastón Ugalde ?Imagina Bolivia? y la primera serie de documentales sobre áreas protegidas. Encabezó expediciones ecohistóricas desde 1980, explorando, entre otras, la región de Iruya-Baritú, Cumbres Calchaquíes y la puna jujeña en Argentina, el desierto de Atacama en Chile y casi todos los parques nacionales de Bolivia, en especial en Lípez, Chaco y Amazonía.

Creador de la Expedición Madidi que ya realizó 4 versiones a distintos sectores poco explorados del parque del mismo nombre y declarada de ?interés nacional? por el congreso boliviano.

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Nuestro mapa del Mosojhuaico (2)

¡Jaku, jaku!

A Juliana, y a Julieta Guiser

Pablo Cingolani

"¡Jaku, jaku!" (¡Vamos, vamos!), me dijo Wilmer Madreaga, y me señalaba un pequeño huerto donde unas lechugas resistían con estoicismo, al lado de la casa de piedra donde habitaba en medio de las montañas de la cordillera de Apolobamba, una de las últimas fronteras interiores de Bolivia. Había llevado a Wilmer a recorrer el huerto el día anterior y éste deseaba volver a realizar la para él inquietante travesía.

Wilmer era un niño de apenas dos años que sólo hablaba algunas palabras, la mayoría en quechua, su lengua materna, otras pocas balbuceadas en español y las demás, esas que hablan los niños en cualquier parte del planeta y que no son difíciles de entender si uno presta atención. Por eso, hasta Don Esteban, el encargado de las mulas con las cuales habíamos llegado hasta ahí, se sorprendió de que el niño fuera tan claro y tan explícito en su reclamo.

Más allá del huerto, decía, estaban las montañas. Unas montañas inmensas que se llenaban a cada momento de la niebla que se acumula en los valles orientales de la Cordillera de los Andes, producto de la condensación de la humedad que viene desde la selva amazónica. Unas montañas severas, de pendientes pronunciadas, amables solo para aquellos que saben cómo se ama a las montañas pero que hicieron escribir a más de un funcionario español que eran "abruptas y escabrosas" y que impedían el paso a cualquier otro sitio. Unas montañas mágicas y sugerentes que a otros cuantos les significó promesa, tesoro, redención. Unas montañas: Wilmer vivía allí: en un territorio de transiciones geográficas excepcionales, donde casi todo el año nieva, llueve, graniza o niebla, producto de la singularidad que lo caracteriza. Un territorio, a la vez, de intercambios y fricciones culturales: refugio de los antiguos señores del Cuzco, vía crucis para sacerdotes alucinados, la última etapa para llegar a El Dorado, la ciudad del oro, el desenlace del destino, el lugar de lo imposible podía suceder. Wilmer vivía allí, en su casa de piedra, con su madre Benicia y su padre Modesto, en una comunidad indígena ?a veces, el nombre puede importar- llamada Keara.

Más allá del huerto y entre las montañas, más del huerto y las historias que se cruzan y se confabulan unas con otras y con otras más, más allá de Keara, se iniciaban distintas sendas que conducían a otros destinos: más alto, hacia el núcleo fundamental de la cordillera, a sus altas cumbres y sus glaciares aterradores, o más abajo, hacia los bosques de nubes perpetuas, los valles perdidos y encajonados entre los cerros donde vive el oso o a la selva pura y dura que aún resiste, virgen ?mar verde invicto y transparente- y que trepa hasta Venezuela. Al final de algunas de esas sendas, empezaban esas zonas donde aún el misterio se conjuga con el desconocimiento geográfico y donde todavía las historias y lo cotidiano lindan con el mito: el fin del mundo. Ya dije: El Dorado, el Paititi, El Reino Donde No Murieron Las Ilusiones, como quieran llamarlo.

Más allá de Keara, empezaba el fin del mundo ?si acaso, Keara mismo ya no lo era; digo: en todo caso, empezaba el fin del fin del mundo- y descubrirías esos otros mundos pero que todos están en este: en nuestro mundo, en el único que tenemos. No hay motivos suficientes para no conocerlo, no defenderlo, no amarlo. Es nuestro, es del niñito quechua, es de ustedes.

"¡Jaku, jaku!": tal vez en esa insistencia de Wilmer estaban encerradas todas las claves y de lo que se trataba era sólo de eso: ir.

El mundo, todos los mundos, las montañas, están ahí.

"¡Jaku, jaku!"

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