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Actualizado el 2004-09-27 a horas: 12:52:04

Las sensaciones de la imaginación

Neón y Terciopelo: Las sensaciones de la imaginación Alfonso Gumucio Dagron Toda novela es autobiográfica, pero algunas lo son en mayor medida y no por el "yo" con el que se expresa de manera manifiesta el autor, sino por una serie de detalles cotidianos que son como pistas de la memoria, que el autor recoge y devuelve a los lectores a través de su personaje.

Alfonso Gumucio Dagron

Alfonso Gumucio Dagron

Escritor, cineasta, periodista, fotógrafo y especialista en comunicación para el desarrollo. Ha trabajado en programas de comunicación para el cambio social en África, Asia, América Latina y el Caribe, con agencias de Naciones Unidas, con fundaciones internacionales y ONGs.

Fue miembro de la redacción del Semanario "Aquí" y ha publicado en un centenar de diarios y revistas de Bolivia, América Latina, Europa, Norteamérica, África y Asia. Dirigió películas documentales en varios países. Es Coordinador del Grupo Temático de Comunicación para el Cambio Social en la Asociación Latinoamericana de Investigadores de la Comunicación (ALAIC).

Ha publicado más de veinte libros de poesía, narrativa, testimonio, y estudios sobre literatura, cine y comunicación, entre ellos: Historia del Cine Boliviano (1982); Cine, Censura y Exilio en América Latina (1979); Luis Espinal y el Cine (1986); Las Radios Mineras de Bolivia (1989) en colaboración con Lupe Cajías; Comunicación Alternativa y Cambio Social (1990); La Máscara del Gorila (1982) Premio del Instituto Nacional de Bellas Artes de México; Haciendo Olas: Comunicación Participativa para el Cambio Social (2001), Antología de Comunicación para el Cambio Social (2008).

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Neón y Terciopelo:

Las sensaciones de la imaginación

Alfonso Gumucio Dagron

Toda novela es autobiográfica, pero algunas lo son en mayor medida y no por el "yo" con el que se expresa de manera manifiesta el autor, sino por una serie de detalles cotidianos que son como pistas de la memoria, que el autor recoge y devuelve a los lectores a través de su personaje.

De esa materia está hecha la novela "Neón y Terciopelo" de Raúl Teixidó, que hace meses me había propuesto re-leer y comentar. El título, muy sugerente, ya anuncia una textura suave y sensual como la noche, con sus luces de colores que marcan las escalas del caminante solitario. Parece que al escribir "terciopelo" el escritor hubiera pensando en la traducción francesa, "velours", aún más misteriosa y seductora.

Las nuevas generaciones de lectores bolivianos quizás no conocen la trayectoria de Raúl Teixidó. Escritor enemigo de la figuración fácil a la que son muy afectos los más jóvenes, Raúl vivió una especie de exilio interno en Sucre y de allí salió hace casi treinta años para regresar a sus raíces catalanas, abandonando ese otro exilio interno que es en el contexto de América del Sur, Bolivia, el país más aislado. No estoy seguro si lo perdimos o lo ganamos. Creo que lo ganamos como escritor. Quién sabe si la cotidianeidad opresiva de nuestro país le hubiera permitido sostener el ritmo de creación que ha mantenido en Catalunya. Como varios otros escritores bolivianos que se refugiaron en la distancia, Teixidó no ha dejado de escribir y de publicar, y lo ha hecho siempre mirando hacia Bolivia, y asegurándose que sus obras se publiquen en el país, para estar más cerca de sus lectores.

En Barcelona, donde el autor rehace una vida, nace también el personaje y transcurre la mayor parte de esta novela. Como su autor, el personaje cuya voz hace avanzar la narración, es un hombre que no se abre fácilmente a los demás. Alguna vez creo haberme referido a Teixidó, a alguno de sus personajes (no es lo mismo pero es igual), como a un lobo estepario, recordando a Hesse, aunque podría también asociarlo al gran Kafka (o al señor K.) o a los personajes que encarnó en su propia vida Fernando Pessoa. No son gratuitas estas menciones: la obra de Teixidó dialoga constantemente con Kafka, con Pessoa y más recientemente con el sudafricano J.M. Coetzee, Premio Nóbel de Literatura (que Raúl ha tenido la benevolencia de hacerme conocer enviándome varios de sus libros).

La afinidad entre Teixidó y Coetzee es enorme, comenzando por el parentesco en la psicología de sus personajes, productos de autores que también se parecen en su vida personal por su sobriedad, su invisibilidad y la riqueza de su vida interior, celosamente guardada detrás de una fachada que no deja traslucir los caminos del espíritu por los que deambulan.

El "yo" protagonista de "Neón y Terciopelo", como el de "Desgracia" de Coetzee, es un hombre culto e inteligente, pero sin grandes ambiciones. Trabaja en una casa editorial primero escribiendo bajo seudónimo novelas de aventuras que se venden en los quioscos de revistas, y luego optando por funciones aún más anodinas que le permiten estar sin ser notado y mantenerse en una área gris, en sombra.

Eso es lo que el personaje busca y quiere, una suerte de tranquilidad que solamente obtiene "borrándose", tornándose invisible a los ojos de los demás, evitando todo asomo de notoriedad. Desde un rincón inconspicuo el personaje observa el mundo que lo rodea, sin tocarlo y sin dejarse tocar. Ni interviene en las vidas de los otros, ni permite que nadie intervenga en la suya. Sus contactos con los demás son periféricos, sin dejar de ser cordiales, pero jamás se involucra afectivamente. La vida de familia lo espanta como posibilidad, aunque tiene un sentido de la responsabilidad que le hace cumplir con sus deberes filiales. Fallecida la madre, que era el carácter dominante en su entorno, lo que queda es atender los compromisos (el padre "abúlico e inconstante", la tía, etc.) que vienen con las normas sociales y los valores aprendidos.

Los demás personajes, particularmente los femeninos, aparecen como esbozos difuminados que el protagonista observa a una distancia prudente, evitando todo compromiso pero al mismo tiempo sintiendo una golosa tentación por una mayor cercanía física e intelectual. Las mujeres son un misterio que no debe ser revelado. El protagonista no osa dar ningún paso que pueda poner en riesgo el absoluto control que ejerce sobre su propia vida. Para que ese control sea eficiente, ha reducido al mínimo necesario sus espacios de acción, sus responsabilidades profesionales, y sus movimientos, al extremo de rechazar promociones que le ofrecen y que se ha ganado por su constancia, su honestidad y su regularidad. Su cautela ante la vida me recuerda una frase leída en Cortázar: "No sólo no poseo acciones, sino que ni siquiera las cometo" (cito de memoria). Y sin embargo el personaje de Teixidó es consciente de que no hay nada peor que vivir sin arriesgar, sin actuar: "Las consecuencias de lo que no hacemos siempre son más graves".

En la primera parte del libro, la única relación privilegiada del protagonista se da con un ser "alto y enhiesto, de vasto ramaje y fuerte raíces", un árbol de pino a quien envidia la solidez y la indiferencia hacia el mundo que lo rodea: "No conocer el temor ni la incertidumbre, pesares ni enfermedades, y nada de cuanto implica perplejidad, confusión o desencanto. Tu razón de ser es simplemente estar allí y vivir muchos años, sin conciencia de lo que nace o muere a tu alrededor".

Los itinerarios solitarios del protagonista nos hacen entender su manera de ver la vida. Por donde va está siempre de paso, aunque su paso pueda durar años, como en la casa donde alquila una habitación. Visita hoteles, bares y restaurantes con suficiente frecuencia como para que lo recuerden, pero no con tanta frecuencia como para que le echen de menos si no regresa. Tiene particular afición por los espacios impersonales como las habitaciones de hoteles, los aeropuertos, los ascensores, las agencias de viaje? Conoce a los dueños o a las muchachas que sirven, pero no se hace amigo, sino solamente parroquiano regular y algo misterioso. En "El Nido", el prostíbulo ?disfrazado de agencia de viajes- que visita de vez en cuando en la Avenida General Mitre, es también un "regular", pero nunca se involucra demasiado.

Una galería de personajes desfilan por la novela, descritos por el "yo" protagonista con simpatía, pero esos personajes nunca se conectan, nunca se integran en el relato principal, como no sea articulados por el discurso del protagonista. Reflejan también el carácter poco gregario del personaje narrador, poco amigo de tejer redes ?en las que pudiera quedar atrapado- entre la gente que conoce. Así es su relación con la vida entera. Sus viajes, pocos, algunos imaginarios, lo llevan "en círculos concéntricos". Dice el protagonista citando a otro: "Allá donde voy me espera siempre el mismo hombre, yo".

El cine ocupa un lugar importante en "Neón y Terciopelo". El propio título de la novela es una referencia al cine. El autor y el personaje son amantes del cine, o "amateurs" en el sentido más puro del término. Ambos comparten un amplio conocimiento de la historia del cine, de los géneros cinematográficos y una predilección marcada por los clásicos. Para el personaje, el cine es más que una afición diletante; es la posibilidad de vivir otra realidad, más agradable y menos comprometedora que la realidad cotidiana.

Aunque "Neón y Terciopelo" sugiera el color, es una novela que transcurre en blanco y negro como los clásicos del cine de los años cuarenta, o de películas más recientes donde se utiliza también el blanco y negro para subrayar la atmósfera en la que vive inmerso el protagonista. Pienso por ejemplo en "The Man Who Wasn?t There" (2001) de Joel Cohen, con Billy Bob Thornton (conocida en castellano como "El Hombre que Nunca Estuvo"). La diferencia principal con esta película o con las novelas de Coetzee, es que Teixidó evita que en su novela suceda algo dramático. Podríamos decir que en la novela no pasa nada, es decir, nada extraordinario como un crimen, una insurrección o un gran conflicto emocional que arrastra al protagonista. En "Neón y Terciopelo" el interés radica en la psicología del personaje, en su mundo interior, y no en los hechos que lo rodean. Si fuera llevada a la pantalla, ciertamente que no sería muy comercial.

La novela evoluciona rápidamente hacia un final dislocado: el protagonista hace "las paces con la realidad" y concluye su relato en primera persona sin mayores aspavientos. En dos páginas, un final feliz muy terrenal y un tanto forzado, parece pertenecer más al terreno de la imaginación que a la realidad.

Pero habría que dejar abierta otra posibilidad: el lobo estepario ha tenido un sueño amable pero que no le pertenece. En realidad, sigue su camino de círculos concéntricos en un hotel de paso en Barcelona, y el último folletín que escribe para los puestos de revistas, incluye un final feliz para contentar a los lectores, pero que no es su final. Su final es ser "un gran signo de interrogación seguido de muchas páginas en blanco", es decir, una parte de misterio y desconocimiento de sí mismo, y la posibilidad de ir reinventando su destino libremente.

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