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Actualizado el 2004-04-20 a horas: 13:02:57

Guía mínima de lugares verdaderos de Bolivia

Guía mínima de lugares verdaderos de Bolivia Pablo Cingolani Queequeg era un nativo de Rokovoko, una isla muy lejana situada en el sudoeste. No figura en ningún mapa: los lugares verdaderos nunca figuran en ellos.

Pablo Cingolani

Pablo CingolaniHistoriador, periodista, explorador. Nació en Buenos Aires, Argentina, en 1963. Reside en La Paz, Bolivia, desde 1987. Como historiador, realizó estudios sobre los derechos argentinos sobre las islas Malvinas y los problemas de tierras en la puna de Jujuy, la explotación cauchera en la Amazonía y la historia minera de Los Lípez potosinos.

Trabajó como redactor y colaborador en una docena de medios gráficos de La Paz y sus artículos también se publican en medios de Argentina, Chile, Ecuador y España. En video, dirigió con Gastón Ugalde ?Imagina Bolivia? y la primera serie de documentales sobre áreas protegidas. Encabezó expediciones ecohistóricas desde 1980, explorando, entre otras, la región de Iruya-Baritú, Cumbres Calchaquíes y la puna jujeña en Argentina, el desierto de Atacama en Chile y casi todos los parques nacionales de Bolivia, en especial en Lípez, Chaco y Amazonía.

Creador de la Expedición Madidi que ya realizó 4 versiones a distintos sectores poco explorados del parque del mismo nombre y declarada de ?interés nacional? por el congreso boliviano.

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Guía mínima de lugares verdaderos de Bolivia

Pablo Cingolani

Queequeg era un nativo de Rokovoko, una isla muy lejana situada en el sudoeste. No figura en ningún mapa: los lugares verdaderos nunca figuran en ellos.

Herman Melville: Moby Dick

Apolo

Siempre fue un pueblo de frontera y lo sigue siendo. Hace una década se abrió la carretera que la une con el altiplano andino por la vía de Camata -un antiguo camino de los Incas- y por donde ingresaron los comerciantes "collas" que dominan los mercados locales pero igual persiste su estampa de no mans land, un sitio aún no domesticado por la modernidad. Pueblo extraño donde hay un monasterio de la orden cisterciense, renombrado por la producción de vino de naranjas, y ningún prostíbulo. Apolo fue siempre una de las puertas de entrada a la selva amazónica y, a pesar de estar situada en un valle castigado por la deforestación, la jungla se huele en el aire. Allí vive mi amigo y poeta Jesús Molina, autor de "A mi tierra chuncha", un taquirari que me emociona cada vez que lo escucho.

Arakuaarenda

Si a un territorio lo definen las huellas que atesora, el signo definitivo del Chaco son las marcas de la cacería y de la guerra. Por aquí comenzaba a tomar forma la "Tierra sin mal" que buscaban con afán los guaraníes y que, de seguro, seguirán persiguiendo en sus sueños. Por aquí, también hubo una guerra más despiadada que otras guerras porque fue una carnicería entre pobres. Lara, Céspedes, Roa Bastos le escribieron páginas insuperables. Su nombre en español es consecuencia de esos fragores: La Brecha, y así figura en los mapas. El nombre original y secreto es Encrucijada de Pájaros en la lengua del gran Kuarata Guaju, "Sombra Grande", que está enterrado allí bajo los árboles. Defensor de su pueblo, había nacido en 1894 y la historia lo conoce como Bonifacio Barrientos Ivambae.

Atén

Es la cuna de un rebelde, de un hombre bravo, de un valiente. Es un sitio plácido y verde, casi siempre verde, en medio de suaves colinas. Allí nació Santos Pariamo, guerrillero que nunca pudo ser vencido, ya que prefirió el puñal a entregarse vivo a los españoles. Toda la calma del lugar, no puede esconder la marca del guerrero sin par que singulariza a Caupolicán, tierra de guerreros.

Capitán Ravelo

Finisterre en medio de una llanura sin medidas, salpicada por lagunas y algunas montañas como tepuis que, es lógico, son sagradas y donde abundan las serpientes de cascabel, bellas y mortales. Allí andaba un teniente y tres o cuatro soldados curiosos. Frontera infinita con el Paraguay, sólo el hombre y sus libros: Montenegro, Almaraz, Quiroga. Entendí porqué estaba donde estaba, el hombre solo rodeado del silencio del paisaje.

Caquiaviri

Internándose en esa tierra volcánica que se extiende y se extiende, que parece desnuda pero está llena de vientos, de nubes, de caprichos, de memorias, internándose en el altiplano, surge Caquiaviri. Allí mora la Estefa, gran dama de los ajtapis. Pasando Viacha, se puede arribar con un mapa. Lo que está ausente en el papel, es el mundo pintado y encerrado adentro de su iglesia.

Curawara de Carangas

Palomitay: este era un sitio tremendo, donde los prisioneros políticos se amargaban por el castigo del desierto. Pero el Sajama siempre estuvo ahí. Una noche, un sargento bueno como el pan lloraba porqué ya nunca más podría subir a su cumbre. Tenía casi sesenta y estaba ebrio. Nunca voy a olvidarlo.

Challapampa

La geología es intrépida: puso una playa de arena a orillas del cielo. ¿O fueron los Incas? Según Garcilaso de la Vega, la isla del Sol, en el lago Titicaca, es un territorio de diseño. Por eso, hay maíz en sus chacras, las plantas más altas del mundo, crecen a cuatro mil metros de altura. Al norte, está Challapampa, más allá está una roca enorme, Titi Kala -la pacarina-, el origen del mundo y más allá aún está la Chinkana, el laberinto. Al fondo, flota la isla Khoa, acceso al mundo subterráneo. Mi dios: ¡cuantas maravillas juntas!

Hampaturi

La geografía es inesperada. Para ello, camina y viaja sin mapas. De Hampaturi adentro, se esconde la serranía Murillo, el mártir laboraba un yacimiento mineral por esos lares. Allí encontrarás unas montañas bellas, inenarrables, donde ?como escribió Michaux- podrás fumar "todo el opio de la gran altura". Está a la vuelta de La Paz, de la gran ciudad, en el fuerte apache que un día la inundará.

Iscayachi

Una casa de piedra en el corazón del olvido. Luego, bajas la cuesta de Sama, llegas al valle del vino, de la alegría y de las mujeres hermosas pero no te olvidas. De la casa de piedra, del corazón del olvido, has arrancado la sonrisa de un niño. No te olvides.

Ivo

Dos marcas: "la posada de los ángeles" ?sigue ahí, lo juro- donde bebimos a raudales con Fabián y con Gastón, ocho años después y la memoria de Kuruyuki, la solución final contra los guaraníes. De la batalla de 1892, queda la sangre en la arena y una extraña dignidad.

Jirira

Jirira son muchas cosas: es doña Lupe, su kiswara y su comida en base a charques y quinuas; es el volcán Tunupa y su salar, el más extenso del planeta. Cuando cae el sol, el viento aúlla. Doña Lupe te invita un mate de chachacoma y mientras calientas tus manos en el fuego, ella te cuenta sus historias. Es como la felicidad. Te juro: no necesitas nada más.

Julo

El desierto es polvo de un cielo de estrellas destruido, creían los tuaregs. Vas y vienes, vagas, deambulas. Llegas a Julo y por azar (o por territorio por donde circulan mercadeos varios) encuentras una cerveza. La tomas, saludas y sigues andando. A Sabaya, a Llica, a donde tú quieras: el desierto te rodea por todas partes. No importa el destino pero agradece siempre: es un desierto, es un santuario.

La Higuera

Siguen allí los mismos cactus, las mismas soledades, las mismas casas de 1967 cuando en una de ellas, de barro y techo de paja, lo reventaron a tiros al Che Guevara. No hay más nada, nada ha cambiado.

Monte Punku

Puerta a la selva. Si entras, sales, del otro lado de la montaña verde, a Villa Tunari. Adentro, hay un mundo perdido e inolvidable.

Muruamaya

En la pared de la muerte, empieza la que alguno bautizó, con nostalgia, como la ciudad de piedra, un capricho de la geología. Te sumerges en sus laberintos y, de repente, ves a la distancia al Anallajchi, el volcán que estalló y vomitó las rocas. Es fácil perderte, es fácil no salir jamás. "Aquí está escondido el Bin Laden", dice el jilakata de la comunidad y se ríe mientras compartimos un caj de singani. Afuera, nieva.

Nuevo Mundo

Saliendo de Villa Serrano, caminas por un camino rojo hasta llegar a un pueblo donde no hay nada, salvo un globo terráqueo, el monumento que corona la plaza, por eso se llama como se llama. Si sigues caminando, más allá tampoco hay nada. Están los arenales y el bosque seco del río Grande. Por allí, la mataron a Tania. No hay nada. ¿Será?

Pelechuco

Al pie del Katantika, sublime nevado, y al borde de la selva, está Pelechuco. Por su situación geográfica, todas las nieblas del mundo se agasajan en ese rincón. De allí, parten todos los senderos. Uno te lleva hasta Carabaya, San Juan del Oro, otras selvas, otros países, otros continentes, otros sentimientos.

Presto

En la noche más negra de todas, apareció un jinete, envuelto en poncho y un sombrero tan abajo que parecía no tener rostro. Le convidamos un puñado de hojas de coca, lejía de quinua y un cigarro. Siguió su rumbo. Luego, fuimos hasta el balcón desde donde Juana Azurduy arengaba a sus tropas. Sigo creyendo que el jinete debía ser uno de los suyos o el fantasma de uno de aquellos soldados.

Puerto San Fermín

En el medio de la selva del Madidi, está Puerto San Fermín. A orillas de un gran río, el Tambopata, está el puerto pero ni muelle hay. Al fondo del olvido y a cuatro días de caminata, está San Fermín. Allí está mi amigo Rolando Sevillanos, rumbeador y cazador de jochis. Esa es su casa. Si la patria existe, no está en los discursos, no está en los libros. La patria existe: Puerto San Fermín es la patria.

Pulacayo

La gran mina roja. Hoy es un pueblo abandonado, desolado, yerto, con un cementerio enorme, típico de las minas: son siempre más los muertos. Cactus gigantescos, vías abandonadas, un inmenso depósito de chatarra, de maquinas que se oxidan, son los testigos de la memoria proletaria. Eso no se olvida, las derrotas poco importan.

Salinas de Yocalla

Allí está emplazada una de las "iglesias de indios" que rodeaban a la fastuosa Villa Imperial de Potosí en su época de gloria. Es una nave blanca en medio de un mar de arcilla roja, poblado de cactus, guerreros vegetales, mudos e invencibles. No hay nadie, sólo silencio, sólo las ruinas. Un día, imaginamos un piano cayendo por la barranca bermeja. De sus despojos, aparecía una mujer desnuda, una cacica, la amante de un virrey, la hija loca de un azoguero. ¿Quién sería?

San Antonio de Lípez

En el corazón del desierto más alto del planeta, hay una hondonada, un agujero inmenso, una grieta colosal que raja las montañas. Allí están unas ruinas imposibles para aquel que no sepa que allí estuvo el primer asiento minero colonial en territorio boliviano. Antes que se fundara Potosí, allí estaba la ciudad española y más allá el pueblo de indios. Ahora, están la soledad y tu asombro si es que puedes llegar hasta allí.

Sepulturas

-¿Por qué se llama así?- pregunto mientras espero que el sol caliente.

-Aquí los vencimos a los chilenos en la guerra, aquí están sus tumbas.- contesta el secretario general con orgullo. Puede que sea así, o tal vez el recuerdo del paso de la Quinta División rumbo a la batalla del Alto de la Alianza. En medio del altiplano, en el corazón del viento, detrás del Sajama, poco importa.

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