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Actualizado el 2004-03-01 a horas: 10:05:24

Haití: canibalismo político

Haití: canibalismo político Alfonso Gumucio-Dagron Es posible que cuando este comentario se publique en las páginas electrónicas de BolPress, Jean-Bertrand Aristide haya escapado ya de Haití. La situación de su gobierno es tan precaria, que los rebeldes han anunciado que dormirán esta semana en Puerto Príncipe, la capital haitiana. Hay mil razones para que Aristide se vaya del poder, pero quienes piensen que el país está a punto de "liberarse" se equivocan, pues la ingobernabilidad de Haití tira para largo. La caída de Aristide no es sino un paso más en el caos que rige ese país desde hace muchos años debido a la falta de liderazgo y a la galopante corrupción.

Alfonso Gumucio Dagron

Alfonso Gumucio Dagron

Escritor, cineasta, periodista, fotógrafo y especialista en comunicación para el desarrollo. Ha trabajado en programas de comunicación para el cambio social en África, Asia, América Latina y el Caribe, con agencias de Naciones Unidas, con fundaciones internacionales y ONGs.

Fue miembro de la redacción del Semanario "Aquí" y ha publicado en un centenar de diarios y revistas de Bolivia, América Latina, Europa, Norteamérica, África y Asia. Dirigió películas documentales en varios países. Es Coordinador del Grupo Temático de Comunicación para el Cambio Social en la Asociación Latinoamericana de Investigadores de la Comunicación (ALAIC).

Ha publicado más de veinte libros de poesía, narrativa, testimonio, y estudios sobre literatura, cine y comunicación, entre ellos: Historia del Cine Boliviano (1982); Cine, Censura y Exilio en América Latina (1979); Luis Espinal y el Cine (1986); Las Radios Mineras de Bolivia (1989) en colaboración con Lupe Cajías; Comunicación Alternativa y Cambio Social (1990); La Máscara del Gorila (1982) Premio del Instituto Nacional de Bellas Artes de México; Haciendo Olas: Comunicación Participativa para el Cambio Social (2001), Antología de Comunicación para el Cambio Social (2008).

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Haití: canibalismo político

Alfonso Gumucio-Dagron

Es posible que cuando este comentario se publique en las páginas electrónicas de BolPress, Jean-Bertrand Aristide haya escapado ya de Haití. La situación de su gobierno es tan precaria, que los rebeldes han anunciado que dormirán esta semana en Puerto Príncipe, la capital haitiana. Hay mil razones para que Aristide se vaya del poder, pero quienes piensen que el país está a punto de "liberarse" se equivocan, pues la ingobernabilidad de Haití tira para largo. La caída de Aristide no es sino un paso más en el caos que rige ese país desde hace muchos años debido a la falta de liderazgo y a la galopante corrupción.

Me tocó vivir en Haití casi tres años, de 1995 a fines de 1997, en momentos en que Aristide cedió la presidencia a su delfín, René Preval, al que luego no dejó gobernar. La renuncia del Primer Ministro Rosny Smarth y de todo su gabinete puso en relieve el poder oculto que ejercía el ex-Presidente Jean Bertrand Aristide, quien desde la instauración del gobierno electo de Rene Preval, no ha cesó de intervenir en política desde su residencia palaciega en el barrio de Tabarre. La fragilidad de Preval era tan grande, que no pudo reconstituir su gabinete en once meses. El país siguió funcionando precariamente con un presidente sin ministros, durante casi un año? Algo digno del libro de récords de Guinnes.

El "barón de Tabarre", como muchos llamaron a Aristide desde esa época, es un personaje desconcertante y multifacético. Tiene varias caras que se contradicen entre sí, lo cual lo hace un personaje aún más siniestro e imprevisible. El primer Aristide que todos conocimos y admiramos en su momento, fue el cura de los pobres y desprotegidos de Cité Soleil, que dirigió un gran movimiento popular que puso fin a varias décadas de dictadura de la familia Duvalier, y acabó con los tenebrosos tonton-macoute. Jean-Bertrand Aristide, pequeño y humilde, apareció como un representante genuino del pueblo, que cariñosamente lo llamó con el diminutivo "Titid".

El segundo rostro de Aristide es ya menos grato. Desplazado del poder mediante un golpe militar, se refugió en Estados Unidos e inició una cruzada política internacional para aislar al gobierno del General Raoul Cedras. Estados Unidos se compró el pleito, invadió Haití y puso de nuevo a Aristide en la silla presidencial, aunque con condiciones: un año solamente. En esa etapa previa a su retorno, Aristide aparece, dentro y fuera de Haití, como un títere de Estados Unidos, un político sin principios, cuya ambición de poder lo hace justificar la invasión militar de la potencia del norte.

Durante el año 1995 aparece el tercer rostro de Aristide, cuando recupera la Presidencia de la República, y retoma su imagen de marca de líder popular. Toma distancia de Estados Unidos y recupera el fervor popular. Vuelve a ser un Aristide carismático, querido por su pueblo, orador brillante, conductor del proceso de recuperación democrática. Sin embargo, de cara a la comunidad internacional que ha comprometido su apoyo al proceso democrático de Haití, Aristide aparece como una figura equívoca, que no da respuestas claras, que deja que las cosas se definan en el fragor de la política local, lo cual significa un valioso tiempo perdido en el proceso de reconstrucción económica. La oferta internacional de cientos de millones de dólares para la recuperación del país se pierde porque el gobierno de "Titid" no tiene planes, ni siquiera el plan de tener planes en algún momento.

El cuarto rostro de Aristide, hoy claramente visible, es el de un político calculador y ambicioso. Impedido de presentarse como candidato a las elecciones presidenciales de 1995 en virtud del acuerdo logrado con Estados Unidos, Aristide designa como sucesor a Rene Preval, pero inmediatamente después de que Preval triunfe en las elecciones, lo presiona y lo aísla apoyándose en las organizaciones populares que exigen soluciones inmediatas a problemas que remontan a varias décadas y sobre los cuales tampoco "Titid", durante su gobierno, ofreció soluciones. Aunque evita intervenir personalmente, el discurso de Aristide termina saboteando el proceso que Rene Preval pretendía conducir. Para desmarcarse del partido que está en el poder -la Organización Popular Lavalas (OPL)- que él mismo había creado antes, inventa un nuevo movimiento político, la "Fanmi Lavalas ("Familia Lavalas. Su frase "democratizar la democracia" se escucha más como una amenaza que como un apoyo al proceso político. Estaba claro que en los planes del ex cura comunitario, convertido en próspero hombre casado, era necesario deteriorar rápidamente a Preval para entrar como salvador en las siguientes elecciones. Y así sucedió, Aristide retornó al poder en hombros y vivió unos meses de luna de miel con esa población cada vez más pobre y abandonada.

Pronto reveló de lo que era capaz de hacer y no hacer. Ya antes, cuando estaba en la oposición se sabía que era un hombre sin escrúpulos, cuyo dinero provenía de negocios ilícitos. Era un secreto a voces que incluso recibía dinero del narcotráfico. Como Presidente, no hizo nada para cambiar la situación. Alimentó a la burocracia que se ha ido turnando de un gobierno a otro si abandonar el poder, y le dio la espalda al grueso de la población. A sus enemigos políticos y a los periodistas indóciles (que son pocos) los mandó a matar.

Ahora bien, quienes piensan que la insurrección popular que lo está sacando del poder en las próximas horas es una solución para el país, están equivocados. No existe en Haití una oposición política, sino varios grupos que no se pueden ver entre sí. Los pocos líderes carismáticos de la oposición no tienen en realidad ninguna base social importante, y lo más seguro es que sean rebasados. En las últimas semanas el movimiento insurreccional ha sido infiltrado por exmilitares y para-militares que estaban exiliados en República Dominicana, y que regresan ahora cargados de odio y sed de venganza. Por otra parte, las huestes rebeldes que hoy vemos en armas en las imágenes de televisión, no forman parte de ningún movimiento nacional coordinado y organizado, sino que aumentan sus filas con grupos marginales y violentos que lo único que esperan es la ocasión de saquear y matar, como ya ha venido sucediendo durante su avance hasta la capital.

No es posible ser optimista con Haití, al menos no en el corto y mediano plazo. El canibalismo político predomina en todos los niveles de la sociedad. Los pocos dirigentes políticos honestos están fuera de la política cotidiana, muchos incluso han abandonado el país en años recientes. Otra vez, habrá que comenzar de cero.

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